Crónicas desorbitadas

A dónde van a parar los museos

Ahora que casi nos habíamos hecho a la idea de verlos vacíos, los museos empiezan a reabrir, forzados una vez más a demostrar su capacidad de supervivencia. Pero esta nueva fragilidad, ¿es solo producto de un seísmo que nos ha cogido con las defensas bajas? Preguntamos a cinco directores de destacados centros culturales del país, en la primera entrega de una serie de reportajes sobre el futuro del sector
Sala Oval del Museu Nacional d’Art de Catalunya, durante el confinamiento (foto: Marc Vidal)

El pasado 18 de mayo, los museos celebraban casi obligados su Día Internacional (en internet, que es donde se celebra o se condena hoy todo). Pero ya en aquella jornada y en las previas, cuando se empezaba a vislumbrar la magnitud del problema, algunas voces dentro y fuera del sector comenzaron a cuestionar el modelo actual, que en esta coyuntura y tras más de dos meses de confinamiento, está mostrando su cara más implacable y su insostenibilidad. Las pérdidas millonarias que ya acumulan o prevén algunos de los que tienen mayor envergadura, así como las medidas que van a recortar de forma drástica su personal laboral, han dado pie a una conversación que quizá deberíamos haber tenido antes. Pero, ¿seguro que es nueva?

En el III Foro de Industrias Culturales, que acogió Madrid en 2011 bajo el revelador título ¿A dónde vamos a parar?, el (aún hoy) director del Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, comenzaba su intervención con una afirmación rotunda: “Es evidente que los museos y centros de arte contemporáneo están en crisis”. En aquella misma mesa redonda, su homólogo en el Prado por entonces, Miguel Zugaza, dejaba caer una confesión todavía más cruda: “Hemos creado un escenario demasiado caro o difícil de mantener”. Por tanto, ante el debate actual, en el mundo pospandemia, es inevitable experimentar una cierta sensación de déjà vu. Pero las circunstancias no pueden ser del todo las mismas: primero, por lo que ha pasado –o dejado de pasar– en esta década; y segundo, por cómo la crisis del coronavirus está hurgando en la herida como nunca antes.

Beatriz Herráez: «A lo que deberíamos aspirar es a que la relación con nuestros museos genere un vínculo que permita un contacto frecuente»

“Esto llegó de un lunes para un martes, inapelablemente”, recuerda Pepe Serra, director del Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC). “Ha parado la actividad, nos ha metido a todos en casa, los museos han estado cerrados, el turismo se ha ido y tardará en volver. Ahora hay buenas preguntas que hacer: ¿Cuál es la naturaleza de estos sitios? ¿Para qué sirven, en el buen sentido? Creo que una crisis como esta es una oportunidad única de repensarse si abrimos bien el debate, aunque sea un poco descarnado”. Y en esa intervención a corazón abierto, lo primero que debemos dilucidar es si, como se ha dicho, el modelo actual se basa demasiado en las macroexposiciones y si incluso puede hablarse de una burbuja de los museos.

“Creo que desde 2008 las exposiciones blockbuster, de tres millones de euros de presupuesto y no sé cuántos metros cuadrados expositivos, han sido muy, muy contadas en nuestro país. Por eso no hablaría en ningún momento de burbuja”, responde Manuel Olveira, responsable del MUSAC. Desde su punto de vista, no se puede generalizar en el debate sobre los museos, dado que “los hay que tienen dos o tres personas en plantilla y otros tienen cuatrocientas o quinientas”. En esa misma línea se pronuncia Beatriz Herráez, directora del Museo Artium de Vitoria-Gasteiz, al señalar que “los museos son muy diversos y sus programas vienen determinados por múltiples factores, entre otros el lugar que ocupan en la dialéctica entre centro y periferia”.

Vista de la exposición «Zeru bat, hamaika bide», en el Museo Artium de Vitoria-Gasteiz (foto: Gert Voor in’t Holt)

Pero incluso dentro de ciudades como Barcelona o Madrid, el panorama es muy heterogéneo. El director del MNAC duda sobre si la función del Museo del Prado debe ser generar un amplísimo porcentaje de lo que gasta: “Está muy bien que consiga eso si sirve para comprar obras, pero no para abrir la puerta, pagar la luz y a sus empleados. Si nos tenemos que preocupar más de vender camisetas y servir cenas, creo que estos centros pierden su sentido”. Las cifras de visitas de museos como el madrileño o el barcelonés MACBA, por citar dos ejemplos, ofrecen una de las claves de esa doble condición de templos del arte y centros comerciales, así como de la conmoción que está suponiendo esta crisis: el alto porcentaje de turistas.

“Desde luego que hay una dependencia importante del público foráneo, lo que no siempre es malo porque también es un modo de apostar por la difusión del patrimonio”, dice la directora de Es Baluard Museu, Imma Prieto. Para su colega en el Museo Patio Herreriano de Valladolid, Javier Hontoria, la situación presente supone “una suerte de afrenta a lo global que podría implicar nuestro repliegue, lo cual tiene sus peligros también, pero lo que tenemos que ver es cómo sacar partido de ello”.

