Entrevistas

Lina Soualem: «En Francia hay quienes creen que hablar de la Guerra de Argelia permite pasar a otra cosa, pero es el evento final de 130 años de colonización»

La directora Lina Soualem. / Foto: Laetitia Notarianni

Acerca de Lina Soualem (París, 1990) lo primero que uno conoce es su nacionalidad francesa de raíces argelinas y palestinas, dato que trasciende en cuanto se hace referencia a los orígenes de sus padres, ambos actores de renombrada carrera: Zinedine Soualem, muy popular en Francia por sus películas para Klapisch, Boon o Lelouch; y sobre todo Hiam Abbass, a la que además de en importantes películas como Paradise Now o Los limoneros, hemos visto en títulos de Jarmusch, Villeneuve o Spielberg, así como en la serie de HBO Succession. Aunque se formó en Historia y Ciencias Políticas en La Sorbona, Lina es también actriz y en los últimos años ha trabajado como escritora cinematográfica, documentalista y asistente de dirección. Estas tres parcelas de su vida —familia, formación y trayectoria—, confluyen en su debut como realizadora, titulado Leur Algérie [Su Argelia], que no para de viajar por festivales de todo el mundo y cosechar elogios, y que se estrenará el 6 de octubre en salas francesas. Con él ha ganado el Premio del Público en el 18 Festival de Cine Africano de Tarifa (FCAT), gracias al que he podido conversar con ella para Mercurio.

Este documental cuenta la historia de sus abuelos por parte de padre, los Soualem, quienes tras 62 años de casados, se van a vivir a pisos distintos; a 30 metros de distancia, eso sí. De lo que habla Leur Algérie es de la memoria de esta pareja de octogenarios de origen argelino que emigraron a mitad del siglo pasado —no mucho antes de que empezase la Guerra de Independencia y la consecuente descolonización— a la ciudad francesa de Thiers, y de esos años de exilio. Habla, también, sobre el muro invisible de incomunicación que se ha levantado entre ambos y con su pasado («Nunca hemos hablado, no vamos a empezar ahora», aseguran en un momento del film). Su nieta lucha contra todo eso, el olvido y la desvinculación, en su primera película, que recuerda a los mejores exponentes de la autoficción —algunas cintas de la añorada Agnès Varda, pero también títulos como Stories We Tell, de Sarah Polley—, resultando tan divertida como conmovedora, pero sobre todo importante por cómo transita de lo personal a lo colectivo con sencillez, lucidez y buen (magnífico) cine. Lina responde con amabilidad, en un perfecto español con deje argentino, sobre una obra que resta poderosamente en el recuerdo del espectador.

¿Qué fue lo que más te motivó a hacer esta película: la idea de dirigir cine o el deseo de contar la historia de los Soualem?

Bueno, para mí era una mezcla de cosas. Yo estudié Historia y Ciencias Políticas, y desde hacía años estaba muy interesada en la historia de las sociedades árabes contemporáneas. Como parte de mi programa de Historia, hicimos un viaje a Argelia cuando tenía 20 años, hace diez más o menos, y allá me di cuenta de que conocía bien la historia del país, la colonización y la descolonización, pero no sabía nada sobre cómo mis abuelos vivieron todo eso y formaron parte de esa misma historia. Entonces empecé a preguntarme por qué nunca nos lo habían contado y por qué había tanto silencio alrededor de aquello. Me dije que no podía ser que no se hubieran visto afectados por ese momento histórico: por todo lo que aprendí en la universidad, fue una colonización larga de 130 años y con eventos traumáticos. Además, sabía que mis abuelos venían de la región de Sétif, que es donde se produjo la masacre de 1945, por eso me extrañaba que siempre hablaran de Argelia con anécdotas y de manera muy superficial. Eso se quedó en mi cabeza y, en 2017, cuando supe que se iban a separar después de 62 años de matrimonio, sentí un shock y una necesidad vital de saber lo que les había pasado; no solo la parte personal, sino también su historia de exilio: por qué se fueron, por qué nunca volvieron, qué vieron y qué sintieron durante aquellos años.

