Entrevistas

Benjamín Labatut: «Empecé a escribir siendo consciente de que la literatura no es una carrera, sino una caída»

El escritor chileno Benjamín Labatut, autor de «Un verdor terrible». / Foto: Juana Gómez

El runrún comenzó antes incluso de que Anagrama publicase el libro en España en septiembre del año pasado. Hacia mediados de agosto, ya lo habían recibido algunos críticos y periodistas culturales que, hasta el día antes, no tenían (teníamos) ni idea de quién era ese chileno de apellido afrancesado. Después ya nunca lo olvidamos. No mucho antes, había empezado a calar en Europa la idea de que Un verdor terrible, un libro de relatos entrelazados de amor puro a la magia, a la ciencia, al conocimiento, a la locura y al brillo radiactivo de los misterios sin resolver, sería uno de los títulos del año. «Extraño e intimidante», resumió Ignacio Echevarría en su presentación. El título que le pusieron los ingleses, When We Cease to Understand the World (Cuando dejamos de entender el mundo) es quizá el resumen perfecto de la empresa que acomete el narrador en este ambicioso fresco sobre ciencia y literatura, sobre hechos que, de tan increíbles, parecen fabulados, sobre ese momento en el que un hombre jugando a ser dios, enloquecido por descifrar el mundo, cuestiona lo hasta entonces asumido como verdadero.

Benjamín Labatut (chileno nacido en Rotterdam en 1980 y con una biografía nómada) ha escuchado todos estos aplausos de lejos, desde “el culo del mundo” donde vive, y adelanta que no ganará el Booker, del que es finalista, porque soñó hace unos días que sí lo ganaba. Sea como sea, este brillante recorrido suyo por las pesadillas y delirios de los frankensteins del siglo XX, pasa ya a la historia como un volumen hermoso, inesperado, una rara avis que pone a dialogar a razón y locura, ciencias y humanidades, al horror creado por el hombre con sus mejores hallazgos, los vínculos entre el conocimiento y la obsesión y la locura. “No olvido que la literatura es cruel, que no le importa a casi nadie, y que la mayor parte de los escritores y escritoras se queman las pestañas por nada, y no reciben ningún reconocimiento, por buenos o malos que sean. Tampoco puedo olvidar que la fama es corta, la memoria también, y que la literatura no perdona: lo que hoy se aplaude, mañana se condena”, confiesa a Mercurio solo a unos días de que se falle el prestigioso galardón.

Leí el libro hace unos meses y sigue ensanchándose en mi cabeza. Creo que es un sentimiento común entre sus lectores. Perdura la emoción, perduran la curiosidad, el abismo… ¿Se lo ha comentado mucha gente?

Si la emoción y la curiosidad perduran, es porque el libro está centrado en varios misterios, cosas que nadie comprende, al menos no del todo. La esfinge es eterna y nos seguirá fascinando incluso cuando se haya hecho polvo, porque aquello que no logramos comprender es lo que mantiene la mente viva. El problema es que también nos tortura y nos atemoriza. Es una experiencia liberadora. Creo que el mundo pierde su magia y su encanto cuando se desconecta del misterio. Por eso admiro tanto a los científicos (y me aburre tanto buena parte de la literatura), porque están atrapados en un baile, en una pelea a muerte con la realidad. A mí me interesa todo aquello para lo cual las explicaciones actuales no bastan. Es un placer muy específico, porque la mente exige explicaciones para todo, la razón quisiera alumbrar hasta el último rincón de nuestras almas. Y sin embargo, no puede. De ahí surge un cierto delirio, una facultad creativa desatada, porque el ser humano es un mono porfiado, no acepta el vacío, se rebela contra esa falta y fabula, crea realidad, inventa todo tipo de explicaciones e historias para arropar lo que es misterioso. Y luego todos vivimos enredados por los hilos de esa red.

¿Por qué se dedicó a la literatura? ¿Qué tal se le daban las ciencias en el colegio y en el insituto? ¿Qué opina de la grieta en crecimiento entre las ciencias y las humanidades? ¿Por qué tan poco diálogo entre ambas?

Escribo por fascinación. Tengo una obsesión fáustica por el conocimiento y un cierto anhelo de lo absoluto, furiosamente demodé, que me hace escudriñar en las fallas en la lógica del universo. De niño, tenía la ambición de saberlo todo. Descubrir que eso era imposible fue un verdadero golpe para mí. Me costó aceptarlo. Todavía me molesta. Supongo que eso habla mucho sobre mi megalomanía, pero también explica por qué me atraen personajes como Alexander Grothendieck, que recorrió ese camino hasta el fondo, y luego fue un par de pasos más allá.

