Horas críticas

Libros de la semana #53

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

Según los intrusos de Fernando García Maroto (West indies publishing company)

«La noche siempre traiciona. A pesar de lo que piensen los demás, la noche no es la solución ni da respuesta a las preguntas formuladas o que están a punto de formularse. Sus presagios no son buenos, y a partir de cierta hora, de forma inevitable, todo el mundo teme cualquier llamada telefónica». Una de esas noches traicioneras, Velasco contestó a la llamada de teléfono de una mujer llamada Marcela, alguien que pertenecía a su pasado. Durante años, él había esperado esa llamada repentina, porque la persona al otro lado del teléfono tenía el poder de desenterrar en Velasco ciertas pasiones. Contestó al teléfono conscientemente, con la intención de saber qué ocurriría a partir de ese instante y si sería capaz de controlar sus impulsos después de tanto tiempo. «Necesito tu ayuda. No sé a quién más recurrir. Vargas ha desaparecido» dijo la voz al otro lado de la línea. Marcela, Vargas y Velasco se hicieron amigos entre aulas universitarias, compartiendo vivencias y estableciendo una fuerte complicidad que desembocaría en la creación de una modesta revista literaria bautizada Morel. Una publicación, de doce páginas y doce números, en la que los tres volcaron gran parte de sí mismos. El tiempo distanció los caminos de aquellos jóvenes. Marcela y Vargas se convirtieron en pareja mientras Velasco, aún enamorado de Marcela, se alejó de ambos. Según los intrusos nos narra el destino de ese triángulo amoroso donde, de repente, uno de los vértices se encuentra ausente pero no deja de atormentar a los dos restantes. Un misterio en el que el protagonista se ve sumergido de golpe, enfrentándose a su pareja actual, encabezando una investigación repleta de incógnitas, reuniéndose con personajes enigmáticos, y desentrañando misivas del desaparecido que amenazan con incendiarlo todo: «el pirómano le llevaba la delantera y no dejaba de avivar aquellas llamas», apunta el narrador del libro ante el descubrimiento de una carta firmada por el personaje ausente. El escritor madrileño Fernando García Maroto, licenciado en Ciencias Matemáticas por la Universidad complutense de Madrid y profesor de enseñanza secundaria, confesaba en la entrevistas no ser muy amigo del optimismo. «Mi visión de la realidad que nos rodea no es la más benévola. Creo que la esperanza, si la entendemos como una apuesta firme por el futuro, como un alivio que se encuentra en el porvenir, es un sentimiento pernicioso y absurdo», aclaraba, «no creo que las cosas, por el mero hecho de pasar el tiempo, vayan a mejorar. Sin embargo, esto no es necesariamente malo. Puede que resulte paradójico, pero este tipo de lucidez no debe detenernos: aun así y pese a todo, debemos seguir adelante. Sin esperanza, sin ilusiones; pero hay que seguir. No hay esperanza, pero yo no me resigno». Su presente obra es una novela de intrusos que provienen del pasado para descolocar el presente y amenazar al futuro, de sucesos dolorosos desenterrados, de incendios provocados por cartas con remitente fantasmal, de páginas de revistas cargadas de recuerdos ardiendo en una hoguera improvisada y, sobre todo, de gente desesperanzada que a pesar de todo evita resignarse.


Un invierno en Filadelfia de Fernando de la Cierva Bento (Alfar)

