Horas críticas

Escribes como un padre

Reseña de «Un hijo cualquiera», de Eduardo Halfon

La paternidad ya es algo de lo que se habla, de lo que se escribe (¿hay algo de lo que no se escriba?). Entiéndanme: no me refiero a manuales de chichinabo, sino a libros con voluntad formal, además de reflexiva. Y aunque no son los primeros que tratan el tema, uno, que ha sido padre hace unos meses y que lleva 42 años siendo hijo, no puede sino interesarse por lo que otros han logrado parir, creativamente hablando, en esta etapa. Quizá formemos ya parte de ese grupo, detectado con ironía por una buena amiga, de «señores que se saben especiales porque ellos sí cambian pañales». Bueno, pues hay algunos que lo están contando, de modo más o menos explícito o al menos fiel a su propia vivencia.

Hace poco, en estas mismas páginas —es un decir—, decía Andrés Neuman a propósito de la publicación de su libro Umbilical: «Estamos en un momento insoslayable de literatura de maternidad, de gran reformulación de los roles y figuras maternales, ante un gran boom muy necesario. Esto no puede sino desembocar tarde o temprano en una reformulación también en el caso de los hombres, en lo que respecta al padre». Ahora nos llega una nueva obra sobre la experiencia de dar vida siendo varón: se titula Un hijo cualquiera (Libros del Asteroide, 2022), y la firma Eduardo Halfon. Podemos comenzar diciendo que no es, como en el caso de Neuman, un libro sobre el hecho de ser padre, sino una serie de piezas breves en las que se filtra esa condición. Tras leerlo, tal vez no quede tan claro qué tipo de padre es Halfon, pero sí qué tipo de hombre, y de escritor.

El guatemalteco da la razón a Xavi Ayén y algún otro crítico cuando dicen que sus libros son como capítulos de una autobiografía en progreso, un proyecto en el que ahondan estas páginas que siguen girando en torno a sus habituales temas, entre otros: el oficio de leer y hacer libros —aquí emparentado al de hacer hijos—, los enigmas de la historia —mayúscula y minúscula— y la intuición de lo que ocurre bajo —o entre— sus episodios más prosaicos, así como un relato familiar lleno de preguntas, como ya planteara en Duelo (Libros del Asteroide, 2017). Lo narra armado de concisión y humor y resonancia, cualidades que lo han encumbrado en sus prolíficos últimos años, coincidentes con los primeros de su hijo, aquel que aquí «entra y sale de esas historias, y que corre a esconderse en algunas de ellas, y que a veces hasta me susurra las suyas».

Eduardo Halfon (Guatemala, 1971), autor de «Un hijo cualquiera». / Foto: Libros del Asteroide

Un hijo al que, cuenta Halfon en las primeras líneas, miró al nacer como si fuera de otro, «un hijo cualquiera» que, no obstante, le obligaría a partir de entonces a «escribir como padre». De sus primeras decisiones paternas, no solo encarando el folio en blanco, sino en general, habla el primer texto, Un pequeño corte, que alude al dilema de la circuncisión de este escritor descendiente de judíos libaneses y polacos. En Historia de mis agujas, sobre su propia infancia, su adolescencia y sus continuados problemas de salud, revela el descubrimiento —tardío— de la lectura como única salvación: «No fue un libro o un autor específico, sino el concepto de la ficción, la idea fundamental de contar historias, la noción de que la literatura, de una manera muy real, también podía ser una boya». Por contraste, La puerta abierta habla de las vidas condenadas a la extinción y del suicidio como posibilidad real o fantasía siempre presente: «Soy, somos, un suicidio en ciernes», escribe Halfon, y «estamos todos a una o dos o quizás tres desgracias» de matarnos, argumenta, siguiendo la tradición —teórica o práctica— de Zenón, Catón el Joven, Epícteto o Camus.

En Unos segundos en París retorna a la enfermedad o la adicción lectora (en su caso: de Zola a Balzac, de Perec a Duras, de Bolaño a Pynchon, de O’Connor a Borges, de Cheever a Woolf) que lo abocó a escribir, al autodidactismo y a vivir con una determinada mirada sobre las cosas. En esta pieza se permite bromear con las diferentes fases de la lectura por las que pasamos y define al que denomina el lector hijo de puta: «Ya no toleraba frases flojas, ni cacofonías indeseadas, ni lugares comunes, ni palabras que yacían medio muertas en la página». Leer calladito reflexiona sobre la consideración actual de esta práctica como algo silencioso y privado, algo que durante siglos no fue lo normal, y cuenta que fue Ambrosio de Milán, en el año 383, «el primer lector contemporáneo, ensimismado, silente», según atestigua san Agustín.

