Entrevistas

Jesús Carrasco: «Hay que ser muy poco digno si ni siquiera te interpela la responsabilidad de cuidar de tus padres cuando envejecen»

Es la primera entrevista que Jesús Carrasco (Olivenza, 1972) concede a los medios a propósito de su nueva novela, Llévame a casa, desde ya uno de los grandes títulos de este 2021. Como no se ha prestado aún a la habitual ronda de encuentros con periodistas y solo la ha leído su círculo más próximo, admite que le cuesta intuir sobre qué va a hablar en este encuentro que mantenemos en la librería Caótica de Sevilla, la ciudad que ahora es su casa.

El escritor Jesús Carrasco, en la librería Caótica de Sevilla (reportaje fotográfico: Alfonso Barragán).

Después de Intemperie (2013) y La tierra que pisamos (2016), dos ásperos relatos de supervivencia, en Llévame a casa (2021, Seix Barral) nos coge de la mano para mostrarnos un retrato de familia íntimo y expansivo. Juan, que ha logrado por fin volar del nido y buscarse una vida en Edimburgo, vuelve al pueblo por la muerte de su padre. Llega tarde, pero el reencuentro con su hermana Isabel y sobre todo con su madre trastoca su forma de ver las cosas, de descifrar su rol hacia esas personas a las que siempre tuvo delante y nunca presentes. «Los padres envejecen y los hijos se hacen cargo de ellos. Por lo menos en España», escribe el autor en esta novela que da muestras de su agudeza psicológica como ese excepcional observador hacia dentro y hacia fuera que es, y del rigor literario que es marca de la casa.

Lo que sigue es el resultado de más de una hora de conversación, un lujo, donde el asunto predominante será justamente el tiempo: el que dedicamos a nuestros seres queridos, el que nos separa de la anterior generación, el laboral y el que alguien llamó libre, el de expresar lo que sentimos, el de marcharnos para siempre, con o sin despedida. Al final le preguntaré si mis cuestiones han respondido a sus expectativas. Carrasco dirá que había imaginado que, durante la promoción de este libro, le iban a interrogar sobre su propia familia. Agradecerá que no haya sido así en esta ocasión.

Pregunta.- A propósito del tema central de Llévame a casa, señala usted que siempre se habla de lo que nos cambia la vida tener hijos y apenas nada de lo que nos puede cambiar cuando debemos hacernos cargo de nuestros padres. ¿De dónde viene esa idea de la responsabilidad hacia los padres?
Jesús Carrasco.- Viene de la edad. Mi familia y yo ya estamos en el punto de enfrentarnos a esa situación. Has llevado una vida normal, digamos, te has criado en una familia, has tenido hijos, los has ido sacando adelante, tus padres envejecen, se vuelven dependientes en mayor o menor medida, y llega un momento —que a todo el mundo le toca, porque todo el mundo es hijo de alguien a no ser que sea huérfano— en que, como mínimo, tienes que hacerte esa pregunta. Está ahí. Hay que ser una persona muy poco digna si ni siquiera te interpela esa necesidad, esa responsabilidad. Y luego cómo cada uno la afronta o la asume… bueno, ahí está el libro, como una de las mil posibilidades.

P.- Como refleja la novela (e incluso también su obra anterior, La tierra que pisamos), las mujeres asumen mucho más esa labor de cuidados en nuestra sociedad. Como si nos pareciera que para ellas es natural atender a las necesidades de sus hijos y de sus padres, pero no para los hombres. Una idea bastante absurda.
JC.- Claro, es el hueco que se les ha dejado. No sé si el patriarcado o en qué términos definirlo, pero desde luego la historia ha colocado a la mujer en ese lugar, debajo del techo de la casa y al cargo de lo que sucede dentro de ella. Ese espacio doméstico tradicionalmente ha sido tratado con desdén, como subsidiario, pero la modernidad está abriendo las ventanas y los tejados de las casas. Vemos lo que sucede dentro y empezamos a valorarlo, ya no solo desde el punto de vista humano o ético, sino social. Lo que se llamaba ama de casa en realidad es un rol social de primera categoría, porque sin esa función no hay ciudadanos; no hay vida, se puede decir. Es bien conocido que a la mujer se la enclaustró en ese espacio y ahí se la dejó. La parte positiva es que se enfrentó a una dimensión del ser humano en la que el hombre no había participado, que era el cuidado del otro. El cuidado íntimo, el no remunerado en ningún sentido, ni económico ni emocional. En términos generales, me parece que hay mucha más penetración de la psicología femenina en el hecho humano, porque se han tenido que ocupar de todo esto. En la novela creo que esos roles presupuestos se ven claramente, y ahí reside básicamente la trama: cómo se le pone a un hombre delante de una responsabilidad con la que no contaba.

