Crónicas en órbita

Madrid ya no nos quiere

A la escritora Lara Moreno la echaron de su enésimo piso, aunque tenía dinero para pagar el alquiler, y decidió contarlo. Ahora publica ‘Deshabitar’, una crónica ampliada de su viacrucis particular, que es el de todo un país: la búsqueda de un lugar donde vivir
La escritora y editora Lara Moreno, autora de «Deshabitar» (foto: Jairo Vargas).

Ha habitado doce sitios diferentes de Madrid en los últimos quince años. Si hiciésemos una media aritmética, el resultado equivaldría a que ha residido un año y tres meses en cada uno de esos espacios. El de Lara Moreno (Sevilla, 1978), escritora y editora, podría ser un relato de desdicha circunstancial, pero lo cierto es que trasluce la realidad experimentada por toda una generación. Esa que ya vive peor que sus padres y que encuentra en la vivienda –incluso más que en el desempleo– una angustia transversal, más allá de ideologías políticas y de situaciones personales. No parece haber nadie contento con este tema, o al menos nadie que conozcamos. Pero nada garantiza hoy día ese derecho. Para millones de personas, la cuestión habitacional es un roto al que cuesta verle arreglo.

Con una sólida reputación ya entonces como poeta, narradora y cuentista, Lara Moreno recibió por primera vez en marzo de 2019 el encargo de escribir un artículo de opinión para el diario El País. “Me acababan de decir que tenía que irme de mi casa, y decidí contarlo”, rememora. “No ya porque me afectase a mí, desde una posición privilegiada, sino por el punto al que habíamos llegado para que me echaran aun pudiendo afrontar el pago del alquiler”. Aquel texto sobre la insoportable situación inmobiliaria en la capital de España, incluso para alguien que se consideraba clase media, prendió en las redes sociales. Todos se reflejaron en su descarnado testimonio en torno a la catástrofe de la vivienda en las ciudades: “Creo que lo que hizo que se leyera tanto fue que esto siempre se había contado desde el punto de vista de gente que no suele tener voz”. Fue el germen del libro publicado ahora por Destino bajo el título Deshabitar. Un recorrido vital por las habitaciones de la crisis inmobiliaria.

Aquel texto sobre la insoportable situación inmobiliaria en la capital de España, incluso para alguien que se consideraba clase media, prendió en las redes sociales

Más que un ensayo, se trata de una crónica en primera persona del sinvivir (otra forma de deshabitar) que ha supuesto para su autora esta obligación de buscar su sitio continuamente, de volver a la casilla de salida una y otra vez. Una obra que, en apenas un centenar de páginas, va directa al mentón con la narración de su experiencia mientras asientes pensando por fin alguien lo ha contado. Pero es también un análisis certero del contexto socioeconómico, sobre el que Lara Moreno ya se había documentado al escribir el artículo aunque “a última hora” prefirió centrarse en el relato subjetivo. “Para el libro he profundizado y tuve que estudiar bastante, porque hay un montón de gente trabajando en este tema. Yo era –y lo sigo siendo– una gran ignorante de cómo funciona la vivienda desde un punto de vista social, económico y político, pero fue una oportunidad para al menos ofrecer un leve esbozo de lo que hay”.

Y lo que hay es bastante descorazonador. Una de las bazas del libro es que apoya su relato en el tipo de datos que no solemos ver en los medios y casi en ningún lado, más allá de las estadísticas sesgadas que ofrecen los portales inmobiliarios. Entre esa gente a la que hace referencia la autora y en cuya labor fundamenta su análisis, Javier Gil es uno de los mayores investigadores del país en la materia, además de portavoz del Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid. “Somos muchos los que intentamos aportar informes y estudios académicos, pero la potencia del libro es mostrar que esto no son solo datos, sino hechos que tienen efecto sobre la vida de las personas”, explica Gil, para quien “la falta de transparencia es esencial en este sistema desregulado”. En su opinión, la historia que narra Deshabitar “pone nombre a eso que mucha gente está viviendo y sufriendo. Por ejemplo, cuando habla del barrio de Chueca, está describiendo un proceso de gentrificación, aunque no emplee un marco teórico para hacerlo”.

