Ficción

El ojo que no ves

«El mundo invisible» (1954), de René Magritte.

 

El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.

Antonio Machado

 

1

—Pierde el tiempo, señor Martel —dijo Pontecorvo con voz pausada pero firme—. No estoy en venta.

—Ni yo pretendo comprarlo, profesor —replicó el magnate con una sonrisa conciliadora—. Solo le pido un prototipo operativo. Ni siquiera lo desmontaré para averiguar cómo funciona; además, si quiere puede añadirle un mecanismo de autodestrucción que me impida abrirlo… Piense en todo lo que podría hacer su fundación con cien millones de euros.

—La invisibilidad conferiría un enorme poder a quien la poseyera. Podría ser un arma tan peligrosa…

—Vamos, profesor —lo interrumpió Martel—. Yo ya poseo un enorme poder y el arma más peligrosa de todas, que es el dinero. Puedo hundir empresas y desestabilizar gobiernos mientras desayuno. Para mí la invisibilidad no es más que la realización de un sueño de infancia. ¿Nunca fantaseó de niño con la posibilidad de volverse invisible?

—Sí, claro —admitió el científico—, supongo que todos los niños lo hacen en algún momento. Una fantasía de omnipotencia, al fin y al cabo, como la de volar, de la que es complementaria.

—¿Complementaria?

—Si la fantasía de volar representa el pleno poder de ir a (o marcharse de) cualquier lugar, la de volverse invisible representa la posibilidad de permanecer en todas partes. Fantasía de impunidad, como la mayoría de las infantiles, y acaso también de las adultas. Y, en última instancia, fantasía de autotrascendencia, pues desprenderse de la propia imagen equivale simbólicamente a dejar de ser uno mismo. Desaparecer sin morir.

—Es usted un poeta, profesor —dijo Martel con un punto de ironía—. Yo no podría haber expresado mejor mis propios sentimientos. Poder estar en cualquier sitio sin ser visto. Desaparecer sin morir… Eso es lo único que quiero: un juguete maravilloso para un juego inocente.

—En cualquier caso —dijo Pontecorvo tras una pausa—, ¿por qué acude a mí? Como seguramente sabrá, en la Universidad de Berkeley…

—Claro que estoy al corriente de los trabajos de Xiang Zhang con metamateriales de índice de refracción negativo —replicó Martel con impaciencia—, no he venido a que me dé lecciones de física, profesor, conozco de sobra las láminas nanométricas de plata y fluoruro de magnesio. Pero yo no quiero un simple truco de espejos. No quiero ser un trampantojo acuoso, una silueta rielante como el cazador alienígena de Predator. Quiero la verdadera invisibilidad, es decir, la transparencia.

—Eso aún está lejos de nuestras posibilidades.

—No tan lejos. Si ha logrado volver transparente una manzana…

—¿Cómo lo sabe? —exclamó Pontecorvo, entre perplejo y alarmado.

—¿Lo ve, profesor, como no necesito volverme invisible para poder estar en todas partes? —dijo Martel con un sonrisa de suficiencia mientras sacaba su móvil y pasaba los dedos por la pantalla—. Acabo de transferir diez millones a su cuenta —añadió guardando de nuevo el teléfono—. A fondo perdido. Nadie le pedirá explicaciones por lo que haga o deje de hacer con ese dinero. Si me entrega un prototipo operativo, le daré noventa millones más.

 

2

Martel llegó acompañado de un imponente perro negro, cuya raza Pontecorvo no logró identificar.

—No se esfuerce, profesor —dijo el magnate al ver la expresión de extrañeza del científico—, no intente averiguar su raza. Rex es único: mis ingenieros genéticos lo han diseñado especialmente para mí; posee la inteligencia de un border collie, la fuerza de un kangal turco y la fiereza de un akita japonés. No tema, no es agresivo… a no ser que yo se lo ordene. Como me ha dicho que el dispositivo tiene forma de collar, he pensado que Rex podría probarlo antes que yo.