Yo no veo ninguna grieta entre la ciencia y el arte. Hay incontables autores y autoras que se han inspirado en la ciencia —Poe, Herzog, Lovecraft, Ursula K. Le Guin, Ballard— e incluso un par, como Nabokov, que la cultivaron. Creo que ciencia y literatura son dos derivaciones, dos saberes hermanos que provienen de la misma fuente: la magia. Al separarse, la ciencia ganó su fuerza, pero perdió el sentido, mientras que la literatura se volvió inútil, prácticamente insignificante, pero mantuvo su conexión con dos cosas sin las cuales no podríamos sobrevivir: la sombra y lo irracional.

Es finalista del Booker, ha recibido loas por doquier, ha sido traducido en las mejores editoriales del mundo. ¿Esperaba este reconocimiento internacional una vez que puso el punto y final? ¿Cómo lo está viviendo?

Estoy muy lejos de todo eso. Chile es el culo del mundo, pero es un culo donde vivo tranquilo y razonablemente feliz. El último año lo pasé arriba de la montaña con mi familia, debido a la pandemia, así que desde aquí apenas se escuchan los aplausos.

En esto, como en todo, estoy dividido en dos: por un lado, quisiera permanecer indiferente a las opiniones de los demás, porque nunca les he dado mucha importancia. Por otro, me siento orgulloso de las editoriales que me han publicado, y agradecido por lo que está pasando con el libro, porque es algo excepcional. Sin embargo, no olvido que la literatura es cruel, que no le importa a casi nadie, y que la mayor parte de los escritores y escritoras se queman las pestañas por nada, y no reciben ningún reconocimiento, por buenos o malos que sean. Tampoco puedo olvidar que la fama es corta, la memoria también, y que la literatura no perdona: lo que hoy se aplaude, mañana se condena.

Lo del Booker, y todo lo relativo al éxito, va a pasar. Yo empecé a escribir siendo absolutamente consciente de que la literatura no es una carrera, sino una caída. Acepté vivir y escribir a espaldas del mundo incluso antes de terminar mi primer texto, porque mi maestro, el poeta chileno Samir Nazal, el hombre que me enseñó a escribir, murió sin publicar una sola palabra, y con eso me mostró el corazón secreto de la literatura.

«Aquello que no logramos comprender es lo que mantiene la mente viva; el problema es que también nos tortura y nos atemoriza»

Sus historias se erigen sobre una materia sensible, la del cuerpo de las ideas, sobre el momento eureka en el que una biografía empecinada cambia la forma en la que entendemos el mundo. Es maná para la literatura…

Me interesa cuando la razón va más allá de sí misma. Lo que une a todos los textos del libro es una obsesión con los límites de la ciencia, con esas ideas que parecen romper los moldes y mostrar el lado más extraño del mundo. Por eso escribo sobre la singularidad de los agujeros negros, sobre la mecánica cuántica, sobre los paisajes abstractos que llevaron a ciertos matemáticos hacia los terrenos de la locura, o sobre la trenza envenenada que une el azul de Prusia y el cianuro, una trenza que comienza en el momento en que la alquimia se empieza a separar de la química, y que culmina en las cámaras de gas del Holocausto.

Uso lo racional para hablar de lo irracional, porque creo que la literatura es una de las mejores herramientas para abordar el abismo que tenemos al interior de la cabeza. A mí me interesan los errores de dios, los monstruos de la razón, pero sobre todo me interesa el conocimiento encarnado, las ideas que se vuelven carne. Porque creo que hay ideas vivas e ideas muertas, así como hay libros vivos y libros muertos: lo que está vivo es lo que no podemos entender del todo. Aquello que obliga a la mente a pensar. Lo que está muerto es todo lo que ya comprendimos, lo que ya conocemos, esas cientos y miles de novelas que no nos dicen nada nuevo, porque solo reafirman nuestras convicciones y percepciones, y por ende, se pueden ignorar fácilmente.

Este es un libro también sobre el deslumbramiento, la curiosidad, la pasión y la belleza de la ciencia. Quiero saber cómo seleccionó estas historias. ¿Buscó grandes hallazgos producidos en situaciones improbables, maravillosas? ¿Se las topó por azar? ¿Fue tirando de un hilo?

