Entrevistas

Almudena Sánchez: «Curarse una depresión es como ponerse delante de un Miró; no entiendes nada pero lo sientes todo»

Con la intención de hacer crónica del año de su «desánimo yonqui», Almudena Sánchez (Palma de Mallorca, 1985) ha publicado un libro sobre una enfermedad, la depresión, que resulta inesperada e invisible, pero también devastadora, y en torno a la que planea una plúmbea sombra de desconocimiento y prejuicios. En ese estado de «desesperación más allá de la desesperación», como la nombrara William Styron, se halló la autora mientras iba diciendo adiós a las ganas de vivir, de comer y de escribir, siendo esto último acaso lo más mortífero. Por eso son tan valiosas las páginas de este Fármaco (Literatura Random House, 2021), donde pone «más literatura que morbo» para resumir «qué le sucede a un corazón humano cuando anochece»; por eso y porque revela una prosa impecable, tejida de microrrelatos entre lo trágico y lo cómico pero siempre hermosos, con frases como portazos y otras como ráfagas de aire.

A la autora mallorquina, que ya mostró su talento en los cuentos de La acústica de los iglús (Caballo de Troya, 2016), la proeza de escribir («cavar sin sentido dentro de un folio en blanco») le ha supuesto algo más que un ejercicio terapéutico, aunque es capaz de recetar un puñado de lecturas que le hicieron comprender el abismo: Cheever, Blyton, Faulkner, McCullers, Woolf, Tsvetáieva, Laforet, Kallifatides, Lispector, Frame o Solomon son solo algunos de los nombres invocados. Para lo demás, en ese proceso curativo Sánchez remite a las propiedades milagrosas del fármaco, que «te salva durante un rato, durante unas horas en las que sueles tener pesadillas pero no están ya en la vida real». Sobrevivir a una depresión es química y sentimiento, dice, y gracias a esos dos elementos se atreve a enfangarse en el recuerdo de su propia infancia que, como la de Charlie Brown, no necesitó de monstruos para ser probablemente traumática. No llora un río, sino una ciénaga, para contar «este tragar saliva que me dolía como si me zampara un náufrago». Y al hacerlo sus palabras, como las de algunos otros antes que ella, son un haz de luz en una noche cerrada. Pura literatura.

Me gustaría empezar más o menos por el final del libro, que es el origen de este. Cuentas que tenías otros proyectos iniciados cuando empezaste a escribir Fármaco. ¿Cómo fue el proceso y en qué punto decidiste que podía ser publicado?

Tenía otros proyectos iniciados: una novela sobre los primeros impulsos adolescentes y un libro de cuentos. Lo tuve que dejar porque la depresión supuso un cataclismo para mi cuerpo, para mis sentidos. No podía pensar en otra cosa, solo en lo que me estaba pasando, y decidí abandonarlo todo para centrarme en esa tristeza misteriosa e indagar ahí.

El proceso fue lento. Fármaco lo empecé en 2017, y hasta ahora. Desde un primer momento, me costó creer en el libro como tal, pues tenía muchísimo material: notas, frases, escritos a mano, escritos a ordenador. El manuscrito primero era un collage. No sabía cómo abordar esto desde el pensamiento literario, cómo hacerlo universal y tratarlo con respeto a la vez.

Dices que al principio no creías tampoco en la depresión como tal. Es una idea bastante común que tú logras rebatir al describir síntomas concretos y tremendos, aunque solo sean palpables para quien está ahí. ¿Era ese uno de los retos que planteaba este libro, el de conseguir que el lector sienta esas heridas sin cicatriz?

La depresión es una enfermedad abstracta y me he dado cuenta de que también se cura así, de forma abstracta, pues el psiquiatra me adivinaba en la consulta. Me interpretaba. Es como ponerse delante de un cuadro de Miró. No entiendes nada pero lo sientes todo.

El mayor reto fue hacer el libro palpable. Creíble. Que no sonara a metafórico, que estamos hablando del espanto y la obsesión de intentar morir a todas horas.

