Adelanto editorial

Un canto a la tolerancia

«La ciudad perdida», de Mercedes Formica (Renacimiento, 2022)

La escritora y jurista Mercedes Formica (1913-2002). © Renacimiento

En la difícil situación en la que dos personas de orígenes y pensamientos tan opuestos tienen que estar juntas el entendimiento puede ser posible, si una no trata de imponerse a la otra o intenta hacer valer sus razones sobre las de la otra. Para ello, hay que querer entenderse, tener voluntad y empeño en escuchar y situar, por encima de cualquier otro condicionante, la tolerancia. La conciliación siempre puede surgir, nada es imposible si la vida fluye. El amor, entendido en un plano general, y aunque suene un tanto utópico, debe ser el sentimiento que aplaque las iras ideológicas o los fanatismos religiosos. La tolerancia es una forma de amar mediante el respeto a los principios ajenos y el interés en hacerlos encajar con los propios, por muy discordantes que parezcan.

La novela La ciudad perdida es un experimento para probar que la cordialidad y la convivencia, si se quiere, pueden nacer en cualquier situación entre los seres humanos. No existen vencedores ni vencidos. El plano político, aunque condiciona, debe quedar al margen, para que la gente «normal» llegue a entenderse. No quiere decir esto que alguien tenga que claudicar, sino que con la tolerancia se consigue doblegar la ley del más fuerte. El diálogo es la única arma capaz de garantizar la paz, que es el recurso que emplearon Rafa y María hasta la llegada de la policía, que representa el orden político reinante en aquel ambiente vital de los personajes y en el que, precisamente, no se contemplaba el diálogo, sino la imposición de quien hace uso del poder con tiranía. María salva a Rafa de las manos del sistema y lo libra, de quedar con vida, de un juicio interesado y de un final legitimador para el régimen vigente en aquella España. El hombre muere firme en sus ideas, sin pasar por torturas ni por todo tipo de humillaciones. Del mismo modo, como hemos señalado, la muerte de Rafa por disparos de la policía, cuando esta acude hasta el lugar donde se encuentra con María, habría significado la plasmación de la eficacia policial de Franco (como ocurre en la película) y, a través de ella, de la dictadura.

Aquella noche por las calles de Madrid ambos personajes, al margen de cuáles fueran las intenciones que Rafa tuviese hacia María, se escucharon y se comprendieron. La comunicación fue posible y las razones de quien era la encarnación del enemigo fueron atendidas y divulgadas a través de la obra de Formica, no fueron silenciadas. La autora escuchó el silencio. No podía estar más alejada de los ideales y principios del franquismo. El sentido de La ciudad perdida era y es disidente con quienes no aceptan la diversidad de experiencias que conducen a las personas a emprender caminos vitales y a actuar y pensar de un modo u otro como producto de estos itinerarios. Es cierto que la autora traslada esta idea a un entorno arriesgado: primeros años del régimen de Franco, cuando más dura fue la represión. Era complejo que su mensaje se entendiese, porque nada hay más opuesto a un espíritu de conciliación que una dictadura. Sin embargo, no quiso otro marco para recrear la necesaria tolerancia que el suyo, porque la Guerra Civil había dividido y fracturado la sociedad y, a pesar de todo, había que seguir viviendo. El foco no estaba, por tanto, en el «rojo» que entra en Madrid con fines terroristas, lo importante radica en el tiempo que los dos personajes pasan juntos y en el proceso de apertura que llevan a cabo de sus galerías interiores por las que emanan los pensamientos. Esto conllevó a que uno y otro tuviesen ansias por conocerse, por saber más y, a partir de ahí, por aproximarse a sus respectivas existencias.

Debió ser duro y frustrante para Formica saber que su obra, en la democracia, no solo no era entendida, sino que la encuadraban dentro del fascismo y el fanatismo religioso, cuando el propio censor de la época en la que fue publicada, o sea, bajo un contexto fascista, la había tachado de comprensiva con la historia de un «rojo», de espíritu conciliador y que, por tales motivos, era inaceptable su publicación (pese a ser tolerada a regañadientes). Por eso es tan necesaria la revisión de la obra literaria, artística y jurídica de Mercedes Formica.

La autora tuvo el deseo de reeditar La ciudad perdida tras quedarse sin ejemplares y notar que era de difícil lectura para las nuevas generaciones por falta de existencias. Por ello, preparó un mecanuscrito en el que pulió el estilo, sintetizó algunas ideas y cambió el final de la obra. Esta versión la pudo consultar Alborg, pero quedó sin publicar.

En esta edición de La ciudad perdida que aquí presentamos hemos intentado ofrecer una lectura que, tras años de estudio sobre la figura de Formica, pueda resultar más cercana a su sentido originario, al que ella quiso darle en conexión con su pensamiento y su personalidad, con el fin de alejarla de falsos mitos e interpretaciones politizadas. Esto también invitaría a visionar la película con otra mirada y poder, quizá, valorarla como un testimonio singular del panorama cinematográfico español de posguerra y no desde la óptica (errónea) nacionalcatólica y de melodrama fascista.

A modo de demostración del sentido de la tolerancia, de apertura de mente y de espíritu libre que Mercedes Formica poseía traemos aquí estas palabras suyas publicadas en 1967 en ABC, con la que cerramos la introducción a la novela:

Pertenezco a una generación que siempre supo lo que quería. Lo que nunca fue posible fue el diálogo. Había lo blanco y lo negro, lo rojo y lo azul, y nadie dio ese paso que prescribe la más elemental regla de la convivencia humana que consiste en averiguar si aquello que el oponente desea puede coexistir con lo que uno quiere. En España llevamos siglos, generaciones, ciclos históricos, intentando imponer a unos los principios de otros. Y viceversa. Creencia única. Ateísmo. Convivencia. Quema de conventos. Extrema izquierda. Reacción. Si tuviéramos presentes los orígenes de nuestra patria sabríamos que no todo en ella es homogeneidad, y que lo heterogéneo es tan español como lo que no es. España ha sido siempre diversa —en lo religioso, en lo racial, en la manera de entender sus problemas—, y lo ha sido como una consecuencia de sus tres castas —la hispano hebrea, la hispano morisca, la cristiana vieja—.


Este texto forma parte del estudio introductorio a la edición de La ciudad perdida [ seguida de El secreto], de Mercedes Formica, que Renacimiento publicará el próximo 19 de septiembre, dentro de su colección de narrativa Espuela de Plata. Lo firma Miguel Soler Gallo, quien se ocupa de la edición, mientras que el prólogo corre a cargo de Luis Antonio de Villena.

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