P.- Junto al retrato de las madres contemporáneas, sobrepasadas por un ritmo de vida inhumano, en el libro también está el de esas mujeres abnegadas de otro tiempo y el descubrimiento de que tienen vida más allá de su familia. ¿Hay una cierta liberación en la madre de Juan tras la muerte de su esposo?
JC.- Yo creo que sí, es un fenómeno que he visto con frecuencia en esa generación de mujeres, porque es que no tenían un compañero de vida. Tenían alguien a quien cuidar, alguien dependiente desde el minuto cero, ya no solamente en su vejez. Como esos anuncios de «tenle las zapatillas y el brandi listos, porque tu marido viene de trabajar y tú has estado aquí en casa haciendo nada». Creo que las mujeres, por cómo estaba constituida la sociedad de aquel entonces, han estado sometidas a ese papel. Por eso cuando llega el momento de la muerte de su marido, para muchas es una liberación. Yo he visto a mujeres en esas circunstancias que renacían para empezar a asumir con libertad su propia vida, hacer las cosas que les apetecía hacer: pasear, viajar… un montón de cosas en las que sus maridos las lastraban.

«El espacio doméstico ha sido tratado con desdén, pero la modernidad está abriendo las ventanas y los tejados de las casas para que veamos lo que sucede dentro»

P.- «El trabajo ha sido para vosotros la medida del tiempo y el sentido de la vida», escribe. Parece que en aquella generación se tenía la obligación de estar ocupados hasta el último día y que morir era descansar, en ese sentido.
JC.- Es que la vida puede ser muy perra. Puede ser muy hostil dependiendo de dónde y cuándo hayas nacido. Creo que ellos encontraron en el trabajo una pauta para bandearse en esta cosa tan azarosa que es a veces la vida. El trabajo era un punto quieto, un ancla, en muchos casos un refugio. La tarea cotidiana, disciplinada y regular también te asienta, te da un patrón, una orientación en un día a día que puede ser desconcertante por carencia, por escasez o por no saber muy bien adónde ir. Ellos se agarraron al trabajo, primero por necesidad y luego quizá como una forma de estructurar la vida. Yo lo ví en mis padres, en mis tíos, en esa generación de hijos de la guerra que vivían para trabajar. Pero todos entendían que era lo que había que hacer. Mi padre, que era maestro de escuela con seis hijos —y todos hemos oído lo de «pasar más hambre que un maestro de escuela»—, completaba su jornada laboral con clases particulares y la encuadernación de libros, junto a mi madre, además de otro montón de cosas. Días enteros de trabajo, y para ellos una forma de vida también.

P.- Siempre he pensado que la generación de mis padres era muy esclava del trabajo, pero ahora miro a la nuestra y también veo un problema en la sensación de no disponer de un minuto sobrante. Ni siquiera parecen respetarse los fines de semana.
JC.- Creo que ahí lo que interviene es la aparición de la idea de ocio. Nuestros padres apenas disfrutaban de tiempo libre. Por supuesto había élites que se iban a veranear a San Sebastián, pero el común de los mortales no. Yo no recuerdo a mis padres ociosos prácticamente en ningún momento. Las vacaciones eran una isla muy pequeña y las recuerdo ya un poco tardías en mi vida. Los dos trabajaban día y noche, y no se quejaban ni echaban de menos algo que ni existía para ellos. Deberíamos habernos liberado de ese yugo y disponer de un tiempo para cada cosa, pero ahora está todo muy mezclado. El espacio laboral ya es doméstico y hay una especie de disponibilidad constante, con lo cual se vuelven a emborronar ambos conceptos. La diferencia es que nuestra generación no renuncia a esa idea de que hay que descansar también. La dignidad del ser humano requiere que podamos combinar ese tiempo dedicado al trabajo con el tiempo dedicado a las demás parcelas de la vida: la familia, los afectos, la autorrealización, la lectura o lo que cada cual considere.