Una de las ilustraciones de Fernando Vicente para «Retablo» (Páginas de Espuma, 2019), escrito por Marta Sanz.

Nació en Sevilla y creció en Huelva, pero Lara Moreno habla de Madrid como su “ciudad de adopción” y también considera que este libro tiene algo de homenaje a ella. Los problemas que describe y el hecho de que, pese a ellos, la siga considerando como una ciudad abierta y acogedora recuerda a otra escritora, Marta Sanz, que en Retablo (Páginas de Espuma, 2019) trató –desde la ficción y con un tono distinto– la transformación del barrio de Malasaña. “Es un asunto complejo que yo quise abordar desde la reducción paródica para compartir mi inquietud: la gentrificación no es el resultado de las acciones de una pandilla de hípsters extraterrestres que colonizan un espacio para enajenarlo y hacerse ricos, sino de un modelo económico que privilegia el sector terciario y que solo tiene sentido a la luz de la liberalización del precio de los alquileres de la vivienda”, asegura Sanz. La autora acaba de publicar en Anagrama Pequeñas mujeres rojas, última pieza de una trilogía iniciada con Black, black, black (2010), el primer libro en el que empezó a sentir “desazón urbanística”. Coincide con Lara Moreno en su percepción del proceso gentrificador: “El centro de las ciudades, convertido en parque temático y en ciudad descolorida y franquiciada, expulsa a los sectores más desfavorecidos porque no solo se encarece la vivienda, sino todo lo demás”.

La gran mascarada

Este fenómeno afecta tanto al alquiler como a la compra de vivienda, aunque es difícil equiparar esa dualidad al poder de decisión. Es lo que Lara Moreno llama en su libro “la presunción de la libre elección, la gran mascarada”. En este sentido, es también la crónica de una derrota, la suya y la de muchos otros, frente a las escalofriantes palabras que cita del que fuera ministro de Vivienda de 1957 a 1960: “No queremos una España de proletarios, sino de propietarios”, dijo de parte del gobierno franquista, y ese interés sigue prevaleciendo. Todo el que no ha llegado a rendirse a la compra ha tratado de consolarse con la aparente libertad que da el alquiler, y más tarde se ha rebatido a sí mismo aduciendo que es tirar el dinero. Extracto de un párrafo de Deshabitar con el que muchos nos haríamos un póster: “Nos gustaba vivir de alquiler […] Pensábamos que […] la casi obligación fundamental y fundacional de comprarse una vivienda para ratificar la pertenencia a un lugar, a una clase y a una identidad próspera y decente (formar una familia y comprar una casa en España son una sola cosa si eres de clase media), era bastante perversa”.

La situación habitacional, por tanto, supone también un condicionante del estilo de vida. Para la escritora sevillana, el modelo de vivienda en nuestro país está obsoleto y se emparenta con un modelo de familia de hace décadas, algo en lo que coincide la arquitecta y urbanista Zaida Muxí: “Lo que se presenta como la manera en la que se ha vivido siempre, en torno a un núcleo familiar formado por padre, madre y dos o tres hijos, es en realidad una creación del siglo XIX. Un invento que separa lo productivo y lo reproductivo y que a las mujeres nos hace mucho más daño, porque llevamos al menos un 70% de esa carga de trabajo”. Autora del libro Mujeres, casas y ciudades (DPR-Barcelona, 2018), Muxí ha abordado a lo largo de su amplia trayectoria otro de los temas clave en Deshabitar: “Si hubiera viviendas donde ciertos espacios fueran colectivos y permitieran unos cuidados comunitarios, sería mucho más fácil conciliar las esferas personal, laboral, familiar y social”, argumenta.

El libro editado por Destino y una ciudad antes de la tormenta (foto: MERCURIO).

