Crónicas desorbitadas

Juventud, maldito tesoro

Muchas de las mejores producciones culturales del momento han brillado por plasmar la juventud con empatía y lucidez. Sin embargo, su representación en los medios de comunicación tiende al desdén y la criminalización. ¿Por qué hay esa disonancia cognitiva entre la ficción y la opinión pública? Y… ¿siempre ha sido así?

La adolescencia, la primera juventud, las confusiones, los ritos de paso a la edad adulta, las hormonas en ebullición, las dudas, la violencia latente, el idealismo, el «angst» generacional, el despertar sexual, la incertidumbre hacia el futuro…. No hay momento de la vida humana que rezume más poesía ni más belleza convulsa. Es toda una perita en dulce para escritores, guionistas, músicos, y sin embargo… ¿por qué cuesta tanto verla representada atinadamente? De forma sorprendente (o no), lo han conseguido algunas de las producciones audiovisuales más valoradas de los últimos años en grandes plataformas como Netflix, HBO o Amazon Prime. Series que han sorprendido por su mirada atrevida pero no sensacionalista, empática pero no condescendiente. Historias que ni buscan establecer tesis generacionales ni modelos de comportamiento, no ofrecen respuestas sino que plantean preguntas, no persiguen verdades que intenten ir más allá de las inciertas verdades de sus propios personajes, no idealizan desde la nostalgia ni intentan que los protagonistas te tengan que caer bien todo el tiempo. De hecho, ¿quién no se ha sentido insufrible, no ha podido soportarse a sí mismo a los 17 años?

Euforia y destrucción

Euphoria es la creación de Sam Levinson, un varón de 36 años cuyo apellido les sonará (en efecto, es hijo del exitoso director de Hollywood Barry Levinson). La idea no es exactamente suya, ya que la tomó vagamente de una producción israelí que se ambientaba en los años 90. Parte del mayor atractivo de esta serie de la HBO recae en la carismática presencia de Zendaya, otra exniña prodigio que creció a rebufo de Disney Channel y cuya encarnación de Rue, una drogadicta adolescente en permanente zozobra, es realmente conmovedora. La otra gran protagonista es Hunter Schafer (Jules), una chica transexual de 22 años, activista LGTBI, que debutó como actriz en esta serie. Cada una de ellas, por cierto, ha protagonizado los dos capítulos especiales de Navidad, emitidos tras la primera temporada, pero de eso volveremos a hablar más adelante. Los titulares pueden apuntar a lo más llamativo: drogas, sexo, identidades en conflicto, escenas explícitas… pero no se ceba con los personajes, no hay una «youthxplotation», por decirlo de alguna manera, ni tampoco se les juzga moralmente. Además, confluye a la perfección con una banda sonora a cargo de nuevos iconos del pop juvenil que también han redefinido el modelo de estrella de la canción que se venía perpetuando desde el advenimiento de Madonna en los 80. Lorde, Billie Eilish o Rosalía, por ejemplo, suenan en algunas de las secuencias más importantes de la serie (y, de hecho, la esperada colaboración de Eilish y Rosalía se grabó ex profeso para Euphoria). No debemos olvidar la presencia como productor ejecutivo del rapero Drake, una de las figuras más inteligentes de la industria del entretenimiento.

También para HBO y con los mismos ingredientes básicos de Euphoria, el prestigioso cineasta italiano Luca Guadagnino dirigió la serie de autor We Are Who We Are, que, en realidad, fue ideada por Paolo Giordano, el escritor de la premiada novela La soledad de los números primos. Al igual que en el filme más célebre de Guadagnino, Call Me By Your Name, la idea parte con sumo riesgo de una especie de paraíso progre muy estilizado. Si entonces era un entorno liberal y políglota en un verano de «dolce far niente», ahora se va mucho más al extremo al situar a sus personajes en una base militar estadounidense en las afueras de Venecia. Una base militar completamente anticliché, como demuestra el hecho de que el indefinido protagonista sea el hijo de dos mujeres lesbianas, una de las cuales es una de las oficiales de la base. Cuesta engancharse a la serie: al principio, todo te parece poco creíble y demasiado de postureo guay, muchas situaciones te incomodan, los personajes son tan antipáticos que te generan rechazo. En especial, el citado protagonista, Fraser (Jack Dylan Grazer), un chico de 14 años que se te hace extravagante y repelente. Sin embargo, en cuanto superas los primeros asaltos, te va impregnando de una extraña sensación de verdad, vas comprendiendo a los personajes, sobre todo en dos capítulos absolutamente magistrales como el de la celebración posboda y el de la fuga de Fraser junto a su mejor amiga, Caitlin (Jordan Kristine Seamón), para asistir a un concierto del grupo Blood Orange.

