Culture Club

La lentitud nos estresa

Wassily Kandinsky – Arab Town (1905)

…O eso parece. Desde hace años, por moda o por necesidad, se prodigan los libros que reflexionan sobre el arte perdido: la lentitud. Por supuesto excluimos los libros de autoayuda y otros simpáticos bodrios, dirigidos por lo común al pensamiento débil de los falsos escapistas.

Á. González Sainz acaba de publicar La vida pequeña. El arte de la fuga. Es el inicio de una trilogía –le seguirán El arte del lugar y El arte del instante– que pretende remirar el mundo, refrenarlo, ponerlo en sordina ante tanto barullo y matraca. La editorial Anagrama sugiere que éste es un libro escrito «contra la aceleración, contra la pérdida de la realidad y la banalidad, contra la desatención y la mentira y contra las muchedumbres». Admitimos que hay veces que las notas de prensa son auténticos manifiestos que nos hacen la vida más fácil y tentadora. A menudo los suscribimos apelando incluso a la lucha armada —por ahora sólo con la palabra—.

Sin brújula precisa, que es como mejor se guía uno, el autor intenta lograr una pequeña epifanía. A saber: entrever la vida, valorarla con la alegría. La alegría, como dice González Sainz, es hoy una suerte de pequeña heroicidad. Dado lo que nos rodea, gustar hoy de altas heroicidades da que pensar si su promotor es un posdandi o un loco peligroso. Igual no moriremos faltos de cordura. Pero, llegado el caso —y sabemos que llegará—, sí que nos gustaría morir tuberculosos pero lúcidos, como tributo a Stevenson. Precisamente, de Stevenson se recuperan estas palabras para acompañar el reclamo de La vida pequeña: «Tenemos tanta prisa por hacer, por escribir, por adquirir velocidad, por hacer nuestra voz audible un momento en el desdeñoso silencio de la eternidad, que nos olvidamos de una cosa, de la que esas otras solo forman parte, es decir, de vivir».

Los tuberculosos de la alegría, como Stevenson, buscamos vivir, escamotearnos del mundo, de este mundo. Queremos repensarnos, coger velocidad, pero a través de la lentitud y, si es posible, del silencio. Dice el escritor y sacerdote Pablo d’Ors que «apagar el móvil es al menos el 50% del camino espiritual». El ruido, dijo en otra ocasión, es el principal terrorismo de hoy. Sin móvil, sin ruido ni cháchara, podríamos despojarnos del vicio de la prisa. Damos por seguro que no lo lograremos, igual que damos por seguro que sí vamos a leer el libro de González Sainz para incorporarlo a nuestra biblioteca de la lentitud.

Por ello, como decíamos, también la lentitud nos estresa. Nuestra mesa se va llenando de títulos acordes que esperan su hora. Y lo que es peor: esperan con impaciencia. Coincide La vida pequeña con otro breve ensayo de Jordi Soler que publica Siruela en su colectánea de maravillosos opúsculos. Se titula La orilla celeste del agua, una obra de filosofía cotidiana que, tocando la música, el amor, el silencio o la tecnocracia, critica la hipervelocidad que impide la interioridad, el pensamiento y, por supuesto, la lentitud. «Los humanos somos la única especie con prisas», dice Soler en La Vanguardia. Queremos leer este libro también. He ahí la ironía: el elogio de la lentitud nos mete prisa. En realidad, para un crítico literario, siempre fue así.

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