Libros de la semana

«Llevo muchos años queriendo escribir estas páginas y, si antes no lo había hecho, era porque tenía muchas dudas acerca de cómo afrontar la tarea. Juan de la Cierva y Codorniú era mi abuelo. Un abuelo al que no llegué a conocer, ya que murió mucho antes de que yo naciese, pero del que he oído hablar a lo largo de toda mi vida». Con estas palabras, Fernando de la Cierva Bento confesaba cómo la leyenda de su abuelo siempre había sobrevolado sobre su cabeza, en más de un sentido: Juan de la Cierva y Codorniú fue el ingeniero aeronáutico murciano responsable de inventar en 1920 el autogiro, aquella aeronave funcional equipada con un rotor giratorio que se convertiría en precursora de los helicópteros. Un invierno en Filadelfia es un homenaje al inventor, una crónica de sus hazañas aeronáuticas reconstruida por Fernando a partir de todo tipo de materiales. Desde grabaciones de audio de diversas conferencias del inventor, a testimonios de quienes lo trataron en vida, pasando por biografías meticulosas, trabajos y apuntes originales redactados a mano, artículos de prensa o manuscritos de otros creadores que compartieron aficiones con el ingeniero. Todo ello presentado en forma de una biografía novelada que se ha permitido ciertas libertades por necesidad: para dar coherencia al relato, el autor ha optado por introducir personajes inventados, y también por imaginar ciertos diálogos, otorgándole al conjunto una verdadera estructura de novela, más compacta y encarrilada que la clásica biografía al uso. Dichos añadidos ficticios resultan anecdóticos, y en realidad no se entremezclan con los hechos reales, pues Fernando de la Cierva tiene a bien aclarárselos en todo momento al lector. Un invierno en Filadelfia repasa la carrera del ingeniero murciano a través de diversos aspectos de su vida relacionados en mayor o medida con su invento más famoso: su afición adolescente por fabricar maquetas en el taller del padre de uno de sus amigos, su traslado a Londres para continuar allí con su trabajo, su constante búsqueda de colaboradores e inversores, la evolución técnica que llevó a cabo desde los primeros modelos de su autogiro hasta las versiones más avanzadas del mismo, los accidentes sufridos, los primeros vuelos exitosos, las demostraciones ante las personalidades de la época, la condecoración conn la Medalla de Oro de la Federación Aeronáutica Internacional recibida de mano de Niceto Alcalá Zamora, sus numerosos viajes, y sus encuentros con gente como Herbert Hoover, el rey Alfonso XIII, Guglielmo Marcon, Alberto Santos Dumont o Leonardo Torres Quevedo. Y, por supuesto, el viaje del inventor a Estados Unidos ocurrido durante el diciembre de 1931. Aquella ocasión en la que, mientras se alojaba en las afueras de Filadelfia, Juan de la Cierva asistió a una fiesta donde conocería al empresario automovilístico Henry Ford, la persona que quizás le hubiese podido convencer para escribir estas memorias tituladas Un invierno en Filadelfia.


La piel del lagarto de Rafael Ruiz Pleguezuelos (Castalia)

Libros de la semana

«El artista debe colocarse entre el objeto y la imagen, o prescindir de ambos». Año 2005, Granada,  el pintor Miguel Ángel Almagro abandona el cortijo reconvertido en estudio, donde vive recluido voluntariamente para crear, y se refugia en un bar del pueblo montañés cercano. Allí, en un entorno social que le resulta ajeno al huraño artista, Almagro se tropieza en el diario local con un titular inesperado: en la prestigiosa galería Christie’s de Londres ha sido subastada con éxito, y por una cifra descomunal, una de sus obras pictóricas de juventud, un cuadro titulado Polichinela 2-A. La noticia golpea al pintor de manera extraña y dolorosa. Extraña, porque no tenía sentido una crónica sobre arte contemporáneo en aquel pequeño periódico comarcal. Y dolorosa por algo mucho más grave: el hecho de que aquel cuadro no era suyo. Se trataba de una falsificación que desde las páginas del diario parecía reírse de él. «El espacio no existe. Tampoco el tiempo. Solamente la voluntad firme del artista por mostrar algo a alguien». Año 1985, Londres, doce de septiembre. La fecha en la que Almagro nace oficialmente como artista, el día en el que ingresa en la academia de arte Camerton. Un extranjero español de provincias,  mal alimentado y peor vestido, que corretea empapado por las calles con una carpeta repleta de dibujos bajo el brazo. Un alumno que comienza el curso con más de una semana de retraso, enfrentándose a miradas prejuiciosas y a un decano que le trata con desprecio. «La labor primordial del arte es la resistencia». Año 2005, tras descubrir la existencia de aquel Polichinela 2-A vendido como una criatura suya, Almagro decide volver a Londres para aclarar el enigma. El viaje le llevará a visitar de nuevo las calles y personas que le ayudaron a moldearse como artista. Reencontrándose con un pasado que, como él mismo afirma, siempre tiene forma de serpiente y puede abalanzarse sobre ti en cualquier momento. «El arte no es final ni principio de nuestra especie, sino el verdadero origen». En La piel del lagarto, Rafael Ruiz Pleguezuelos utiliza como punto de partida una pintura impostora para guiarnos a través de la ficticia biografía de un pintor hiperrealista. Una novela que salta en el tiempo entre dos épocas, separadas por veinte años de diferencia, para dibujar el perfil y el modo de entender la vida de un creador insatisfecho, incapaz de controlar su propia obra. Galerías de jóvenes promesas, eruditos del lienzo, una mujer extraordinaria, instalaciones feministas reivindicativas, un hombre que pincela los surcos de la piel del lagarto durante meses y las detalladas capas de una cebolla convertida en uan gigantesca obra de arte. Una historia que utiliza un viaje al pasado, persiguiendo una estafa, para abordar temas como el significado de la propia obra, la naturaleza del arte contemporáneo, o el enfrentamiento entre la pintura figurativa y la conceptual. La piel del lagarto llega avivada por las experiencias personales del escritor, documentada de manera escrupulosa, y protagonizada por alguien que reside en el mismo mundo real y problemático que nosotros conocemos: los atentados ocurridos el siete de julio del 2005 en Londres componen aquí un episodio importante de la narración. «No hay ningún riesgo en hacer arte, porque lo único arriesgado es la vida».