La vida de Lara Moreno dio un giro en 2010, cuando se quedó embarazada. En aquel momento tenía trabajo y pareja estable, aunque más tarde se separaría. “Si algo te pone los pies en la tierra es tener hijos”, admite, “porque ya no estás sola. Todas aquellas veces que me había mudado antes, en el fondo siempre había sido por decisión más o menos propia, por situaciones personales, laborales o lo que fuera. Pero nunca había tenido que acatar una orden, digamos, de este tipo. Y claro, lo que me da miedo cuando me echan de casa el año pasado no es solo tener que cambiar el barrio donde mi hija tiene su vida (su escuela, su padre); es que, además, ya nada me garantizaba que un año o dos después no volviese a tener que mudarme”. En las grandes poblaciones son vitales las redes afectivas y de cuidados, que tanto cuesta tejer hoy día. En buena medida la causa se halla, según Zaida Muxí, en decisiones urbanísticas: “Si al proyectar la ciudad pones en una punta las viviendas, en otra las escuelas y en otra los centros de trabajo, estás haciendo que la vida se descuajaringue”.

En ese punto, el equilibrismo en la vida de la autora se hace cada vez más patente. La necesidad de mudarse varias veces con su hija le acaba generando una sensación de culpa: “En ese momento vi un infinito de inestabilidad. Ya no era suficiente con pagar el alquiler para que no te echaran de casa, que era la base a la que me había agarrado toda mi vida. Y no me iban a echar solo a mí, sino también a mi hija, que es un tema recogido en los Derechos Humanos. No se puede dejar a los niños en la calle. Yo estoy en una posición de privilegio porque tengo la posibilidad de tener un plan B, pero hay muchísimas familias que no tienen ninguno, y esa es la verdadera tragedia”. Tanto en su crónica como al ser entrevistada, Lara Moreno insiste una y otra vez en subrayar su condición privilegiada, y es ahí donde somos conscientes de que deshabitar las ciudades –o hacerlas invivibles– es lo mismo que deshumanizarlas.

La mancha centrífuga

Al cabo, sostiene la autora, la vivienda no es una cuestión menos básica que otros temas cuyo derecho de acceso parece incuestionable, como la salud o la educación. Pero ya sabemos que esta sociedad dista mucho de respetar la igualdad de oportunidades, sobre todo cuando entra en juego el dinero. Para Marta Sanz, “la gentrificación pone de manifiesto la violencia estructural de una economía expulsiva que profundiza en las brechas de desigualdad, jugando a que no lo hace y generando conflictos; por un lado, entre personas con mentalidad muy rancia que piensan que todo tiene que ser siempre idéntico y, por otro, entre quienes piensan que el futuro ya está aquí y no se dan cuenta de que el futuro es superchorra a veces”.

Lara Moreno dice ser consciente de que, a medida que la ciudad la va echando de su centro (como una “mancha centrífuga” que avanza impasible), ella va ocupando el lugar de la población inmigrante, que a su vez va quedando relegada al extrarradio o a otras poblaciones. Como en todo lo demás, la exclusión residencial es una cuestión de clase o estatus social. Quienes quedan a la intemperie son los eslabones más frágiles.

“No queremos una España de proletarios, sino de propietarios”, dijo un ministro de Vivienda del franquismo a finales de los años 50, y ese interés sigue prevaleciendo

Como la Sara Mesa de Silencio administrativo (Anagrama, 2019), otra crónica personal con alusiones a la crisis habitacional, Lara Moreno muestra en Deshabitar los mecanismos implacables de un sistema en el que cada requisito para llevar una existencia digna depende de otro. Quienes hemos buscado vivienda conocemos la ansiedad de la búsqueda, la precipitación. “En cinco minutos calculas tu vida y decides”, lo resume la autora en el libro. También hemos pasado por la absurda competición con otros candidatos: “No todo el mundo tiene una nómina, un contrato indefinido ni un montón de cosas que te piden, y eso no significa que no te ganes la vida”.

