Entrevistas

Yolanda Ortiz Mallol: «Un fiscal y un juez deben conocer el ritmo de la calle, porque lo que hacen es juzgar la vida de sus semejantes»

Yolanda Ortiz Mallol, en su casa en Sevilla. / Reportaje fotográfico: Athenaica

Para contravenir la idea largamente extendida de que el mundo jurídico es un ámbito hosco, parco en humor, a Yolanda Ortiz Mallol (Granada, 1972) le precede la sonrisa y una inexorable vocación de entender las razones del otro, la forma más noble de estar en la vida. «Renacer continuamente para siempre jamás», escribió su paisano Luis Rosales. El verso le sirve, en las páginas del breviario Norma y vida. Reflexiones de una fiscal en activo (Athenaica), para subrayar la importancia de aplicar en su ejercicio diario una mirada profundamente humana a los demás, para recordarse a cada paso —nos insiste— que detrás de cada caso hay rostros, no números.

Nacida en el seno de una familia vinculada al Derecho —su abuelo materno tiene varios libros relacionados con el ámbito jurídico y la administración pública—, esta fiscal especializada en el ámbito del Medio Ambiente y el Patrimonio que ejerce en Sevilla imprime en su verbo la rapidez que quizás la ciudadanía echa en falta de la justicia. A su paso, trae y lleva citas y referencias culturales: de Emilia Pardo Bazán al Lazarillo de Tormes, de Cantinflas a Woody Allen, de Madame Bovary a Oliver Twist. Y siempre, la Alicia que imaginó Lewis Carroll, los libros en los que encuentra la respuesta necesaria aunque cambien las circunstancias.

Con la elegancia en la edición que es marca de la casa, el libro (que será presentado en la fecha de publicación de esta entrevista, 23 de junio, en la Fiscalía General del Estado, por parte de la exfiscal superior María José Segarra y el fiscal jefe de secretaría técnica Álvaro García Ortiz) se ilustra con litografías alegóricas de la Biblioteca Nacional. Una joyita.

En un artículo («Palabras que condicionan», en El País), Álex Grijelmo escribía que el vocablo fiscal «obliga a fiscalizar, no a acusar o a defender. Los fiscales pueden lo mismo pedir una absolución que solicitar 30 años de cárcel». ¿Está de acuerdo?

Sí, en cierto modo. El fiscal defiende el interés general, lo que pasa es que eso significa situarse en una condición de parte imparcial. El fiscal es, podríamos decir, un juez previo al juez en el sentido de que tiene la obligación de atender a las circunstancias, tanto si benefician como si perjudican a la persona. Si la persona es drogadicta, tiene la obligación de aplicar el atenuante de drogadicción, y si la persona es reincidente, debe aplicar el agravante de reincidencia. Por tanto, se sitúa en una posición de imparcialidad. Por ejemplo, en Sevilla, el 85% de los juicios que llegan al juzgado de lo Penal son condenatorios. Eso no significa que los fiscales sean los más listos del mundo, sino que antes de llevar un asunto a juicio, han archivado mucho, han hecho un ejercicio de análisis de todas las circunstancias.

En su libro ha querido anteponer el derecho a pie al discurso académico. ¿Por qué hay tanta distancia con la ciudadanía en la experiencia del derecho?

Creo que esa percepción es cada vez menor, porque los asuntos de la justicia están a la orden del día en la prensa. En realidad, la relación que va a tener el ciudadano con la justicia va a ser o bien puntual o bien inexistente desde el punto de vista directo. Si a una persona le toca ser parte de un jurado, salvo que presente una serie de excusas por las que puede abstenerse, solo tendrá esa experiencia una vez. Si te toca una segunda vez, puedes desistir. O si acaso, a lo largo de la vida un individuo podrá tener un conflicto con el vecino y eso ocurre una vez, dos… Todo lo que no sea una relación directa implica lógicamente cierta distancia.

Hábleme de la importancia del jurado popular en nuestro país.

