Entrevistas

Silvia Hidalgo: «Incluso en la vida que está bien, si miras con atención, hay algo escondido que huele mal y que acecha»

La escritora sevillana Silvia Hidalgo, autora de «Yo, mentira». / Fotos: Tránsito

«Las [mujeres] adultas no conjugan la primera persona», reza una de las muchas sentencias contundentes de la novela Yo, mentira, que ha publicado de forma reciente la editorial Tránsito. Su autora, la sevillana Silvia Hidalgo, se atreve en ella a darles voz, en un libro que define con la paradoja de «autoficción colectiva»: la suma de muchas vidas cercanas reales. Como en ellas, la protagonista de este relato se descubre un día atrapada en el papel al que parece predestinada (madre trabajadora, abnegada esposa), simulando entender los códigos sociales pero desconociendo qué motivos la han llevado hasta ahí. Por eso resume su vida como una gran mentira, no muy distinta a la que muchos de nosotros, los mediocres, hemos de armar para no hundirnos ante la presión de responder a las expectativas. «Las chicas de barrio no queremos ser auténticas, para qué, queremos fingir y parecernos a las otras, a las que heredaron el buen gusto, las joyas y la biblioteca de la abuela», reflexiona. Anclada en los cuarenta y tantos años («ya solo se nos consideraría jóvenes, y solo algo jóvenes, para morirnos»), parece necesitar motivos para estar triste, o al menos para sentir algo, por eso decide empezar a hacerse todas las preguntas, pertinentes e impertinentes, para tratar de averiguar quién es la persona a la que ve en el espejo.

Cuando uno lleva leído un tercio de esta segunda novela de Hidalgo, empieza a sorprenderse por la ocurrencia de muchos de sus breves pasajes, como escenas que van a fundido, pero pronto se da cuenta de la cantidad de hallazgos literarios que contienen sus 176 páginas. Podría decirse que en ellas se expresa, como su protagonista, «igual que una sonámbula que habla y no espera que la oigan», es decir: con honestidad salvaje y un crudo diagnóstico de las relaciones con el mundo. Partiendo de un estilo conciso y directo, armado con frases precisas como mazazos y potentes metáforas, además de un notable humor cáustico —«mezcla de compasión y crueldad […] unas ganas irrefenables de disparar al caballo cojo»—, la autora disecciona la psique contemporánea y los comportamientos con brillantez, entendiendo el origen del regusto amargo dejado por las rutinas de la vida en casa, en el coche, en un parque, en la escuela de su hijo, en el trabajo. No importa que, como reconoce la propia escritora, al personaje central de Yo, mentira tampoco le pase gran cosa en realidad. Como en el verso de Lara Moreno que ocupa la solapa del libro («Ha dicho la tele que un cometa pasó casi rozándolo todo»), de lo que habla esta novela es del momento en que todo podría saltar por los aires. Pero el peligro es otro: «¿Y si llega el momento en que una es incapaz de dejar de ser aquello en lo que se ha convertido ni cinco minutos?».

Una de las cosas que uno se pregunta al acabar de leer esta novela es de dónde sale su autora y cómo uno no había tenido antes noticias de ella. ¿Cuándo empezaste a escribir y en qué momento te decidiste a intentar publicarlo?

Pues siempre he escrito, pero es verdad que no fue hasta que tuve a mi hija, en esos ratos de silencio y de no poder comunicarte con nadie porque estás sola con un bebé, cuando me planteé tomarme más en serio la tarea de escribir las historias que ahora no podía compartir en tiempo real. Escribir con cierta ambición de terminar algo, no solo ideas sueltas. Yo había estudiado Ingeniería Informática, así que pensé que sería buena idea empezar a escribir de la mano de una profesional, y encontré a María José Barrios, de la librería Casa Tomada, que empezó a tutorizarme. Así fue como di forma a mi primera novela, Dejarse flequillo [2016], y cuando decidí publicarla quería hacerlo al estilo clásico, nada de autoedición o crowdfunding. Como no tenía ningún nombre como escritora, por supuesto, tras probar en algunos concursos, cuya leyenda todos conocemos, cogí un listado de editoriales independientes andaluzas y contacté con Amor de Madre, que antes era Pezsapo. Les gustó mucho el manuscrito y publiqué con ellas. A partir de ahí seguí haciendo relatos, participé en varias antologías y, mientras, me puse a escribir una novela.