La normalización del no binarismo de género, la sexualidad y el consumo de drogas como elementos indisolubles de la vida cotidiana de la juventud también forman parte de Podría destruirte, una serie inglesa llevada todavía más al riesgo por el modo en que juega con los extremos de la comedia y la tragedia, por poner el dedo en la llaga de los temas sociales más candentes de nuestro tiempo de un modo que te invita a desafiar tus propias convicciones y por construir, posiblemente, el retrato más certero y complejo de lo que supone el oficio e identidad del «influencer». La creadora es Michaela Coel, una mujer no tan joven (tiene 33 años), británica de familia procedente de Ghana, y que escribe, dirige, produce y protagoniza la serie, encarnando a un personaje de inolvidable carisma y supuesto icono «millennial» llamado Arabella. Aparte de eso, también canta y rapea extraordinariamente bien, como demuestra en otra secuencia paradigmática de la serie, la más valorada por la crítica del pasado año.

También británica y extrema en su humor negro es The End Of The F***in’ World, que, en realidad, es la adaptación de una novela gráfica escrita por Charles Forsman en 2013 y que, tras convertirse primero en un corto, acabó extendiéndose hacia una serie con dos temporadas. La primera de ellas narra la desaforada huida hacia adelante, desde el instituto hacia el infierno, de una pareja de 17 años, James y Alyssa, sonorizados con la pulsión eléctrica y siempre punki de Graham Coxon, el guitarrista de Blur. Se sitúa en el polo contrario de cualquier tipo de didactismo social, algo de lo que no presume la controvertida Por 13 razones. Esta es la adaptación de un «best seller» de Jay Asher a cargo del dramaturgo Brian Yorkey. Ambientada en un instituto estadounidense, desarrolla (al menos, en su primera temporada) una trama de «thriller» a partir del suicido de una de sus alumnas, Hannah Baker, encarnada de forma también muy conmovedora por una estrella en ciernes llamada Katherine Langford. En esas trece posibles razones que ella, de modo bastante retorcido, anticipa en unas cintas que graba para varios de sus compañeros y compañeras, desliza comentarios sobre aspectos siempre actuales como la violación, el aborto, el «bullying», el racismo, la homofobia, la violencia doméstica o la salud mental. El tratamiento es, en general, respetuoso y atinado, aunque no opinaron lo mismo muchos críticos que lanzaron la alarma social acusándola de incitar al suicidio adolescente. Eso obligó a que Netflix tuviese que recular mediante varios artificios explicativos que acabaron por convertir una estimable historia de ficción en una especie de fórum educativo. Se rodaron hasta cuatro temporadas, pero cada secuela fue un fracaso mayor.

In Spain we call it soledad

Es ahora el momento en que alguien dirá, con razón, que solo estamos hablando de ficción anglosajona, pero… ¿qué pasa aquí? Reconozco que las producciones españolas me han apelado tan poco que apenas me he interesado por ellas. Se habla mucho, por ejemplo, de Los Javis y Paquita Salas, pero es un universo (podéis convencerme de lo contrario) que no me ha apetecido explorar todavía, ya que presupongo que le falta la crudeza y el aspecto incisivo de las que comentaba al principio. Sí se abren mundos interesantes en la música, que plasman las vivencias más íntimas de los autores de un modo que aúna intimismo, exhibicionismo y una honestidad visceral de violencia casi «gore». Todo el movimiento surgido a través del «trap» (en especial, los que a mí me parecen más punzantes: Yung Beef, Pedro LaDroga, Goa, Albany, La Zowi) se ha convertido en la más visible tendencia generacional, pero no hay que perder de vista tampoco a cantautores de habitación, ultraminoritarios pero muy representativos de un sentir, como rebe, Marcelo Criminal, Putochinomaricón, Marta Movidas, Yana Zafiro

La confluencia entre la música y la creación en otros campos junto al propio mundo «influencer» está siendo muy bien representada por festivales temáticos dedicados al artista adolescente, como el Puwerty o, anteriormente, el FESTeen. También acaban de aparecer ideas «transmedia» tan interesantes como Proyecto Puber, ideado por la fotógrafa barcelonesa Tanit Plana, y que aúna retratos, vídeos de TikTok y listas de Spotify.

