Cultura ambulante

Arte que habla por sí mismo

Exposición «La emoción como voz interior: una forma de burlar el olvido» en el MACVAC de Vilafamés
Vista de la exposición del MACVAC. / Foto: Joan Feliu Franch

A la pandemia le hemos acabado atribuyendo múltiples efectos. Hay quienes la describen ya como fuente de todos sus males y errores de juicio, mientras que en muchos casos se invocan sus poderes regeneradores y supuestamente terapéuticos. Uno de los propósitos de enmienda desencadenados por esta crisis mundial ha sido, para ciertos centros museísticos, el de conceder más valor a sus propias colecciones. Circunstancias obligan, pero para la mayoría de los actores implicados en el sector del arte, es una resolución de sentido común y probablemente ya estaba tardando. También el virus ha situado en alza el valor de las emociones, por todo lo que hemos pasado —y seguimos pasando— cuando ya nos empezábamos a acostumbrar a que el mayor castigo se lo llevaran otros. Tiene mucho sentido, pues, la exposición La emoción como voz interior: una forma de burlar el olvido, que acoge estos días el Museu d’Art Contemporani Vicente Aguilera Cerni (MACVAC) de Vilafamés, en un momento como el actual.

En primer lugar, porque se basa en dos colecciones, y nos permitirán los lectores de Mercurio que acudamos a las cifras para resumirlo: se reúnen un total de 22 obras, en diversos formatos y soportes, de hasta 20 artistas contemporáneos internacionales, de los cuales una decena proceden de la colección del MACVAC y otra de la colección privada cacereña Fracaral, colaboradora de la muestra junto con MARTE, Fería de Arte Contemporáneo de Castellón. Pero, tras esas cifras y en segundo lugar, se halla justamente la muy subjetiva propuesta de vincular esas piezas diversas en función de las emociones que suscitan y de cómo pueden ser interpretadas bajo esa luz. Es decir, aquí se desdeña la habitual asociación estilística o historicista para yuxtaponer las obras en base a algo tan voluble como los estados de ánimo, con los que el relato se vuelve hasta cierto punto desordenado, caótico; nuevo. El sentido responde, en esta ocasión, a los sentidos y a la mirada capaz de conectar.

«Funérailles de l’acteur de Kabuki: Danyuro» (1965), de Henri Cartier-Bresson. / Imagen: MACVAC

De la hostilidad en Elegy To The Spanish Republic N° 51 (1968) de Robert Motherwell a la felicidad en Saro (1997) de Juan Uslé, pasando por la incomprensión en Expediente policial roto y sin embargo archivado (1976) de Concha Jerez, la vergüenza en Jimmy Carter II (1977) de Andy Warhol, la frustración en Black Kitchen (1987) de Miquel Barceló, la serenidad en Espacio geométrico (1980) de Soledad Sevilla, la gratitud en Fluxus Balance (1993) de Mieko Shiomi, la soledad en El brazo de Ana (1992) de Alberto García-Alix, la compasión en Funérailles de l’acteur de Kabuki: Danyuro (1965) de Henri Cartier-Bresson, o el odio, la ira y la irritación en 3 head (2008) de Richard Stipl, cada una de las piezas dialoga con otras en torno a una de esas emociones, de forma que se completan, alteran, contrastan y superponen.

Lo más interesante es que la exposición del MACVAC, comisariada por Jorge López —director de la Galería Punto de Valencia—, no delimita la lectura de esas relaciones con un recorrido marcado y paneles esclarecedores, sino que únicamente aporta al visitante una serie de círculos de color como toda representación de las citadas emociones, y unos códigos QR donde puede acceder a información sobre los autores. La interpretación, no obstante, queda al ojo y la mente de cada cual, rompiendo el habitual carácter aleccionador de la experiencia museística y planteando al espectador-participante más preguntas que respuestas: ¿Qué sentimientos o sensaciones nos despiertan estas obras a primera vista? ¿Qué son capaces de transmitirnos sin que sepamos del todo darle un nombre?

«Las manos de la angustia» (sin fecha), de Oswaldo Guayasamín. / Imagen: MACVAC

Este espíritu de la muestra, entre lo experimental y lo interactivo, es su mayor valor, por encima incluso de las grandes firmas reflejadas. Como señala Gilles Deleuze en su libro sobre el pintor Francis Bacon, Lógica de la sensación (1981), «la tarea de la pintura se define como el intento de hacer visibles fuerzas que no lo son». Esas fuerzas son también las que actúan para componer y dar valor a una colección de arte. Más que un conjunto de obras almacenadas o en exhibición, las colecciones son organismos vivos, pues encierran grandes misterios, tantos como nuestras cambiantes (y, lógicamente, irracionales) emociones al zambullir los sentidos en una de estas piezas. Prueben a visitar la misma obra de cualquier museo en momentos diferentes de su vida y analicen su diversa percepción. Acaso, como sugiere esta exposición, sea la única manera de burlar el olvido de todo aquello que nos hace humanos, del paso del tiempo medido en lo que nos mueve por dentro.

 

La emoción como voz interior: una forma de burlar el olvido
Obras de Richard Stipl, Manuel Millares, Ekaterina Kornilova, Equipo Realidad, Andy Warhol, Mieko Shiomi (Fluxus), Esther Partegas, Soledad Sevilla, Esteban Vicente, Valle Martí, Irazu Pello, Robert Motherwell, Manuela Ballester, Darío Villalba, Juan Uslé, José San León, Miquel Barceló, Concha Jerez, Imi Knoebel, Oswaldo Guayasamín, Henri Cartier-Bresson, José María Yturralde, Pedro Calapez, Hugo Alonso y Alberto García-Alix
Comisariada por Jorge López
MACVAC de Vilafamés, Castellón
Hasta el 31 de mayo de 2021

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