Aprender a volar de Alberto García-Salido (Penguin random house)

Libros de la semana

Aprender a volar termina del mismo modo en el que comienza. O comienza del mismo modo en el que termina. En Tarifa, a finales de agosto, con unas manos enterradas en la arena de la playa. Con un chico llamado Luis contemplando cómo el sol cae lentamente sobre el horizonte. Y con un joven llamado Diego observándole unos pocos metros más atrás, intranquilo, con miedo a no haber hecho lo que debía.

Es probable que el lector ya conozca de antemano al autor de este libro, el pediatra Alberto García-Salido, como consecuencia de su notable presencia en las redes. En los asilvestrados campos de Twitter, García-Salido, que ejerce como Intensivista pediátrico en el Hospital infantil universitario niño Jesús de Madrid, ha acumulado una cantidad envidiable de seguidores sin necesidad de incinerar las redes con polémicas, lapidaciones o artificios. En lugar de eso, ha apostado por la divulgación científica, y por las historias. Suyo es el popular hilo de consejos para progenitores preocupados por los catarros infantiles, aquella lista de sugerencias donde aseguraba que « Con homeopatía los catarros duran 7 días y sin ella, una semana». Y suyo es también el relato fantástico, contado a golpe de tuits, ganador del certamen virtual #FeriaDelHilo, donde describe, durante una de sus guardias nocturnas, su encuentro con un misterioso paciente en los pasillos de la UVI. García-Salido confesó que, desde que inició su residencia en el hospital, acarrea siempre consigo un cuaderno donde anota las conversaciones y las escenas que le llamaban la atención durante la jornada laboral. De algunos de aquellos apuntes nacieron nuevos cuentos, mientras otros comenzaron a dar forma a Aprender a volar, la novela protagonizada por Luis y Diego. El primero tiene dieciséis años y una vida truncada por culpa del cáncer. El segundo es un residente de oncología que decide ayudar a Luis a cumplir su último sueño: escapar del hospital y viajar desde Madrid hasta las costas tarifeñas para despedirse de una chica de la que se enamoró meses atrás. Aprender a volar relata esa odisea, la huida hacia la playa de estos dos amigos mientras son perseguidos por los superiores del residente y por los padres del adolescente fugado.

Aprender a volar termina del mismo modo en el que comienza. En Tarifa, a finales de agosto, con unas manos enterradas en la arena de la playa. Con Luis y Diego contemplando cómo el sol tiñe el cielo de rojo y el mar borra las huellas de las pisadas. Los párrafos que componen el primer y el último capítulo de Aprender a volar son idénticos casi en su totalidad. A primera vista tan solo existe una diferencia real entre ambos: dos palabras. Pero lo cierto es que hay mucho más. Porque entre el primer y el último capítulo habita una hazaña, la aventura sobre ruedas de dos muchachos, una locura cuyo motor es una amistad que se sabe por encima de todas las normas.

Un comentario

  1. ¿Ni una sola autora?

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