Crónicas en órbita

Imperiofilia, imperofobia y fracasología, tres palabras para el nuevo año

Analizamos las tesis de ‘Imperofobia y leyenda negra’, de Elvira Roca, frente a las de ‘Imperofilia’, de José Luis Villacañas

Hay obras que encuentran el momento preciso del éxito, que tienen el acierto de la oportunidad. Imperiofobia y leyenda negra, el ya celebérrimo trabajo de Elvira Roca es una de ellas. Imperofobia es también un libro deliberadamente reconstituyente de la autoestima española, estimulante de la nación, podríamos decir, todo ello en un momento en el que ésta, proceso secesionista catalán mediante, transita por un pesimismo existencial que parecía ya desterrado de nuestra psique. La celebración de este ensayo y de su autora por renombrados responsables políticos españoles se entiende sin duda dentro de este contexto de demanda terapéutica.

Portada del libro ‘Imperiofilia’, de José Luis Valcañas. Impedimenta.

Ahora bien, si el contexto sociológico y político de este libro era propicio, la tesis de Imperiofobia es una tesis arriesgada, y destinada, por lo tanto, a recibir una contestación integral y proporcionada a su propio éxito. Esta es la tarea que ha llevado a cabo el profesor Villacañas, en un libro cuyo título, Imperiofilia, y el populismo nacional católico, ya nos deja ver que en sus páginas encontraremos una crítica que va más allá de las meras discrepancias historiográficas, y que impugna el fin último que, entiende el autor, subyace a la obra de Elvira Roca. Fin que no sería otro, en su opinión, que el de hacer despertar a ese “pueblo imperial” que es España, para que “deje clara su supremacía frente a algunas oligarquías provinciales y algunas pequeñas naciones nórdicas”. La impiedad y la severidad manifiesta que encontraremos por parte de Villacañas desde el principio en las páginas de Imperiofilia, tienen que ver, por lo tanto, con el deseo de confrontar aquello que entiende que representa la autora: una suerte de “populismo nacional reaccionario”, expresado, en este caso, a través de un libro al que pronto se tilda de “líbelo populista, malsano y dañino”.

«Imperiofobia plantea una reivindicación moral, con carácter general, de las estructuras imperiales, como aglutinadoras de pueblos plurales y distantes»

En cualquier caso, más allá del juicio sobre la nocividad de las tesis de Elvira Roca, que nos parece desproporcionado, lo cierto es que el trabajo de Villacañas apunta críticamente, de una forma difícil de apelar, a los puntos más conflictivos de la exitosa tesis sostenida por esta autora. Imperiofobia plantea una reivindicación moral, con carácter general, de las estructuras imperiales, como aglutinadoras de pueblos plurales y distantes, en un marco político y cultural común de cooperación y progreso. Este loable destino imperial se vería siempre truncado, en su opinión, por diversos factores, entre los que destacarían: la crítica corrosiva de los intelectuales, una suerte de injustificada y dañina mala conciencia de la propia cultura imperial, y, sobre todo, la acción propagandística de los pueblos resentidos.

Como destaca Villacañas, una tesis de este tipo requiere de forma previa una fenomenología de los imperios que no se encuentra o se da por sabida en la obra de Elvira Roca. Como consecuencia de ello, entre otras cosas, no es posible encontrar en esta obra una justificación razonada con respecto a la exclusión que hace la autora de este club de los imperios, de una realidad como fue el propio imperio británico, que abarcó en pleno siglo XX a más de 400 millones de personas distribuidas en los cinco continentes. Imperios arquetípicos serían, en su opinión, Roma, Rusia, Estados Unidos y España. Y sería este último, el imperio español, aquel sobre el cual el “resentimiento imperiofóbico”, con el impulso del protestantismo, habría actuado de una forma más eficaz y perdurable, a través de esa Leyenda Negra puesta en marcha por nuestros vecinos europeos, y que aún hoy, entiende Elvira Roca, sigue haciendo mella sobre el crédito internacional de España, sobre nuestra autoestima y destino.

La leyenda negra, la propaganda antiespañola, es desde luego una obviedad histórica irrefutable, y no es escasa la literatura publicada al respecto. En cualquier caso, la dramática aproximación a la misma que lleva a cabo Elvira Roca corre paralela a una apología moral explícita del imperio español, siempre en contraste con la exposición de las miserias de los vecinos propagandistas que, en más de una ocasión, se desliza hacia la inercia nacionalista -y también algo pueril- del tu quoque.

El afán reivindicativo del pasado imperial hispano, siempre en términos de comparación con el vecino europeo y protestante, conduce a ciertos juicios cuya debilidad es desvelada con detalle por Villacañas. Así, entre las tomas de posición centrales en Imperiofobia que son objeto de controversia en el ensayo, cabe destacar aquellas que apuntan a la presencia larvada del nazismo en el luteranismo temprano; a la ausencia de impronta británica en la prosperidad original de las colonias norteamericanas; o a la comprensión de la Leyenda Negra española como prejuicio antisemita, obviando, en buena medida, la innegable realidad histórica del antisemitismo hispano.

Imagen asociada al conquistador español. Pabellón de la Navegación de Sevilla.

Un lugar aparte merece una de las tesis más controvertidas que vertebran el ensayo de Elvira Roca, la equivalencia entre la imperiofobia y el racismo, como si se trataran de fenómenos moralmente asimilables el rechazo de los pueblos que rivalizan, o integran de forma conflictiva, determinadas estructuras imperiales, con la idea de que ciertas comunidades merecen un estatuto jurídico inferior y sometido por razón de su identidad étnica o racial. El afán infatigable por relativizar fenómenos históricos como la Inquisición o la dimensión predadora de la conquista de América, conduce también a que, a costa de la mayor gloria, o de la reposición moral del Imperio español, el relato de estas experiencias históricas se realice con un llamativo grado de indulgencia.

