Entrevistas

Mónica Ojeda: «El mundo está lleno de horrores, pero la mayoría del tiempo estamos volviendo la cara»

En los cuentos de «Las voladoras», la ecuatoriana Mónica Ojeda demuestra por qué es una de las autoras del momento. Ya se llame gótico andino u horror cárnico, su control del lenguaje se desata aquí para exponer nuestros más oscuros e indecibles rincones

La brutal irrupción de Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) en el panorama literario en lengua española se produjo con Nefando, novela de culto sobre la génesis de un videojuego con contenidos de pornografía infantil, oculto en la deep web. Un libro hondamente perturbador que se movía entre el reportaje, la prosa poética y el diario más atroz. «Por momentos insoportable (en el buen sentido)», dijo de él Mariana Enriquez, fan confesa de Ojeda desde aquella publicación, en el año 2016, que la empezó a situar en respetados foros entre los escritores latinoamericanos más prominentes de su generación.

Por eso no es de extrañar la expectación generada en torno a Las voladoras (Páginas de Espuma, 2020), su primer libro de cuentos. La autora ecuatoriana pasa del horror en internet a los miedos ancestrales y sobrenaturales de su tierra, englobados bajo el subgénero conocido como gótico andino. Las etiquetas no son algo a lo que debamos conceder mucha importancia, pero para esta obra se me ocurren muchas. Tal vez porque necesito ponerle palabras al impacto que me producen sus relatos, llevándolo a algún terreno que, aun inquietante, me parezca más familiar. Estas páginas horripilan y fascinan, de un modo en que la lectura pocas veces lo hace.

Y de eso va el arte de Ojeda: de atravesarnos de arriba a abajo y dejarnos tambaleantes, gozosos, a un tiempo que conscientes de la fragilidad de nuestra espina dorsal. Poeta además de narradora, muchos de sus escritos indagan sobre la representación misma del terror puro y parecen funcionar mejor aún en los espacios breves, como una pesadilla. Desde la metarreflexión sobre el lenguaje (el temor a lo que sentimos y a lo que decimos), explora sin concesiones los deseos más oscuros: perversidad, barbarie, humillación, bestialidad, morbidez, son vocablos de su particular diccionario de lo malsano-humano.

Antes de que Nefando llegara a manos de la editorial Candaya, varios sellos de su país natal le dijeron que rebajara el tono. No entendieron que es en ese lenguaje volviéndose carne —como ella misma escribe— donde reside el poder de su literatura antitabúes. Ojeda no sabe escribir si no es impelida por la obsesión, el furor, a los que en Las voladoras añade el conjuro, la escritura concebida como cardíaca o animista: «Palabras que salgan del cuerpo para entrar en otro y transformarlo». Ese impulso creativo se enriquece con una conciencia muy analítica, de la que es muestra el discurso que mantiene durante esta conversación. También ella (como la cultura andina, como todos nosotros) está hecha de dualidades.

 

Parte I: Ritual

– ¿Te gusta el sabor de la sangre?
– Me gusta. Sabe a lenguaje.
(Las voladoras)

Pregunta.- Preparando esta entrevista me he topado con otra que le hicieron hace unos meses, en la que usted hablaba de una novela con trasfondo de gótico andino. ¿Es que en algún momento aquel proyecto mutó en este libro de cuentos?
Mónica Ojeda.- No, la novela la estoy escribiendo aún, y es cierto que tiene algunos rasgos del gótico andino. Pero no es que haya metamorfoseado en esta obra, sino que en mitad de su escritura me vinieron muchas ganas de escribir un libro de cuentos, sobre aspectos que no cabían ya en la novela pero que yo quería trabajar de todos modos. Ese fue el germen de Las voladoras, y resulta que lo he terminado antes que la novela, así que… [ríe]

La escritora Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988). Foto: Lisbeth Salas.