Creo en el hilo que va de la fascinación hasta el delirio, y en lo que escribo uso la ciencia como una excusa para hablar de todo aquello que ni las palabras ni las ecuaciones pueden tocar. El azar es casi siempre la mejor guía, pero el lógico austriaco Kurt Gödel creía que en todo azar siempre hay una apariencia equivocada; es algo que debemos considerar, porque incluso en el corazón del caos, hay extraños atractores, fuerzas ocultas que van dibujando los caminos por los cuales circula nuestra imaginación. En lo que escribo, trato de ahondar en mis obsesiones, o más bien me dejo llevar por ellas, y confío en ese azar a pesar de que muchas veces me ha llevado al fracaso. Muchas ideas no germinan del todo, muchos textos quedan truncos, y libros completos, cientos de páginas, van a acabar al cajón. Pero William Burroughs decía que uno no era escritor hasta haber descartado al menos mil páginas. Yo ya me estoy acercando a eso. Solo necesito fracasar un poquitito más.

«Elijo historias que brillan cuando se iluminan con el ojo demoniaco de la ficción». / Foto: Juana Gómez

La pandemia ha puesto en evidencia las lacras que acarrea la merma de la inversión en ciencia. Es un momento en el que se han cuestionado muchas cosas. Un tiempo de miedo, de locura, de carreras de vacunas. Y de pérdida de certezas. A su manera, nuestro presente es similar al del periodo en el que abunda el libro. ¿Qué historia pasada por la literatura y escrita por Labatut cabría detrás de todo esto? ¿Qué pasa cuando no es la ciencia sino la enfermedad lo que rompe la idea que tenemos del mundo y de nosotros mismos? ¿Qué sucede cuando algo tan grande como lo que estamos enfrentando resquebraja el sentido común y la ilusión de ciertas garantías en todo el mundo desarrollado?

Siempre me ha interesado la enfermedad. Nunca fui una persona muy sana. Me parece que hay una conexión profunda (y muy poco saludable) entre enfermedad, creatividad, éxtasis y literatura. Mis mejores textos, las partes más inspiradas de mis libros, las suelo escribir luego de recuperarme de alguna dolencia, sea un simple resfrío o debido a algo más serio. Por eso, sin que yo pueda controlarlo, mis personajes siempre sufren. Si no son las ideas las que les infectan el cuerpo, es el cuerpo que les impone algo.

Para ser sincero, no hay casi nada que me parezca interesante en la pandemia. Creo que no va a tener el efecto transformador que la gente imagina. Los virus y nosotros hemos estado conviviendo hace mucho tiempo. Y hay una cierta memoria en el ser humano, algo que no olvida, algo que, de alguna manera, conoce lo que está pasando, aunque no sea de forma consciente. Creo que lo único que va a ocurrir es que se acelerará una transformación que ya venía en curso. Pero, claro, puedo estar totalmente equivocado.

Sobre la pandemia solo escribí un texto, La Ville Morte. Trata, entre otras cosas, sobre el mundo vaciado del ser humano, el miedo que nos late adentro desde que empezó a esparcirse el virus, y de las obsesiones de William Burroughs, quien estaba obsesionado por los virus. Sus libros están llenos de ellos. A mí el único virus que me interesa es el que Burroughs llamó «el virus-palabra»: incluyó entre sus síntomas no solo aquellos que normalmente atribuiríamos a una enfermedad de este tipo (tos, fiebre, dificultad para respirar, inflamación) sino también «la producción de la realidad objetiva». El virus-palabra fija el significado. Clava la realidad en nuestra mente. Wild Bill pensaba que cada especie tiene un Virus Maestro, el cual es una imagen degradada de dicha especie, y también dijo que nosotros los humanos bien podríamos ser un tipo de virus, sin ningún propósito más allá de la replicación sin fin, «uno que ahora puede ser aislado y tratado».

«Ciencia y literatura son dos derivaciones, dos saberes hermanos que provienen de la misma fuente: la magia»

A su anterior libro, Después de la luz, también llegó a través de una crisis personal que resolvió indagando en la vida de los otros. En este caso, habla de un estado de confusión extremo, a la izquierda de la racionalidad, y que decide atajar asomándose a la peripecia de seres delirantes, empecinados. ¿Es la desesperación su puente para la escritura?

Ese libro tiene un aspecto oracular, no porque yo lo considere una obra importante, sino porque pareciera contener las respuestas a las preguntas que se hacen sobre él; a modo de ejemplo, te copio el segundo párrafo, que habla de los riesgos de enfrentar la literatura —y la vida— desde la total falta de esperanza.