Solo cuando vivió en el pueblo de Zarzalejo, en la Sierra Oeste de Madrid, logró sortear los dos o tres meses de fianzas, avales bancarios y demás exigencias de los caseros: “Durante aquellos años no tuve que ofrecer toda esa apariencia de seguridad, que además es absolutamente falsa”. Además, si buscas alquiler puede que debas pasar un segundo examen, el casting que hacen los arrendatarios residentes: “Hay sitios donde se manejan unos perfiles bastante clasistas. De alguna forma, todos acabamos reproduciendo esos cortes profundos que tenemos en la sociedad”.

La nueva precariedad

Recibir ayuda de tus padres, compartir piso a una cierta edad… todo se va convirtiendo en una precariedad normalizada, aunque no es la única presente en el libro. Editora además de escritora y docente, Lara Moreno delata también las condiciones de trabajo en el sector cultural. Más funambulismo. “Es la condena del freelance: parece que tienes que coger todos los trabajos del mundo, estén bien pagados o no, y dar gracias por ello. En este sector donde hay tanta gente sin contrato, eso tampoco nos valida mucho para las condiciones que se exigen en el acceso a una vivienda. Al final nos vemos en una situación de desprotección”. Aunque de nuevo, recuerda la autora, lo tienen aún peor otras profesiones y perfiles.

¿Y qué hay de la nueva normalidad, evolucionará el contexto habitacional con el cambio de las rutinas de trabajo? “Es una gran pregunta, porque para teletrabajar primero has de tener una casa. Tenemos que empezar por el principio; después de esta pandemia se han puesto de manifiesto muchas grietas. El teletrabajo es una solución para algunas cosas, porque te da la oportunidad de ahorrar tiempo y organizarlo quizá a tu manera. Se supone que también puedes conciliar con tu vida familiar, pero en la práctica cuidar de tus hijos, trabajar estando disponible al cien por cien, llevar adelante las tareas domésticas… el combo completo es imposible”.

Lara Moreno: «Para teletrabajar primero has de tener una casa» (foto: Jairo Vargas).

Normalidad o no, la rueda sigue girando y se empieza a hablar de una generación de nómadas digitales, con conceptos nuevos como el coliving. Para Javier Gil, esta terminología cool “trata de legitimar, a través del lenguaje, la precariedad vital y habitacional, transformándolas desde una perspectiva cultural y simbólica pero no económica. El objetivo es que pensemos cómo molan los nuevos estilos de vida en vez de comparto piso con diez personas porque destino el 50% de mis ingresos al alquiler”. Síntomas de que la gran estafa de la vivienda parece lejos de haber tocado techo. Al respecto dice Zaida Muxí: “La ciudad se convierte en objeto de especulación de manera ya descarada, algo que explica muy bien Raquel Rolnik –exrelatora de la ONU sobre el derecho a la vivienda– en La guerra de los lugares (Descontrol, 2017). Ella sostiene que todos los que no somos negocio nos convertimos en un bicho que la ciudad ha de expulsar, sin reparar en que son personas necesarias que han de seguir viniendo a la ciudad porque es donde está el trabajo. Tenemos una organización socioeconómica muy mala”.

En este panorama distópico donde, como dice Marta Sanz, “el cupcake es el símbolo de lo siniestro”, hay también alguna buena noticia, como la proposición de ley en Cataluña para regular el precio de los alquileres o la demanda de 75 familias de Madrid contra las cláusulas abusivas del fondo buitre estadounidense Blackstone (el mayor propietario de España, con más de 30.000 viviendas en alquiler). Aun así, todos los entrevistados para este reportaje creen que queda muchísimo trabajo por hacer en este asunto y en frentes muy diversos. La propia Lara Moreno, que ha escrito un libro excepcional en estilo y fondo, no se deja llevar por falsas promesas y se decanta por acometer las reformas poco a poco: “Insisto, debemos empezar por el principio. Para llegar al tejado, primero tendrá que haber un suelo”.

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