Eso tenía entendido, que cuando surgió Yo, mentira en realidad andabas en el proceso de escribir otra novela.

Sí, estaba escribiendo una novela que se me estaba haciendo muy larga y la abandoné, y ahí surgió esta idea que tenía para hacer una novela más breve. Iba a ser como un cuento largo básicamente, pero bueno, al final se me fue un poco de las manos [ríe]. En realidad, Yo, mentira nace de huida de mi segunda novela.

Has dicho que la editora Sol Salama confió en ti casi ciegamente, pero no sé cómo llegaste a ella.

Cuando terminé el manuscrito, tenía bastante claro lo que quería, pero no tanto cómo conseguirlo, porque es muy complicado llegar al mundo editorial. En primer lugar, pensé que sería mejor idea buscar un agente editorial, y me dije: «Como pienso seguir escribiendo, en lugar de buscar una editorial cada vez que quiera publicar un libro, me busco un agente y ya está todo solucionado» [ríe]. Eso fue todavía más complicado o yo no atiné, porque les gustaba el manuscrito, pero claro, al final el libro es un producto y su escritora; yo no era nadie, no sé si lo que miran es el número de seguidores en redes sociales… estas cosas. Entonces conseguí que mi manuscrito llegara a Tránsito, que era donde yo lo veía. Tuve otra oferta editorial muy bonita, pero me parecía que mi novela no encajaba del todo en ese catálogo; justo al contrario de lo que pasaba con Tránsito. Así que Sol se lo leyó, me dijo que sí, y aquí estamos, que no me lo creo.

Pese a tratarse de una novela más o menos breve, se nota que hay un trabajo de escritura muy concienzudo. ¿Cómo fue el proceso y qué tiempo aproximado abarcó?

El primer borrador salió de forma muy fluida, creo que porque no tenía la pretensión de que esto fuera a ser una novela-novela, pensaba más bien en un relato largo. Está construida a modo de fotografías rutinarias, minihistorias en las que me centro en algo, una escena exacta o una imagen. Escena a escena, foto a foto, se fue construyendo. Ese primer borrador igual me llevó seis meses, no fue mucho tiempo (al menos desde mi punto de vista). Pero después sí hemos hecho mucho trabajo sobre él, primero en el plano más conceptual con María José y con Lara Moreno. Ha habido bastante reescritura y ha quedado muy pulido, sobre todo por la maravilla de contar con Sol en la fase final: te hace replantearte el sentido de cada coma y cada palabra. Mi novela va de replantearte como persona; pues es muy bonito replantearte tu propia escritura y si esa palabra es la que tiene que ir ahí o quizá si te esfuerzas un poco más puede ir una mejor.

Una de las cosas que llama la atención de la estructura son los capítulos muy breves a los que aludías antes. Los principios y los finales son muy contundentes, casi letales. ¿Cómo los trabajaste?

Pues no te creas que es algo tan consciente. Lo que ocurre es que, al tratarlas como pequeñas historias, sí que me gustaba cerrarlas en sí mismas, que incluso puedas leerte un capítulo al azar sin que pierda sentido. A fin de cuentas, no es una historia de suspense. Yo lo veo más bien como un diario, y sí me apetecía cerrar esas ideas, que por parte de la protagonista quedara clara su visión sobre tal o cual tema. No era del todo consciente de querer que terminaran en alto, pero al ser el colofón a cada apunte o entrada, puede que haya algo de eso.

En mi opinión, esa estructura provoca una especie de continuo cliffhanger emocional. Como lectores casi nos vemos empujados a leer el siguiente capítulo, y también eso evita la fragmentación del relato.

Claro, porque al final es un viaje en el que la acompañamos a ella en su camino a redescubrirse o a saber quién es. Va minando de pequeñas trampas, traiciones y mentiras su vida: el matrimonio, el trabajo, la relación con su hijo… Como decía antes, no es un thriller, pero sí hay tensión respecto a en qué momento esa situación va a dinamitar.

También creo que le da mucha fuerza al texto el estilo indirecto para los diálogos: a menudo describes el ritmo de la conversación, su fluidez o lo contrario, y la propia percepción de la protagonista sobre lo hablado.