Está en nuestro ordenamiento jurídico porque la Constitución así lo establecía. Llegó un momento en que después de tantos años de asentamiento de la Constitución, se decidió que o se implantaba la Ley del Jurado o se eliminaba ese artículo. Me parece que es una buena experiencia, lo que ocurre es que el catálogo de delitos debiera pensarse, o eliminarse algunos de ellos. El jurado popular puede juzgar todos aquellos que eran los antiguos delitos naturales. Por ejemplo el homicidio, que es una conducta penada en cualquier sociedad. En este caso, sí hay una serie de conocimientos innatos del individuo para analizar la cuestión. Sin embargo, existen otros, como por ejemplo la malversación, que aunque son conceptos jurídicos que se les explica, creo que son más complicados para que el ciudadano los juzgue y conozca los matices.

¿Qué delitos puede juzgar un ciudadano de a pie?

El catálogo es largo, luego se lo paso…

[La entrevistada, cumplidora en su palabra, facilita a la periodista un catálogo no poco extenso de los delitos contemplados en la Ley del Jurado Popular, tales como los delitos de homicidio, amenazas, omisión del deber de socorro, allanamiento de morada, infidelidad en la custodia de documentos, cohecho, tráfico de influencias, malversación de caudales públicos, fraude…]

«Si bien el Derecho se estudia y se enseña en letras mayúsculas, se ejerce, sin embargo, con las minúsculas». ¿Hay empatía en el ejercicio de la justicia?

Se practica la empatía en el sentido de que, en ocasiones, casi se hace encaje de bolillos para intentar subsumir la norma en la situación de una persona de acuerdo con todos los condicionantes que hay. Hablo del Derecho en minúsculas porque son muchísimos los condicionantes a tener en cuenta, tanto de los medios que tenemos como de los condicionantes que tiene la persona, incluso antes de nacer por su entorno vital, que hacen complicado el ejercicio de justicia. Por lo tanto claro que hay empatía, en el Derecho Penal debe haberla evidentemente.

«No hay corazón sencillo ni vida sin aristas». ¿Todo delito tiene tras de sí una razón por la que el delincuente obra como tal?

Razones siempre hay, otra cosa es que sean justificaciones, pero motivos siempre existen… Con lo de «no hay corazón sencillo» me refiero, como comento en el libro, a que cualquier persona que está en un escenario que domina debe hacer un ejercicio de humildad en el sentido de no simplificar la vida del otro. Las personas tienen más matices de las que puedes llegar a advertir en un primer momento. En el libro digo que las personas nos repetimos y también escribo que cada vida no es igual que otra y ambas ideas confluyen. Efectivamente, los motivos por los que se comete un delito suelen ser muy similares en un país que en otro, las justificaciones de ese hecho, de ese crimen van a ser muy parecidas en un sitio y en otro. Pero también esa repetición no puede hacernos pensar que existe una identificación. Siempre hay matices que no pueden ser olvidados.

Afirma que quien pretenda ejercer el Derecho deberá atender el cuidado de la fisonomía. No logro ver la relación.

Me refiero a que nunca veas números en los papeles, que veas rostros. Cuando estás preocupado por la cantidad de trabajo que tienes y eso te hace ver el número de diligencias que tienes delante, cuando empiezas a olvidar los rostros… ese es uno de los peligros de nuestro trabajo. Por eso representa uno de los ejercicios de autovigilancia que debe hacer todo juez, todo fiscal.

Me temo que he visto muchas películas. En los años de ejercicio que lleva, ¿un delincuente tiene cara de tal? ¿Sabe cuándo alguien está mintiendo delante del juez?

Un delincuente no tiene cara de delincuente, lo que sí es cierto es que aprendes a descifrar y por eso es tan importante la fase del juicio oral. Digo en el libro que los ojos mienten peor que los labios. Una persona puede estar sonriendo y sin embargo los ojos decir algo muy distinto. La cadencia, la voz, hacia dónde mira, la excusatio non petita… Todo eso sí te va determinando que la persona está mintiendo.

¿Practica ese análisis en su vida personal?

Te relajas, pero yo creo que todos tenemos deformación profesional.

El libro se presenta, además, como un recorrido delicioso por su experiencia cultural. Ahondemos ahí: ¿qué libro recoge mejor cuál es el verdadero sentido de la justicia?

Los que más me interesan son los que, en relación con el crimen, hablan de la psicología. Todo Kafka, evidentemente: El Proceso, En la colonia penitenciaria… También Crimen y castigo, de Dostoyevski, porque me parece muy interesante entrar en la mente del delincuente más que me enseñen el proceso en sí.