P.- Ahora quizá esté más delimitada la noción de jubilación, pero también nos encontramos la paradoja de esos abuelos y abuelas que crían a sus nietos.
JC.- Jubilación, si no recuerdo mal, viene de júbilo. Teóricamente es un periodo en que uno se deshace de ese lastre o esa maldición que puede ser el trabajo, y dispone ya de su tiempo, lo que pasa es que ya a lo mejor ni te quedan ganas de disfrutarlo. He visto a muchos hombres de esa época, sobre todo le ocurre a ellos, que una vez jubilados no saben qué hacer. Yo, que vengo de la España rural, siempre los he visto en el hogar del pensionista, sentados ahí durante toda la mañana o jugando al dominó, sin más. Lo de que ahora cuiden de sus nietos es una verdadera carga; ya no ejercen de abuelos, sino de padres, y además en la parte más severa. Creo que habla mal de nuestro tiempo el hecho de que los jubilados no puedan ejercer de abuelos, es decir: malcriar a sus nietos, ir a verlos si quieren y si no quieren, no verlos, porque no tiene por qué apetecerles. Pero que les hayamos hurtado esa posibilidad es un indicio de mal funcionamiento de la sociedad.

P.- En Llévame a casa aparecen Torrijos y Edimburgo, dos escenarios de su vida real. ¿Hasta qué punto ha proyectado sus vivencias en ambos lugares?
JC.- Bueno, los dos son lugares que conozco muy bien. Uno porque es donde me crié, y el otro porque lo elegí como lugar de residencia. Estuve en Escocia por primera vez en 1996, unos ocho meses, justo al acabar la carrera. Trabajé fregando platos y haciendo un montón de cosas que el personaje de Juan hace. Luego he vuelto a vivir allí, ya con mi familia y de forma reciente, durante tres años. En el libro, ambos lugares funcionan como dos polos. Por un lado está el pueblo donde Juan ha nacido, que es lo que tiene, su vida y su identidad, la real. Y Escocia representa una ensoñación, lo que él quisiera, un lugar que él identifica como contrario a los defectos que conoce: contra la sequedad del centro de España le parece romántica la idea de lo húmedo, lo verde, lo boscoso, el césped. Pero también la nieve, los tejados inclinados, las piedras, a todo eso le otorga una categoría mítica. Sin embargo en la novela hay una mirada irónica hacia ello, a través de los personajes del pueblo y de la propia voz de Juan, que piensa: «Usted cree que me dedico a algo muy importante porque estoy en una sociedad supuestamente avanzada, pero lo que hago allí es fregar platos, limpiar culos y encargarme de cosas que podría hacer aquí perfectamente».

«En general hay mucha más penetración de la psicología femenina en el hecho humano, porque ellas se han encargado de los cuidados»

P.- De hecho, se menciona también con ironía esa típica superioridad moral que se otorga a quienes vienen de vivir en un país extranjero.
JC.- Claro, y en cierto modo lo que le propongo al personaje en la novela es una remirada sobre lo que dejó, sobre el lugar del que procede. Una mirada más compasiva, más agradecida, más equilibrada. Todas ellas son sensaciones que he tenido. Yo también he crecido, he huido de mi familia y luego me he reencontrado con ella; he huido de mi país, de mi paisaje, y me he reencontrado con él, y además de una manera gozosa. Supongo que es la madurez lo que trae esto, y supongo que es la juventud lo que te lleva a despreciar todo aquello que conoces porque tienes que inaugurar tu nueva vida. Y a veces se hace por oposición, cosa que me parece absolutamente natural. Se llama rebeldía y es muy saludable, aunque a los padres a veces nos duela lidiar con ella.

P.- Me parece relevante también la presencia en este asunto del eje norte-sur de Europa, y la paradoja de que mucha gente de aquí puede acabar haciendo allí esa labor menos querida, la de cuidados.
JC.- Sí, yo eso lo he visto allí, gente que hace trabajos que en su país no haría. Entre ellos, cuidar de los mayores. No sé cómo se comporta cada uno en su casa, pero sí es cierto que irte al extranjero a la aventura, si vas con pocos medios, te obliga a hacer cosas que no esperabas y que también pueden ser una riqueza, en el sentido de desarrollarte de un modo no previsto. Creo que eso te lo da el viaje. Te coloca en otro lugar, te saca de tus zapatos, te convierte no sé si en emigrante pero desde luego te aproxima a la visión de alguien que llega a tu país con una mano delante y otra detrás. Al menos te puede hacer pensar que, al fin y al cabo, los espacios que están ocupando estos migrantes que vienen a España son los que nosotros ocupamos allí. Aquello que los británicos no quieren, lo hacemos nosotros; aquello que nosotros no queremos hacer, lo hacen quienes vienen de Sudamérica o de África.