P.- Le preguntaba eso porque me interesa el cambio de formato, ya que ha dicho que escribe sus novelas desde la obsesión. ¿Con qué espíritu se ha enfrentado a la edición de esta colección de cuentos?
MO.- Creo que el cambio solo ha residido en el proceso escritural, porque para una novela se requiere una dilatación del tiempo en torno a la misma historia, trama, personajes, y hacer que los recursos técnicos calcen de una manera muy específica. En cambio, en un libro de relatos toda esa técnica se aplica a espacios más cortos y a tiempos más intensos. Así que el proceso fue distinto, pero el modo en qué afronté la escritura fue exactamente igual. Las novelas no las planifico mucho tampoco, yo me enfrento siempre a la escritura como una especie de búsqueda emocional sobre algo que en ese mismo momento estoy queriendo explorar y ya luego se me va ocurriendo qué hacer con la historia, en tanto que esta termina siendo para mí un pretexto para tratar ciertas cuestiones. Lo mismo me pasa con los cuentos: tenía ganas de indagar en el gótico andino y el miedo a través de este paisaje, con su propia mitología y simbología, y las historias solo fueron una excusa. Hay una pulsión que late en mí y que va más allá de lo que se cuenta; me interesa lo que ocurre con el lenguaje.

P.- Ha mencionado el gótico andino, que yo (y sospecho que muchos, al menos en España) desconocía del todo antes de este libro. Y no me queda claro si es una corriente vertebrada o el término es de invención suya…
MO.- [ríe]

P.- … pero en cualquier caso para escribir Las voladoras ha estado investigando mucho en ello, ¿no es cierto?
MO.- A ver, invención mía no es, este término había sido acuñado ya antes. Pero tampoco existe una tradición literaria propiamente dicha en torno al gótico andino; no hay bibliografía y ni mucho menos una teorización sobre este género. Lo que pasa es que en el habla cotidiana de Ecuador la gente usa ese concepto para referirse a un miedo muy específico, que surge de las narraciones orales sobre el paisaje de Los Andes. Tiene que ver con mitos ligados a los volcanes, los cóndores, los páramos, los valles, las ciudades andinas, lo chamánico, lo mágico, lo ritual. Y todo ello confluye en mi libro con los horrores sociales de nuestra cotidianidad. Es un ejercicio creativo muy libre, pero enmarcado en esa idea.

«Al ser todas las religiones una respuesta al miedo, lo que de verdad hacen es hablarnos del miedo»

P.- Creo que es esa conexión con los mitos y los cultos la que me lleva a vincular su obra a la de Lovecraft. De hecho, otra etiqueta que se me ocurre para lo que usted hace es la de horror cárnico.
MO.- Sí, totalmente, el horror cósmico de Lovecraft tiene mucho de mitología. Ese terror esencial o primigenio que, en realidad, da pie al mundo simbólico de cualquier región del mundo, si entendemos que el origen de los mitos y de las religiones en cualquier cultura es el miedo. En ese sentido estoy conectada a Lovecraft, aunque por supuesto su estilo literario sea muy diferente. Pero sí que encuentro un mismo interés por esas historias que explican el mundo o que intentan darle un orden, narratológico si se quiere, al caos. Cuando en realidad lo único que hay es caos.

P.- Hablando de creencias, no he leído Mandíbula, pero sé que se desarrolla en torno a un colegio del Opus Dei, y en Nefando se mencionan las connotaciones gore de la iconografía cristiana (llegando a citar a nuestra Virgen Macarena). En Las voladoras escribe que un chamán «conoce la musculatura del verbo», ¿es por eso que el tema de la religión le interesa?
MO.- Sí, me interesa en cuanto a que no lo veo distante a los mitos de los que hablábamos antes. Las mitologías son también una forma de religión. En el discurso religioso encuentro, primero, mucha poesía, porque es un discurso lleno de necesidad: las religiones surgen del miedo, del hambre y de la necesidad más extrema, para dotar de sentido a nuestras existencias en un mundo en el que realmente no lo tienen. Y al ser todas las religiones, como decía, una respuesta al miedo humano como emoción primordial, creo que lo que de verdad hacen es hablarnos del miedo mismo. Por eso me parece tan interesante adoptar ese punto de vista. De hecho, en Mandíbula, las protagonistas crean un culto a un dios blanco, y hay toda una teoría sobre la blancura, el miedo y la religión.