Aicha y Mabrouk, abuelos de Lina, en un momento de «Leur Algérie». / Foto fija: Thomas Brémond

¿Tenías relación previa más o menos frecuente con la familia de tu padre o el rodaje fue, en ese sentido, un proceso de descubrimiento?

Con mi abuela sí, porque nos veíamos bastante en familia, pero no era una relación tan íntima, sino más bien clásica. Con la película nos acercamos muchísimo, porque antes de esto yo no la conocía bien, no podía sentirme cercana a ella en su intimidad porque había muchas cosas que no contaba y que yo tampoco supe preguntar, por pudor y por sentir que podían ser cuestiones traumáticas. A través de la película pude superar ese límite y, gracias a la cámara, ella sintió que era algo importante para mí, dándome permiso para descubrir todo eso sobre ella. Los primeros días tuvo que acostumbrarse a la cámara, pero muy rápidamente se sintió en confianza conmigo, porque yo rodaba sola y era un poco como estar a solas las dos, intercambiando palabras. Con mi abuelo siempre había tenido una relación más distante, porque él no hablaba ni se quedaba mucho con nosotros. La película me permitió descubrir y entender su personalidad, pero al principio también fue difícil porque no quería hablar para nada.

Supongo que grabaste bastante más material del que vemos pero, cuando te pusiste a grabar, ¿tenías ya clara la idea de hacer una película? Lo pregunto por esa primera escena en tiempo presente que es una videollamada con tu padre.

Sí, como te decía ese momento en que se separaron fue lo que me motivó a empezar a filmarles, pero todavía mi abuelo no se había mudado al piso de enfrente de casa de mi abuela. Ese hecho me pareció un elemento muy cinematográfico. En aquel momento, yo estaba en una residencia artística en Marruecos [en el Festival Internacional de Cine Documental de Agadir FIDADOC, donde trabajaba sobre el proyecto de la película; también lo hizo en Les Ateliers Sauvages, centro de creación artística en Argel], así que no pude estar allí cuando se estaban mudando, pero mi padre me llamó por Skype y grabé aquello sin saber realmente si lo iba a usar. Estaba aún al principio del desarrollo de la película, así que no tenía muy claro qué iba a pasar.

En algún momento sabemos algo de los motivos de esa separación (por ejemplo, tu abuela se queja de que no podía tener visitas en la antigua casa), pero tampoco queda tan claro, ¿quisiste que las razones no fueran del todo explícitas?

La verdad es que yo empecé queriendo entender la separación, y muy pronto, ya fuese por mis preguntas o por sus respuestas, el proyecto me llevaba a Argelia y al silencio que se impuso en nuestras relaciones familiares debido al exilio. Nunca llegué a explorar del todo esa separación, porque quizá estaba muy vinculada a lo que les pasó de manera general y la historia colectiva se imbricaba mucho con lo íntimo, así que no tuve una respuesta clara sobre por qué se separaron o qué paso de modo particular. Solo tenía algunas hipótesis. Pero no era algo en lo que quisiera indagar más allá de ese punto, porque sentía que no había una sola explicación, se debía a muchas cosas. Ellos fueron víctimas de esa historia colectiva y creo que eso afectó también a su intimidad, porque podemos preguntarnos si se habrían amado o se habrían separado de haberse quedado allá; o si mi abuelo acaso no pudo amar porque no eligió nada en su vida, o si mi abuela tampoco eligió estar con él. Había muchas preguntas y pocas respuestas, pero para mí lo importante era entender lo que les había pasado más que entender su relación, porque además creo que no es algo que puedan formular. La intimidad no es algo sobre lo que se reflexione demasiado, suele haber mucho pudor.

Zinedine Soualem (en el centro) junto a sus padres, en una antigua imagen familiar. / Foto: Lina Soualem

Da la impresión de que tu abuela no puede escapar a su rol de cuidadora, pero tampoco está dispuesta a volver a asumirlo. Hace poco hablando con un escritor español sobre este tema me decía que, a esa edad, los hombres no suelen llevar bien su vida si no tienen a alguien al lado, mientras que las mujeres parecen liberadas. No sé si tú también has tenido esa percepción.