¿Y la película? Pienso en Doce hombres sin piedad o Matar a un ruiseñor.

Doce hombres sin piedad es vital por cómo debe huirse del juicio precipitado. Precisamente hablo en el libro de los peligros que puede conllevar adelantar el juicio. Estás tan acostumbrado a juzgar las cosas porque las situaciones se repiten que corres el peligro de adelantarte a todos esos indicios que se te van mostrando.

¿Y cómo se da cuenta?

Hay procedimientos que incoas, aunque tu olfato te diga que no van a llegar a nada, que van a ser un archivo, pero pese a eso sigues adelante y muchas veces te sorprendes. Como instructora en el ámbito de Medio Ambiente, hay asuntos que creo que no van a llegar a nada y aun así continúo practicando todas las actividades probatorias. Muchas veces, la propia investigación me lleva a un punto que no esperaba.

En su libro cita varias veces la Alicia de Lewis Carroll. ¿Qué significa esta lectura en su vida?

Las dos Alicias son mis libros de cabecera. Supongo que, como la mayoría, me leí el libro adaptado a la niñez, pero llegué por primera vez a su lectura ya tarde, en la oposición. Desde entonces, siempre encuentro un diálogo que puede describir una situación.

Estamos en una revista cultural, ¿debe ser un fiscal culto, en el sentido de que el cultivo del saber otorga una visión amplia y cultivada de la vida y quizás se tengan más herramientas para el ejercicio de la justicia?

Primero, un fiscal y un juez deben estar en la vida real, tienen que salir a un bar y tomarse una cerveza, conocer el ritmo de la calle, porque, a fin de cuentas, lo que están haciendo es juzgar la vida de sus semejantes y para eso tienen que estar en la vida. No pueden ser ratones de biblioteca porque, de esa forma, no van a comprender la idiosincrasia del otro. En cuanto a lo de ser culto, hablando de la condición humana, se aprende tantísimo de la literatura y el cine que pienso que son una fuente tremendamente rica para comprender las actitudes. Por tanto, desde ese punto de vista sí es importante este acercamiento a la cultura.

¿Se está ahora más pendiente de que el ciudadano medio entienda las sentencias?

La forma de redactar en el ámbito de la justicia ha sido, históricamente, muy enrocada y poco clara. El cine, como aquella famosa escena de Una noche en la ópera de los hermanos Marx [«la parte contratante de la primera parte»], ha bromeado sobre eso. En los últimos tiempos hay un intento de que se redacte con mayor sencillez, con mayor corrección, de forma que sin perder la obligación de atender a los tecnicismos sean, en la medida de lo posible, textos entendibles y bien escritos. Hay una voluntad de cuidar las formas. En este sentido, en 2017 se publicó el Libro de Estilo de la Justicia, que surge de la voluntad de colaboración entre el Consejo General del Poder Judicial y la Real Academia Española.

En un mundo asaeteado por el impacto de los mensajes audiovisuales y las redes sociales, ¿cómo sabe el ciudadano que en su ejercicio no pesa la opinión ya vertida en los juicios mediáticos, paralelos?

Comento en el libro, precisamente, que el peligro puede ser el contrario al del tribunal del jurado. El tribunal del jurado son personas que solo van a juzgar una vez en su vida y pueden ser mucho más proclives a dejarse influenciar por parte de la opinión pública. El caso del profesional es que como continuamente hace un ejercicio de distanciamiento, la presión puede hacer que aumente tanto la distancia para no dejarse influir, que se pierda un poco el medio. Luego depende de cada órgano judicial. Supongo que para quien esté juzgando en la Audiencia Nacional, todos los casos que tiene son mediáticos. Cualquier profesional, también el juez y el fiscal, tienen que trabajar con sosiego.

Si hablamos de juicios paralelos, es necesario detenerse en lo que ha venido a llamarse «cultura de la cancelación». ¿Podría publicarse hoy día Lolita sin que viéramos a Nabokov ante el juez? ¿Estamos en un momento de regresión de las libertades?

