Entrevistas

Andrés Neuman: «Un bebé es un vanguardista en pañales»

El escritor Andrés Neuman, autor de «Umbilical». Reportaje fotográfico: Ángel L. Fernández.

En la azotea de un hotel de Sevilla, tres hombres hablan sobre cambiar pañales. Uno es periodista y ha sido padre hace dos años. El segundo dirige revistas culturales y tiene al niño ya crecido. El tercero, más novato, es un escritor, Andrés Neuman (Buenos Aires, 1997), al que su bebé le ha propiciado una experiencia transformadora y de autoconocimiento que le tiene boquiabierto, que le ha expuesto a sensaciones, comenta con sus congéneres mientras aquellos asienten, para las que ni la vida ni la conversación con iguales ni la literatura le habían preparado. El resultado del asombro lo ha registrado en los textos cortos, insomnes, inmediatos de Umbilical (Alfaguara, 2022), que recorre la experiencia desde el momento en el que se confirma el embarazo hasta los primeros meses de vida. «Encantado, hijo mío, de empezar a la vez a ser lo que seremos», le dice. En un momento de torrencial literatura sobre la maternidad, Neuman ha querido reflexionar sobre la figura del padre y la transformación de sus roles, sobre una paternidad cercana, muy presente, sentimental, escatológica y fascinada que ha plasmado en este volumen que es, también, un regalo a su hijo sobre su llegada al mundo.

¿Cómo se gesta, nunca mejor dicho, su libro? ¿Existía el anhelo de escribir algo así antes de saber que sería padre? Porque creo que es una idea recurrente esa de plantearnos qué le contaríamos a nuestras criaturas en caso de que llegaran a existir.

Lo escribí para dar cauce a una emoción que no se comprende si no se escribe y que, además, aumenta gracias a la escritura. Las vidas, la vivida y la escrita, siempre se nutren mutuamente. No, no era un propósito que tuviera antes de empezar a vivir esta aventura. Empecé a escribirlo como una manera de dialogar imaginariamente con mi hijo. Todo empezó con una pregunta muy elemental: ¿qué tipo de preparación puede tener un hombre? ¿Qué tipo de emoción puede ir modelando y qué tipo de cordón paralelo, de vínculo no especialmente fisiológico, se crea antes de que nazca? A pesar de la frase hecha, llegamos al mundo mucho antes de nacer. Los bebés se manifiestan y se hacen sentir desde el primer minuto. Tienes nueve meses por delante para lidiar con el sobresalto que genera la próxima llegada de una criatura, para trabajar una espera que puede ser muy creativa y que, sin embargo, no nos han enseñado a gestionar. Para mí, que vengo de una familia de músicos, fue un descubrimiento saber que mi hijo ya podía escucharme y distinguir mi canto. En la medida en que nos impliquemos, hasta donde nos lo permite la biología, superando límites culturales y de educación emocional, uno se siente padre bastante antes del nacimiento.

Sí, expone muy bien esa sensación de paternidad prematura.

Quería materializar de algún modo esa espera. Me entusiasmó entrar en un diálogo preverbal y prenatal, lo cual es es un acto de fantasía pura. Una vez que me embarqué, empecé a notar un tono y unas inflexiones naturales con un aire de familia, y ahí empecé a vislumbrar que podía tratarse de un libro. Cuando mi hijo nació y todo se materializó en un cuerpo, empezó a generarse una narrativa muy cotidiana del piel con piel. De hecho, así conocí a Telmo, porque el embarazo fue hermoso pero el parto fue muy difícil y se resolvió con una cesárea de emergencia. Así que yo tuve que estar en ese momento, en su primer minuto, y se estableció enseguida ese vínculo físico, intenso, gozosamente escatológico, que inaugura la segunda parte del libro, más realista.

Una segunda parte en la que usted es un padre insomne que, como todo primerizo, ha de aprender de golpe.

La segunda es más realista y aborda todas esas incertidumbres. Cuando vi que el hijo crecía en mis manos, fue cuando terminé de materializar la idea del libro. Luego se me vino a la mente una tercera parte centrada en regalarle palabras a alguien que aún no las tiene. Y eso me remitía a una de las preguntas fundamentales de la poesía: ¿cómo poner palabras a aquello que es o bien inefable o bien no está hecho de verbalidad? Me parecía que en estas partes se producía un relato muy completo de ese juego de matrioskas que es la vida. ¿Cómo puede ser que los cimientos emocionales o inconscientes, lo que determina la personalidad, aparezcan en ese momento del que apenas recordamos nada?

Intuyo que el hijo funciona también como un torrente que arrastra a la superficie recuerdos de la propia infancia, que nos conecta con nuestro propio origen.

