Horas críticas

«Brutalismo»: humanos ante el cambio o la extinción

Un sentimiento común a nuestra sociedad occidental es que ya no tiene más que hacer sino contemplar el fin del mundo. Como si la breve historia de la humanidad ya estuviese consumada, y nada se pudiera remediar. Esta percepción colectiva se aprecia especialmente en la ficción, ocupada cada vez en mayor medida por una serie de relatos apocalípticos, distopías y todo tipo de colapsos. Hemos dejado de creer colectivamente en el futuro. Con esta tesis arranca Brutalismo, el último ensayo del filósofo Achille Mbembe, aparecido en nuestra lengua este año en edición de Paidós.

El momento no podía ser más idóneo: este concepto de final inevitable se va haciendo cada vez más común y más presente en nuestras sociedades. Pero Mbembe, utilizando las teorías sociológicas más manejadas frente al fenómeno, nos ofrece un enfoque distinto. En su libro están presentes las ideas del Plantatioceno, que frente a la corriente del Antropoceno pone mayor énfasis en nuestra forma de considerar el planeta como un lugar de extracción de recursos. Son las ideas de Anne Tsing y sus propuestas de supervivencia colaborativa. Está presente también el nuevo materialismo, y los debates teóricos de sus pioneras N. Katherine Hayles y Donna Haraway. Aunque lo verdaderamente fundamental de Brutalismo es su dimensión política. Nos propone imaginar una comunidad radicalmente inclusiva para el planeta, subrayando la urgencia de hacerlo cuanto antes. Refundar la comunidad humana para que sea capaz de convivir con el resto de seres vivos.

No es una obra utópica porque no contiene ni promesas ni métodos, solo reflexiones. Pero proporcionadas desde la perspectiva de los pueblos que, como él dice, han tenido que crear sus recursos del aire. La suya es una perspectiva africana, realizada desde la más profunda comprensión de Occidente. Mbembe tiene, por su origen y desarrollo intelectual, una posición privilegiada para mantener esta visión. Su origen camerunés, su doctorado en la Sorbona de París y su trabajo habitual como profesor en la Universidad Witwatersrand de Johannesburgo. No por casualidad dedica el libro a sus tres países.

El brutalismo arquitectónico es su inspiración y punto de partida para dar un nexo común al ensayo. Por cuanto para él este movimiento representa la oposición entre el acto de demoler y el de construir, enfrentados. Asistimos hoy a la demolición de los seres, las cosas y los sueños, mientras una sociedad cada vez más ligada a la tecnología no cesa de construir la nueva realidad, ni el poder duda en aprovecharla para desmantelar toda forma de resistencia. Hay para el filósofo, en ese proceso, una serie de constantes: el desastre ecológico, la crisis migratoria, la innovación tecnológica y el pensamiento colonialista en Occidente, que aún persiste. Y todas esas constantes acaban reduciendo la vida, y por tanto a la persona, a mera materia bruta.

Mientras la biosfera colapsa, sus recursos naturales se agotan vertiginosamente y padecemos el reverso tóxico de ese proceso. Envenenarnos con el agua que bebemos, la comida que consumimos y hasta el aire que respiramos. Frente a la biosfera, la tecnoesfera avanzada nos desplaza como humanos del centro del proceso, convirtiéndonos en meros engranajes de una máquina. Este es el origen de la angustia que predomina en todos. Puede parecernos novedosa y desquiciante, nos advierte Mbembe, pero ese es precisamente el devenir histórico de África desde que tiene memoria. Primero el colonialismo y luego el caudillismo local, han explotado y envenenado sus recursos, sometido sus cuerpos, minimizado sus derechos como humanos.

Lo verdaderamente fundamental de Brutalismo es su dimensión política. Nos propone imaginar una comunidad radicalmente inclusiva para el planeta, subrayando la urgencia de hacerlo cuanto antes.

No es tanto que tengamos que aprender de lo africano, el autor jamás hace tal afirmación, como que al ponernos frente al espejo de la comprensión entendamos que otros colectivos humanos ya han pasado, muchas veces, por esta situación. Ser capaces de comprenderlo, sin poner la distancia entre nosotros y los otros, podría llevarnos a esa nueva conciencia planetaria. De la que en realidad depende no solo nuestra supervivencia ecológica, sino la de nuestras sociedades occidentales tal como las entendemos hoy.