¿Crees que el problema de la errónea percepción social de la depresión puede ser la banalización del término (una palabra multiusos, como tú escribes)? Pienso en otras que se usan actualmente de forma descuidada, como «bipolar».

Creo que le faltamos bastante el respeto a toda la terminología psiquiátrica (empezando por mí, que también lo hacía). Y esa falta de respeto me parece que ocurre porque no vemos esos conceptos como reales. Es decir, creemos que nunca nos va a pasar algo de ese tipo. «Si no hace sol mañana, me suicidio». Esa clase de frases. O «joder, tío, qué pesimista, vete a un loquero». Incluso bromeamos con el término «manicomio». Me he dado cuenta poco a poco de esto, no es fácil de detectar.

Escribes: «Estoy en contra de Walt Disney y muy a favor de las farmacias». Creo que hay una intención provocadora en algunos pasajes del libro, pero también la de cuestionar la asunción de que los fármacos (como las drogas) son malos y punto, ¿no es así?

Mi libro es un elogio hacia la ciencia. Y eso incluye las drogas, sí. Son malas en según qué contexto. A mí las pastillas me hacían tener otro planteamiento sobre la realidad. Me empujaban y me revolvían el subconsciente por la noche. Nunca he estado tan lúcida y tan anulada al mismo tiempo. Seguía siendo yo, pero con una especie de electricidad rara que me desvinculaba de mí misma. Me he llegado a ver en tercera persona, como saliendo de mi cuerpo. Aunque lo importante de ellas, claro, mi aplauso, se centra en su efecto curativo. La espera a la que te someten esos fármacos, todo lo que te exigen mientras tanto, es durísimo y desesperante.

Hablas también de la carga que supone para una persona deprimida tener que dar explicaciones en la farmacia para acceder a sus medicamentos. ¿Crees que el tabú sobre esta enfermedad también está presente en el ámbito médico o sanitario?

Sí, sobre todo si eres joven y no tienes motivos claros. No se comprende. Cuando llegó la pandemia y acudía a las farmacias, la cosa cambió un poco. Era como si, de repente, hubiera una causa y ya me entregaban la caja llena de antidepresivos con más amabilidad.

Admites que has escrito este libro fuertemente medicada y hablas de haber descubierto una cierta «poesía química». ¿Te planteaste en algún momento desarrollar una escritura más experimental? ¿Tuviste que reescribir o eliminar pasajes, más allá del habitual proceso a la hora de ir puliendo un libro?

Nunca he escrito de manera tan caótica un libro y tan sinceramente. Creo que todo se debe a estar cerca de la muerte. A que te da igual, porque no te ves viviendo un mes más, porque estás al límite. Tuve que reescribir muchísimo: nada tenía sentido. He querido construir un llanto, un libro al que se le oiga llorar de lejos. De hecho, yo no pensaba que fuera capaz de llegar a este momento de la promoción, de la publicación. En algunos momentos, noté que no sería capaz de terminarlo y dejé constancia en el ordenador: si me mato antes, quizá alguien quiera reconstruir, continuar, estos capítulos.

Escribes que la depresión te ha hecho más perceptiva y espiritual, y que ha acelerado tu inteligencia, pero en contraste, hay poca literatura donde la enfermedad sea el tema principal. Podría aducirse que es tabú, pero también lo es la muerte, y se escribe mucho sobre ella. ¿A qué crees entonces que se debe esa invisibilidad, más bien a los editores?

