Crónicas en órbita

Autoras deseantes y sexo impreso

Luna Miguel, autora de «Caliente» (foto: Laura Rosal).

Desde una mirada feminista y comprometida, pero sin necesidad ni ganas de sentar cátedra. Sin querer representarlas a todas, aunque hablando por boca de muchas. Desde la experiencia propia y honesta, pero sin la sensación de sentirse más expuestas de lo que han estado antes. Plasmando en el papel, de una forma enteramente personal, ideas que las hacen converger, felices coincidencias que no tienen pinta de que lo sean. Pero ha coincidido en el tiempo el lanzamiento de un puñado de libros a cargo de autoras que escriben sobre sexualidad, sobre género; sobre placer, miedo y responsabilidad emocional. Que escriben sobre escribir de estos temas siendo mujeres. Están dispuestas a hablar y se citan unas a otras. Se leen entre ellas, y fueron ellas las que empezaron a leer a las demás. A hablar de lo que habían leído, de lo que otras habían escrito y que era un bien preciado para tantas. Ahora parecen legión, pero aún nos queda mucho que aprender. Basta con leerlas, y escucharlas.

Luna Miguel (Alcalá de Henares, 1990) sostiene que la literatura puede ser una forma de despertar o de realización sexual. ¿Y qué hay del acto de escribir, también llega una a autoconocerse sexualmente gracias a él? «Escribir es una manera de poner orden a nuestras ideas. Pasarlas a limpio, por así decirlo, darles una forma que nos permita inmortalizarlas. De modo que sí, escribir sobre el propio cuerpo es una manera de repensarlo, de exponerlo, de convertirlo en sujeto de análisis. Cuando escribo sobre lo que adoro o repudio del sexo, del cuerpo en general, le estoy dando la importancia que merece. O no. Quién sabe». Eso es justo lo que hace —o no— la escritora, periodista y editora en Caliente (Lumen, 2021), que traza una historia del deseo íntimo, las pasiones plurales y el riesgo de las mujeres que decidieron contarse en páginas. Mujeres como ella misma.

Amarna Miller, autora de «Vírgenes, esposas, amantes y putas» (foto: Ediciones Martínez Roca).

«Me gusta hablar desde la primera persona porque es una manera muy directa de apelar a la persona que te lee o te escucha», me dice Amarna Miller (Madrid, 1990). «Es más fácil empatizar cuando conectamos con el otro». Su libro Vírgenes, esposas, amantes y putas (Ediciones Martínez Roca, 2021) narra el proceso de autodescubrimiento que ha experimentado en los últimos años esta activista y comunicadora, desprendida ya de muchos de los papeles que algunos le quisieron endosar. Leemos en su ensayo: «Somos educadas para ser hijas responsables, madres cariñosas y parejas indulgentes. Vírgenes prudentes, esposas recelosas y amantes pasionales. Pero los roles que nos definen también constriñen nuestra identidad, construyéndola en función de las necesidades y los deseos de los otros». Puede sorprender, siendo como es uno de los referentes actuales de tanta gente a la hora de analizar las relaciones sexuales-afectivas, que en esa toma de conciencia reconozca su miedo al rechazo, «el miedo a no ser lo suficientemente buena».

La escritora y periodista Tamara Tenenbaum (Buenos Aires, 1989) creció en El Once, uno de los barrios de la capital argentina con mayor presencia de la comunidad judía ortodoxa. «La religión de las chicas laicas que conocí en secundaria era el amor», comienza escribiendo en su libro El fin del amor. Amar y follar en el siglo XXI (Seix Barral, 2021), en el que se pregunta qué diablos pasa cuando la pareja monógama tradicional y el amor romántico dejan de ser aquello que todos ansían; aunque en realidad, expone, no son la misma cosa. «Repensar la obligatoriedad de la familia nuclear no es suficiente, porque en apariencia la pareja contemporánea lo hace. Pero el imperativo de la pasión y del amor 24-7 también puede ser nocivo, tanto para la posibilidad de crear vínculos afectivos reales como para la posibilidad de crear comunidades y vidas menos solipsistas, y relaciones más libres y menos dependientes». En este ensayo-autobiografía-manifiesto, Tenenbaum aborda justamente lo peligroso de un ideal de pareja donde la entrega sea absoluta: «Eso puede dejar a las mujeres muy solas: puede hacer que ellas mismas se dejen solas, y no tengan adonde ir cuando esa pareja se desarma, o cuando necesitan una ayuda o un apoyo que esa pareja no puede proveer».

Tamara Tenenbaum, autora de «El fin del amor. Amar y follar en el siglo XXI» (foto: Rodrigo Mendoza).

