Horas críticas

No es el caminar, sino el camino

Más allá del machadiano «caminante no hay camino», Alfonso Vila Francés nos enseña otra moral poética y viajera. Volvemos a la vieja senda, a los caminos de hierro que trazaron los heroicos trenes regionales de España

En la senda abierta en su día por Sergio del Molino y su España vacía, se publica ahora este España en regional, propuesta de viajes por algunos de las más vetustos y demorados ferrocarriles que aún recorren la geografía hispana. Digamos ya que es un placer tumbarse en el sofá del confinamiento y subirse en compañía de su autor, Alfonso Vila Francés (Valencia, 1970), a esas viejas cafeteras que resoplan por rutas en las que aún resuena el eco de los lobos y se siente el frío de las nieves tempranas y el calor polvoriento del estío mesetario.

Así como quien no quiere la cosa, con un estilo que nos parece inspirado en la ingenuidad antirretórica de Azorín, el autor nos lleva, por ejemplo, de Alcázar de San Juan a la hispanorromana Mérida, atravesando el mar de Cervantes y culminando a la sombra del Acueducto de los Milagros; o nos sube a la elegante, afrancesada y decadente estación de Canfranc para entonar un melancólico y existencial Et in arcadia ego; o nos guía por una sorprendente provincia de Barcelona salvaje, boscosa y deshabitada… Son muchas las rutas, 27 para ser exactos, que se recorren en estas páginas.

El libro, justo es decirlo, es una demostración desacomplejada de frikismo ferroviario. Apenas nada le interesa a su autor que no tenga que ver con los caminos de hierro, con ese rosario de topónimos medievales que componen las diferentes rutas, con sus horarios, sus estaciones, sus revisores y vigilantes de seguridad. En general, en sus páginas encontramos más paisaje que paisanaje. Apenas hay rastro de esos dialoguillos con los nativos que son tan del gusto de la literatura viajera y en los que Camilo José Cela fue un maestro consumado. Incluso a veces parece como si al escritor-viajero le molestase la presencia de otros compañeros de trayecto, bultos molestos que le impiden hacer una buena foto o que no saben disfrutar sin estrés del traqueteo demorado y ancestral de los vagones de la «Santa Renfe», que es como llama el autor a la conocidísima compañía estatal de ferrocarriles.

La antigua estación del ferrocarril que unió las localidades de Haro y Ezcaray (La Rioja) entre los años 1916 y 1964.

Para que el lector no se distraiga ni un momento de lo esencial, para que no olvide que aquí hemos venido a hablar de trenes y si a usted le gusta otra cosa se compra otro libro, omite casi cualquier digresión sobre la historia, el arte, la antropología o la gastronomía de los lugares por donde pasa. Para eso, pensará, ya está Wikipedia. Podemos encontrar, como mucho, alusiones a accidentes legendarios o sabotajes del maquis, pero poco más. Eso sí, el espíritu reivindicativo, la interpelación a las administraciones para que no dejen morir del todo el patrimonio ferroviario español, es una constante. De alguna manera, podemos decir que España en regional es también un libro protesta, un grito pegado a los muros de esas estaciones moribundas de las que tanto habla Vila Francés.

Estas páginas tienen también mucho de excursión a un pasado que nos interesa muy especialmente a los que fuimos niños y adolescentes en la Transición, con sus viajes iniciáticos, mochila al hombro, a montes cercanos o a visitar a alguna novia que entonces parecía para siempre, pero de la que ahora apenas conseguimos reconstruir sus facciones. Esta nostalgia por el tiempo ido, por los viejos amigos y amores, por el bullicio de los andenes cuando la vida parecía eterna y llena de aventuras, no abandona un libro que a veces nos resulta gustosamente tristón y fantasmagórico.

La nostalgia por el bullicio de los andenes, cuando la vida parecía llena de aventuras, no abandona un libro que a veces nos resulta gustosamente tristón y fantasmagórico

La única foto del libro que no está tomada desde un vagón es esta desde un hotel, con la ciudad de Gijón al fondo.

Decíamos al principio de la reseña que esta obra de Vila Francés está en la senda de La España vacía, de Sergio del Molino, lo cual merece una explicación. Vaya por delante que lo decimos como elogio. Una de las cosas más interesantes del actual panorama literario español es ese neo-noventayochismo (con perdón) del que el muy exitoso libro de Sergio del Molino fue la avanzadilla. No sabemos si esto le gustará a Vila Francés (si es que siente curiosidad por leer estas líneas, claro), pero además del evidente amor al tren, en sus páginas también se adivina esa pasión española que fue tan de Unamuno, de Valle, de Machado, de Marañón y, por supuesto, de Azorín. ¿En qué se nota? En la fascinación por los topónimos que parecen sacados de un cronicón, en el afecto con el que describe el paisaje ibérico –incluso en sus tramos más monótonos–, en el gusto por el viaje provincial y pueblerino en trenes que más parecen mulas viejas que artefactos férreos. El espíritu de Vila Francés poco tiene que ver con el de esos rebaños de turistas que hacen la trashumancia por las grandes rutas internacionales.

Bien merece la pena dedicar un par de tardes a leer este España en regional, un libro en el que no es el caminar, sino el camino, lo verdaderamente importante. Esos caminos de hierro que sirvieron para construir la contemporaneidad que nació con la Revolución Industrial, pero que con el tiempo se han transformado en los testigos de un mundo más lento y hermoso; en literatura, en suma.

 

España en regional
Alfonso Vila Francés
Maledicto Ediciones (Madrid, 2020)
211 páginas
15 euros

APTO PARA: Sibaritas lentos, melancólicos del tren y melancohólicos de los paisajes de la vieja España.
NO APTO PARA: Presurosos, horteras en deportivo descapotable y turistas domingueros.

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