Pepe Serra: «¿Nos atrevemos de verdad a incorporar voces realmente representativas de la sociedad en los órganos de gobierno y la toma de decisiones?»

Esa globalización a la que hace referencia ha sido responsable de la proliferación de museos franquicia, otra de las figuras señaladas por su flaco favor al modelo actual. Pero, de nuevo, Manuel Olveira apunta que hay distancias insalvables entre aquellos y los centros de arte autóctonos: “Si piensas en el Guggenheim y en el MUSAC, ni su realidad económica ni su programa expositivo ni su función social tienen nada que ver. Y me da la impresión de que si haces un recuento de la gran mayoría de museos en España, léase el MARCO de Vigo, el CDAN de Huesca, el DA2 de Salamanca… el número de turistas que reciben –recibimos– es ínfimo”.

Puertas abiertas (al dinero)

Pero incluso si se admite una cierta dependencia de las visitas de fuera, al menos en los museos que concentran los mayores presupuestos, la cuestión de fondo en esta regeneración del sector parece situarse más allá. “Al fin y al cabo, la condición turística como forma de entender el mundo se nos ha impuesto”, reconoce Beatriz Herráez, “a lo que deberíamos aspirar es a que la relación con nuestros museos genere un vínculo que permita un contacto frecuente”.

En ese sentido, Imma Prieto opina que esta crisis “va a modificar completamente el modo en el que nos exponemos hacia fuera y, al mismo tiempo, cómo nos proyectamos hacia dentro, en el sentido de acercanos al público local. Aunque llevamos años haciéndolo, sobre todo desde los departamentos de educación de los museos, que no solo tienen en cuenta la diversidad de la ciudadanía sino que tratan de llegar a las comunidades en reclusión o guetos”.

De hecho, la cuestión de la accesibilidad de estos espacios y su apertura real a todos los públicos es otra de las que podrían cobrar relevancia en este contexto. “Sabemos que existen indicadores de una desigualdad inmensa en el acceso a la cultura”, asegura Pepe Serra. “Hay gente que no es que vaya o no vaya al museo, es que ni sabe que puede ir. O no tiene los medios ni la capacidad, o el tiempo o la salud o el estado mínimo de confort para dedicarse a una actividad como esta”. Por ese motivo, para la directora de Artium “es importante que toda institución entienda que trabaja con unos públicos heterogéneos que no vienen dados, sino que se van constituyendo en marcha”.

Javier Hontoria: «Después de 2008 todo parecía que iba a llevar a un cambio de paradigma radical, y luego volvimos a las andadas muy fácil y muy rápido»

Vista de la exposición de Eva Lootz en el Museo Patio Herreriano de Valladolid

No solo se trata de incluirlos como visitantes, sino que debería irse un paso más lejos a la hora de crear comunidad, a juicio del responsable del MNAC: “Si queremos un lugar recurrente y hablamos todo el día de participación, creo que es el momento de decir: ¿Nos atrevemos de verdad a incorporar voces realmente representativas de la sociedad en los órganos de gobierno y la toma de decisiones? Pero eso es romper unas cuantas membranas, y no sé si todo el mundo está dispuesto”.

Serra habla de una resistencia que, una vez más, tiene que ver con la consideración de estos espacios como centros de negocio, más que culturales. “Ahí hay mucho que recriminar a los museos que están gobernados de forma opaca. En ellos no está representada la sociedad civil, como se dice; están los que tienen dinero”.

Lo viejo es lo nuevo y lo público, privado

Este planteamiento entronca con otro de los dilemas que se ha introducido en el menú de cuestiones a tratar: ¿no debería asegurarse la supervivencia de los museos concediéndoles carácter de servicio público, a la altura de ámbitos como la educación o la sanidad? “Si tenemos que ser vehículo y canalización de todo un pensamiento sobre lo que está ocurriendo en torno a nosotros en tiempos tan convulsos como estos, lógicamente estamos dando un servicio público”, afirma Javier Hontoria. También reivindica esa vocación Beatriz Herráez, que entiende “más necesario que nunca desplegar miradas con amplitud histórica en todos los campos de la actividad humana, y el museo es un lugar adecuado para llevar a cabo esa labor, desde el desarrollo de un pensamiento crítico”.

Ante la posibilidad de que algunos arqueen las cejas por cómo esa consideración pudiera afectar a la independencia respecto de los diversos gobiernos, Imma Prieto lo tiene claro: “Una cosa es que seamos un servicio público y otra la injerencia política. Para evitarla, es necesario exigir la profesionalización en los cargos directivos de las instituciones artísticas y culturales. Los políticos solo tendrían que preocuparse de generar unos mecanismos acordes al código de buenas prácticas para que aquellos sean elegidos”.

Vista de la exposición «Ana Vieira. El hogar y la huida», en Es Baluard Museu (foto: David Bonet)

También está la recurrente controversia sobre la conveniencia (o no) de establecer la gratuidad de la entrada en los museos. No es la primera vez que se plantea, y tal vez por eso parece haber unanimidad en que su implantación sería viable. Cuestión distinta es que se considere imprescindible para dar un giro al sector, ya que en muchos casos –sobre todo en los de titularidad pública– ya hay jornadas y actividades de acceso libre, una amplia gama de descuentos, franjas horarias con reducción de precios, etc. El Museo Patio Herreriano es uno de los que no cobran por visitar sus instalaciones, y desde que tomaran aquella decisión en 2017 continúan evaluando cómo puede afectarles. Para su director “sí es una cuestión pertinente. Imagínate la cantidad de instituciones que basan su presupuesto en la venta de entradas”.