También desde la primera persona —del singular y del femenino plural— se expresa la escritora e ilustradora María Hesse (Huelva, 1982) en su libro El placer (Lumen, 2019), cuya trayectoria ascendente se vio frustrada por la pandemia. Evocando el ejemplo de sabias mujeres que a lo largo de la Historia supieron dar forma a ese misterio, desde Lilith a Daenerys Targaryen pasando por Betty Dodson, la autora decidió partir de aquellas experiencias que no se suelen contar: «Al principio tenía miedo a muchas cosas. A exponerme, a lo que pensaría mi familia, a no ser universal, ¿qué tenía de interesante mi experiencia?». Pero, poco a poco, esas sensaciones desaparecieron y logró un efecto autoliberador, explica. «Dejé de necesitar la aprobación de los demás, porque al final se trata de eso, de que cada persona vive su placer de forma única. También pensé que era necesario contar el fracaso, que es lo que solemos ocultar cuando hablamos de sexo».

Esa liberación del placer, para Ana Requena Aguilar (Madrid, 1984), ha de ser una exigencia del activismo por los derechos de la mujer. «Ejercer un feminismo del goce en nuestros discursos y prácticas es oponernos a la culpa, al destrato, a la violencia; es reivindicarnos como sujetos, también de deseo y placer y eso implica, entre otras cosas, tratar de deshacernos de prejuicios, estereotipos e ideas sobre nuestros cuerpos, nuestras expectativas, sobre lo que se espera de nosotras, y nosotras mismas esperamos», explica la autora del ensayo Feminismo vibrante: Si no hay placer no es nuestra revolución (Roca Editorial, 2020). Ella habla de brecha orgásmica, ¿podríamos entonces considerar el orgasmo como agente empoderador? «El orgasmo no es tanto empoderamiento como una expresión de disfrute y placer que, como todas, no debería estarnos vedada, aunque sea sutilmente, por una sociedad que nos hace sentirlos como lugares hostiles, una sociedad que premia a los hombres promiscuos y señala a las mujeres deseantes».

María Hesse, autora de «El placer» (foto: Erea Azurmendi).

Se pregunta uno si no seguirán siendo esencialmente masculinas las fantasías del imaginario predominante, dado que somos los hombres quienes nos empeñamos en imponerlas, listarlas con el más grosero de los tamaños tipográficos. Responde Luna Miguel: «No creo en la imposición de fantasías tanto como en la comprensión y en la modulación de las mismas. En un mundo en el que yo ya soy incapaz de decidir o de definir si lo que me gusta en la cama es por decisión propia o por puro aprendizaje a través de las fantasías externas —pornografía mainstream, relatos del amor romántico en la cultura, etcétera—, lo único que puedo hacer es masticar esos discursos y, en todo caso, reventarlos desde dentro». A vueltas con El placer, cuenta la poeta que gracias a este libro supo que la anatomía del clítoris no se empezó a estudiar hasta el año 1998, casi ayer. «Ese dato me impresionó», señala María Hesse. «Se estudia cualquier órgano de nuestro cuerpo por insignificante que sea, pero el clítoris sigue siendo sucio como para saber de su existencia y anatomía. Pero lo más doloroso es que a día de hoy se siga mutilando a mujeres para que no sientan placer».

Miedo, violencia y la erotización del conocimiento

«No se trata de elegir entre un discurso acerca de la violencia y otro acerca del placer, sino de entender que ambos discursos deben ir necesariamente de la mano», argumenta Ana Requena Aguilar, periodista experta en género y habituada, por tanto, a hablar de machismos y violencias sexuales. «El miedo es una respuesta legítima a un sistema patriarcal que hace que nuestra vida esté repleta de violencias de distinta intensidad (algunas cotidianas), de destratos, de temores… Tenemos miedo porque tenemos motivos para tenerlo, igual que la indignación, pero no creo que se trate de un asunto del que las mujeres debamos encargarnos, una vez más, solas».

Amarna Miller, que hace dos años publicó un vídeo de casi 45 minutos en el que hablaba sobre el maltrato físico y psicológico continuado que, siendo más joven, le infligió su pareja de entonces, conoce de cerca el miedo y los mecanismos que desata en la cabeza, muy arraigados en nuestra cultura: «Las victimas de agresiones sexuales se tienen que enfrentar a una doble culpa, impuesta por la manera en la que social y culturalmente comprendemos la violación: la de no haber podido prevenir el suceso y la de haber quedado malogradas después de la experiencia. Ante semejante perspectiva, pocas mujeres deciden hablar de lo que les ha pasado. Muchas veces incluso se intenta justificar o normalizar la experiencia («Se pasó un poco de la raya») intentando evitar la realidad, que es complicada de aceptar («Me violó»). Es una manera de restarle peso a la violencia y también de evitar el hecho de tener que enfrentarse a la sospecha, el estigma y la vergüenza». En cualquier caso, para la conductora del programa Este es el mood y del podcast Con voz de mujer, la solución pasa por dejar de responsabilizar a las víctimas y apelar a los hombres.

Ana Requena Aguilar, autora de «Feminismo vibrante» (foto: Marian León).