Mbembe dice que debemos comenzar entendiendo que existe una imposición en lo que hoy llamamos capitalismo, consistente en creer que no existe un afuera del que no podamos apropiarnos, ni un modo de vivir distinto al nuestro que debamos respetar. Tenemos que proporcionar desarrollo a los pueblos primitivos y obtener sus recursos allí donde estén. Esto es parte de nuestro brutalismo, actual e histórico, al que ahora se añaden personas que ya no quieren juzgar ni pensar por sí mismas. Y el malestar que nace como consecuencia de esa sociedad problemática ya nos afecta a todos. Lo mismo que esa corriente ahora dominante de incluirse en un grupo, el que sea, antes de quedar excluido. Mejor formar parte del poder que oponerse a sus dictados. Esa idea está llevando otra vez a las naciones a reclamar identidades excluyentes, al avance de lo que el filósofo llama microfascismos. Un proceso que no nos sacará del problema porque en realidad insiste en reforzar las conductas que nos han traído hasta aquí. El camino, explica el autor, es reconstruir y reparar al modo africano. No tratando de recobrar unas propiedades perdidas, la exclusividad racial sobre un país, las tierras polucionadas libres de toda toxina, para apropiárnoslas de nuevo, sino tratando de recomponer las relaciones y así establecer un nuevo modo de desenvolvernos en el mundo.

Los actos de reparación son solo un ejemplo. Mbembe cita muchos más, basados en el africanismo, y lo hace proporcionándonos un punto de vista al que no estamos habituados. Como entender que las fronteras ya no son administrativas, sino que separan a los humanos admisibles de los que no lo son. La fronterización es una táctica de poder donde el agua, los recursos o los cuerpos ya no son móviles. Se fijan y por tanto pertenecen. ¿Pero a quién exactamente? Queremos estar seguros de que sea a nosotros. Y para conseguirlo cedemos parte de nuestras libertades, o estamos dispuestos a ello, a cambio de seguridad. La de que nadie traspase nuestras fronteras.

Sabemos que todo eso sucede, este ensayo solo actúa como un espejo que nos coloca delante de ello. Y lo hace sin citar casos concretos. Esta es una característica muy singular de Mbembe, que apreciarán especialmente los lectores más propensos a pensar por sí mismos. La actualidad proporciona todo tipo de ejemplos en que podría apoyar sus argumentos, pero al no emplearlos, cualquier lector puede poner en los párrafos sus preocupaciones cotidianas. Sin importar el país o región en que viva, si es vegano, negro, de derechas o de izquierdas. Es un acierto, y algo a lo que no estamos demasiado acostumbrados hoy en el género del ensayo. Refuerza además la idea que quiere transmitir: que el problema brutalista es planetario, universal y común a todos los humanos.

Otra parte importante de sus reflexiones la ocupa esa vida digital a la que ya no podemos sustraernos, y que nos ha traído una vuelta a la antigua emotividad de tintes religiosos. La tecnología de la conexión nos convence de que puede existir un mundo sin opacidad, contradiciéndose a sí misma. Las nuevas herramientas tecnológicas nos acercan además a una aspiración siempre humana y siempre africana. Ser más que humanos mediante objetos que sean un suplemento de nuestra humanidad. Pero eso solo puede alcanzarse en sociedades plásticas cuyas fronteras están en continuo movimiento, como ha ocurrido siempre en África. Es más, insiste, el animismo africano y su metafísica son ahora más útiles como metafísica que la clásica religiosidad occidental, por cuanto está más en sintonía con este presente, donde el límite entre el objeto y el humano se difumina cada vez más.

Todas las ideas de Brutalismo se organizan en torno a un concepto. Dependemos como humanos del planeta entero, y las consecuencias de lo que se destruye en un extremo muy alejado de nosotros acaban por alcanzarnos. Pero es una dependencia enfrentada a «cuerpos sobrantes, humanidad enjaulada», a una «comunidad de los cautivos». Grupos humanos que no cuentan, los migrantes fuera de las fronteras o los pobres excluidos en su interior. La Tierra, pese a lo que dicen las declaraciones universales, ya no nos pertenece a todos.

Pero la idea más importante del libro, la mayor razón para leerlo, es que Achille Mbembe no nos plantea si existe o no curación para todo eso. Sino que si no ejercemos la curación solo nos quedarán los funerales. Y para esos no habrá ni límites, ni fronteras, ni exclusiones.

 


Brutalismo
Achille Mbembe
Paidós
(Barcelona, 2022)
232 páginas
19,90 €

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