Analógica

Las mujeres sin tormentas no dan para cuentos

Ilustración: Sofía Fernández Carrera.

Las historias de locas siempre han gustado al público. Porque a la cultura popular le gustan más las mujeres a las que se pueda etiquetar que las mujeres complejas, que son y hacen muchas cosas. Porque contar historias de locas permite describir la feminidad como una amenaza permanente de desequilibrio. Y así, pues resulta que estamos todas locas.

A la literatura, el cine y todas las artes narrativas les han interesado siempre las personas atormentadas, porque lo que dice Tolstói 1 sobre las familias felices, que son aburridas porque se parecen —no como las infelices, que cada una lo es a su manera— sirve también para las personas: la gente sin tormentas no da para cuentos. Nos gustan las historias de gente a la que le pasan cosas, y a la gente que «no está bien de la cabeza» le pasan más cosas que a la que cumple las normas, los horarios y las expectativas. Nos gustan las vidas que no se parecen a la nuestra y pensar que somos normales. Por eso preferimos las historias apasionadas. Y lo que como público llamamos «pasiones» serían diagnósticos de sufrimiento psíquico, si los escucháramos en un diván.

La cuestión es que, además de disfrutar escrutando las vidas ajenas, reales o ficcionadas, nos encanta que en esas vidas haya un poco de desequilibrio. Por eso vemos reality shows, porque nos hacen sentir mejores (si a ti no te gustan porque prefieres leer a Deleuze en tu mecedora, te felicitamos, pero para hablar de cultura popular tenemos que hablar de fenómenos culturales y eso obliga a generalizar y no va de ti). Pero como voyeurs de vidas ajenas, juzgamos y sentenciamos, y nuestro juicio es misógino, racista, clasista y homófobo. Como los juzgados. Como el mundo que habitamos.

Dependiendo de quién viva la neurodivergencia (creo que esa es la forma no estigmatizante de hablar del sufrimiento psíquico) nos parece una cucada, un historión con protagonista carismático u otra historia de locas que nos hace sentir cuerdas. Pasa en la vida real y en las que alguien se ha inventado. Los asesinos de Puerto Hurraco, que mataron en 1990 a nueve personas e hirieron a doce, fueron condenados y eximidos del atenuante de enajenación mental, pero todo el mundo recuerda las caras de sus hermanas, que no mataron a nadie, que fueron absueltas de ser instigadoras del crimen, pero que murieron recluidas en un psiquiátrico. Los locos despiertan comprensión o fascinación, las locas dan miedo y repulsión.

Ellos son listos aunque malos, estrategas aunque crueles, personajes heridos interesantes y profundos pero con aristas, y casi siempre sus acciones se mueven por un tormento con raíces que permite comprender, cuando no justificar, todas las consecuencias de su locura, por salvajes que sean. Como el asesino de Seven 2; qué listo, ¿eh? o Pat Bateman en American Psycho 3; qué sofisticado, ¿eh?

La mayoría de las veces su tormento es una mujer, por cierto. A los de Puerto Hurraco les comieron la cabeza sus hermanas. Los celos del Otelo de Shakespeare son una emoción legítima, pero las manos manchadas de sangre de Lady Macbeth son la alucinación de una loca malvada que no ha sido capaz de gestionar la culpa de ser más lista y más capaz de reinar que su marido. Y así todo. Ellas están locas. Aunque no lo estén. Porque reaccionan con ira o con aspavientos a situaciones a las que cualquier hombre reaccionaría con aspavientos iracundos, y parecería una malva. O un tío de verdad, un hombre.

Como Juana, la reina de Castilla a la que la Historia ha bautizado como la Loca, que igual no lo estaba tanto. Qué fácil nos resulta entender un poco de desquicie en una mujer que es obligada a casarse de adolescente con un reino y con un hombre frívolo y promiscuo que no la cuida. Cómo empatizamos con ella cuando la vemos encarnada en Pilar López de Ayala, en esa escena brillante en una película 4 que no lo es tanto, cuando grita desesperada bajo la lluvia «Mi madre ha muerto, mi marido me engaña», segundos después de que el cabrón de Felipe (el Hermoso, tócate las narices) la llame loca por primera vez y para siempre. También nos vemos en los ojos perdidos de Juana, buscando la puerta que la saque de tanta desgracia, en el impresionante cuadro 5 de Pradilla, que jurarías que es un vídeo y que el humo se mueve, en el que la reina —huérfana de madre y embarazada— intenta llevar el cuerpo de su marido muerto a Granada. No llega nunca.

«Doña Juana la Loca» (1877), de Francisco Pradilla. Museo del Prado.

Como los tiempos no cambian, pero las personas luchando y tomando las calles y las representaciones con sus relatos sí, hace tiempo que nos estamos hartando de parecer las locas que no saben gestionar sus emociones. Y estamos dibujando los contextos en los que se dan nuestras explosiones, y explicando las violencias sobre nuestros cuerpos que llevaron al colapso nuestras mentes. Y señalando las voces patriarcales que contaron nuestras vidas como locas, en vez de como supervivientes de violencias que volverían loco a cualquiera. Por eso, Cristina Fallarás ha escrito un libro 6 sobre Juana I de Castilla explicando que ni estaba loca ni la encerraron, sino que era una mujer lista y culta que decidió retirarse del mundo para esquivar la violencia económica y física de su padre, y el estigma de la locura que habían extendido su marido y su padre sobre ella.

