Horas críticas

Libros de la semana #47

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

No era esto a lo que veníamos, de María Bastarós (Candaya)

«Es lo que pasa con las cosas cuando una las mira demasiado. Todo acaba resultando vulgar», se dice en uno de los trece relatos que contiene este libro, que es de todo menos vulgar. Lo excepcional de No era esto a lo que veníamos —genial título que uno querría para su epitafio— es que la realidad es mirada como en una maqueta, como si sus protagonistas fuesen insectos «construyendo sus propias urbanizaciones» (el símil pertenece al libro), observados con microscopio o con una lupa a la que no le hace falta deformar la imagen; basta con la ampliación para que la visión resulte grotesca. Y es justamente la búsqueda desesperada de la autenticidad lo que a menudo mueve a quienes integran estas historias, todas abocadas al desastre inevitable y dejando el regusto irónico de que podría ser bastante peor. María Bastarós (Zaragoza, 1987), cuya voz prorrumpió en nuestras cabezas con su sorprendente Historia de España contada a las niñas, retrata aquí la zafiedad del contexto de nuestras leves tragedias; que lo son, pero que tampoco dejan de parecer inoportunas o ridículas. En estas páginas, hasta una depresión resulta poco épica. «Me pregunté si, sometidos a escrutinio, todos sus gestos serían así, una especie de reproducción vacía de lo cotidiano», leemos. Como en la portada del libro, somos testigos de la vida de los objetos —inerte, pero significativa— y sus connotaciones. También de los escenarios en que se desenvuelve, que casi siempre son hoscos pero también salpicados del brillo rancio de lo prefabricado. En esos «hombres y mujeres con ansia de adosado» descubre la autora un margen para el desatino y lo disparatado, como si lo que sus personajes tienden a ocultar hubiera decidido abrirse paso entre capas de maquillaje: el deseo y, aún más inquietante, la falta de él en una sociedad adicta a lo aséptico. De ahí emerge la violencia de los pensamientos cotidianos, lo que nos cruza la cabeza y que rara vez formulamos, pero que es tan real… La narrativa sin concesiones de Bastarós nos trae a la mente el horror cotidiano en la obra de Elisa Victoria, la punzante conciencia femenina en la de Silvia Hidalgo (como en «esas mujeres aceleradas, cargadas de bolsas»), la mirada nada convencional de Sara Mesa. Admiramos especialmente esos arranques que hacen que de inmediato nos sumerjamos en la acción/reflexión y quedemos pendidos de un anzuelo que, no obstante, nos conducirá a una suculenta pieza. Por ejemplo: «Es una mujer bella, y como todas las mujeres bellas —y a menudo también las que no lo son—, está en un buen aprieto». O: «No va a haber fiesta». O bien: «Lo ha decidido ahora mismo, mientras su madre le sirve los últimos restos de pollo empanado». Del mismo modo, sus finales son de lo más certeros, mezcla improbable de un espectacular plano en grúa y un abrupto fundido a negro. Un libro importante para colocar entre nuestros favoritos a esta escritora que tiene tanto de posmoderna como de costumbrista, en el sentido más analítico y terrorífico, respectivamente, de esos estilos, y que funde al exhibir el entramado de sinsentidos e insanos hábitos por el que nuestras existencias se hallan pautadas: «Como si esos peces hubieran adivinado la verdadera naturaleza de lo humano y se rieran de aquel descubrimiento: moviéndose todos juntos, todos iguales, cada uno infinitamente solo y prescindible».


La muerte es mi oficio, de Robert Merle (Sexto Piso)