Bueno, yo sentí que ella mantuvo sus fuerzas al máximo a lo largo de su vida, que conquistó su independencia un poco más tarde y que fue una decisión que no pudo tomar antes, en parte por tener hijos y sentirse presionada por lo que pudiera juzgar la sociedad. A esta edad, creo que ya sentía que le quedan algunos años, que los quiere aprovechar y que ya no podía más, pero después de tanto tiempo de matrimonio, no deja de ser sorprendente.

De hecho, al principio resulta casi inevitable ponerse de parte de tu abuela, que fue forzada al matrimonio y se ha visto un poco encerrada en ese papel; pero luego vemos que tu abuelo también debió de sufrir bastante siendo tan joven y llegando a un país diferente para trabajar muy duro. ¿Fue esa también la evolución de tu opinión mientras rodabas?

Sí, es que si no hubiera filmado a mi abuelo, nunca lo habría entendido del todo. Creo que al final mi abuela supo encontrar una forma de felicidad en el amor que tenía por sus hijos y también por su carácter tan sociable: le gusta compartir y conocer a gente, aprendió francés con sus vecinas, está en una asociación con otras mujeres… Pero me di cuenta de que quizás mi abuelo nunca pudo ser feliz porque se encerró en el exilio, no supo encontrar su equilibrio y su lugar en este mundo, llámese la modernidad industrial, la sociedad francesa a la que llegó o su rol como padre y como marido. Creo que también este papel fue difícil de llevar para él, porque mi abuela tenía 15 años, pero él tenía 19, así que los dos eran muy jóvenes y se encontraron con esa responsabilidad de venir a trabajar a Francia y mandar dinero a la familia que se quedó en Argelia. Él, además, se trajo a todos sus hermanos y hermanas para darles una vida mejor, de ahí le viene esa pena cuando dice que todos se marcharon de Argelia y su madre se quedó sola. Se siente también responsable de eso. Es como si al final todo hubiera sido un fracaso, porque aquello que conoció deja de existir, como la industria de la cuchillería en la que trabajó. Se siente solo, y también en su cuerpo se deja notar esa realidad del exilio por la que no puede encontrar su sitio en ningún lado: hay un contraste entre su cuerpo de 88 años y los lugares por los que se mueve, como el centro comercial, con toda esa energía y esa modernidad.

Sí, totalmente. El tema fundamental de tu película es la memoria (a muchos niveles), y en cierto modo tú pareces ir contra su voluntad: tu abuela dice que quiere dejar todo atrás y ha borrado cosas del pasado; tu abuelo está cerrado al mundo y prefiere pensar que no dejaron nada en Argelia. ¿Tuviste miedo de hacerles daño al desenterrar ese tipo de recuerdos?

Es una pregunta que me hacen a menudo, pero lo cierto es que yo no pensé demasiado en ello en el momento de rodar la película. Sentía una necesidad tan fuerte de saber y de entender, y tenía un miedo tan intenso a que desaparecieran sin transmitirme su historia, que cuando veía que había algo que no me estaban diciendo, les insistía. Por supuesto, hay límites que no crucé cuando sentía que eran cuestiones demasiado íntimas. Mi abuelo al principio no me respondía mucho, porque me decía «no sirve de nada hablar del pasado» o «de eso hace ya mucho tiempo», pero al final también se dio cuenta de que para mí era importante entender y, después de unos meses, poco a poco fue cambiando la manera en que me recibía. Comprendió que no era solo mi trabajo, sino algo a lo que estaba dedicando todo mi tiempo y mi energía, y creo que eso le hizo darse cuenta de que la transmisión todavía existe. Cuando en la película le muestro las imágenes de Argelia, para mí era una prueba de que la transmisión no se había perdido totalmente, porque pude ir allá y traerle imágenes de un lugar que él no pensaba volver a ver; ni en fotos ni, aún menos, hechas por su nieta.

