Horas críticas

La oscuridad se mete en casa de una mujer

La autora de «Sacrificios humanos», María Fernanda Ampuero (© Editorial Páginas de Espuma).

Después de ganarse notable atención entre los exponentes más destacados de la última literatura latinoamericana con la aclamada Pelea de gallos —editada en inglés por la legendaria Feminist Press—, María Fernanda Ampuero (Guayaquil, Ecuador, 1976) publica en nuestro país, otra vez de la mano de Páginas de Espuma, este nuevo libro de relatos titulado Sacrificios humanos. Con él explora, de forma brillante, los recovecos del terror social y el gótico feminista de Mariana Enriquez y la también guayaquileña Mónica Ojeda, con las que comparte una audacia literaria que no aparta la mirada de los miedos y las monstruosidades humanas. Tres auténticas «reinas del grito» (expresión que evoca el reciente y también estupendo libro de Desirée de Fez) que, si bien han cultivado otros formatos, son insuperables en las distancias cortas.

Sus relatos están reciamente apegados a la tierra, la geografía y el clima de los que proceden, también a la carnalidad y la corporalidad en contraste con los pavores psicológicos que los pueblan. Manejan una imaginación salvaje para las metáforas y un estilo narrativo entre lo lírico y lo crudo de las leyendas (escritas y orales). Pero autoras como estas han sabido leer, en esas historias que nos hacen revivir lo que sentimos cuando nos encontramos a oscuras, todos los desequilibrios sociales generadores de los más espantosos espectros, demonios y otros seres que se alimentan de la lobreguez, de nuestra falta de asideros. A Enriquez, Ojeda y Ampuero las unen sus espacios autorales, pero también una sororidad que les nace sola, por afinidad.

De eso comienza hablando este libro, de mujeres que se ayudan unas a otras aunque haya de ser desde el más allá, que castigan las atrocidades del Señor de la Noche buscando justicia poética, como en el cuento inicial Biografía. Extranjeras obligadas a subsistir en un hábitat extraño e irremediablemente inhóspito; forzadas justamente a eso, sobrevivir, dando las gracias y no osando mirar el rostro de quienes se empeñan en someterlas. Ser forasteras, mujeres y pobres las convierte en triple objetivo de la violencia de género a la que aquí se les condena, que puede presentar la forma de una maldición o de los espíritus malignos que poseen al hombre.

El patriarcado hace las veces de verdugo hacia estas madres, hijas, hermanas y abuelas a las que se les arrebata todo, a las que el dolor se les queda «en la panza, inconcluso como un fetito muerto» (Silba). Ellas, sentenciadas por su cárcel de sufrimiento a la imposibilidad de gritar tales horrores, aunque en algún momento comenzarán a narrar: «Esa noche, en la cama, después de pedirme que dejara de llorar, que la iba a hacer llorar a ella, mamá empezó a contarme». Y una vez que comiencen a expulsar sus tormentos, ya no serán capaces de saber cuándo callar ni en qué momento el cuento ha de cerrarse. Algo en lo que justamente Ampuero exhibe maestría.

Las protagonistas de estos relatos son las excluidas, «las outsiders de las outsiders», y en ellas el deseo es una de las peores formas del horror

Más que víctimas, hallamos en estos relatos a personajes femeninos que son «puro querer» y «pura ira» (Elegidas), y que de tanto ser objeto de acoso y abuso se vengarán de este umbrátil mundo en el modo más concluyente. Acusadas en el día a día por múltiples delitos connaturales al hecho de existir —por su imagen, por gordas y por el desprecio que terminan manifestando hacia su propio cuerpo—, se desatan hacia la profanación de todo aquello que se dice sagrado y que representa el paraíso físico al que nunca se les permitió el acceso. Son las excluidas, «las outsiders de las outsiders» (Hermanita), y en ellas el deseo —esa despótica y fatídica enfermedad de la sociedad contemporánea— es una de las peores formas del horror.

María Fernanda Ampuero (© Editorial Páginas de Espuma).

Las historias de Ampuero dibujan la inocencia como el escenario de las experiencias más cruentas, de la soledad, las fobias, la repulsión y las barbaridades, el río sobre el que se vierten todas las inmundicias de la vida adulta. Las niñas expuestas en este proscenio pesadillesco «comen abismos» y llaman «exorcismo» a forzar el vómito. Todo sucede, por supuesto, en el entorno aparentemente seguro del hogar (Pietà), en los vínculos llamados —no de forma inocente— de sangre, pero también los de clase. Porque si hay un lugar donde refugiarse también existe la posibilidad de que alguien lo invada: se hablará entonces de «ellos y nosotros» (Invasiones) y de las penurias como ineluctable fatalidad.

No teme tampoco la autora ecuatoriana hacer brillar las contradicciones entre las pasiones feroces y el dolor, entre la turbiedad y el idilio: «La salvaje sensualidad de que te follen con deseo y sentirte deseable: te follan y tú también te follas» (Edith). La violencia sexual es también la expresión de ese deseo desbordante («El sexo como todas las palabras que alguna vez quisimos decir y nos faltó el lenguaje»), pero llevado al extremo deviene una fantasía donde se pierde el control, una adicción al trauma en el corazón extenuado de una mujer deludida por un enamoramiento fugaz, la promesa del enésimo hombre de su vida fallido (Lorena). Hasta que el terror ha logrado apoderarse del dormitorio: «Los días se suceden a las noches, y en medio de esa danza vieja como el tiempo, en la casa de una mujer se mete la oscuridad». Aunque esa mujer estalle, será difícil que la oscuridad nos abandone después de leer cómo resulta al tacto.

 


Sacrificios humanos
María Fernanda Ampuero
Páginas de Espuma
(Madrid, 2021)
144 páginas
15 euros

Un comentario

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