Un hombre a punto de ahogarse es un asesino en potencia. Se aferrará instintivamente a lo que pueda y lo empujará hacia abajo para evitar hundirse. Por eso tantos han muerto tratando de rescatarlos.

¿En qué momentos de aquel libro cree que logró transmitir mejor el estado en el que se encontraba?

Para mí es muy difícil hablar de ese libro. Es lo que me convirtió en escritor, pero es un ejercicio fallido, de principio a fin, porque estoy tratando de escribir sobre algo frente a lo cual uno debiese permanecer en silencio. El estado en que estuve, y del cual salí, a la vez, fortalecido y desecho, se puede ver perfectamente en el párrafo que abre el libro, y que de alguna forma resume todo lo que vendrá de ahí en adelante:

La narcosis de nitrógeno, también conocida como el rapto de la profundidad, genera alteraciones en el sistema nervioso y en la percepción de los buzos que nadan demasiado hondo. Un instinto irrefrenable por ir más abajo, alejarse de la superficie y abrazar la oscuridad. Uno solo debe patalear unos cuantos metros, luego el mar te succiona, caes de cabeza, sin esfuerzo, bajo la presión del agua circundante, con la euforia del nitrógeno disuelto en tus tejidos acelerando la transmisión de tus nervios. Los síntomas progresan en cascada: somnolencia, pérdida de memoria, deterioro del juicio, confusión, alucinaciones, mareos, risa descontrolada, aumento de la intensidad de la visión y la audición, estados maniacos y depresivos, sensación de levitación, alteración de la percepción del tiempo, cambios en la apariencia facial, pánico, perdida del conocimiento, muerte.

¿Qué metodo aplicó para la escritura de Un verdor terrible? ¿Tuvo presentes los procedimientos científicos a la hora de elegir las historias, bucear en ellas, documentarse y reconstruirlas con los mimbres de la literatura?

Soy muy concienzudo: leo todo lo que puedo conseguir —papers y artículos académicos, vídeos de YouTube, biografías, memorias de conferencias ignotas, blogs, libros— y luego selecciono aquello que posee una cierta radiactividad, aquello que brilla cuando se ilumina con el ojo demoniaco de la ficción. A mí me fascina la ciencia, por supuesto, pero también estoy tratando de encontrar significados más profundos, más extraños. El lugar donde el espíritu se cuela en las ecuaciones. El momento en que un saber extraño se abre paso en el mundo, y rompe el modelo que tenemos sobre las cosas. Allí donde el conocimiento se vuelve carne y, por ende, duele porque te desgarra y te quema. Porque si a la ciencia le interesa la velocidad de la luz, a la literatura la anima la velocidad de la sombra.

No puedo negar que me sorprenda el éxito del libro en cuanto a que es un texto exigente, que constantemente le pide cosas al lector, incluso después de acabarlo. Usted señala que hay que zambullirse en la ciencia, el arte y el delirio para entender el mundo con mayor claridad. Vivimos, sin embargo, en un momento de escasas zambullidas, de poco profundizar, de quedarnos en el bordillo tomando el sol. ¿Le apena esta circunstancia de nuestro tiempo? ¿Tiene el escritor una responsabilidad a la hora de paliarla?

Tomando en cuenta sus temáticas, lo que ha ocurrido con Un verdor terrible es una especie de milagro. Pero, como con todo milagro, debemos desconfiar. Desconfiar del autor, de lo que dice y de lo que escribe. También hay que desconfiar de los lectores, de los críticos que lo ensalzan, y de quienes lo condenan.

De la misma forma, hay que desconfiar de toda frase que busque atrapar el espíritu del tiempo, atrapar el presente en una imagen: yo no estoy seguro de que estemos en un momento sin profundidad. Bien se podría decir lo opuesto. La realidad, según la veo yo (o sea, distorsionada y poco clara, porque está reflejada en un espejo oscuro, lejos de cualquier trasparencia real) es casi siempre dual: hoy hay más profundidad y más saber que nunca, y hay más liviandad, oscuridad e ignorancia. Y tampoco está mal quedarnos tomando sol al bordillo. Suena como un buen lugar para leer.

Sobre la responsabilidad de los autores, me veo tentado —por esta única vez— a decir que sí, que sí tenemos mucha responsabilidad. ¿Porque viste que uno siempre salta ante ese tipo de preguntas y dice «no, no hay ninguna responsabilidad, la libertad es total, la única exigencia es estética, etcétera»? Quizás llegó el momento de que la gente que escribe recuerde el poder de las palabras. Tal vez debamos recordar que si hay un lugar del mundo donde descansa el espíritu, es en los libros. Pero dicho eso, yo leo cada vez menos. Prefiero mil veces el cine.