Lina y su abuelo, durante el rodaje. / Foto fija: Thomas Brémond

Tu padre defiende que fue argelino hasta los 28, cuando se nacionalizó, aunque solo pisó una vez Argelia a los 5 años…

Él ya nació con una identidad muy compleja, la de indígena francés musulmán, como los llamaban en aquella época, y tampoco tenía posibilidad de elegir, porque eso era así y no se cuestionaba. Más tarde, se volvió argelino cuando el país obtuvo su independencia, pero en realidad nunca vivió allá, lo que podía parecer una contradicción; aunque los argelinos lucharon por la independencia también desde Francia. Mi padre cuenta que, cuando era niño, los mayores le decían que aquello era temporal y que iban a volver a su país. Creo que cuando se dio cuenta de que no iba a volver, asumió esa identidad y ya no pudo preguntar a sus padres por qué, ya que preguntar era cuestionar su elección de vida y todos los sacrificios que habían hecho para poder estar donde estaban, como el hecho de haberse separado de su familia, de su tierra.

Por cómo cuenta eso tu padre, ¿crees que la cuestión de la identidad es una preocupación más bien del mundo actual?

Claro, eso es típico de la diferencia entre nuestras dos generaciones. Al tener más distancia, haber nacido en Francia y haber estudiado Historia, yo he podido saber lo que ocurrió realmente y me ha sido mucho más fácil explorar esa historia tanto oficial como familiar; he tenido ese privilegio. Por ejemplo, en la época de mi padre los medios de comunicación franceses ni siquiera hablaban de guerra, sino de eventos. Mi abuela no sabía leer, así que tampoco podía saber que Argelia había estado colonizada durante más de un siglo. Es gente a la que le quitaron su derecho a saber, fueron desposeídos de su propia historia y de su propia identidad, y eso es una consecuencia de la colonización, pero cuando uno lo está viviendo no siempre es consciente. Muchas cosas las supe mientras rodaba, de hecho no tenía ni idea de que mi padre había tenido nacionalidad argelina hasta los 28 años y me sorprendió muchísimo. Tampoco que mis abuelos nunca tuvieron, ni van a tener, la nacionalidad francesa. La película me ha hecho ver que la noción de identidad es mucho más compleja que tener tal papel y llamarse argelino o francés. Me ha permitido entender un poco mejor la cuestión de la legitimidad: «soy de aquí, soy de allá, no sé…». Al final, por haber nacido en Francia con orígenes argelinos, tenemos imbricación de muchas identidades. Cada uno se define como puede y con lo que le han transmitido. Hay muchos jóvenes de mi generación que son de origen argelino, marroquí o tunecino, y que no saben hablar árabe, por lo que no se sienten legítimos; pero también tienen derecho, porque es la historia propia de la colonización. El exilio tras la colonización te separa de un patrimonio cultural al que dejas de tener acceso.

No sé si te planteaste la importancia de contar una historia como esta en el actual contexto mundial y especialmente en Francia, donde Macron, por un lado, ha desclasificado documentos sobre la guerra de Argelia, pero al mismo tiempo no ha llegado a pedir perdón por acciones como la masacre de 1945. Hay todo un debate sobre la «memoria herida» y hasta un movimiento anti-arrepentimiento de la extrema derecha. ¿Cuál es tu sensación sobre la conciencia que los ciudadanos franceses de origen argelino tienen sobre este asunto?

Creo que, más allá de la población de origen argelino, hay en Francia una dificultad de reconocimiento de memoria, por ser tan traumática y tan tabú. Consideran que el mero hecho de hablar de la Guerra de Argelia ya permite pasar a otra cosa, pero la guerra es el evento final de 130 años de colonización y no se habla de lo que pasó durante todo ese tiempo. Lo importante hoy es poder hablar de esas historias individuales, porque la memoria colectiva está hecha de todas esas memorias íntimas, y cuanto más sepamos de ellas, podremos tener una visión más representativa de lo que pasó y más podremos acercarnos unos a otros. En Francia, una persona de cada tres tiene relación con Argelia: son hijos o hijas de inmigrantes, son franceses que vivieron allá o bien participaron en la guerra aunque no fuese siempre su voluntad… Hay mucho vínculo entre ambos países y mucho silencio en torno a ello. Creo que mi generación necesita poder hablar de esas cosas, acercar la memoria. El problema es que hoy en día la tendencia es decir «bueno, eso fue hace muchos años, ya hay que olvidar y avanzar». Pero para avanzar, no se puede olvidar; hay que poder reapropiarse de la memoria, revisitarla y transformarla en algo positivo. Necesitamos saber lo que pasó, quién vivió qué, para lograr ese avance social.