Desde que supe que sería padre se me activó una curiosidad que nunca había sido tan intensa. Me preguntaba, por ejemplo, cómo habría aprendido yo a dormir o cuánto comería. Me dijeron que era un niño que tenía náuseas, así que me preguntaba: ¿tendrían esas fatigas relación con el momento de mi país? Porque nací en plena dictadura. ¿Hasta qué punto somaticé? Mi madre ya no está aquí para confirmarme en qué momento dejé de dormir con ella y mi padre muy vagamente recuerda esos días. Te haces preguntas sin respuestas pero que generan inquietudes que te ayudan a afrontar la crianza.

Nunca se ha escrito sobre la maternidad tanto como hoy, sobre todo acerca de lo que significa ser madre en este tiempo y de la necesidad de romper tabúes.

Estamos en un momento insoslayable de literatura de maternidad, de gran reformulación de los roles y figuras maternales, ante un gran boom muy necesario. Esto no puede sino desembocar tarde o temprano en una reformulación también en el caso de los hombres, en lo que respecta al padre. No se trata de contar lo que han contado ellas sino de ver qué consecuencias tiene eso en el lugar de los hombres, más como un movimiento en paralelo. La poca o muy sesgada literatura de paternidades tiene que ver con la figura del padre terrible, kafkiano, del que encarna la ley, del patriarca. Ese hombre con el que en algún momento de la vida necesitamos ajustar cuentas porque nos ha jodido. Están también el padre ausente, el que daña por omisión y el que se visibiliza en una etapa última de vulnerabilidad, al que hay que cuidar. Pero hay muy poco escrito sobre otro tipo de padres, que hoy existen más que nunca. Los que van por la calle con el carrito, los que tratan de aprender a conciliar lo mejor posible, los que cambian pañales. Esos padres también existen y yo conozco a muchos. Yo quería hablar desde mi experiencia de una paternidad que se produce desde la ternura y el cuidado, del padre que se vincula con su bebé. De eso hay muy poca literatura. No me viene una escena de una película o un libro que retrate, por ejemplo, algo tan pedestre como cortar las uñas de los pies de un niño.

Es que no hace tanto tiempo que los hombres cambian pañales…

Algunos sí lo hacían, pero cuando se daba el caso, era como un secreto. No se hablaba y mucho menos se escribía. Hay dos aspectos, cómo nos excluyen y cómo nos autoexcluimos de ciertos territorios del cuidado. Y, por otra parte, también hay una falta de tradición que hace que no tengas referentes. Puede que el canon narrativo de las relaciones familiares no haya sabido dar cauce a las excepciones, que son más de las que creemos. Igual que el colectivo diverso de madres ha necesitado fundar una tradición de maternidades crueles o se ha manifestado directamente contra la maternidad, como una forma de oponerse al tópico, no es raro que a la vez se genere un movimiento que muestre a esos otros padres, que se salga del terreno tradicional o del rol impuesto. ¿Cuántas veces hemos escuchado a hombres decir que les gustan los niños pero a partir de cierta edad, cuando ya caminan o hablan? No nos han enseñado a vincularnos con una criatura preverbal, pero eso está cambiando.

Lo cuenta muy bien, la bella relación —no apoyada en el lenguaje— que se establece desde el primer minuto.

Siendo escritor se me hacía raro pensar en una relación sin palabras, pero es maravilloso el vínculo visceral que se crea. Yo no he echado de menos el lenguaje, se me han caído muchos lugares comunes con respecto a mí mismo con mi hijo. Esos tópicos están en nuestra educación, en la que hay demasiadas ideas preconcebidas sobre cómo vamos a sentirnos siendo padres y madres. Me interesaba registrar, como un pequeño sismógrafo, las sensaciones reales que iba teniendo. Se trataba de hacer un relato poético de lo que me sucedía, incluso, y sobre todo, cuando era lo contrario de lo que creí que sería. Yo soy su cuidador, pero mi hijo es mi maestro y me da lecciones de todo: de presente, de espíritu lúdico, de sensorialidad, de reflejos hacia los estímulos. Ojalá pudiese retener una pequeña parte de la capacidad de entusiasmo y de intensidad presente que tiene esa criaturita imparable.

Es un vanguardista en pañales, escribe usted.

Él no lo sabe ni le importa lo que es la vanguardia, pero de algún modo es un sujeto experimental alucinante.

Recuerdo a mi padre contándome que, al nacer, yo le hice un hombre, que el niño había sido él hasta ese momento. Se lo cuento al hilo de la idea de la paternidad como experiencia revolucionaria, completamente transformadora. Me interesa también, en este sentido, ahondar en cómo transforma al escritor. Se destilan de las páginas de este libro una ternura, una dicha y un miedo que parecen recién fundados en sus letras.