Nos hallamos ante una novela rompedora, ya en su fecha de publicación pero incluso 70 años después, cuando tan habituados estamos a oír hablar de las víctimas (y de sus, por otro lado, inconsolables padecimientos) pero tan poco a mirar de frente a la gestación de aquellos horrores, a las personas que sencillamente se encontraban en el lugar ideal para acometerlos. Es el caso de su protagonista Rudolf Lang, trasunto de Rudolf Höss, uno de los nazis responsables de la barbarie de Auschwitz entre 1940 y 1943; quien, por tanto, encabezó muchas de las masacres acometidas en aquel campo de concentración y se encargó de llevar a término las directrices de Heinrich Himmler y compañía, motivo por el que en 1947 ese mismo escenario lo vería pender de la horca. La muerte es mi oficio representa una suerte de biografía ficcionada y apócrifa, que recorre la tremeda construcción de la bestia: desde su juventud de base católica a su vinculación al partido hitleriano con apenas 22 años, pasando por las penurias derivadas de la Gran Guerra, los cinco años de prisión tras apalear hasta la muerte a un maestro local, la incorporación a las Unidades de la Calavera, la instalación de las cámaras de gas y la cesión de su nombre a la infame Operación Höss. Como señala en su prefacio Robert Merle (1908-2004), su proceso de investigación y documentación le llevó a «tocar con la mano, en los textos oficiales, la organización material del horrible genocidio». Así es como desubrió que Höss no fue tanto un monstruo como un hombre de deber, ya que «todo es posible en una sociedad cuyos actos ya no son controlados por la opinión popular». Narrado en primera persona y construído a partir de la confesión escrita por el propio Höss, pero sobre todo de las entrevistas del psicólogo estadounidense Gustave Gilbert, la crudeza del relato evoca el estilo desapasionado del personaje real, buscando comprender de alguna forma su rol de verdugo. Se describe de forma minuciosa la obsesión de este oficial por ejecutar del modo más eficiente su misión: desde cómo transportar a los prisioneros hasta cómo congregarlos sin excesivo rechazo, terminarlos de la forma más rápida posible, apilar y trasladar sus cadáveres. «Por poco que reflexionemos, aquello rebasa la imaginación de la que los hombres del siglo XX, viviendo en un país civilizado de Europa, hayan sido capaces, tanto en método, como en ingenio y creatividad, para construir un inmenso conjunto industrial cuyo objetivo era asesinar en masa a sus semejantes», escribe Merle, novelista de amplia trayectoria en la ficción histórica, que fue prisionero del frente alemán en la II Guerra Mundial donde, al margen del trauma de su experiencia en un campo de concentración, obtuvo una lesión que lo postró de por vida y lo forzaría a encontrar el sentido de su vida en la literatura. En el juicio de Núremberg y sin mostrar arrepentimiento pero tampoco ira, Höss corregiría al presidente : «Le pido que me disculpe, pero yo solo maté a dos millones y medio. Los demás murieron de hambre, agotamiento o enfermedad». Un resumen terrible pero certero de una época desde la que aún no se ha cumplido un siglo.


El bosque de la noche, de Djuna Barnes (Seix Barral)

«Hay un hueco en el sufrimiento del mundo por el que el ser singular cae de continuo y para siempre; un cuerpo que se precipita en el espacio observable, privado de la intimidad de su desaparición». Recibimos con regocijo la reedición de esta novela originalmente publicada en 1936 que, pese a su enorme consideración entre la crítica, acaso no ha llegado a trascender como el clásico que es. Saludada como una de las grandes obras del siglo XX y alabada por autores tan dispares y esenciales como T.S. Eliot y Siri Hustvedt —que aquí ejercen de prologuistas—, pero también Anaïs Nin, Graham Greene, Dylan Thomas o William S. Burroughs, se trata también de una de las primeras en abordar una relación lesbiana. Por eso ganó su fama entre la literatura de temática homosexual, al lado de otras ficciones fundamentales de escritores como Carson McCullers o Truman Capote, pero El bosque de la noche es mucho más que eso. Su carácter subversivo impregna el estilo desplegado en estas páginas, entre lo lírico y lo gótico, a través de experimentos vanguardistas como la variación del punto de vista narrativo o los elementos metaficticios. Galería de retratos de «los desposeídos, los descarriados, los herejes y los rebeldes», como señala Hustvedt, donde no se juzgan los comportamientos desde la superioridad moral y en la que, en todo caso, se cuestionan las reglas y los estándares impuestos por la sociedad sobre las vidas de sus personajes, su osadía a la hora de fotografiar a estos sujetos incómodos es solo comparable a su maestría técnica, mezcla de lenguajes y de referencias. Djuna Barnes (1892-1982), de la que este año se conmemorarán los 40 años desde su muerte, se movió entre lo más florido de la escena creativa en el París de entreguerras, y es justo en esos años donde sitúa esta historia de deseos y pasiones cruzadas, encarnizadas y nocturnas, deambulantes y dolientes. Un universo personal (que tiene mucho de lo que hoy en día se consideraría autoficción) siniestro y enrarecido, plagado de imágenes imperecederas por su visceralidad insólita: «Su carne tenía la textura de la vida vegetal y debajo de ella se intuía la presencia de una estructura erosionada por el sueño, como si este fuera una podredumbre que la persiguiera bajo la superficie visible». Autora maldita y hasta hace poco una práctica desconocida para muchos, la escritora estadounidense entregó aquí un alegato contra lo inmutable y las certezas, y sobre la vulnerabilidad de aquellas almas que luchan contra esos elementos (la de ella misma, y la de otros muchos a quienes trató): «Tenía el rostro de todos aquellos que aman a todo el mundo; un rostro que sería perverso cuando descubriera que amar sin asomo de crítica es ser traicionado».