Hablando en términos más cinematográficos, me parecen muy potentes visualmente esos planos casi siempre fijos, pero muy expresivos (que solo parecen romperse hacia el final, cuando con cámara al hombro sigues a tu abuelo caminando). ¿Cómo decidiste el estilo?

Era la primera vez que hacía cine, así que al principio estaba explorando no solo la relación entre quien filma y quien es filmado, sino también otras cuestiones, por ejemplo cómo plantear el encuadre. Además, estaba registrando el sonido yo sola, así que en parte aprendía sobre la marcha. Tal vez al comienzo los planos eran más fijos y, poco a poco, fui ganando más libertad con la cámara, también porque cuando empecé, grababa sin pensar mucho en la narración o el montaje. Lo que ocurrió es que la película se construyó entre etapas de filmación, escritura, edición, vuelta a rodar, después a editar y volvía a rodar… Cuanto más editaba, más me daba cuenta de qué encuadre o plano funcionaba, y también empecé a pensar más en los lugares como personajes de la película, como elementos que constituían la narración.

Me parecen fascinantes las imágenes de la fábrica y de la casa abandonadas; es como si cada uno se despidiera de sus lugares de trabajo de toda una vida. ¿Fueron escenas que planteaste tú o surgieron de forma más o menos natural?

Como mi abuelo era muy callado, pensé que podía llevarlo a una serie de lugares para reactivar la memoria, o que podía usar unos archivos o unas fotos con ese fin. Así que, en vez de siempre estar yo frente a ellos con la cámara, decidí llevarles a esos lugares. También la escena en la que mi abuela va a ver su antigua casa por última vez se me ocurrió de esta forma, en el tramo final del rodaje. Quería evitar que el formato siempre fuera pregunta-respuesta y, por contra, filmar los cuerpos en ciertos espacios, siendo testigo de cómo los personajes se relacionaban con esos lugares que habían sido importantes en sus vidas.

Y luego están las evocadoras imágenes de vídeo que grabó tu padre en 1992, donde apareces siendo niña. Dices que llegaste a soñar que habías ido a Argelia a causa de esas imágenes, ¿tenías ya previsto que aparecieran en la película cuando comenzaste el proyecto?

Lina Soualem. / Foto: Safouane Ben Slama

Bueno, cuando supe que mis abuelos se iban a separar, lo primero que hice fue volver a ver esas imágenes, que siempre han estado presentes en reuniones familiares. Las veíamos juntos, aunque más bien como anécdota, rememorando un evento o bromeando sobre tal o cual persona. Pero nunca hablábamos realmente sobre lo que representaban. Cuando volví a verlas, como adulta y sabiendo que mis abuelos se estaban separando, con la conciencia de este silencio que existe sobre su historia y su relación con Argelia, las vi de otra manera. Sentí que esas imágenes escondían algo. Me empecé a preguntar si incluso mi padre estaba buscando algo al grabar todo eso, si se estaría preguntando las mismas cosas que yo me preguntaba. Argelia está presente en todos los aspectos de esas imágenes, pero no se habla de ella. Eso formaba parte del contraste que constaté, y se convirtió en un punto de partida. Las tuve presente durante el rodaje, pero en realidad las incorporé ya al final, en la edición. Empecé pensando en esas imágenes, y después de haber explorado la memoria de mis abuelos, entendí mejor cómo las podía incorporar al montaje, y era a través de un diálogo entre mi padre y yo. Al principio pensaba que él no me había transmitido nada de Argelia, pero a lo largo del rodaje entendí que a él tampoco se lo habían transmitido y que había heredado el silencio. Cuando empecé a hablar con él sobre esas imágenes le conté lo que siempre había sentido: que cuando las veía me imaginaba que eran de Argelia y que, de niña, para mí ir al centro de Francia era como ir allí, porque era eso lo que conocía de Argelia. Yo quería entender si él era consciente de ese contraste entre la realidad y lo que se veía en su vídeo. Era una manera de revisitarlo y no mostrarlo solo como un bonito recuerdo de nostalgia familiar. Son algo más que eso.

