Horas críticas

Libros de la semana #3

Aleluya. Mística y religiones en el rock, de Alberto Manzano (Libros Cúpula)

Hay quienes la única fe que han profesado durante toda su vida es aquella de la música, creyentes inquebrantables en el poder que las canciones tienen de hacernos conectar con nuestro yo interior, lejos de las mundanales cuitas, y transportarnos a un estado casi ultraterrenal. Pero más frecuente aún ha sido la historia de los músicos que se han entregado a lo espiritual, convencidos de que esta existencia se les quedaba corta en su afán creador. De eso va este ensayo, de cómo las creencias religiosas influyeron en la vida y en la trayectoria de una serie de grandes figuras del rock del pasado siglo, sobre todo a partir de la revolución contracultural de la década de 1960, cuando se convirtió en «sustrato de la nueva generación de cantautores poéticos» en lengua inglesa. Como afirma en el prólogo su autor, el historiador y periodista musical Alberto Manzano —que ha traducido y ha relatado las vidas de muchos de ellos y otros posteriores—, en la mayoría de aquellos casos las religiones occidentales predominantes no les bastaban en ese proceso de ensanchamiento del alma. Por eso muchos abrazaron las sabidurías ancestrales y las doctrinas místicas en la era del movimiento hippy y del flirteo con las drogas (todo hay que decirlo) como búsqueda complementaria de la verdad.

En este ensayo, Manzano se detiene en cuatro grandes músicos que anduvieron esa senda, la de creer en algo más que en su propio genio compositor. Bob Dylan exploró sus orígenes judíos pero también el budismo, el confucianismo y el cristianismo evangélico, algo que se reflejaría en su poética exquisita y rompedora de moldes, y que lo llevaría a estar «harto de los infieles». A partir de una tuberculosis severa, Cat Stevens empezó a interesarse por el estudio del budismo, el hinduismo y el taoísmo antes de convertirse definitivamente al islam a finales de los 70 y de renunciar a la música. Inspirado por el sonido del sitar y por los gurús que conoció junto a los Beatles en sus viajes (en principio físicos), George Harrison fue acaso el gran responsable de ese cambio de sensibilidad en los grupos de su época y se acabaría convirtiendo en embajador de la fe hinduista en Occidente. Leonard Cohen, en fin, experimentó con verdades diversas y se abrazó al judaísmo y el budismo zen, motivo por el que su impecable obra se ha situado siempre en la frontera entre lo humano y lo divino. Y aunque fueron muchos otros los buscadores (algunos reflejados por Manzano en un último capítulo: Johnny Cash, Nico, Van Morrison, Patti Smith, Nick Cave, Suzanne Vega y Sinéad O’Connor), el poeta y músico canadiense reflejó mejor que nadie esas ansias de espiritualidad: «Escuché que había un acorde secreto / que David tocaba y agradaba al Señor / Pero a ti no te interesa la música ¿verdad?». Amén.

 

La muerte del sol, de Yan Lianke (Automática Editorial)

«Las gentes no sabían aún la que se les venía encima, como un nubarrón o una tragedia. Creían que lo que pendía sobre sus cabezas no era más que una nube sombría, propia de las noches de verano». En la última novela de Yan Lianke, uno de los escritores chinos contemporáneos más reconocidos, una rarísima epidemia de sonambulismo provoca que los vecinos de una aldea desaten sus más bajos instintos y ruindades, amparándose en una noche eterna. Pero no es el terror vampírico de 30 días de oscuridad lo que se cierne sobre ellos, sino más bien la cara oculta (o dormida) de nosotros los humanos. Lo que aquí se retrata es el tenebroso final de un sueño colectivo, una distopía sobre el colapso con evidentes reflejos en un presente que no es necesariamente el de China. Este relato siniestro, que se extiende como petróleo a través de varias vigilias y donde una especie de niebla cubre todo aquello que se nombra como real, nos es trasladado por el joven aldeano Li Niannian, testigo cercano de la debacle —debido a la funeraria de sus padres— y apodado el idiota por todos, menos por su vecino Yan Lianke.

En un brillante juego metaliterario el autor, en efecto, aparece como uno de los personajes principales de su propia novela, en la que se dice que lleva «toda la vida escribiendo para mostrar a todos que ese pueblo y esa tierra son el centro del mundo». Paradójicamente, en esta historia el único que lee sus libros es justamente el chico que ejerce como narrador, Li Niannian, quien es testigo de cómo Lianke «perdió toda ilusión por la escritura. Por vivir en un mundo en el que no podía seguir contando historias«. Llegado a un punto, al parecer, el alma se le secó y no fue capaz de escribir nada más. De esa idea, también, surge este relato desalmado, construido a base de frases cortas, secas —como el alma del Lianke personaje—, repetitivas a veces, y a veces bastante líricas. Un cuento lóbrego y tremendista que, tal vez cuando fue publicado por vez primera en 2015, no nos hubiera impactado de la misma forma. En marzo de 2020, Lianke nos sacudió con su texto Que cuando esta epidemia acabe nos quede la memoria. En esta novela añade el tesoro de la conciencia sobre lo que supone estar despiertos mientras dormimos.