«Yo también he huido de mi país, de mi paisaje, y me he reencontrado con él, y además de una manera gozosa»

P.- Aparecen reflejados en la novela problemas contemporáneos como la escasez de empleo y la dificultad de acceder a una vivienda, pero también la presión social por aparentar una situación regularizada a toda costa.
JC.- Pero esa es sobre todo la visión que tiene la madre. Para que ella considere que ha cumplido su función, su hijo tiene que hacer la cruz en determinadas casillas. Creo que es una visión de muchas madres y padres de la época: un trabajo seguro, un matrimonio —heterosexual, por supuesto, y por la iglesia en la mayor parte de los casos— y un hogar propio. Esa es la tríada de la estabilidad plena. Dentro de eso, lo óptimo es que te cases con una persona a la que tu familia acepte, que vivas en un lugar próximo a ellos, porque lo que subyace es que en el futuro los cuidarás, y que tengas un trabajo para toda la vida. Ellos que, como decíamos antes, han tenido que estar siempre pendientes del trabajo, de pronto descubren la función pública. «¿Es que hay trabajos en los que puedes pasar la vida entera y estar blindado? Yo quiero esto para mis hijos». No es el modelo que yo comparto ni desde luego el de Juan, porque ya se ve con otros recursos para sacar adelante su vida, pero entiendo perfectamente que nuestros padres desearan eso. ¿Quién no quiere tener seguridad? ¿Quién no quiere tener catorce pagas anuales y su propio hogar? También lo quiere Juan, pero a su manera, más acorde con el siglo XXI. Su hogar puede ser una pequeña habitación en Escocia, su familia pueden ser sus amigos.

P.- Al final lo económico es decisivo. Me hace gracia eso que menciona en la novela de que en todas las familias no puede haber pan de espelta para desayunar y, por ende, no todas pueden ser felices.
JC.- Ironizo respecto al modelo de familia contemporánea y urbana, en contraste con la tradicional. Al final ambas consumen alimentos ecológicos, pero cada una desde una postura estética, podríamos decir. Hay un juego de espejos que forma parte de nuestra educación sentimental, la de mi generación al menos, que es la televisión y en particular las series americanas. Recuerdo cómo contrastaban esas imágenes de familias perfectas con las nuestras, en cierto modo disfuncionales, sobre todo porque las veías desde dentro. Allí también las tenían, pero por entonces no estaban en el escaparate de la ficción, donde todos eran padres jóvenes que comían juntos, tenían tiempo, hablaban por teléfono… Un mundo ideal, que era justo lo que vendían aquellas series y que luego hemos sabido que era capitalismo puro y duro. Ese contraste me ha ayudado en la novela a la hora de jugar con ambos modelos, el real y el imaginado, y cómo esto reacciona químicamente en los recuerdos de infancia de Juan, en este caso demandándole a sus padres una serie de cosas que no le iban a dar y que no tenían por qué darle. También está ahí esa idea de que todo lo que viene de fuera es mejor, aunque sea comer maíz asado, que es un alimento que aquí les damos a los cerdos.

P.- En una entrevista de hace años, decía que la crisis aquí la estaba soportando la familia. La España que se refleja en su libro, la de 2010, es sinónimo de ruina y pelotazos inmobiliarios, pero podría ser también la de hoy, porque no mucho parece haber cambiado.
JC.- Recuerdo leer en aquella época un artículo del New York Times que se preguntaba asombradamente cómo España, con esos índices de paro y empobrecimiento, no había entrado en una especie de implosión o de catarsis revolucionaria contra las élites económicas, contra el poder político, contra unas leyes perversas que legislan contra la gente. La conclusión era que España tiene una estructura social clave que es la familia. Y la familia sigue absorbiendo hoy todo ese impacto. Tengo un amigo que vive en Nueva York y que paga por la guardería de su hija 1.200 dólares. Cobran bien en relación a los sueldos españoles, pero en el contexto de allí tampoco es para tanto. La cuestión es que no pueden hacerlo de otra manera. En España esa estructura familiar amortiguadora sigue funcionando como un reloj. Y también se desgasta como una maquinaria, porque le pedimos demasiado.