En el mundo editorial, parece que por fin se están renovando los catálogos de firmas estrella y abriendo las persianas para que entre aire fresco. La cabeza de lanza de todo esto es, sin duda, Cristina Morales. Aunque ya está más cerca de los 40 años que de los 30, nos vale para lo que contamos, porque sus obras reflejan precisamente esa idea exacerbada de la juventud, entre la insolencia, el nihilismo, la amoralidad, el caminar sin riendas por la vida. Y también porque sus logros (Premio Nacional de Narrativa y Premio Herralde) suenan insólitos en alguien que no proviene del tipo de «star system» literario que ya conocíamos. Como dijo la también escritora Marta Sanz como parte del jurado del Premio Herralde, concedido por su novela Lectura fácil: «Cristina Morales impugna un canon de normalidad económico, social, político, moral, educativo. Y lo hace a través de una motosierra estilística que, a su vez, impugna el canon de normalidad literaria». También desde Granada, y aunque estirando el abanico generacional hasta el comienzo de la treintena, Juarma parece actualizar a nuestros tiempos la narrativa quinqui con Al final siempre ganan los monstruos. Clásicos ya no tan jóvenes como Miqui Otero o Kiko Amat siguen tratando con lucidez las juventudes que ellos vivieron para construir narrativas sin nostalgia que ajustan cuentas con el relato oficial. Sin ir más lejos, en la promoción de su última novela, Revancha, Amat está haciendo especial hincapié en su convicción por mirar a la violencia juvenil de frente y desde dentro, despreciando cualquier intento de reformismo social, buenismo o corrección política. Y para convulsión, la generada por Andrea Abreu (26 años) con Panza de burro: crónica sucia, tierna, visceral y deliberadamente caótica de la amistad de dos niñas prepúberes en una aldea de Canarias que rompe con todos los tópicos, tanto por lo que cuenta como por su uso del lenguaje.

La ficción es más justa que la opinión pública

En contraposición a todo esto, uno tiene la impresión de que los medios de comunicación se están mostrando especialmente beligerantes en los últimos tiempos a la hora de marcar distancias generacionales. Aquel clásico posfranquista de «los jóvenes confunden la libertad con el libertinaje» ha devenido en el mito del «ni-ni» o, a raíz de la pandemia, en la criminalización de todo una generación a la que se acusa de irresponsable, insolidaria o frívola. No seré yo el que defienda a quienes actúan de esa manera, pero siento que la opinión pública carga demasiado las tintas sobre el que, al final, es uno de los sectores más perjudicados por esta crisis. Para empezar, si la Covid te ha pillado entre, pongamos, los 17 y los 19 años, se te está despojando de dos años absolutamente claves en tu crecimiento como persona. Eso sin entrar en lo más prosaico: la ausencia de un horizonte laboral o de los aspectos materiales mínimos para poder emanciparte y tener una vida más plena. Si se consultan, por ejemplo, los datos del estudio «El impacto generacional del Coronavirus», las evidencias son demoledoras. Millenials y generación Z son, de largo, los más perjudicados por la crisis. Sin duda, hay comportamientos criticables en los botellones y las fiestas descontroladas, la violencia callejera en las manifestaciones por la libertad de expresión y otros de los temas que okupan (va esta «k» con toda la intención) gran parte de los titulares de la actualidad, pero los mismos medios acusan un grave cinismo, primero por inflar un globo de actitudes que son claramente minoritarias y, por otro, al exigir mayor responsabilidad social a un colectivo que no solo no tiene el poder, sino que es el eslabón más débil de la cadena. Ya no solo desde el presente, sino desde el sentimiento de una ausencia total de futuro. Este artículo lo explica mucho mejor que yo.

Llevado aún más al extremo: la reciente polémica sobre los «youtubers» que residen en Andorra para no pagar impuestos —algo, sin duda, condenable— ha cargado las tintas en estos chicos, los ha sometido a mofa, befa y escarnio públicos, cuando lo cierto es que son un poco cabeza de turco, unos jóvenes equivocados en su escala de prioridades sociales (establecida por las generaciones anteriores y asumida por ellos) que los ha llevado a separarse de familia y amigos y encerrarse en lejanas torres de cristal para salvaguardar un futuro económico que también es incierto para los «influencers» de temporada. En contraposición, muchos multimillonarios de la segunda y tercera edad, mejor asesorados en materia de ingeniería fiscal, tiran de empresas «off shore» y otras estratagemas para vivir donde quieran y como quieran sin que (casi) nadie cuestione su prestigio social.