«El impacto de una obra como Imperiofobia sólo se entiende desde el contexto presente»

Como empezábamos diciendo, el impacto de una obra como Imperiofobia sólo se entiende desde el contexto presente. A este respecto, no creo que hoy suframos las consecuencias reminiscentes de la Leyenda Negra. Lo que sí es cierto es que es algo característico de parte de la cultura política española, el realizar juicios extremadamente dramáticos o severos de nosotros mismos, y especialmente de las cuatro décadas de vigencia de nuestra Constitución democrática. Juicios que, en muchos casos, se realizan usando como parámetro de comparación agraciado a nuestros vecinos europeos.

Este masoquismo es insano y lastra, sin duda, las posibilidades de cualquier comunidad política. Creo que el propio Villacañas, en algún momento de su ensayo, se desliza por la pendiente de un pesimismo severo, cuando pone en duda la existencia real de libertad religiosa en España, por la proliferación de festividades católicas, y tilda al sistema educativo español de un cuasi-monopolio religioso. Es cierto que la desconfesionalización del espacio público español tiene tareas pendientes, y de que la laicidad constitucional no se cumple en algún ámbito del ordenamiento jurídico. Pero también lo es, por ejemplo, que España no sale precisamente malparada ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en lo que respecta al tratamiento de la libertad religiosa de las minorías, sino más bien al contrario. También lo es que esta confusión de esferas estatal y religiosa, o la presencia de residuos de confesionalidad en el espacio público, no son exclusivas de la realidad española, sino que están presentes en muchas de las viejas naciones europeas, por supuesto también en aquellas mayoritariamente protestantes en las que existe una Iglesia de Estado.

Creo que lleva razón Villacañas en que la ausencia de reforma y la expulsión de los judíos, provocó que España no tuviera que enfrentar la tarea intelectual de construir una comunidad política desde la diversidad. Una carencia que habría determinado la forma de proceder de nuestras élites y que explicaría, en cierta medida, la dificultad contrastada para renovar consensos políticos básicos.

Ahora bien, la incidencia de tal déficit en la actualidad tampoco puede ser sobrestimada. Mucho más nociva parece, de cara a renovar cualquier consenso político básico, esa suerte de contemplación deformada y pesimista de nuestra realidad política actual, preconizada desde algunos sectores. No se puede dialogar en política obligando a los interlocutores a despreciar explícita o implícitamente los logros colectivos de una generación; socavando la mínima autoestima que como comunidad es necesario atesorar para esa empresa. En cualquier caso, no parece que la construcción de un relato histórico enaltecedor de la singular superioridad y grandeza moral de España, como injusta víctima de la Reforma y de la Ilustración, sea el camino cierto para afianzar esa autoestima. Son buenos tiempos, por motivos diversos, para la tentación historiográfica nacionalista, pero es una mala tentación que nos impide además valorar en su justa medida la extraordinaria integración de España en esa unidad cultural europea de la que hablara T.S. Eliot, al margen de la cual es hoy ininteligible y difícilmente viable, cualquier digna empresa nacional.

La arrebatada (y polémica) Fracasología de Roca

Como una suerte de secuela de Imperiofobia, sale a la luz, Fracasología, el segundo de los trabajos de Elvira Roca sobre los nocivos y perdurables efectos de la leyenda negra. Se trata, en este caso, de un trabajo de estilo aún más desacomplejado y directo, centrado –dentro de su dispersión- en esa suerte de corrupción o deslealtad de los intelectuales hacia el Imperio, que tendría en el caso de España, y según la autora, su mejor exponente en nuestros afrancesados, primero, y luego, en nuestros germanófilos. Cautivos los intelectuales españoles de un complejo de inferioridad bien trabajado, a partes iguales, por la Protesta y por el enemigo francés, cayeron éstos en la trampa del deslumbramiento hacia a ilustración y la autocrítica destructiva. Para sostener su implacable tesis, la autora hace un repaso errático a dispares ámbitos de estudio -desde las Cortes de Cádiz a Max Weber- que requieren en sí mismos mucho más matiz y atención a la ingente literatura académica vertida sobre los mismos que la que en este arrebatado trabajo se presta. Si en un primer momento el descaro intelectual de la autora de Imperiofobia sirvió, en un contexto de propicio a la exaltación histórica de lo español, para que su obra fuese objeto de una inédita atención y propaganda, ahora, como es lógico, ya son muchas las voces que refutan las tesis y la propia metodología de Elvira Roca.

Las muy críticas reseñas de consolidados académicos como Carlos Martínez Shaw y José Carlos Mainer, quienes han estudiado en profundidad periodos históricos a los que se aproxima la autora, han precedido a un minucioso artículo en el que el diario El País se hace eco de un análisis del trabajo de Elvira Roca donde se enumera un memorial de errores. A todo esto se ha unido la severa y ya viral crítica de Pérez Reverte a Fracasología, y un manifiesto de apoyo a la autora, en el que destacan firmas como las de Arcadi Espada, Boadella y Fernando Savater. En definitiva, la obra de Elvira Roca ha desatado una muy poco común querella nacional en torno a un trabajo de historia. En cualquier caso, creo que es un error plantear dicha querella sobre el eje de la ideología, o sólo sobre el eje de la ideología. En este sentido, la reacción crítica que desde sectores académicos ha despertado el trabajo de Elvira Roca tiene mucho más que ver, desde luego, con una forma escrupulosa de entender y velar por el rigor historiográfico que con los peajes propios de la filiación progresista.

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