P.- Como en sus novelas anteriores, vuelve a haber un vínculo con el mundo rural. Aquí, además del aislamiento, está muy presente esa idea de que en los pueblos todo se sabe; ese microcosmos particular que puede resultar tan asfixiante como acogedor.
JC.- Sí, pero creo que el hecho de que todos te conozcan se da en un pueblo, que es casi un tópico del que prefiero huir, y también en otro tipo de comunidades urbanas. La sensación de que todo el mundo te conoce y al mismo tiempo te puede apoyar o dejar de hacerlo no es solo patrimonio de los pueblos. Tiene, desde luego, claras ventajas e inconvenientes. Por un lado, todo el mundo sabe quién eres y dónde estás: «Pues te vi el otro día corriendo por el olivo, era muy tarde»… ¿y a ti qué te importa? Por otro, si te sucede algo, es conveniente que haya un vecino que tenga tu llave o que te atienda. Es lo que supone vivir en comunidad, aunque hay gente que no soporta la injerencia de los demás en su vida. Veo a personas que están liberadas de las obligaciones familiares, pero al mismo tiempo están renunciando al colchón que la familia supone. Lo dice el personaje de Isabel en algún momento: todos los que están por aquí saltarán del barco y al final, si la cosa se pone muy chunga, los únicos que vamos a quedar a tu lado vamos a ser tu familia. Yo creo a pie juntillas en eso. Aunque humanamente tenga que ver más o menos con ellos o no los hubiera elegido como amigos, me da igual. Es mi familia, estaré siempre para ellos y ellos estarán siempre para mí. Y esa es una tranquilidad brutal.

«En España la estructura familiar sigue absorbiendo el impacto de las crisis, pero le pedimos demasiado»

P.- Otro de los temas muy presentes en Llévame a casa es el de la incapacidad para expresar los sentimientos en el seno de la propia familia.
J.- No sé cuál será la experiencia de otras personas. Lo que yo he conocido dentro de mi casa era sin duda amor, pero no la expresión del mismo; y mucho menos la expresión verbal. También se ironiza en la novela con el hecho de decir te quiero. Hoy los padres podemos decirlo todo el tiempo, pero a nuestros padres esa opción no se les dio, o al menos yo no la viví. Creo que por una cierta sensación de vergüenza, pero también de debilidad. La expresión explícita de la emoción se ha asociado tradicionalmente al talón de Aquiles de las personas: no me digas cuáles son tus afectos porque sabré dónde atacarte. Pienso que no hablaban por no revelar ese lado débil, porque sus hijos no les vieran llorar. Que es algo que he seguido escuchando incluso a gente joven, o viejoven, que quieren ser padres de una pieza. La vida no es así, ni tampoco la deseo así. Tengo que apoyar a mis hijos e hijas, pero tengo que llorar también con ellos si es necesario. Y tengo que expresarles el amor que el mundo contiene a través de mi propio ejemplo, con mis palabras y mis caricias. Eso me parece una bendición, una liberación y una conquista para nuestra generación.

P.- Esa incomunicación se ve especialmente reflejada en el silencio de los hombres (su padre, pero también el propio Juan), algo que conecta con personajes de sus anteriores novelas.
JC.- Tiene que ver con lo masculino, pero también con lo generacional. Su madre tampoco es una mujer habladora. Pienso que, en los roles de género de los que hablábamos antes, los hombres han disfrutado de enormes privilegios a lo largo de la Historia, seguimos disfrutando de enormes privilegios. Por ejemplo el que Juan ejerce, que no te consideren el cuidador número uno en caso de que tus padres te necesiten. Pero al mismo tiempo tiene una desventaja, y es que se nos ha negado un desarrollo emocional que la mujer sí ha podido ejercer. Era ella la que se estaba encargando de atender a su hijo que venía llorando del colegio y de entender, en ese mismo instante, cuál era el conflicto de su infancia o de su adolescencia. Lo haría de una manera u otra, pero al menos estaba presente en el desarrollo de su hijo. Los hombres, no. Y eso era un privilegio para ellos porque se decían «bueno, no me tengo que ocupar de estas zarandajas de casa, ya se encarga la mujer». Pero a la vez se les negó esa posibilidad de contacto con las emociones que a nosotros sí se nos ha dado y que desde luego yo, que vengo de esa generación, intento aprovechar al máximo aprendiendo o desaprendiendo. Hay que deshacerse de clichés e ideas erróneas como que la expresión de los sentimientos revela debilidad. ¿Y qué, si eso fuera cierto? ¿Es que acaso no somos débiles, ni podemos serlo? ¿Todos tenemos que ser perfectos, como de Instagram?