Es una idea que vas depurando en el proceso de escritura. Me gusta mucho el estilo indirecto y sobre todo en este tipo de narrativa tan intimista, porque es como si ella te estuviera contando lo que está escuchando y lo que le están diciendo; está aplicando su flitro también. Creo que era lo que mejor funcionaba, porque aquí estamos viendo el mundo a través de ella. Sin llegar a ser tampoco un narrador mentiroso o poco fiable, pues te está contando las cosas en presente y no tiene margen para engañarte —pese al título de la novela—, te da mucha información no solo sobre los mensajes que le llegan sino también sobre cómo lo ha interpretado, cómo se lo está tomando y cómo le va a afectar.

Justamente te quería preguntar sobre la cuestión del yo, tan presente en esta obra (desde su título). Es inevitable plantearse lo que de autoficción tiene la novela, pero no me interesa tanto eso como la forma en que encontraste esa voz —interior— tan potente, tan personal y a la vez tan reconocible. Escribes con honestidad y sobre ideas que, aunque no sean las tuyas, pienso que a veces ha debido de ser difícil adentrarse en ellas. ¿Tenías claro desde el principio que ese era el tono que querías?

Para mí la construcción de los personajes y la búsqueda de la voz es lo más interesante a la hora de enfrentarme a la escritura, y a lo que dedico más tiempo. No soy una escritora de géneros, al menos de momento, donde importan más el argumento o la épica. Construyendo un buen personaje, le ocurra lo que le ocurra, puede haber tensión narrativa. En este caso, la novela no parte de una autoficción pura, pero sí de una autoficción colectiva, porque la protagonista es un cúmulo de las mujeres que me rodean. De hecho, no tiene nombre, podría ser cualquiera de las mujeres de mi generación y de mi entorno social, cuyas preocupaciones son otras de las que aparecen en el mundo intelectual. Esos debates no existen en las puertas de los colegios ni en la tienda de manualidades. Me interesaba el discurso interno de esas mujeres y, como estoy muy íntimamente ligada a ellas, incluyéndome yo, resultaba sencillo encontrar una voz que fuera sincera y honesta consigo misma y, sin embargo, tan temerosa hacia el mundo exterior.

También hay una crisis de edad, pero más que una crisis de los 40 es una caída al abismo que probablemente viene de muy atrás, ¿no?

Sí, viene de darse cuenta de que ha ido construyendo una vida en torno a las bases de lo que aprendió que era la felicidad: tener unos estudios, alcanzar un trabajo cualificado, encontrar el amor, formar una familia… y, cuando todo esto se ha estabilizado, se pregunta ¿y ahora qué? ¿Yo qué soy? ¿Por qué quería todo esto? Una se ve reflejada en esa mujer colectiva y anónima cuando nadie se refiere a ti por tu nombre propio durante una semana; eres la madre de fulanito, la de contabilidad. Esa falta de identidad, cuando has llegado a una madurez, te hace replantearte todo. Es difícil determinar en qué momento entra cada uno en esa crisis, pero sí que se cuece a fuego lento. Te das cuenta de cosas, de baches, que vas tapando hasta que no quieres hacerlo o ya no te merece la pena.

Más que sobre las relaciones de pareja, la novela plantea un diagnóstico sobre las relaciones con el mundo, aunque quizá se manifiesta en su pareja porque es incapaz de ser feliz y ni mucho menos permitir que alguien la haga feliz, ¿no?

Esta mujer empieza diciendo que no sabe cómo hablarles a su hijo y a su marido. Todo parte de una incapacidad de comunicación, contigo misma o con los demás, y la sexual-afectiva también lo es. Conozco a muy pocas mujeres a las que no les tiemblen las piernas a la hora de hablar en público, es un miedo atroz. Nos hemos criado sin mujeres en las mesas de las grandes decisiones, de los debates públicos, así que ni estamos acostumbradas ni tenemos referentes. Sentimos que a nadie le tiene por qué importar lo que vayamos a decir. La protagonista de la novela comienza con ese problema de incomunicación. Respecto a la pareja y su traición al matrimonio, hay otras traiciones o faltas de comunicación que no se entienden así de mal, pero esa es una línea roja que socialmente está muy aceptada. Puede ser que lleven seis meses sin hablarse, pero todo el mundo entiende que una pareja rompa a causa de una infidelidad y no se plantean nada más. Son cosas de la propiedad, de los celos, del ego, no tiene mucho que ver con la otra persona. El personaje de Yo, mentira, tan alejada de las relaciones abiertas o el poliamor, siente que viniendo de otra generación no puede ahora modificar su cerebro, así que busca su propio camino para averiguar qué problema hay en su relación: si es ella, si es él o si es otra cosa, como yo creo que resulta ser.