No me cabe duda de que Lolita se habría publicado en la actualidad. Otra cosa es cuestionar si hubiera generado o no su publicación tanta polémica como la que tuvo lugar en su momento; en cualquier caso, se trataría de una polémica social, no de naturaleza penal. Los derechos y libertades no son absolutos, pero el Derecho Penal es la última ratio, por lo que debe analizarse caso por caso si la colisión que pueda haber entre la libertad de expresión artística con otros derechos justifica la entrada de la disciplina penal o si debe quedar la cuestión en la esfera privada, ahí estaríamos hablando de un proceso civil.

Esto me lleva también a preguntarle sobre la renovación del Consejo General del Poder Judicial y la independencia de los jueces.

En primer lugar, no hay que olvidar que el juez, en el ejercicio de su función de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado, que es de lo que hablo en el libro, es completamente independiente aun cuando el CGPJ sea su órgano de gobierno. En cuanto a la polémica sobre la renovación del CGPJ, tan problemático es modificar con prisas una ley —que, como comento en el libro, necesita su cochura— para salir de un atolladero, como mantenerse en el atolladero con la finalidad de que se modifique en otro sentido esa misma ley. Las competencias deben ejercerse y, si después quiere abrirse el debate para plantear una reforma, pues se abre.

Se ha especializado en delitos de medio ambiente y contra el patrimonio. La voracidad urbanística ha arrasado mucho sin que haya mediado pena alguna. Cuénteme cuál es el caso que más le haya dolido.

Aquí en Sevilla se ha dado mucho la proliferación de urbanizaciones ilegales en suelos no urbanizables. El problema es que en muchas ocasiones no se consigue la demolición y restaurar el suelo, que es lo que interesa. Encontramos en muchas ocasiones poca voluntad por parte de las administraciones de ejercer la disciplina urbanística, supongo que porque el alcalde se encuentra con los vecinos, o porque interesa que el pueblo siga creciendo… En cuanto al ámbito patrimonial, lo que se da mucho en esta zona es el expolio por parte de los piteros [detectores de metales] y en este caso el problema de los destrozos en los yacimientos es que, al margen de la pieza que puedan encontrar, una vez que metes la pala en un terreno arqueológico, te cargas el registro entero.

Es una firme defensora de que el paso por la cárcel tenga como fin último la reinserción social, ¿está el sistema penitenciario español preparado?

Sí está enfocado totalmente para eso. En la cárcel se consigue mucho en el marco de programas contra la drogadicción, por ejemplo, el problema es que cuando estas personas salen de la cárcel, vuelven a su entorno donde han cometido el delito… Es complicado.

Estamos terminando. Échele flores a Athenaica. ¿Cómo se siente con los compañeros de viaje de la colección Breviarios?

Cuando veo que estoy entre nombres como Luis Antonio de Villena, Jaime Siles o Xavier Pericay me pregunto «¿qué hago yo aquí?». El libro está hecho con mucho cariño, con unas litografías maravillosas de la Biblioteca Nacional.

Aproveche: ¿a quién recomienda su libro?

Pues a todo el mundo, porque el libro está escrito de tal forma que interese tanto al que es jurista como al que no lo es. Hay ejemplos del ejercicio real de la justicia a través de los cuales ilustro la idea que quiero tratar en cada momento, pero tampoco quería un anecdotario. Luego me interesaba hablarle al ciudadano sobre conceptos que a veces puede pensar de forma precipitada o errónea. Porque la opinión pública es muy dura pero a la vez muy variable y voluble en función de lo que va escuchando. Por ejemplo, explicar que la gente no sale de prisión tal como entra, por qué deben prescribir los delitos, por qué debe existir la reinserción, por qué las penas no deben ser tan graves como a veces quieren ni tan leves como a veces pide la opinión pública, en función de si el caso está en la prensa en ese momento. Quería que de una forma amena el lector recapacite sobre una serie de cuestiones, en función de si es jurista o no. La mayor satisfacción es escuchar por boca de compañeros que, tras la lectura del libro, han recapacitado sobre conceptos que hacía mucho que no se planteaban.


Norma y vida. Reflexiones de una fiscal en activo
Yolanda Ortiz Mallol
Athenaica, colección Breviarios
(Sevilla, 2021)
112 páginas
14 €

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