«Poder decir “te quiero” a nuestros hijos me parece una liberación y una conquista para nuestra generación»

P.- Por todo eso que no se llega a decir, muchas conversaciones de la novela suceden en el terreno de lo imaginado o lo supuesto.
JC.- Claro. El padre muerto habla a través del recuerdo de su hijo, y la hermana ausente habla a través de la conciencia de Juan. Esa forma de narrador interpuesto me parecía un divertimento literario interesante, con el que he disfrutado mucho, y luego tiene sus réditos literarios, haciendo el relato más coral. Puede estar o no en lo cierto Juan respecto a lo que piensa sobre su hermana Isabel, pero en general lo está. También él lo exagera a veces hasta lo grotesco, pero en el fondo algo de verdad hay. Cuando su hermana le echa esos rapapolvos mentales, se los está echando su propia conciencia. Quizá la conciencia de Juan sea un quinto personaje de la novela.

P.- Me gusta la forma en que a veces marca la conciencia del lenguaje o la reflexión sobre el mismo, sobre todo el lenguaje popular: como la expresión “dar la cara”, que se usa con las enfermedades.
JC.- Como autor soy muy consciente de que ningún lenguaje es inocuo, ni siquiera el más trivial. Todos están cargados de un metalenguaje. En la novela se incide, por ejemplo, en las expresiones tradicionales de la madre y en el pequeño patrimonio verbal que constituyen, y que morirá con esa generación. Hay un conservacionismo encubierto en esa idea: «Se mueren las especies en el Amazonas y no nos enteramos; se morirá esta expresión que solo utiliza mi madre y solo yo seré testigo». Pero también está la noción de que incluso en las frases hechas hay una intención. Ese pésame protocolario se hace así por algo, justamente para que no te enganchen las viscosidades de lo emocional. No tener que decir lo que sientes, sino simplemente hacer acto de presencia, dar tu apoyo y quedarte ahí en la barrera. También está presente el lenguaje cuando la hermana habla como científica: el hecho de que varíe la temperatura de la conversación cuando ella se expresa en el lenguaje que conoce y ama, que es el de la ciencia. Deja de hablar de su madre como ser que sufre y empieza a hablar casi de un espécimen médico.

P.- En alguna ocasión ha contado que ya para Intemperie tomó la decisión de escribir sobre algo cercano, que le fuese familiar. Estando ambientada en un universo más reconocible, ¿le ha resultado más natural el proceso de escritura de Llévame a casa?
JC.- Pues ha sido una novela que ha salido muchísimo más natural que otras, sí. En realidad, desde que se publicó La tierra que pisamos he escrito tres novelas, aunque solo esta se vaya a publicar. En las otras dos cometí, curiosamente, el mismo error que en la novela [también inédita] anterior a Intemperie, y es que me la llevé a un lugar emocional y paisajístico muy alejado de mí, guiado por no sé bien qué idea de lo literario. Pero lo cierto es que en Llévame a casa, como reacción, he vuelto a un paisaje y unos códigos conocidos, la experiencia personal, y eso ha hecho que todo fluya, y mucho. Vamos, el primer borrador lo escribí en un margen de 25 o 26 días. Sentado y trabajando uno detrás de otro, pero la novela salió así, cosa que no me había pasado nunca, ni siquiera con Intemperie. Supongo que el hecho de disponerte ante un material conocido te permite relajarte, por ejemplo en lo documental. «¿Esto tendrá un anclaje histórico?». Bueno, me da igual. Lo he conocido o me lo he inventado, pero sé que en un entorno familiar es posible.