«Los pueblos andinos siguen viviendo entre volcanes, como hace cientos de años, y lo mismo los adoran que les tienen pavor»

P.- Entre los miedos más presentes en la sociedad actual se hallan los climáticos, y otro aspecto que me interesa de estos cuentos es la idea del terror conectado a las energías de la naturaleza, como una pachamama siniestra. ¿Cree que le ha influido ese contexto de hoy día?
MO.- Me ha gustado mucho lo de la pachamama siniestra [ríe]. Claro, es que la cosmovisión indígena de los Andes es muy dicotómica; siempre divide todo en dos fuerzas esenciales, y todo está atravesado por ellas: abajo/arriba, tierra/aire, montaña/cielo, violencia/amor. La naturaleza lo mismo es dadora de vida, bella y todo lo que quieras, que es destructora, cruel y además indiferente a la crueldad. Por eso nos inspira amor, culto y cuidados, pero a la vez nos infunde respeto y miedo. Es algo que quise trasladar a los relatos porque son muy telúricos: hablan de la tierra y del mundo de abajo, como en el título del último cuento. Pero también me interesaba ahondar en su carácter destructivo y la necesidad que tienen todos los personajes de, en algún momento, mirar hacia arriba para buscar algún tipo de alivio a la hostilidad terrena. Todo esto es muy ancestral, pero también contemporáneo. Los pueblos andinos siguen viviendo entre volcanes, como hace cientos de años, y lo mismo los adoran que les tienen pavor, porque si llegaran a estallar, los aniquilarían.

 

Parte II: Lenguaje

Los límites del lenguaje son nuestros abismos.
(Nefando)

Pregunta.- Tal vez conectado con esa ambientación en un paisaje concreto, me llama la atención en Las voladoras el papel de los elementos sensoriales y, en concreto, del sonido. No conocía los conceptos de lo «horrísono» y lo «canoro», que usted maneja en el cuento tiulado Slasher, y me han fascinado. ¿Cómo llegó ahí?
Mónica Ojeda.- La idea de ese relato surgió mientras investigaba sobre cuestiones que tenían que ver con lo mágico remoto. Pensé en cuevas, pensé en danzas, pero también en la importancia del sonido no musical. Me inspiró muchísimo un ensayo bastante poético de Pascal Quignard titulado El odio a la música, que habla del sonido como algo atávico: por ejemplo, relaciona el vientre materno con un tambor, al ser ambos pieles estiradas. Me hizo pensar en lo que el oído es capaz de experimentar como miedo. Hay un momento en Slasher donde se dice, y esto casi me lo apropié de Quignard [ríe], que los oídos no tienen párpados. Es imposible cerrar los oídos, ¿no? Al menos con el propio cuerpo y sin llegar a escuchar nada. Tendríamos que usar algún artefacto, como los tapones. Así que es una zona superviolable de tu cuerpo; los ruidos entran sin que tú puedas detenerlos de ningún modo.

Mónica Ojeda ha publicado tres novelas, dos poemarios y un libro de cuentos (foto: Sergio Cardierno).

P.- Me parece curioso lo que comenta, porque solemos tener muchas referencias audiovisuales pero casi siempre centradas en lo óptico. A mí me venían a la cabeza cineastas como Cronenberg, Lynch o incluso Argento, porque Slasher curiosamente me parece más un giallo en cierto modo…
MO.- [ríe] Sí…

P.- … pero probablemente sus referentes no estén tanto ahí.
MO.- No, de hecho sí que lo están, ¿eh? A la hora de escribir Slasher obviamente me inspiré en ese subgénero, pero también tiene rasgos del gore y el giallo, como acaba de mencionar. Y ahora que lo pienso me sirvió de inspiración una película, Berberian Sound Studio, sobre un estudio que se encarga de hacer los efectos de sonido en las películas giallo. Me hizo pensar en lo que un sonido puede despertar en la imaginación, aunque lo que estés aplastando sea una sandía. El sonido es creativo, remite a otras cosas y nos trae imágenes a la cabeza.

«Una situación no es morbosa en sí misma, el morbo está en quien mira de una determinada manera»

P.- Hay algo que decía un director japonés, del que yo veía todas sus obras hace años, películas ultraviolentas las definía él mismo, Takashi Miike…
MO.- Tremendo.