Es muy difícil escribir bien de la enfermedad y que no salga un churro. Suelen salir cosas bastante sensacionalistas, tipo Anatomía de Grey o todos los manuales sobre consejos para no caer en el pozo que venden los grandes bestsellers. Creo que el género que mejor lo ha tratado hasta ahora, por su potencia y su marginalidad, es la poesía. Ahí sí que hay dolor. Hay algunas poetas que lo abordan sin miedo y con sensorialidad: Marta Agudo es una maestra y Luna Miguel también mete las manos ahí y se desvive. Otra de ellas es Ana Castro y su poemario El cuadro del dolor. La editorial Tránsito está haciendo un trabajo encomiable con este tema. En fin: hay toneladas de libros malos sobre enfermedades (especialmente los que se refieren a salud mental). Creo que eso nos frena a todxs y nos anima a dejar el tema a un lado.

Estamos habituados a la iconografía de la televisión como un narcotizante más, pero en las redes sociales sí encontraste cierta estimulación, y de hecho incluyes varios retuits en el libro. No obstante, ¿qué opinión tienes sobre la relación entre depresión y redes sociales, si es que ves alguna?

Las redes sociales son interesantes porque visibilizan. Como en el mundo —real— en el que vivimos, hay de todo: mucha basura, mucho tópico, postureo, etcétera, y sin embargo, de golpe puedes encontrarte a un fotógrafo o una fotógrafa maravillosos. Y reacciones y campañas ante injusticias sociales. Cosas que no me importan mucho como recetas saludables, no sé. Hay un mundo ahí dentro. Entiendo que es difícil vivir aquí y allá, pero el que lo hace, se nutre (para bien o para mal). Yo decidí buscar tuits que empatizaran conmigo: solo tenía que apretar un botón para retuitearlos. Y tiempo después, cuando revisé mi timeline, comprobé que había una enumeración casi inconsciente de frases sobre la tristeza. No me pareció mal incluirlos en el libro. Sirven para situar el libro cronológicamente, pues vivimos en la era de las redes sociales y abren la narrativa hacia otros caminos. Entiendo que puede parecer una modernez, pero adoro que estén ahí. Otras personas habitan mi libro con sus publicaciones en Twitter, me encanta su presencia. El libro no es tan mío y le quita un poco el egocentrismo.

En las redes, aunque también en otros medios, están presentes otras dos amenazas a la estabilidad emocional (aunque en principio se plantean como mensajes positivos) que mencionas en tu libro: por un lado, las cargantes metáforas bélicas sobre superar la enfermedad; y por otro, los contenidos tipo Mr. Wonderful, que a veces tampoco ayudan. Durante aquel periodo, ¿te acercaste con miedo a las redes o en algún momento saliste corriendo de ellas?

Nos educan para ser fuertes a toda costa. Para ganar. Nos quitan el don de llorar muy pronto: no hay que llorar y mucho menos que te vean llorar. Eso es una pena. Y que hay que crecer, hay que seguir, aunque estés hecho una piltrafa, una mierda total. Nos atormentan con mensajes positivos cuando lo de alrededor es tremendamente negativo. Es un pequeño teatro antiguo, que considero que se ha quedado muy obsoleto. Hay que darle cabida a la tristeza. Tenemos que afrontar que es un sentimiento que va a aparecer mucho y no pasa nada. Lo que creo es que no tenemos educación acerca de la tristeza y la llevamos hacia lo dramático o la tapamos con tazas de Mr. Wonderful, exactamente. No sabemos orientarla. Yo desaparecí durante medio año de las redes, pero no es esencial, porque desaparecí de todo, dejé de comunicarme con mis padres, ni una palabra en casi dos años: te vas convirtiendo en un ser fantasmal, porque crees que así los demás te olvidarán y es más fácil morir.

Buena parte del libro transcurre indagando en tu infancia. Hablando hace poco con Elisa Victoria, otra autora que explora mucho esos recuerdos y confía también en la capacidad de entendimiento de los niños, me decía que tiene muy buena memoria, pero que cualquiera es capaz de invocar ciertas sensaciones. ¿Cómo ha sido tu proceso de rescate de esos recuerdos?

Me pasa un poco como a Elisa Victoria. Recuerdo nítidamente momentos de la infancia y puedo olvidarme con facilidad de lo que hice ayer. Hay sensaciones que permanecen en mí y llevo tiempo arrastrando, pero nunca las había sacado. Ha sido un proceso fácil, en realidad: lo he contado, lo he sacado, me he atrevido por fin.