Aparte del doméstico, el otro ámbito principal de la novela es el laboral, que para la protagonista es ese otro teatro que ya no está dispuesta a representar y donde, también por ser mujer, se la somete a un continuo escrutinio.

Claro, te decía antes que son fotos de la rutina, y en la rutina sale todo, también el trabajo. Ella es una mujer normal, que lleva una vida totalmente vulgar y mediocre, y quería reflejar cómo ciertos ambientes laborales terminan excluyéndote. No estoy descubriendo nada si hablo de brecha salarial o techos de cristal; ocurre y lo he vivido en primerísima persona. Empiezas en el mundo laboral pensando que eso no va contigo, porque tus referentes directos (tu madre, sus vecinas) apenas se habían empezado a incorporar a esa realidad. Pero tú has estudiado con tus compañeros de igual a igual, a ti no te va a pasar porque sería un absurdo: ¿cómo va a haber ninguna distinción? Entonces llegas al mercado laboral y asistes, en los mejores casos, a micromachismos, y en los peores, al paternalismo y las injusticias. Mi protagonista está cansada, agotada de esas situaciones, por eso siente ese instinto casi maternal hacia Pantera [apodo de su compañera más joven de trabajo], no quiere que se desgaste ahí ni cometa los mismos errores. Aunque tampoco se lo dice, porque debe escribir su propio camino, pero le da pánico que se vaya a estrellar contra los mismos muros con los que ella se estrelló.

Hablabas antes de esa cierta tensión de la novela, que explora terrenos incómodos donde surgen pensamientos oscuros y una violencia soterrada que, sin embargo, convive con lo cotidiano. Supongo que querías que el drama no viniese de nada en concreto, sino que se filtrase lentamente.

Exacto. No me suelen gustar las historias en las que se busca la empatía con la protagonista a través del drama explícito o la victimización; tampoco a través del heroísmo. No quería escribir la historia de una víctima ni la de una heroína, basándome o bien en su total fracaso y en la violencia cometida contra ella, o bien en la búsqueda del éxito de una mujer muy fuerte, luchadora y que puede con todo. No, porque en la gran mayoría de los casos creo que no es así. Quería que tuviera el derecho a su mediocridad: en realidad, no le pasa gran cosa, no tiene grandes dramas. Pero es que en esa rutina, en esos roles que adoptamos, bastante drama y retos de superación hay ya. El hecho de tener que hacerle un disfraz a tu hijo para el colegio y temer que va a ser el peor, un desastre, que la vas a cagar, puede que no sea importante para otra persona, pero de verdad que en ese momento te va la vida en ello. Es tu validez como madre, representa lo que a ti te importan tus hijos y no quieres contagiarles de tu fracaso. Y lo mismo respecto a tu relación: es un hombre bueno, que me trata bien y siempre me intenta hacer sentir bien, de hecho me quiere, ¿cómo puedo permitirme no estar radiante de felicidad a su lado? Pues estos son los dramas que nos tocan a nosotras, a las más afortunadas, por supuesto. Incluso en la vida que está bien, si miras con atención, también hay algo escondido que huele mal y que acecha y que, a nada que retires el mueble y lo saques, te va a poner en una tesitura incómoda.

Decía Elisa Victoria sobre la presencia de lo cotidiano en sus descripciones que a veces cómo tiene uno el pelo le condiciona el día. En tu novela, aunque tiene menos que ver con el costumbrismo, sí hay una cierta mezcla de humor y (casi) terror.

Es que nosotros no tenemos monstruos. No vivimos en una guerra, ni experimentamos ciertos peligros. Yo que adoro la literatura latinoamericana estoy habituada a leer acerca de unos horrores que no son nuestros, y de hecho estaría muy feo que nos los apropiemos. En mi rutina no temo por mi vida, y pueden resultar frívolos para quienes viven esos otros miedos, pero estos son los nuestros y con ellos hemos de convivir. Elisa Victoria tiene razón. Si cuando llegas a la oficina te comentan, como a mí me han dicho, «huy, pues ese vestido se transparenta un poco», no vas a hacer otra cosa en todo el día que pensar en ello, y llegas a vivirlo con auténtico pavor.