¿Y cómo ha sido la reacción de tu familia al verla? Salvo la de tu abuelo, que tristemente falleció como vemos en tu dedicatoria final.

Sí, mi abuelo murió en febrero de 2020, así que no la pudo ver. Mi abuela la vio durante el primer confinamiento, fui a su casa porque pensé que era una oportunidad de verla con ella antes de que empezase a dar vueltas por el mundo. Fue un momento muy intenso y bonito, porque tenía mucho miedo de lo que fuese a pensar, de si le iba a parecer demasiado íntimo. Pero fue increíble, porque durante toda la película mi abuela fue reaccionando de la misma forma que lo hace en la pantalla [ríe]: se reía en los mismos momentos, hacía los mismos comentarios… Sentí que había sabido captar su autenticidad, y ella estaba muy orgullosa de ver que su nieta se había interesado por su vida. Estaba muy feliz y la quería volver a ver y volver a ver, así que la vio como tres veces. Ahora está lista para verla con público.

Qué bueno. Justo te quería preguntar sobre eso, lo mucho que se está moviendo en festivales la cinta y, de forma específica, cómo has vivido su acogida aquí en España.

En España hubo primero una proyección en Bilbao, en la Caravana de Cine Realizado por Mujeres, y luego en el Festival de Cine Africano de Tarifa [FCAT]. La recepción fue increíble. Creo que el público español pudo identificarse con los personajes y, aunque no se trate de la misma historia, hay mucha gente que me habló de sus abuelos que vivieron la Guerra Civil española, el trauma, el silencio que existe en tantas familias, la dificultad de comunicarse en torno a este tema con esas generaciones. Fue muy bonito también el Premio del Público en el FCAT, la volvieron a pasar y fue maravilloso poder compartirla con el público de allí. No veo la hora de volver a España y estamos buscando un distribuidor para que pueda exhibirse en los cines.

Tengo entendido que también quieres contar la historia de la familia palestina de tu madre, ¿qué nos puedes adelantar sobre ese proyecto?

La cineasta Lina Soualem. / Foto: Jacques Frasiak

En realidad es un proyecto que empecé en 2018, pero entonces aún estaba acabando Leur Algérie y además requiere mucho más tiempo, porque filmar allá es complicado, no se puede ir tan a menudo y ha de estar muy organizado. Estoy todavía en fase de escritura con una coautora y tengo también algunos archivos que ya he empezado a editar, pero bueno, me llevará el tiempo que necesite porque no es tan fácil empezar un segundo proyecto cuando todavía estoy acompañando el recorrido de la primera película.

Claro, es natural. Para acabar y en relación a esto, te quería preguntar cómo has vivido los recientes acontecimientos del conflicto entre Israel y Palestina, y si es una cuestión por la que te intereses especialmente.

Bueno, la verdad es que la película no se centra en el conflicto, porque realmente trata sobre la transmisión de las mujeres en la familia y las historias de vida impactadas por el exilio y por la historia de sus países en general. Claro que todo es político y sus vidas son también política, pero estoy más bien enfocándolo hacia cómo esas historias afectan a su intimidad, cómo la historia colectiva afecta de forma específica a las vidas de mujeres y cómo se transmite entre ellas de generación en generación.

En cualquier caso, parece que vas a seguir dedicándote a la dirección de cine, aunque también vinculada a otros ámbitos audiovisuales.

Pues sí, porque me gustaría trabajar en ficción también, aunque por ahora debo concentrarme en acabar este segundo documental. Pero, al mismo tiempo, estoy trabajando como coordinadora de guion y documentalista en proyectos de ficción, en series, ayudando a su desarrollo. También he trabajado antes como programadora, así que me encanta poder estar a uno y otro lado de la pantalla, así como apoyar proyectos de otras personas, porque es una responsabilidad enorme comenzar un proyecto propio y me gusta inspirarme en otros autores, otros directores que trabajan sobre temas distintos, para poder adquirir cierta libertad y explorar otras formas de contar historias.


La imagen de portada de esta entrevista es el recorte de una foto realizada por Louay Nasser.

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