Siendo adolescente ya te habías enfrentado a otra enfermedad-tabú, el cáncer, del que dices que «se habla en susurros». ¿Crees que pasar por ese trauma acabó de forzar tu entrada al mundo adulto?

Sin duda, después de que me quitaran (arrancaran…) los ovarios, cumplí cincuenta años. Me hice una adulta madura por excelencia, no me quedó otra opción. Traumas así hacen que la vida se acelere y pasas volando ante situaciones que, debido a mi edad, debería haber experimentado despacio. Si lo pienso con sinceridad: no asimilé bien aquello. No lo entendí, siquiera. Por lo tanto, me hice desorbitadamente adulta.

En tu libro mencionas y citas a muchos otros autores, con especial atención a algunos títulos que fueron reveladores en tu investigación sobre la enfermedad. ¿Leer sobre depresión, cuando la estabas padeciendo, siempre ha sido una buena idea?

Al principio no podía leer. Empecé a investigar acerca de la tristeza, contada en los libros, cuando sentí que me encontraba mejor. Como mi planteamiento era desarrollar un libro sobre la depresión, decidí que sería buena idea ver qué otros libros (con calidad) habían rodeado el tema. Y encontré cinco o seis muy buenos y otros que también leí, que no menciono, pero que me enseñaron puntos de vista diferentes. Decidí incluirlos para ser honesta. Y porque la estructura me lo pedía. Y porque los admiro a todxs. En Fármaco aparece mucha gente, muerta y viva, y me fascina que sea así.

¿Se deberían recetar libros como se recetan medicamentos?

Siempre, cada día y a cada segundo.

Tu libro me ha traído a la mente las novelas de Jenny Offill, por su mirada irónica pero siempre compasiva, pero también por la fragmentación de sus novelas, que ella va escribiendo como piezas sin un orden concreto y luego va encajando como en un puzle. Te cuento esto porque me interesa saber cómo decidiste la estructura en capítulos muy breves y si el orden ya estaba del todo definido cuando los ibas escribiendo.

Creo que mi cabeza decidió por mí. Funciono a golpe de párrafo. Hay escritorxs más unitarios y yo creo que me expreso mejor contando las cosas como si fueran ráfagas de viento. Mi autobiografía se ha construido a través de fragmentos, no concibo una unidad. Hay días que son una frase, un aforismo, una greguería. Hay otros días más teóricos, otros más pasionales… Me veo dentro de esa estructura. Vivo en ella.

Con los collages me siento muy identificada. Con las películas que, de repente, funden la pantalla a negro y aparece algo totalmente descolocado y fuera de lugar. Es el desorden lo que me representa. Además, es interesante que algunos capítulos de Fármaco creen sensación de fugacidad. Y otros sean más espesos. El tiempo no lo marca el reloj, lo marca el tictac del libro.

Como en la escritura de Offill, también percibo en tu libro una cadencia poética. «Quiero que mis textos fluyan como el agua», escribes, pero también hablas del riesgo de desbocarte y sonar a blablablá. ¿Cómo has tratado de encontrar el equilibrio entre lo lírico y lo narrativo en tus textos?

Lo de ser pesada no me gusta. Quiero decir: me da miedo ser pesada. Es un terror que tengo. Cada vez que me pongo a hablar, y a escribir en concreto, siento ese peso encima: no seas pesada, por favor. Quizá no importe mucho eso ahora mismo. Y, no obstante, creo que debería ser el primer mandamiento de todo escritor/a: fuera pesadez. Muchos libros los he dejado a medias por eso: me agotaba la despampanante narratividad. Y el lirismo suele ser denso. Pienso en la naturaleza cuando escribo: en cómo se repite todos los días; la misma flor, el mismo amanecer o parecido, el viento que sopla de nuevo, las olas que suenan igual, y me planteo cómo lo hace la naturaleza para maravillarnos y he llegado a la conclusión de que posee ligereza. Escribo como si cada frase no se fuese a repetir nunca. Estudio las frases e intento que no sean artificiosas, que sean como la naturaleza. Frases normales pero únicas cada día.