Lo que también aparece a menudo en tu novela son las reflexiones sobre el cuerpo femenino, que últimamente parecen ser un territorio del terror contemporáneo escrito por mujeres, tanto desde el punto de vista de su forma (o deformación) como de su posesión o conquista.

Desde que nace, el cuerpo de la mujer es objeto de discusión; si estás bien, si estás muy delgada, si estás muy gorda, si deberías hacer deporte o al revés: «no hagas tanto deporte que se te está poniendo mucho músculo». De nuevo, no quería que la protagonista sufriera por su físico, a causa de abusos, insultos o complejos. Ya solo el hecho de que tu cuerpo vaya cambiando de forma natural, aunque no sea hacia algo que socialmente sea detestable, puede llegar a resultar horrible; te devalúa en sociedad de alguna forma, y nos han hecho pensar que nuestro valor depende de lo mucho o poco que gustemos a los demás.

Hay también un sarcasmo que va más allá de la provocación y es muy revelador del carácter de la protagonista. ¿Es algo que introduciste de alguna forma para compensar su oscuridad?

Bueno, creo que ese es un elemento inherente a mí misma. Si eres honesto con tu forma de expresarte, y de hecho pienso que no hay otra manera de escribir, es inevitable que ciertos rasgos se impregnen. Me lo comentan mucho, incluso hay quienes me han dicho «aquí tuve que soltar una carcajada». Y fíjate que yo no era tan consciente, porque para mí estaba siendo muy oscura en esta novela, a veces estaba destilando en la protagonista mi peor visión de las cosas, aunque sin darle una gravedad más allá de la que tiene, que es bastante. Así que sí es cierto que, siendo su mirada sobre el mundo un poco negra y con cierta mala leche, tampoco quería componer un personaje cínico y por eso se toma ciertas cosas con sarcasmo. Sobre todo porque, al ser una historia de redención en la que ella se perdona muchas cosas, también ha de tener ese carácter con los demás; si no, sería muy cínica. Pero ella ve ese otro lado, el de la debilidad humana, y en esa debilidad es donde se encuentra la ironía.

El lado más existencialista de la novela me ha recordado a El fuego fatuo, por el gesto desesperado y la huida a ninguna parte de la protagonista al tomar conciencia de que en realidad todo el mundo vive en una mentira, aunque ella parece incapaz de sobrellevarlo o fingir.¿Crees que en el fondo quiere salvarse de esa voluntad de autodestrucción?

Yo diría que no es tanto autodestrucción como reconstrucción. Ella se da cuenta de que hay cosas que no están bien, aunque no sabe exactamente qué le falta o qué le sobra. Simplemente está dispuesta a probar, a hacer explotar aquello que encuentre. No va a perdonar nada ni a nadie. Quiere ver qué ocurre, y si es lo peor, pues que ocurra. Está en un momento en que le dan un poco más igual las consecuencias, es como si volviera a comportarse de una manera casi adolescente —también a través de su relación con Pantera— y de esa forma trata de reencontrarse con ella misma, incluso con su niñez —a través de su hijo—. Quería subrayar justamente eso: su regreso a sitios en los que ya había estado, pero siendo ya otra. Ahora sí puede ser feliz allí, porque ya sabe quién es, ya sabe por qué está en ese punto y sabe que está porque quiere, no porque la haya llevado la vida ni las circunstancias. Ha explorado caminos y quiere estar ahí. Eso me parecía bonito, porque a veces cuando no estás contento con algo lo más fácil parece romper con todo, cambiar de vida, mudarte de ciudad… Creo que es mucho más complicado ver qué parte de ese problema eres tú y qué estás dispuesto a cambiar.

Ahora que mencionas la adolescencia, también te quería preguntar por tu primera novela, Dejarse flequillo, porque en algún sitio la describían como una «novela juvenil», pero me parece perfectamente adulta.

Yo no la planteé como novela juvenil, aunque la protagonista tiene 18 años. Es una novela que puede leer cualquier persona desde los 14 años sin sobresaltarse ni que sus padres se la prohíban; bueno, en Hungría sí [ríe]. Pero la ha leído mucha gente de mi generación y tampoco han sentido que no les estuviera hablando a ellos.

Claro, y de hecho al final es inevitable establecer paralelismos con Yo, mentira, más allá de que son obras muy distintas. Sobre todo porque el personaje central también es una marciana en su entorno, se esconde en una continua mentira (de la que es consciente), y hay aventuras y dobles vidas de fondo.