Mi experiencia de paternidad está siendo desmitificadora. Es verdad que te transforma mucho, sobre todo en la dinámica de tu día a día. Pero también se podría pensar a la contra, que todas las emociones que experimentamos en la crianza ya las conocías, solo que no con la misma intensidad y no al mismo tiempo. Se presentan de forma caótica y simultánea, descontrolada, el miedo, el cansancio, el entusiasmo, el hartazgo, el no poder más… Una extraña mezcla de valentía y terror y de sentimientos que ya existían, pues son las emociones del universal humano de toda la vida, pero que no sabías que se podían combinar de esa manera. Se parece a la primera fase del enamoramiento, donde está todo: la inseguridad y el deseo, el temor y la resolución, la vulnerabilidad… Al nacer mi hijo tuve la sensación de que ya había tocado las teclas de ese piano, pero desde entonces ha sido hacerlo con las dos manos y los dos pies. Es un ejercicio de autoconocimiento y te oyes resonar en todas tus posibilidades. En cuanto a la literatura, sentí que era importante que el libro reflejara en su estructura las condiciones materiales de la crianza. Para escribir la Guerra y paz del bebé solo hace falta una cosa, que es no encargarte de tu hijo para lograr disertaciones largas y sesudas en varios tomos… Más allá de que nunca he tenido tan pocas horas al día para escribir, me parecía que para no caer en una especie de traición ética, el libro necesitaba reproducir esa conciencia fragmentaria de una intensidad agotadora. Cuanto más te involucres, más transpirará en tu trabajo. La escritura se toca en el roce diario con el cuerpo del bebé.

De hecho, es un relato muy físico, vuelvo a lo del piel con piel que mencionaba.

Te cito otra cosa de la tradición: muchos hombres hemos sido aprensivos en términos hospitalarios. En literatura, la única vía interesante para la escatología es la sexual. Pero un bebé te enseña la vía amorosa de la escatología. A mí me parecía impensable amar a alguien que te llena la mano de mierda, pero sucede. Cuando sientes amor por el ser que te está vomitando la ropa limpia que te acabas de poner y lo que experimentas es una mezcla de sentido del humor y ternura, se genera un compromiso muy especial. Un día descubres que no sabes cambiar pañales porque toda la vida te han preparado para no saber hacerlo. Fue un descubrimiento, una sorpresa diaria. Si hiciéramos una encuesta, veríamos que las mujeres sin hijos saben más de cambiar pañales que los hombres sin hijos. Esa información circula de forma más natural en las mujeres que en los hombres.

Hay un momento en que le traslada un anhelo al bebé, el de que le enseñe a llorar lo no llorado.

Esto es lo mismo. Hay hombres que lloran muy bien pero otros muchos, como es mi caso, llorábamos mejor con la ficción o con el arte que con nuestra propia vida. Yo era un llorador torpe, pero desde que existe mi hijo no hago más que llorar gracias a él, me ha regalado una espléndida terapia. Hay como una especie de llanto histórico y de emociones narrativas reprimidas que la paternidad es capaz de desatar. Cualquier gran experiencia, de muerte, de amor o de deseo, es una oportunidad de abrir una presa. La paternidad lo ha sido.

Tiene un niño del confinamiento.

¡Es un pandemial! Es lo único bueno que me ha traído el covid. Hubo muchos desastres en mi familia y en mi vida laboral, como le ocurrió a millones de personas en todo el mundo. En mitad de esto sucedió esta maravilla de hacer de la necesidad virtud. Pude seguir su día a día con mucha más cercanía y cotidianeidad de la que hubiese tenido antes. Las primeras experiencias con mi hijo, incluso el libro mismo, fueron el fruto de este horror del que estamos empezando a salir.

Le preguntaba lo del confinamiento por el miedo clásico de convocar a una criatura en un mundo con tantas sombras e inestabilidad.

Convengamos en que la mayoría de nuestras teorías no son más que una defensa frente a la incertidumbre y una justificación de nuestras propias experiencias vitales. La mayoría de posturas son una autojustificación, como lo es esa de que cómo vamos a traer niños a este mundo. Pueden convencernos grandemente teorías en contra y a favor de la procreación. Idiotas los hay con y sin hijos. La cosa está en sacarle el jugo a lo que decidas. Yo fui muy feliz y pleno sin hijos, me lo pasé de puta madre, y me encargaré de decírselo a Telmo. No creo que seamos seres incompletos si no los tenemos, igual que no lo somos si decidimos vivir en soledad. Sin embargo, cuando no sabía que sería padre, me preguntaba mucho cómo sería envejecer sin un hijo. Cuando ya tienes al bebé, entonces inauguras nuevas dudas y temores. Instalarse en la certeza de una decisión u otra es una ingenuidad.

 


Umbilical
Andrés Neuman
Alfaguara
(Barcelona, 2022)
128 páginas
16,90 €

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