Con la naturalidad del tono, logras restar dramatismo a cuestiones tan duras como la obsesión por matarte que atravesaste en aquel periodo. ¿Has tenido que autocensurar algunos pasajes de lo que habías escrito, en el sentido de ser consciente de que algo era demasiado?

No he censurado nada. La literatura es de los pocos espacios no censurables que nos quedan (espero), el arte lo es. Así que, nada, no he censurado ni una coma.

Aunque no sea un tema central, hay referencias también al contexto socioeconómico (¡hasta el tipo del coche se queja de las pérdidas que tiene!), a una crisis «que lleva desde 2008 y no acaba jamás» y a una generación habituada a convivir con la precariedad. ¿Crees que la inestabilidad mental tiene que ver también con eso?

Si mis padres no me ayudaran, sería una vagabunda. Sin mis trabajillos de medio pelo, no me habría acostumbrado a trabajar. He dormido en un colchón en el suelo para asistir a clases de escritura y he repartido canapés en un bandejita. He leído mis relatos en una pescadería y he hecho de canguro tres días seguidos. He sido una secretaria a la que miraban por encima del hombro. Sin ese bagaje o camino, que en cierto modo, nos baja a todxs la autoestima, no hubiera escrito esto y mucho menos lo hubiera publicado. Esa es la situación en la que estamos los jóvenes ahora: NADA. Cada vez conozco a más jóvenes (de veinte hasta cuarenta años) que me cuentan que ellos han tenido un principio de depresión, otra enfermedad mental o una mala época que casi deriva en un abandono hacia ellxs mismxs. Eso refleja la sociedad que estamos construyendo: jóvenes con depresión, con ganas de tirar la toalla, con ganas de escapar, de autolesionarse y de culparse por haber nacido.

Inevitablemente he de preguntarte por la pandemia. Por un lado, me gustaría saber cómo la has sobrellevado en lo anímico, ya que se ha llegado a decir que es el factor de estrés social más agresivo que hemos sufrido y las ventas de antidepresivos han aumentado de forma exponencial; y por otro, si tuvo alguna incidencia en el libro (aunque no la mencionas y entiendo que la escritura fue anterior).

Cuando llegó la pandemia en el 2020, yo ya estaba bastante bien. Me afectó, fue como un hachazo, aunque lo sobrellevé gracias a los fármacos y aproveché la circunstancia para darle narratividad al libro. Tuve algunos días malos: notaba que la enfermedad se me juntaba con una distopía y ya me parecía hasta irreal.

Lo que me sucede con la pandemia es que la percibo como un problema de todxs. La enfermedad mental la lleva una sola en la cabeza.

Como periodista de formación, ¿qué opinión tienes respecto al tratamiento en los medios de la depresión? ¿Has estado pendiente de ello a raíz de tu experiencia?

Me ha interesado más la opinión de los médicos. Al Dr. Magnus —mi psiquiatra en el libro y en la vida— le preguntaba muchas cosas: si él como psiquiatra había sufrido depresión y si era así, cómo un psiquiatra acude a otrx psiquiatra, cómo se pide ayuda desde la profesionalidad. O si te tratas a ti mismo. O qué haces cuando un familiar tiene una enfermedad y tú eres psiquiatra, etc. Todavía tengo mucho desconocimiento sobre el tema. Es fantasmagórico.

Antes de este tenías otros proyectos en marcha, y no sé si pretendes recuperarlos o si tienes nuevas ideas a las que te gustaría dar forma en un futuro o si aún es pronto para saberlo, pero ¿hay ilusión?

Qué bonito esto. Un guiño al libro, gracias. ¡Hay ilusión!

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