Pero resulta que en esto de la locura no solo hay géneros, también hay clases. Y Andrea Momoitio lo sabe y te lo cuenta como si lo hubieras vivido. En un libro 7 que es una crónica periodística y un viaje con María Isabel a las injustas suertes que la llevaron a morir quemada en una celda de la cárcel de Basauri a los 23 años. Le diagnosticaron locura, la encerraron, la ignoraron, pero no la cuidaron. Porque las locas siempre acaban mal. Esta historia se llama Lunática porque nuestras vidas están dirigidas por un azar que tiene que ver con el machismo, la precariedad, la moral patriarcal —y, en el caso de la pobre María Isabel, con la dictadura fascista y su sistema de represión de todo lo que no fuera oscuro y triste—, pero quienes nos odian le echan la culpa a la luna. O a la regla. O a la histeria.

La cultura popular no ha descrito nunca a las locas igual que a los locos. En las mujeres (y en todo lo que no sean hombres blancos cisheterosexuales) la locura es un estigma. En los hombres es grandeza, misterio, incomprensión, complejidad, marco. Tal y como nos lo han contado, los locos nos interesan y las locas nos generan rechazo. Como Glenn Close en Atracción fatal 8, esa película en la que se desquicia un poco, ciertamente, pero es que el idiota de Michael Douglas le hace ghosting y luz de gas y todas las formas de desprecio posibles, después de haber compartido sexo sin protección, intimidades, besos bajo la lluvia, pasta y ópera, que es mucho compartir. Y eso vuelve loca a cualquiera, no me jodas. Las mujeres estamos locas, para la cultura popular, para el sistema médico y para el mundo, cuando reaccionamos como no se espera de nosotras. Cuando reaccionamos, vamos. Cuando reaccionamos como los hombres, en realidad.

Cubiertas de «La loca» (Ediciones B), de Cristina Fallarás, y «Lunática» (Libros del K.O.), de Andrea Momoitio.

Las locas de la ficción son como las locas de la calle (y de la casa). Son mujeres que no se callan ni permanecen pasivas esperando que la vida y los hombres tomen decisiones por ellas. Mujeres que se divierten o se vengan o hacen lo que les pide el cuerpo. Nadine y Manu, las protagonistas de Fóllame 9, si no hubieran sido mujeres pobres habrían sido iconos generacionales, tendrían canciones y colecciones de moda y fans, y la gente de bien se disfrazaría de ellas en carnavales. Pero parece una novela de locas borrachas, una peli de patéticas violentas y perdedoras. Menos mal que estamos, como dice Rigoberta Bandini 10, «en el tiempo de Despentes».

El 28 de julio de 2020, según el INE, había en España 136 niñas que se llamaban Daenerys. Sus familias (pelín entusiastas de Juego de Tronos, imagino) tenían el serio problema de haber puesto a sus niñas el nombre de la «rompedora de cadenas» que en la temporada final de la serie deviene en asesina múltiple y genera un consenso casi general: se ha vuelto loca. Pero la última representante de la Casa Targaryen no está loca. Al menos no más en la última temporada que en las primeras. Ejecuta a su hermano con oro fundido, quema vivo a un esclavista misógino con quien había hecho un trato, crucifica a centenares de burgueses en las ciudades que libera y quema vivos a sus prisioneros de guerra, todo antes de volverse loca. Si fuera un tío, gran estadista con mano dura, que acabaría reinando con el contento general. Pero cuando la excéntrica búsqueda del fin de la esclavitud de Daenerys se revela como lo que siempre ha sido, ansia de poder (como Alejandro Magno, como Napoleón, como tantos otros), pues la chavala se ha vuelto loca.

Como Britney Spears, que se volvió loca en 2007. Como Amy Winehouse, como Janis Joplin, como Whitney Houston, que se autodestruyeron en nuestras narices y que dejaron de parecernos locas yonkis cuando supimos algo de sus vidas. Pero ellas ya se habían muerto. No como Johnny Depp, que está bien, pero es un pirata. Y le damos premios.

1 Ana Karenina (León Tolstói, 1878)
2 Seven (David Fincher, 1995)
3 American Psycho (Bret Easton Ellis, 1991)
4 Juana, la Loca (Vicente Aranda, 2001)
5 Doña Juana la Loca (Francisco Pradilla, 1877)
6 La loca (Cristina Fallarás, 2022)
7 Lunática (Andrea Momoitio, 2022)
8 Atracción fatal (Adrian Lyne, 1988)
9 Baise-moi (Virginie Despentes, 1999/novela, 2000/película)
10 Perra (Rigoberta Bandini, 2021)

 


Irantzu Varela es periodista experta en feminismo. Coordina la plataforma de acción social Faktoria Lila, dirige el programa El Tornillo para Público TV y colabora en Pikara Magazine.

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