Sí, en Dejarse flequillo, la protagonista tiene una fuerte desconexión con el mundo y muchas carencias emocionales, a diferencia de la de Yo, mentira. Quiere protegerse mintiendo, pero ni siquiera sabe hacerlo, porque tampoco la han enseñado. Se encuentra en esa burbuja mientras que su momento vital es el de empezar a decidir cuestiones, así que intenta establecer relaciones de manera un poco torpe y casi por imitación de lo que hacen los demás: tener novio, salir con amigos, emborracharse… No tiene muy claro por qué está ahí ni lo que quiere. Es también una búsqueda, pero desde esa edad en la que parece que todo ha de estar decidido, tanto quién eres, como lo que vas a estudiar y de qué quieres trabajar. A veces no tienes por qué tenerlo nada claro, de hecho tampoco has de tenerlo claro a los 50. Todavía puedes cambiar de opinión.

¿Cómo valoras hoy ese debut tuyo?

Por supuesto que le tengo mucho cariño, aun habiendo cometido muchos errores —en esta última novela también los habré cometido—. Dejarse flequillo tuvo su recorrido y, siendo una editorial pequeñita, lo cierto es que llegó muchísimo, incluso estuvo en muchos institutos como lectura recomendada por docentes de secundaria. Para mí era la única novela que iba a escribir y quise condensar ahí mi visión, todos mis referentes. Y bueno, por suerte no ha sido la única.

Respecto a la otra novela que preparabas cuando se interpuso Yo, mentira, ¿crees que ese proyecto o al menos la idea inicial continuará en algún momento?

No, esa novela la abandoné y no sé yo si la retomaré. Era la historia de dos amigas de diez años, y ahora he empezado un nuevo proyecto en el que me voy todavía más atrás en la infancia. De momento estoy contenta, pero aún no sé qué saldrá de ahí, si se publicará o no. De todas formas, he aprendido que no hay que atarse absolutamente a nada, y mucho menos a la obra de una misma. Por suerte o por desgracia, ahora mismo no vivo de esto, así que puedo permitirme el hecho de sacar con mi nombre aquello de lo que de verdad esté orgullosa. Si no estoy tan convencida como para, digamos, mandárselo a Tránsito, se descarta. Cualquier escritor medio honesto descarta muchísimos libros. Recuerdo eso de un taller que impartió Aixa de la Cruz. Estaba yo en ese dilema de abandonar una novela, le pregunté si alguna vez ella lo había hecho y me dijo «muchas más de las que he publicado». Por eso es una gran autora y todo lo que saca merece la pena leerlo.

Por último, quería preguntarte por tu relación con el cine, porque me ha sorprendido ver que tienes un par de cortometrajes como directora y es verdad que en tus novelas hay varias referencias a películas o directores.

Sí, sí, soy muy cinéfila, de hecho soy mucho más cinéfila que lectora. Vengo de una familia de clase trabajadora y no viajábamos, ni me mandaban por ahí a un intercambio [ríe], como mucho nos íbamos de camping a Matalascañas. No tenía esa cultura de otros mundos. Tampoco teníamos una gran biblioteca, y la lectura no era un elemento central de ocio en casa. Pero la televisión sí era gratis. Desde muy pequeña me quedaba despierta de madrugada cuando en La 2 ponían cine a esas horas. Eran otras vidas muy distintas de las de mi barrio, y todo lo que les pasaba me parecía fascinante. Fue mi primer contacto y mi aprendizaje de la ficción, y ese amor ha llegado hasta hoy. Siempre pienso y escribo en imágenes. Lo de los cortos surgió en un taller de guion al que me apunté. Me considero eterna aprendiz y creo que se aprende muchísimo de quienes se dedican a esto. De hecho, en Barcelona vamos a presentar Yo, mentira con la cineasta Celia Rico [en La Central del Raval, misma fecha de publicación de esta entrevista]. No la conozco personalmente, pero le gustaron la propuesta y el libro, y estoy encantada, porque admiro mucho Viaje al cuarto de una madre y he leído su guion un par de veces, me parece maravilloso. Al final ambas aficiones pueden ir muy unidas.


Yo, mentira
Silvia Hidalgo
Editorial Tránsito
(Madrid, 2021)
176 páginas
17,50 €

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