Lecturas y pasiones, de José Luis Melero (Xordica)

El origen de este libro se halla en una selección de 112 artículos originalmente publicados en Heraldo de Aragón, entre el año 2018 y el pasado 2021. Más que destinado a la prescripción, se trata de un «expositor de extravagancias» para todo bibliófilo consumado o en ciernes que se precie; aquellos que nos dedicamos a rebuscar, especialmente entre aquellos volúmenes que pasan desapercibidos o que no parecen suscitar el interés de nadie, para finalmente dar con grandes tesoros ocultos que aportan algo de sentido a nuestros días: «Nos gustan más las piezas humildes que las grandes piezas de caza mayor: estas sirven para exhibir sus cabezas disecadas en los salones principales, pero aquellos son los que sentimos más cerca del corazón y leemos con fruición y avidez». José Luis Melero (Zaragoza, 1956) es un lector voraz y ha hecho gala, en hasta cinco libros anteriores, de su afición y su capacidad de transmitir el ardor que a él tantas veces lo consume y le da alas, aunque advierte: «Abomino del coleccionismo de esos que atesoran y atesoran libros solo por bibliomanía y que van llenando los plúteos de sus librerías como se pegan los cromos en los álbumes hasta completarlos». En un panorama sobresaturado de novedades editoriales y donde los libros quizá tienden más a vestir feeds de redes sociales que a generar debates donde realmente se desentrañe lo que estas obras nos dicen, se agradece este manual falto de pretensiones pero repleto de ideas. El autor ejerce aquí lo que, aun no siendo en absoluto un ejercicio de crítica literaria, echamos de menos a menudo en esta: aporta contexto sobre la obra y el autor, narra algunos de los aspectos que los circundan y, de esa forma, alimenta nuestro interés y aporta claves para su lectura, dejándonos siempre con ganas de hincarles el diente. En estas páginas conviven nuestros insignes (Baroja, Cernuda, Salinas…) con los que él denomina «raros» (Antonio Covarsí, Amparo Poch, María Luisa Elío…), sus amigos (Miguel Mena, Sergio Vila-Sanjuán…), los de alguna forma olvidados (Carmen de Burgos, Juan Ramón Masoliver…) o los «aragoneses ilustres» (Zurita, Sender…), entre otros, haciendo un interesante recorrido de lo universal a lo más orgullosamente local, con un tono cercano que disimula su erudición y que trata con igual admiración a los autores considerados menores y a los intocables. Melero se muestra como un verdadero arqueólogo, y de vez en cuando se permite compartir algunas reflexiones acerca de asuntos más actuales, como las presentaciones de libros («todos nos hemos preguntado alguna vez para qué sirven»), las ferias de libros viejos («son a los nuevos lo mismo que una silla isabelina o una librería de Loscertales a los muebles de Ikea»), el nuevo periodismo («ahora a todos les parece normal que no haya que pagar por la información») o internet («los buenos libros en lugar de democratizarse se han aristocratizado; solo para élites y bibliófilos pudientes»). Por fortuna, este libro es para todos.

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