P.- Y esa cercanía del material de origen le ha hecho perder menos tiempo.
JC.- Eso es. Ayer leía una frase, en un ensayo de Murakami que se llama De qué hablo cuando hablo de escribir [Tusquets, 2015] en el que a su vez cita a Joyce, y dice este: “La imaginación es memoria”. Si no está en tus recuerdos, no hay posibilidad de imaginar. Ni siquiera El Bosco era capaz de concebir sus escenas oníricas y a veces lisérgicas: los animales que aparecen en su obra figuran en grabados de la época que circulaban por los Países Bajos en aquel siglo XV. Así que el hecho de disponer de este almacén de recuerdos me permite generar una trama ficticia de una manera mucho más sencilla. No tengo que imaginar a qué huele un campo del centro de España en agosto; ya lo sé. No tengo ni que pensarlo ni que reconstruirlo, lo he vivido y está en mi tuétano. Eso, como autor, me ha dado mucha más libertad y creo que también aporta a la novela mucha más autenticidad. Hasta dónde llegarán esos materiales, no lo sé. Precisamente Murakami decía, respecto a su almacén de recuerdos, que ya lleva escritas miles y miles de páginas, y de momento no se le agota. Lo que cuenta es su mirada, su oficio y su pericia como autor a la hora de sacar partido literario de algo que puede ser anodino para cualquier otra persona. La visión de ese palé [señala en un rincón del espacio donde nos hallamos] o un recuerdo trivial de infancia.

P.- Hablando de recuerdos, si en sus otras novelas el paso del tiempo se describía sobre todo en el paisaje, en Llévame a casa la memoria a menudo es activada por los objetos de la casa, de una rebeca a un viejo coche o un flan en la nevera.
JC.- Creo que ahí lo único que he aportado yo es mirada. Imaginar a un personaje que regresa a un espacio conocido y detenido en el tiempo, como cuando Juan llega a su casa, tiene consecuencias afortunadas. Una de ellas es que puedes hablar del paso del tiempo a través del espacio libre de polvo que deja un objeto al retirarlo. A mí esa forma indirecta de hablar del tiempo o de lo que sea, que es muy natural en la poesía, me interesa mucho. Pero también hablar de una emoción a través del paisaje o de una sensación a través del clima. Todo ese tipo de juegos me gustan, creo que hacen de la literatura algo tangible, reconocible y seductor. Renuncio a hablar del paso del tiempo con un cronómetro o un calendario. La primera parte de esta novela, que coincide con el entierro del padre, abarca dos o tres días, pero por el rastro del polvo podemos entender que llevaba en el hospital una semana. Luego hay una segunda y tercera parte, que se desarrollan a lo largo de meses, en las que tampoco quiero escribir mayo; prefiero escribir que ha empezado a llover, que han salido espárragos, que son días soleados y el olivo florece, que es el tiempo de la vendimia… Me parece una forma más sugerente de hablar del tiempo.

«Conviene recordar, aunque a veces no apetezca, que nos vamos a morir; si no, corremos el riesgo de banalizar la vida»

P.- Y nada hay más en relación con el paso del tiempo que la muerte, un elemento constante en sus novelas. «La muerte no es un acontecimiento binario», escribe en esta.
JC.- La presencia de la muerte en mis novelas se debe a que todos los días dedico algún momento a pensar en la muerte. No es que yo me proponga «venga, de ocho a ocho y media voy a pensar en la muerte», pero cada día me surge algún pensamiento acerca de ella. A veces con ansiedad o aprensión y otras veces con alivio: menos mal que me estoy dando cuenta de que me voy a morir y mis seres queridos van a morir, porque de lo contrario pensaría que esto es eterno y no estaría aprovechando el tiempo. No soy yo quien para alertar a nadie de nada, pero conviene recordarlo. En la novela hay una alusión a uno de los Diálogos de Séneca, De la brevedad de la vida, que me impactó mucho cuando lo leí y que ahora es para mí un texto de cabecera. Porque, con una gran sagacidad y capacidad de penetración, nos pone delante de la brevedad de la existencia, que es exactamente la misma para un latino de su época que para nosotros. A mí me gusta recordar, aunque a veces no me apetezca, que nos vamos a ir, que yo me voy a ir. Porque si no, corres el riesgo de banalizar la vida.