P.- ¿Lo conoce?
MO.- Sí [sonríe].

P.- Pues había una cosa que él decía que se me quedó grabada, y es que le parecía mucho más fácil filmar una herida abierta que a un niño llorando mientras cruza la calle. Era su forma de hacer ver que lo explícito no es siempre lo más violento. En su caso, la explicitud de lo descrito no camina hacia lo morboso, aunque quiza sí desde ello (desde la posición de ciertos personajes), ¿le da miedo a veces lo que escribe, por su crudeza? ¿Se ha tenido que autocensurar alguna vez?
MO.- Algo que he tratado en varios de mis libros es el papel activo de quien observa, es decir: una situación no es morbosa en sí misma, el morbo está en quien mira eso de una determinada manera. Ahí reside la ética de la expectación. Cuando estás sentado mirando algo que te repugna pero al mismo tiempo te atrae, ¿qué está pasando ahí? ¿Qué hay en la psicología humana para que en algún momento, a todos nos ha pasado, nos veamos incapaces de desviar la mirada de algo que a la vez nos repele? ¿Por qué hay una atracción hacia lo horrible, lo fatal? Esta cuestión es la que me interesa desde un punto de vista literario y la que he querido explorar en estos relatos. Y… ¿cuál era la segunda parte de la pregunta? Disculpe, me desvié un poco.

P.- No, perdone usted, es que mis preguntas son un río. Le preguntaba si alguna vez se había asustado usted misma de lo que escribía.
MO.- No, nunca me he puesto límites para nada porque… creo que en mi vida diaria soy muy cobarde con un montón de cosas [ríe], pero cuando escribo es probablemente el único momento de mi vida en el que me siento valiente. Podría escribir sobre casi cualquier cosa, yo creo. La única regla que me impongo es que sea importante para mí o que lo esté escribiendo de esa forma por una razón. Al final, siempre trato de que mis textos hablen sobre el terror de forma casi filosófica. El horror por el horror es aburridísimo, pero si a través de él puedo hablar del deseo, la violencia, las relaciones humanas, los terrores primordiales, etcétera, ahí eso se vuelve fascinante. Intento escribir con toda la honestidad y el arrojo posibles, sin que lo que escribo me atemorice. Más bien al contrario, quizá la escritura me envalentona.

«La escritura me envalentona: podría escribir sobre casi cualquier cosa»

P.- En un encuentro virtual que mantuvo no hace mucho con Mariana Enriquez acerca de Nefando, ella comentaba que estamos en un momento oscuro como sociedad y también de extrema atención a las palabras, o a ciertas palabras. En ese sentido, me gusta eso que usted dice de la literatura como posibilidad de ser honestos.
MO.- Quizás mi forma de ser cuidadosa con la literatura es no ser cuidadosa con las palabras cuando escribo. Por supuesto que trabajo mucho mi forma de escribir en cuanto a sonido, ritmo, tono… y las palabras que utilizo son esenciales para mí, me importa muchísimo el cómo. Pero no tengo pudor en ningún momento por decir algo de una manera. Creo que no se puede abordar con pudor no ya la escritura, sino el arte en general, si queremos llegar al fondo de la experiencia humana. Porque nuestra experiencia tiene un fondo muy oscuro, con zonas duras y difíciles, llenas de opacidades, que tienen que ver con el dolor y el daño. Allí no se llega con un lenguaje transparente, sino con uno que capture el misterio y el enigma de esa experiencia. Y ese va a ser necesariamente un lenguaje con dobleces, pozos y abismos de por medio. No hay que temerle a la palabra; si incluso al escribir le tenemos miedo a la palabra, ya no nos queda nada. Debemos respetar sin duda el carácter indómito de la palabra, que no podemos controlar; pero justamente por eso la palabra es capaz de dar cuenta de todos los abismos, porque no es algo que se pueda cincelar del todo. Se labra, pero aun así tiene un fondo indomesticado, y eso permite que una obra pueda crecer más allá de lo que uno puede imaginar cuando piensa qué quiere hacer con ella.