«No voy a ganar el Booker; lo sé con una claridad absoluta porque el otro día soñé que lo ganaba»

Si las echa a pelear, ¿quién gana entre la ciencia y la literatura? La ciencia, dice usted, es la forma que tenemos de estudiar la luz; la literatura, en cambio, existe para encargarse de las sombras. ¿Podría profundizar un poco en estas ideas y en las capacidades de ambas?

La ciencia gana. La ciencia es más importante. Pero a mí no me interesa lo importante, sino lo interesante. Porque es en la fascinación donde podemos encontrar el sentido de nuestras vidas. El ser humano no puede vivir sin fascinación, sin maravilla, y la fascinación proviene del fascinus, la personificación del falo divino, o sea, de nuestra calentura, de nuestros cojones, coño y cola. De ahí nace la libido, el élan, el goce, esa sustancia que anima nuestro deseo. Porque la ciencia no es seductora, es demasiado abstracta, está desconectada de la fuente de la vida, porque esa fuente no es racional, no se puede atrapar en números, es una emanación del espíritu. Además, a nadie le importa lo importante. Aquello que atrapa tu deseo, atrapa tu mente. Los seres humanos somos seres sensibles. En la sensibilidad se juega todo, y ese es el terreno de la literatura, de la danza, de las artes. Es la tierra oscura de la que brotamos, y que acabamos abonando cuando la ciencia se desmadra y nos hunde a todos.

Encuentro pocos rasgos de la literatura de su país en su narrativa. ¿Qué opina? ¿Se siente parte de alguna tradición?

No me siento parte de ninguna tradición. No me siento parte de ningún país. Vivo en Chile y soy tan chileno que me da urticaria, pero escribo en inglés. Nací en Holanda, pero tengo pasaporte italiano y mi apellido es francés. Creo que hay que evitar a los contemporáneos como a la peste, y eso corre el doble para los coterráneos, pero quizás es solo porque me gustaría tener una identidad propia, algo de lo cual carezco por completo: mi literatura está hecha de pedazos y de imitaciones, porque yo escribo desde la admiración y la investigación. Casi todos mis textos están construidos en base a algún molde. Azul de Prusia es un texto escrito siguiendo los pasos de Sebald; El corazón del corazón es una imitación de Pascal Quignard. Siempre escribo con algún autor en mente, y si no lo tengo, no puedo trabajar: ahora leo a Eliot Weinberger y Büchner, antes eran Bolaño, Borges, Cheever, Burroughs. Y las mejores partes de mis libros son robos, textos encontrados. Son muchas las frases ajenas que recojo, les tiro un escupito y les saco un poco de brillo, para después asombrarme de que alguien haya podido expresar tan bien lo que yo quería decir.

¿Qué está escribiendo ahora y cómo se relaciona con Un verdor terrible?

Estoy escribiendo sobre la inteligencia, humana y no humana. Estoy escribiendo sobre un cierto tipo de locura que está invadiendo el mundo. Y estoy escribiendo sobre el ser humano más excepcional del siglo XX, y sobre su reencarnación —tan atroz como inevitable— en el siglo XXI.

¿Qué supondría para usted ganar el Booker? ¿Cómo ha afectado a su biografía como escritor verse ahí?

No voy a ganar el Booker. Lo sé con una claridad absoluta porque el otro día soñé que lo ganaba: en mi sueño, un helicóptero Puma aterrizaba afuera de mi departamento en Santiago, y un grupo de hombres armados me sacaba de la cama a tirones. Mis vecinos aplaudían desde las ventanas; se formaba un círculo de espectadores en la calle y los soldados los amenazaban con sus fusiles. Mi hija lloraba, mis perros no paraban de ladrar, pero mi esposa —y esto es lo más raro, pero también lo más importante— también aplaudía a rabiar, sonriendo de oreja a oreja, aunque tenía los ojos llenos de lágrimas. Cuando finalmente despegábamos, un oficial inglés vestido con un uniforme de la SAS me preguntaba si yo prefería que me tiraran over the land or over the sea. No recuerdo qué elegí, desperté cuando iba cayendo en picada.

 


Un verdor terrible
Benjamín Labatut
ANAGRAMA
(Barcelona, 2020)
224 páginas
18,90 €

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