Imma Prieto: «A veces me viene a la cabeza la imagen de miles de teléfonos fotografiando a La Gioconda, ¿qué está viendo la gente exactamente?»

Y es justo en ese punto donde pueden surgir las contradicciones de lo público. Al menos desde el punto de vista de Pepe Serra: “El verdadero debate debería hacerse en torno a qué forma parte del sistema público y qué no, y cuánto cuesta. Y una vez sepamos el coste, cuál es su modelo de sostenibilidad como servicio, no como negocio. Si no, estamos haciendo una especie de sonrisa hacia fuera y drama hacia dentro que es esta precariedad constante que repercute en trabajadores, empresas y profesionales de todo tipo”.

El director del MNAC es partidario de abordar sin paños calientes una de las zonas sensibles de este asunto, el auge de la financiación privada en los museos públicos: “Un espacio como este, con colecciones que empiezan en el Románico y acaban en Tàpies, trescientas mil obras de arte que son públicas, ¿es un servicio o se tiene que automantener? Porque disponer estas obras para que se puedan investigar, lleguen a las escuelas y a todo el mundo, y que el museo cumpla otros objetivos más complejos que la mera conservación, requiere un trabajo que no se debería medir en términos de rendimiento económico”.

Horizontes poéticos, resultados políticos

Y sin embargo, el difícil equilibrio de las cuentas de algunos grandes centros museísticos los está convirtiendo en otro tipo de pacientes de alto riesgo en esta crisis. Se enfrentan a la reducción de alrededor del 40% de su presupuesto y al recrudecimiento de esa precariedad prepandemia, en todos los niveles, a la que hace mención Pepe Serra. Los más optimistas firmarían volver a sus números hacia el último trimestre del año; los menos, no creen que vayan a recobrarse del susto hasta bien entrado 2021 o directamente dudan que vayan a recuperarse nunca. Un traumatismo que se añade a la caída económica que vienen arrastrando todos –grandes y pequeños– desde 2008, como recuerda el director del MUSAC, que sin ir más lejos perdió la mitad del presupuesto y de su plantilla en aquella época.

Vista de instalación de la obra «La siesta del fauno» (2003-2006), de Javier Ayarza, en el MUSAC

Desde el otro museo leonés presente en este reportaje, el Patio Herreriano, Javier Hontoria piensa que debemos empezar a pensar que “los públicos no van a ser los de antes y las programaciones se van a ver afectadas por ello. Toda esta situación pedirá un cambio, y en ese sentido es un buen momento para repensarlo todo, pero no para hablar con la ligereza con la que siempre se habla en este tipo de crisis. Después de 2008 todo parecía que iba a llevar a un cambio de paradigma radical, y luego volvimos a las andadas muy fácil y muy rápido”.

Con la llegada de esta nueva crisis, algunos se han apresurado a afirmar que el futuro está en las visitas virtuales y la museística digital. “En estos meses todos nos hemos volcado en nuestras páginas web, quizá incluso con demasiado ímpetu, pero una visita online nunca va a sustituir la presencial”, sostiene Imma Prieto. “Sin embargo, ningún análisis es tan fácil, y una exposición con una presencia masiva de público también da que pensar: reducir un poco los aforos es interesante para permitir que el espectador tenga realmente una experiencia física en ese espacio. A veces me viene a la cabeza la imagen de miles de teléfonos fotografiando a La Gioconda, ¿qué está viendo la gente exactamente?”.

Manuel Olveira: «No digo que el virus lo haya inventado nadie, pero su gravedad es consecuencia de un modelo de consumo, y eso lo viene diciendo el arte desde los 60»

Una imagen que habla, quizá como pocas otras, de lo insostenible del modelo actual, al menos en el caso de los museos con aspiraciones más elefantiásicas. Quizá de ese reconocimiento es de donde debamos partir para desentrañar hacia dónde debería ir el sector desde este momento. Esa es, sin duda, la forma de verlo de Manuel Olveira: “No digo que el virus lo haya inventado nadie, pero el agravamiento de sus condiciones es consecuencia de un modelo de producción, de consumo, de relación con los humanos y los no humanos. Y eso ya lo viene diciendo desde los años 60 el arte que ha estado más cercano a las reclamaciones de los movimientos por los derechos de otras personas, por la justicia social, por un mayor equilibrio ecológico. Debemos partir de esos horizontes poéticos para obtener resultados políticos diferentes”.


Calendario de reaperturas
Museo Patio Herreriano: 26 de mayo
MUSAC: 29 de mayo
Artium: 2 de junio
Es Baluard Museu: 2 de junio
MNAC: 10 de junio

Un comentario

  1. Pingback: Arnasa, un museo que respira – Revista Mercurio

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