 

Parte III: Voz

¿Bajar la voz? ¿Por qué tendría que hacerlo?
(Las voladoras)

Pregunta.- Como en Nefando, en Las voladoras hay referencias a horrores cotidianos, en este caso abusos, abortos, femicidios, incesto… Yo diría que hay mucho terror ya en el mundo real, y lo raro es que no salga más a la luz para entenderlo, pero no sé si aquí la presencia de lo sobrenatural le ayuda a aligerar el drama.
Mónica Ojeda.- Ciertamente el mundo está lleno de horrores, pero la realidad es que la mayoría del tiempo todos estamos volviendo la cara hacia otro lugar. No lo digo con culpa porque yo también lo hago, es una táctica de supervivencia. No podemos estar todo el rato mirando el horror, porque no seríamos capaces de soportarlo; buscamos la belleza constantemente. Y eso es algo que ocurre en mi libro: hay mucho horror, pero también una búsqueda de lo bello a través del lenguaje, porque de lo contrario no se logra aguantar historias tan tremendas. Todos estamos buscando la belleza en medio del desamparo o la hostilidad, y el ambiente sobrenatural responde a esa búsqueda. Se trata de aliviar un poco el mal a través de la palabra, como si fuera una cura o un bote salvavidas. Mi ética de escritura me lleva a mirar a esos rincones a los que me cuesta mirar: son rincones violentos, con cuerpos sangrantes, mujeres asesinadas, niños abusados… Todas esas zonas son terribles, pero cuando escribo es el único momento en que decido no ser indiferente a ello, ensanchar el tiempo y mi empatía, hallándome frente a algo que en el día a día estoy tratando de no mirar. Es una posición política, claro.

«Desde Circe, Medusa, Gorgona y tantas otras, nuestra cultura ha monstrificado el cuerpo de la mujer» 

P.- También me interesa lo femenino como territorio del terror. No en la forma de escribir, por supuesto, sino en su representación. Por ejemplo, aquí habla del «cuerpo infecto» o imperfecto de la mujer. Este tema es terror psicológico de primera, ¿no?
MO.- Sin duda. Ahí echo mano de toda una serie de narrativas que tienen que ver con el cuerpo de la mujer llevado a lo monstruoso, por distintas razones culturales. Son cuerpos que no responden al deber ser de la feminidad dentro de las normas de determinadas sociedades. Todas devienen en monstruos: la lesbiana, la incestuosa, la puta, la mala madre… Durante muchísimo tiempo el cuerpo de la mujer ha estado monstrificado, sin ir más lejos por la menstruación. Me era imposible no acudir a ese bajage cultural si iba a tratar las violencias sobre mujeres. Para mí era muy importante tratar el tema del aborto en Sangre coagulada, porque en Ecuador no está legalizado y hay un montón de mujeres allá que mueren todos los días a causa de esto. De ahí deriva el tema de las aborteras, que han sido llamada brujas, también de esas madres que han matado a sus hijos de esa forma y ya son malísimas. Hay un momento en este cuento en el que la protagonista le pregunta a su abuela por qué atienden a esas mujeres si son malas, y la abuela le dice: «Aquí somos así». Es decir, todas somos malas, todas somos monstruos desde la Grecia Antigua con Circe, Medusa, Gorgona y tantas otras.

P.- Al hablar de género, hablamos también de desigualdad de clases, un tema al que aquí alude en un cuento dedicado al mal de altura. ¿Le interesa esa tensión entre el mundo de arriba y el mundo de abajo?
MO.- Sí, es algo que está presente en Soroche, donde las protagonistas son pijas, como se dice aquí en España (fresas o aniñadas en Ecuador). Mujeres de mucho dinero, educadas en un deber ser femenino muy patriarcal que asumen en un discurso tremendo sobre sus propios cuerpos y los de sus amigas, maltratándose entre ellas. Ahí está explícito el tema de clases y de las mujeres que, más allá de las violencias mayúsculas de los hombres, se destruyen entre ellas aunque ni siquiera sean conscientes. Quería hacer casi una parodia de la clase alta a través de las voces de estos personajes que hablan de una manera terrible, y me servía el mal de altura justo para señalar eso, lo que pasa cuando estás muy arriba y de repente enfermas. Estar muy arriba implica también una enfermedad.

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