 

Historia del Arte con nombre de mujer, de Manuel Jesús Roldán (El Paseo Editorial)

Más allá del eterno debate sobre la conveniencia de las cuotas de género, resulta difícilmente discutible la necesidad de revisar los cánones y los criterios en base a los cuales se ha escrito la Historia. Entre otras, la del Arte. Puesto que una mirada, no digamos ya intencionada o feminista, sino al menos no condicionada o ciega a las virtudes de las obras concebidas por mujeres, hallará en el rescate y la consideración de estas motivos más que suficientes para celebrar la publicación de un libro como el que nos ocupa. Aunque haya llegado en nuestros días y no, pongamos por caso, hace un siglo. Porque no hay que llamarse a engaño: este recorrido editado por El Paseo arranca en la Antigüedad y en las seis artistas que contempló Plinio el Viejo en su Historia Natural, pero el último capítulo, dedicado al siglo XX, ocupa nada menos que 125 páginas. Manuel Jesús Roldán ha optado por recoger solo las ya fallecidas y así, las últimas aquí reseñadas nacieron en 1930, «lo que deja fuera a un número inabarcable de creadoras nacidas a partir de esa fecha», según expone en el prólogo. Como también señala en ese preámbulo, la invención mítica de la pintura se le atribuye a la mujer, pero pronto desaparecería de los manuales de Historia del Arte.

Apunta Roldán a una «equivocada idea de la mediocridad de algunas artistas» como excusa del androcentrismo en esta área, porque la realidad es que muchas de ellas alcanzaron éxito y reconocimiento en su época; pero «las historias las escriben los vencedores», nos recuerda. Aquí hallaremos desde la pintora española conocida más antigua, la iluminadora Ende (siglo X), a la primera profesional, Lavinia Fontana (1552-1614); una de las grandísimas del Barroco italiano, Artemisia Gentileschi (1593-1656); la sevillana sombra de Zurbarán, Josefa de Óbidos (1630-1684); una pintora triunfadora en plena Revolución Francesa, Anne Vallayer-Coster (1744-1818); una fotógrafa adelantada a su tiempo, Julia Margaret Cameron (1815-1879) o la escultora más famosa de Nueva York, Anna Vaughn Hyatt Huntington (1876-1973), entre las más de 120 artistas —algunas algo más conocidas, otras en absoluto, pero todas reivindicables— que figuran en esta obra cuya vocación no es tan enciclopédica como contextualizadora. Mezclando apuntes biográficos decisivos con comentarios acerca de su obra y sus aportaciones al arte de la época (y de todas las épocas), esta Historia del Arte con nombre de mujer es también la de la infamia. Un testimonio del desprecio al que fueron sometidas estas grandes creadoras, a menudo consideradas deudoras o directamente malas versiones de sus contemporáneos, y en el mejor de los casos como «demasiado buenas para ser mujeres». Demasiado buenas para según qué ojos atrofiados, se diría.

 

Los perfeccionistas. Cómo la precisión creó el mundo moderno, de Simon Winchester (Turner Noema)

A quienes nos consideramos perfeccionistas (y en Mercurio, como a estas alturas sabrán nuestros lectores, lo somos a mucha honra) este libro nos llega al alma, por momentos nos hace levantarnos y aplaudir en un gesto vano, pero de justicia. Porque si hoy estamos donde estamos, sea eso mejor o peor, es por quienes se dejaron la piel y se estrujaron los sesos —aun a riesgo de ser llamados locos, y alguno lo fue—para idear, rectificar, mejorar y dejar en estado de perfecta revista las más osadas tecnologías, compañeras inseparables de nuestra existencia moderna. Y no obstante, como recuerda el autor de este ensayo, Simon Winchester, la omnipresencia de la precisión en nuestra vida cotidiana no la hace siempre tan evidente, pero aquí están estas páginas para señalar la trayectoria histórica y narrativa que la ha convertido en objeto de culto ingenieril.

Desde aquel al que se señala como «padre de la auténtica precisión», John Wilkinson (también conocido como Iron-Mad Wilkinson, uno de esos locos que decíamos), a los cronómetros de John Harrison, la cerradura de Joseph Bramah y Henry Maudslay, los automóviles de Henry Royce, el primer motor a reacción de Frank Whittle y otros protagonistas, este ensayo es una alegre narración perfectamente engrasada acerca de los más fascinantes episodios de la minuciosidad, la exigencia y el rigor aplicados al progreso y que van mucho más allá de lo ordinario o, desde luego, lo suficiente. El propio Winchester, célebre periodista londinense que cubrió para el diario The Guardian asuntos tan jugosos y relevantes como el Bloody Sunday o el escándalo Watergate, se muestra como investigador y comunicador detallista hasta el delirio, y no es de extrañar. A fin de cuentas, la precisión viene a ser la hermana mayor de la pasión.

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