Falta, por tanto, un punto de vista que intente comprender desde dentro lo que sucede, sin juzgar superficialmente. ¿Por qué sucede esto? No lo tengo claro, pero recientemente vislumbré una posible clave en la película Las niñas. El aplaudido primer largometraje de la zaragozana Pilar Palomero se retrotrae a su propia adolescencia y se sitúa en un colegio de monjas a principios de los 90. Su mayor valor reside en hacernos percibir algo que nos despierta sentimientos muy humanitarios cuando vemos un filme iraní o senegalés sobre la discriminación de la mujer, y apuntarnos que esta España moderna no está tan lejos. Sigue perpetuándose la educación moral del nacionalcatolicismo, que vive completamente amurallada en torno a la realidad social que hay en su exterior. La juventud es sospechosa, siempre se le aplica la presunción de culpabilidad en primera instancia porque nos amenaza, es algo desconocido que no entendemos. Incluso nos hemos olvidado de que nosotros también estuvimos allí.

La juventud es buena si la bolsa suena

En materia musical, por ejemplo, sigue siendo materia común la denigración, tanto a nivel estético como de contenido, de los estilos más consumidos por la mayoría de la gente joven: el «trap», rap, reguetón y, en general, todos esos géneros que, por consenso, se ha dado en denominar música urbana. Seguro que más de uno de mi quinta ha dicho: «¡Sonic Youth! ¡Eso sí que era música!», sin recordar el desprecio al que fueron sometidos por el purismo roquero. Paralelamente, las grandes multinacionales de la telefonía, la moda o las bebidas energéticas se han lanzado «a saco» a apoyar esta escena, conscientes de que es el nicho de mercado más jugoso al que pueden lanzar el cebo. Frente a la victimización fácil, también hay que reconocer que muchos de esos artistas han entrado felices en el juego, bastantes de ellos ya haciendo música y diseñando sus yos sociales con la intención de pillar jugosos patrocinios. Del mismo modo que al chaval botellonero al que se considera escoria social por estar bebiendo en un banco se le concede el grado de ciudadano respetable si consume tropecientos cubatas en la terraza del bar que ocupa la vía pública a solo a medio metro de distancia, el trapero cuya influencia es perniciosa para la sociedad es restituido en su valor moral cuando entra en el mercado. Esta profunda hipocresía es ya un clásico desde que la propia juventud se pusiese en valor con el nacimiento de la sociedad de consumo tras la Segunda Guerra Mundial.

¿Huele siempre igual el espíritu adolescente?

«Lo tendréis todo a vuestro alcance, pero nada os pertenecerá», cantaban 091 en «Zapatos de piel de caimán», uno de los temas de su excelente álbum Tormentas imaginarias, de 1993. Solo un año después, Los Planetas expresaban con desarmante sencillez un sentimiento muy complejo en el antimantra de «Si está bien»: «Si todo va tan bien, si todo es tan sencillo, ¿por qué este vacío que siento?». Ambas canciones las quemé en mis años de estudiante universitario. Tenía 20 años en 1991, fui plena generación X y viví en tiempo real las representaciones de la juventud que por entonces se hacían. Desde un entorno privilegiado, además, ya que estudié la carrera de Sociología. En los últimos años de gobierno de Felipe González, y con la brecha generacional consumada con el advenimiento del aznarismo, se dice que fuimos la generación más preparada de la historia, las primeras promociones de los primeros másteres… y la primera generación que vivió peor que la de sus padres a nivel material. Esa tragedia se recrudeció con la crisis de 2008, cuando un número considerable de personas de mi edad, después de haber conseguido emanciparse tardíamente al conseguir por fin su primer trabajo con contrato, lo perdieron y tuvieron que volver al hogar paterno con treinta y tantos, incluso cuarenta y tantos años. Seguramente a los medios en los que grandes empresas de seguridad invierten jugosas cantidades en publicidad les interese más poner en primera línea del debate público el miedo a que unos okupas entren por la fuerza en tu casa, y no tanto la sensación de frustración y fracaso por no poder seguir pagando el estudio o habitación donde vivías de alquiler. Hace alrededor de 30 años, un hábil publicista se inventó un término para definirnos (los JASP, Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados) con la esperanza de vendernos un automóvil. Éramos la «Generación Next» de una bebida refrescante, la edad del porvenir a la que cantaba amargamente Javier Álvarez. La generación X que, en algunos casos, está ahora en el poder de decirle a la Z lo mal que está haciendo las cosas.

