Horas críticas Analógica

El periodismo de ayer a hoy

 Esta reseña ha sido publicada en papel en el número 216, «Transiciones», de la Revista Mercurio.

Decía el recientemente fallecido Caballero Bonald que lo que no tira al barroquismo, tira al periodismo. En los años veinte del pasado siglo, el periodismo en España empezó a pulirse y a informar sin florituras. El Heraldo de Madrid de Manuel Fontdevila inició en 1927 su segunda etapa asegurando que cuanto se publicara ahí sería «periodístico; esto es actual, vivo, conciso y fluyente». Manuel Chaves Nogales, redactor-jefe de la cabecera, corregirá a algún que otro redactor colocado por el elixir de las musas. «No me haga usted mariposuelas. Lo que quiero es información». Paradójicamente, Chaves Nogales será uno de los periodistas señeros a los que el tiempo ha sabido restaurar con justicia. De ahí su estilo hoy por hoy inconfundible, rico, nervioso y vívido, donde el merodeo literario o el adjetivo airoso nunca lastra ni empaña el pulso informativo de sus crónicas. En España, en tiempos de Miguel Primo de Rivera, se había inaugurado el «periodismo nuevo», una de las edades de la profesión a las que alude Xavier Pericay en este ensayo. El periodismo nuevo —no confundir con el Nuevo Periodismo que surgirá en la prensa norteamericana— apostaba por otro canon.

Pío Baroja hizo fama con su malévola distinción entre periodistas de mesa y periodistas de pata. El periodismo de mesa, reservón y anquilosado, ya no tenía cabida en la prensa moderna. «Tampoco tienen nada que hacer en el periódico los literatos al viejo modo, esos caballeros necios y magníficos que se sacan artículos de la cabeza sobre todo lo divino y lo humano», decía el propio Chaves Nogales. Se refería, claro está, a la viejuna cuerda a la que pertenecía Baroja. El literato seguía teniendo cabida en el periodismo nuevo. Lo que decía Larra acerca de que en cada artículo enterraba una ilusión y una esperanza, era válido aún. Pero esta moribundia debía librarse de toda murga expositiva. Como es sabido, esta edad brillante del periodismo en España (Gaziel, Josep Pla, Julio Camba, el propio Chaves, González-Ruano, etcétera) acabará con la Guerra Civil. No obstante, durante la larga noche del franquismo algunos seguirán escribiendo en periódicos e incluso aflorarán nuevos nombres ilustres (Manuel del Arco, Álvaro Cunqueiro o Manuel Alcántara, entre otros).

Respecto al libro que comentamos, casi hemos comenzado la presente por el final. De inicio Pericay nos habla de la progresión del periodismo en sus distintas etapas, desde su primer fulgor hasta el horrible momento presente, marcado por ese «emporio de maldades de las redes sociales». Se tiene a bien concluir que el primer órgano de información fue la Gazette (1631) de Théophraste Renaudot, impulsada bajo la Francia del inefable cardenal Richelieu. Si el XVII fue el siglo de las gacetas, el XVIII será el del ensayo, aunque cabeceras como The Spectator en Inglaterra o las francesas Mercure de France y Journal des Savants serán desdeñadas por los filósofos por su carácter volandero. El XVIII verá nacer la máquina de vapor de James Walter, lo que propiciará un siglo después la creación de la prensa de vapor y, con ella, las tiradas de prensa a gran escala. El periodismo europeo alcanzará su etapa de oro de 1870 a 1914.

«Durante la edad de oro de nuestros periódicos nunca se valoró el trabajo educador que ejerció “aquella abnegada masa de periodistas”, que hicieron la vez de maestros para el pueblo»

Poco a poco, merced a los avances técnicos (linotipia, telégrafo, teletipo), se irán obrando los cambios. De la prensa de partido a la prensa de empresa. Y de los periódicos de opinión a los periódicos de información. La publicidad será un factor sobrevenido y alumbrará el modelo de negocio. En Estados Unidos comenzará a hablarse de la prensa en términos de «business is business». Joseph Pulitzer y el ambicioso William Randolph Hearst, recreado por Orson Welles en Ciudadano Kane, competirán por crear cabeceras basadas en la publicación de hechos sensacionales. En Inglaterra, lord Northcliffe, a quien se le reprochaba su modelo sensacionalista, comprará en 1908 The Times. Se adelantará en tres cuartos de siglo al magnate Rupert Murdoch, cuando este adquirió el Times en 1981, en una jugada empresarial similar a la de Pulitzer.

Volviendo a España, Pericay sitúa la edad de oro de nuestros periódicos entre mediados de los años veinte y 1939. Gaziel señaló en 1927 que la prensa se había convertido en la primera escuela nacional del país al enseñar e instruir a una inmensa población carente de saberes, haciéndolo además por solo dos pesetas mensuales. Nunca se valoró el trabajo educador que ejerció «aquella abnegada masa de periodistas», que hicieron la vez de maestros para el pueblo.

Más allá de las etapas del periodismo, Pericay también refiere algunos de los asuntos que siempre han gravitado sobre el periodismo escrito. Entre ellos la necesidad o no de crear escuelas de prensa, la censura y la autocensura («Si la libertad significa algo, es el derecho a decirles a los demás lo que no quieren oír», dirá George Orwell), el desdén de lo periodístico respecto al canon literario, etcétera. No se abordan otros temas controvertidos, como la necesaria distinción entre columnistas de mesa y estudio y los sufridores periodistas de calle o, sobre todo, la miseria en la que hoy, como ayer, vive el periodista como arquetipo de sí mismo. La usura laboral siempre ha sido uno de los rasgos de esta profesión tan bella como alienante. El infame zumbido de la urgencia mal entendida y las redes sociales han empeorado la situación.

 


Las edades del periodismo
Xavier Pericay
ATHENAICA
(Sevilla, 2021)
104 páginas
14 €

Un comentario

  1. Es un libro, desde luego, a leer. Felicidades por el artículo.

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