—Aquí lo tiene —dijo Pontecorvo tendiéndole un sencillo aro plateado de unos diez centímetros de diámetro que, aunque parecía rígido, era tan flexible como si fuera de goma.

—¡Maravilloso! —exclamó Martel sujetando el collar con una mano y acariciando con la otra su bruñida superficie—. Y un único botón…

—No hacen falta más. Es un interruptor binario: el dispositivo se activa y se desactiva pulsándolo dos veces seguidas.

—¿Cómo se abre?

—Tirando, simplemente. Esa fina ranura diametralmente opuesta al interruptor es un cierre magnético.

Martel abrió el collar y lo puso alrededor del cuello del perro, al que se ajustó perfectamente.

—Gastamos la misma talla de camisa —bromeó pulsando el interruptor.

Poco a poco, el negro pelaje se fue volviendo cada vez más claro hasta acabar desapareciendo por completo, con lo que durante unos segundos Rex pareció un enorme viringo peruano. A continuación se vieron los poderosos músculos, comprimidos bajo la transparente envoltura de la piel, y luego los robustos huesos. Primero desaparecieron las extremidades, seguidas del esqueleto axial, y, por último, el macizo cráneo se disolvió en el aire como un terrón de azúcar en agua caliente.

Martel se quedó boquiabierto contemplando el lugar donde había estado su perro. Y donde seguía estando, según pudo comprobar al estirar el brazo para acariciarlo, tras lo cual se sacó del bolsillo una pelotita de goma y la lanzó hacia arriba. La pelota botó un par de veces en el suelo del laboratorio, luego se detuvo en el aire y voló en línea recta hasta la mano izquierda de Martel, que buscó con la derecha el cuello del perro invisible y pulsó el botón del collar.

Se repitió a la inversa el proceso de la invisibilización: primero apareció el esqueleto, luego los músculos, la piel lampiña, el oscuro pelaje… Y al cabo de unos minutos, allí estaba de nuevo el perro como si nada hubiera ocurrido, junto a su sonriente amo.

—El proceso es algo lento, y el sujeto ha de estar desnudo —observó Pontecorvo.

—No soy friolero —dijo Martel sin dejar de sonreír—. Pero sí pudoroso, y además tengo un poco de prisa, lo estrenaré en casa —añadió sacando el móvil—. Hecho: acabo de transferirle los otros noventa millones.

 

3

Martel irrumpió en el laboratorio con el rostro crispado por la ira. Pontecorvo se alegró de que no llevara al perro con él.

—¡Se ha burlado de mí, profesor! —rugió el magnate—. ¡No me advirtió de que su dispositivo dejaba ciegos a los humanos!

—¿A los humanos? —repitió el científico con sorpresa.

—Rex se manejó perfectamente mientras era invisible, por eso me confié. Cogió la pelota al vuelo y me la trajo.

—Porque los cánidos se guían más por el olfato y el oído que por la vista; pero él tampoco podía ver, obviamente.

—¿Obviamente?

—Me dijo que no le diera lecciones de física.

—¡Déjese de bromas, profesor!

—No es ninguna broma. Ser invisible por transparencia, como usted quería y consiguió, significa dejar pasar la luz a través del propio cuerpo. Y un ojo transparente no puede concentrar los rayos luminosos como una pequeña cámara oscura ni interceptarlos en la retina para convertirlos en impulsos nerviosos legibles por el cerebro. Mientras era invisible, la luz pasaba a través de sus ojos sin impresionarlos, y por tanto no podía ver nada, como ese personaje de Magritte que se vuelve transparente arrancándose el rostro… Curiosa dialéctica del ver y el ser visto, que invita a sumarle al famoso proverbio de Machado su complementario negativo: el ojo que no ves no es ojo porque no te ve. Pues el ojo es ojo porque ve, y para ver necesita ser opaco, y por ende visible: la visibilidad es condición necesaria de la videncia. Tal vez por eso se represente a Dios con la abstracción del triángulo habitada por la irreductible concreción del ojo.


Este texto ha sido el ganador del concurso Ciencia Jot Down en la modalidad de narrativa de ficción científica.

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