En aquellos tiempos de facultad, la mayoría de nosotros participamos a pie de campo en un estudio sobre los valores de la juventud gallega, que iría integrado dentro de la Encuesta Mundial de Valores que se publica cada año desde 1981. Por lo que recuerdo, el resultado buscado hacía especial hincapié en el predominio del posmaterialismo. Esto es, una vez que las necesidades materiales básicas están cubiertas (recordad que es la era del «España va bien», aparentemente la economía iba de perlas), salía que éramos una generación muy interesada en valores solidarios: ecologismo, antimilitarismo, el movimiento del 0,7 por ciento para el Tercer Mundo, la causa zapatista… Éramos buenos chicos, unos pardillos con orgullo que, como las canciones que reinaban masivamente de Nirvana, Pearl Jam, R.E.M. o Rage Against The Machine, nos enfrentábamos a un mundo corporativo que lo quería devorar todo. En el centro del discurso era fundamental no venderse, seguir siendo auténtico y creíble. La mitología pronto vendió la vistosa mentira de que Kurt Cobain se había quitado la vida para salvarnos de los pecados de otros (la idea del suicidio altruista choca un tanto con su carácter de heroinómano depresivo con antecedentes familiares) y, pasada la edad de la inocencia, fue bastante fácil advertir que las multinacionales para las que grababan estos grupos tenían vinculaciones con, por ejemplo, la industria armamentística. Pearl Jam no solo no acabó con Ticketmaster, sino que Ticketmaster monopoliza ahora mismo todo el mercado de la música en directo, con precios escandalosamente inflados, incluidos los conciertos de Pearl Jam. Vivíamos en un sistema tan perverso que ser coherente con los ideales de uno mismo al cien por cien era más difícil que no comprarse un chalet en Galapagar teniendo la posibilidad de hacerlo. Y, volviendo a la canción de 091, nos decían que no sacásemos los pies del tiesto, como demuestran las toneladas de amarillismo y alarma social generada alrededor de la ruta del bakalao.

Mi tesis es que, según nos adentramos en esta tercera década del siglo XXI, hay una mayor apertura de miras en materia de política sexual (en los 90, era difícil encontrar muchas películas de relevancia social que tratasen algo que fuese más allá de la homosexualidad masculina), unos avances tecnológicos que crecen exponencialmente y también drogas más variadas, sofisticadas y potentes. Pero creo que las preocupaciones juveniles siguen siendo, básicamente, las mismas. Por ejemplo, vislumbro que hay algo que va más allá de lo simbólico en la recuperación de iconos de los 90 reconvertidos en madre del protagonista, como Winona Ryder en Stranger Things o Chloë Sevigny en We Are Who We Are. Precisamente, muchas de las series que comentábamos al principio se pueden considerar deudoras de la película que dio a conocer a esa actriz (Kids, de Larry Clark, 1995) y de la obra de su guionista, Harmony Korine. De hecho, la fundamental Spring Breakers se puede considerar el filme que anticipa todo eso de lo que hablaba al principio del artículo. Los dos capítulos especiales de Euphoria también tienen más que ver con el cine independiente estadounidense del siglo XX y una reconocible estética de autor que con una teleserie al uso. En el primero de ellos, narrado desde el punto de vista de Rue, se trata de un largo diálogo (prácticamente en un solo plano secuencia) entre la chica y un amigo que la aconseja en materia de drogas. Su estilo no está tan lejos de algunas películas de Richard Linklater o, incluso yéndonos más atrás en el tiempo, John Cassavetes o los cineastas de la Nouvelle Vague, con un plus estético que parece rendir tributo a Edward Hopper. Por su parte, el capítulo protagonizado por Jules se basa también en un diálogo, en este caso con su psicóloga, aderezado con diversos «flashbacks» y una memorable secuencia ocular en la que suena la canción Liability de Lorde. Ahí, sin embargo, la presencia de la doctora se limita a escuchar y soltar algún apunte, pero el capítulo es prácticamente un monólogo de Jules. Un monólogo que, me atrevería a apuntar, es el equivalente para esta generación de sexualidad líquida al de Veronika/Françoise Lebrun en La maman et la putain (Jean Eustache, 1972), que se convirtió en icónico a la hora de cuestionar la liberación sexual de los 60. Por otro lado, los protagonistas de The End Of The Fuck***in’ World remiten a otras parejas clásicas de amantes-delincuentes como las de Malas tierras o Bonnie & Clyde. Quizás, en suma, todo ha cambiado para que todo siga igual. La juventud sigue siendo ese maldito, infernal tesoro.

 

 

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