Dos textos muy breves, casi microcuentos, son La nutria verde, donde imagina los objetos de apego de su hijo como seres vivos que se apegaran —ellos a las personas— por voluntad propia; y el tierno Primer beso, sobre su inaugurada aprensión de padre, cuyo corazón queda a merced de unas «manitas», y que explora la oscura posibilidad de que un padre encuentre muerto a su hijo (sentimiento opuesto al precioso título de José Luís Peixoto Te me moriste, evoca Halfon). A partir de aquí, se suceden varias historias en torno a la memoria, la personal y la histórica, fundidas en un ejercicio de indagación interior a partir de imágenes propias o adquiridas, que recuerda al de su anterior Canción (Libros del Asteroide, 2021).

Imagen extraída de la cubierta de «Duelo» (Libros del Asteroide, 2017).

El lago narra la lucha entre guerrilla y ejército como ruido de fondo de su infancia, así como la presencia familiar del peligro y la muerte en torno a la figura de su padre. Es también la crónica de un país y una lengua que se convierten en extranjeras, cuando Halfon vuelve de su periplo estadounidense, y del fantasma de los ahogados en unas aguas enfermas donde la contaminación —otra forma de violencia política— expulsa la vida indígena. Esta cultura autóctona, que existió como algo mítico pero que no pudo sobrevivir a los años 70, protagoniza El anfiteatro, cuento al calor del fuego, de la noche y los silencios. En Beni, uno de los relatos más crudos del conjunto, rememora «una mezcla de leyenda y espanto» en torno a la matanza perpetrada en una aldea inocente por los soldados kaibiles, convertidos en máquinas de matar por la inteligencia guatemalteca con métodos de entrenamiento brutales, inhumanos o tal vez demasiado humanos en su diseño de la violencia. Réquiem dibuja el contraste entre la vitalidad de su hijo y su padre-abuelo muerto, tras una vida de fe —como «padre-cura»— y de compromiso social con los guerrilleros y los oprimidos, pues en Latinoamérica la pobreza prende, había oído decir el escritor, «como fuego en pinada seca».

Cierta vez le preguntaron si era un buen hombre, escribe en La pecera: «Pensé en responderle que no, o que no tanto, o que no tanto como debería serlo, o que no tanto como lo advierte uno de mis apellidos, heredado de mi abuela egipcia: Buenoshombres». En Gefilte fish, concluye que «la imitación es el principio de todo aprendizaje» (y de la creatividad, según le apunta Oliver Sacks), lo que sin duda es aprendizaje de padre. Continúa ese asombro en Domingos en Iowa, donde le divierte pensar que se es niño y se es adulto en relación a cómo se escucha música, cómo se asiste a un concierto: «La música, decía Stravinsky, la entienden mejor los niños y los animales».

Nada se aprende, en cambio, en Papeles sueltos, texto de arranque y final imponentes sobre las páginas que combustionan espontáneamente justo tras ser pasadas, no dejando constancia de lo que hemos interiorizado, y sobre la necesidad de saltarse el contexto como única vía de llegar a ciertos autores —léase Knut Hamsun— libres de prejuicios. Wounda lo sitúa ante el confinamiento y la prioridad de ser padre antes que escritor, también ante la paternidad como elemento potencialmente sanador. En El último tigre contrasta lo que nos sugiere la transmisión oral frente a lo que nos cuenta la arquitectura urbana, aparentemente anónima pero que camufla algún otro relato agazapado. La marea, en fin, transcribe una historia contada por su padre (el padre-abuelo, de nuevo) sobre cómo le devolvieron a la vida tras ahogarse en el mar, mientras el propio Halfon confiesa cómo le estremeció darse cuenta de que su padre había no-muerto a la misma edad en que él lo estaba sabiendo. Un pensamiento que nos depara un final hondo, vasto y rumoroso: «Quería preguntarle a mi padre quién sería yo sin mi padre».

 


 UN HIJO CUALQUIERA 
Eduardo Halfon
LIBROS DEL ASTEROIDE
(Barcelona, 2022)
144 páginas
14,95 €

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