P.- Un tema tabú al que nos hemos visto obligados a mirar de frente durante la pandemia.
JC.- Discrepo un poco. La muerte siempre ha estado presente, y ahora está mucho en los medios de comunicación, pero no estoy seguro de que nos estemos dando cuenta de lo que suponen esos datos. Las cifras del coronavirus han terminado anestesiándonos. Esta cosa de ver todos los días el gráfico, las flechitas, los diagramas, que casi podrían ser los resultados de la Fórmula 1… De todos esos datos, el que me parece más elocuente es el exceso de muertes, cuántas más se han producido en un mes respecto a la media histórica. Pero a mí, como al resto salvo que tengan una experiencia cercana, me cuesta trabajo pensar que esas son tragedias familiares. Sí he tenido experiencias más o menos cercanas de lo que ha significado la muerte en la pandemia, una muerte muy poco compasiva. Si a la persona que muere, además de quitarle la vida, le quitas la oportunidad de que se despida de sus seres queridos… me parece un final tristísimo. Eso lo estamos viendo, pero no creo que estemos siendo del todo conscientes. El negacionismo y la trivialización de lo que ocurre me llaman mucho la atención, que veamos la muerte tan de cerca y sigamos haciendo tonterías. Y también me habla del ser humano: somos así, y así seguiremos siendo.

«Quería una novela más esperanzadora, porque yo no soy en absoluto una persona triste ni pesimista ni plúmbea»

P.- Menciona las despedidas durante la pandemia, y en la novela Juan también parece necesitar ese último adiós al padre, que nunca llegó a darle.
JC.- Juan experimenta un remordimiento tremendo. Se llega a preguntar dónde estaba cuando su padre se murió. Qué tenía él que hacer como para perderse el momento más importante en la vida de su padre, tras su nacimiento. Eso lo tiene dentro, y gracias al aprendizaje que vive a lo largo de la novela, es capaz de recolocarse de un modo diferente frente a su madre, con la que aún le queda tiempo de despedirse. Como decía antes, ese rito, esa liturgia de la despedida me parece fundamental. No soy psicólogo, pero se lo he oído decir a muchos. Existe el periodo del duelo, pero también el de la despedida, la sensación de que uno puede morir en paz porque deja las cosas arregladas con los suyos y puede verles la cara. Entiendo que a mucha gente le espante la idea porque no puede haber nada más triste, pero es tan necesario… Creo que debe de suponer un beneficio humano incalculable para el resto de la vida. Yo no estuve cuando murió mi padre, y es un dolor con el que cargaré ya para siempre.

P.- Decía usted en una entrevista anterior que tras sus dos primeras obras su madre le preguntaba, en relación con esa visión de la vida bastante negra en ambas, si le dolía el mundo. Creo que esta novela, al menos en cierto modo, le reconcilia con él. ¿La ha leído ya ella?
JC.- Sí, la ha leído, de hecho la ha acabado hoy, y para mí es seguramente la opinión más importante que pueda recibir sobre este libro. La madre del libro toma muchos elementos, si no biográficos, sí de la personalidad de mi madre o de lo que he vivido como hijo suyo. Llévame a casa partía de una premisa: quería una novela más esperanzadora. Porque es que yo no soy en absoluto una persona triste ni pesimista ni plúmbea, incluso tengo cierto sentido del humor, diría. No soy la persona pesada de los temas que a veces he tratado en mis novelas o el modo en que los he tratado. Sí es cierto que me duele el mundo, como a cualquier persona sensible que ve lo que sucede a su alrededor. Pero en este libro quería hacer algo que fuese de la oscuridad a la luz. Siempre lejos de un tratamiento obvio, romántico o artificioso, pero sí que dejara pasar más la luz de la vida, de las emociones positivas, el cuidado, el encuentro, el abrazo. La novela transita de una muerte a una liberación, con toda la discreción con que puedo hacer ese camino. En ningún caso voy a entregar una novela, no sé, made in Hollywood o ideal, porque la vida no lo es, y yo me considero un escritor realista.

P.- Lo ha mencionado ahora, y lo cierto es que veo bastante humor en esta novela, sobre todo en la mirada irónica de los personajes en ciertos momentos.
JC.- Pues eso me parece un piropo. A mí, que me río mucho y que admiro a los escritores que hacen textos humorísticos como Wilde, Mendoza o Sharpe entre tantos otros, siempre me ha parecido un género complicadísimo, el más difícil. Que me diga alguien que he logrado meter algo de humor en una novela, me da mucha alegría. Sobre todo me parece complicado que el humor aparezca y que no sea impostado. Que no tenga forma de chiste o de chascarrillo, sino que exhude cierta ironía o esa mirada atravesada sobre las cosas. Eso me gusta, y me gustaría seguir practicándolo. Vamos, yo creo que mi objetivo es acabar siendo un escritor de comedia. Ese sería, digamos, el culmen de mi carrera. Ojalá.

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