Como Miller, quien a pesar de su intensa actividad en redes sociales, asegura pensarse «mucho» los temas que trata de forma pública antes de ponerlos sobre la mesa, la presencia digital de María Hesse tiene algo de militante. Al fin y al cabo, lleva a cabo una labor de divulgación en el medio en que la mayoría de adolescentes, jóvenes y humanos en general se informan —o desinforman— sobre sexo hoy día. Aunque no ha escapado a la censura, por parte de Instagram, de algunas de sus ilustraciones sobre sexualidad femenina: «Por suerte hace tiempo que ya no me censuran imágenes, aunque puede pasar en cualquier momento. Si en las escuelas y en las casas el sexo sigue siendo tabú, al menos que las redes sean un espacio donde hablar con libertad. Pero creo que es necesario que esto cambie de una forma más profunda, porque del mismo modo que en internet hay un activismo por deconstruir la sexualidad tal y como la hemos aprendido, también existe un porno accesible, mainstream y gratuito, más agresivo y vejatorio que nunca».

Porno en internet, el modelo que ha revolucionado nuestra forma de concebir el sexo con su democratización en las dos últimas décadas. Quién sabe si también nuestro modo de relacionarnos con nuestras parejas. «El porno es un factor que puede contribuir a construir nuestro deseo o nuestro sexo, pero hay que tener muchas otras cosas en cuenta», apunta Ana Requena Aguilar. «Es evidente que mucha gente ve porno y que no toda se comporta en su intimidad de la misma manera. También es evidente que el acceso al porno actualmente es muchísimo más sencillo y directo que en generaciones anteriores, y está bien que nos preguntemos por las consecuencias de eso. Pero yo me preguntaría: ¿cuál es la influencia de la falta sistemática de una educación afectivo-sexual en nuestra sociedad?».

Ilustración de María Hesse en su libro «El placer» (Lumen, 2019).

De lo que sí puede hablarnos el porno es de relaciones guiadas por el consumo y relaciones de poder, algo a lo que apunta en su libro Tamara Tenenbaum al señalar que la disociación entre amor y economía es una ficción ideológica: «Todas las relaciones van a estar en alguna medida mediadas por la desigualdad, el dinero, el capitalismo y el patriarcado», afirma. «Pero creo que estando atentos a ciertas dinámicas que estimulan la crueldad y la competencia podemos al menos intentar construir comunidades y vínculos en los márgenes. No significa dejar de usar Tinder ni de tener sexo casual, ni siquiera significa dejar de abandonarnos y de tratarnos mal a veces; todos gritamos y nos equivocamos y podemos maltratar a otra persona en algún momento. Pero una cosa es eso, por supuesto, y otra la violencia». En su opinión, la clave está en la visión colectiva, justo la opuesta de la ideología imperante: «Concebirnos a nosotros mismos como parte de una comunidad en la que debe haber cuidado y convivencia es el primer paso para no tratar a los demás como seres descartables e irrelevantes que solo merecen mi indiferencia».

También Amarna Miller suele plantear en su discurso estilos de vida alternativos y una mirada desprejuiciada hacia las relaciones, que pasan en su opinión por el desarrollo de la inteligencia emocional: «Creo que es una herramienta increíble para aprender a ser la persona que queremos ser. No se trata de una receta mágica, por supuesto, exige trabajo y también analizar aquellos momentos en los que no estás teniendo comportamientos sanos. En el ámbito sexo-afectivo me parece una herramienta poderosísima para conocernos mejor, comprender nuestros deseos y también vincularnos de una forma más sana. Poco se habla de lo importante que es aprender a tener responsabilidad emocional».

La escritora, periodista y editora Luna Miguel (foto: Laura Rosal).

 

Luna Miguel, que en su obra establece un vínculo entre sexo y dolor, que admite puede llegar a ser contradictorio (y aun así cierto), no cree que esa idea niegue la de unas relaciones emocionalmente responsables: «Como se han encargado de repetir autoras como bell hooks, Luciana Peker o Tamara Tenembaum, hay que erotizar el consentimiento. A mí me gusta ir un paso más allá y también abogo por la erotización del conocimiento. Conocer es lo que nos permite transgredir. Si yo conozco mi cuerpo y sus límites, así como el cuerpo y los límites de mis compañerxs sexuales, podré decidir libremente cómo transgredir, cómo amplificar y cómo violentar, consensuadamente, nuestro placer».

Sexo consensuado y publicado

Ana Requena Aguilar también prefiere hablar de consenso, más que de consentimiento. Acaso esa sea una de las ventajas de escribir sobre sexualidad y género, la capacidad de renombrar aquello que había sido malnombrado, de darle otra forma (más precisa, más justa) al debate. En este reportaje nos hemos centrado en cinco lanzamientos editoriales recientes de autoras sobre estos temas, pero la cantidad de libros publicados en los dos últimos años es abrumadora y daría para una interesantísima biblioteca: Todo eso que no sé cómo explicarle a mi madre, de Sandra Bravo; A la mierda el amor, de Lady Marrdita; Pornografía. El placer del poder, de Rosa Cobo; Sexteame. Amor y sexo en la era de las mujeres deseantes, de Luciana Peker; la trilogía Zorras/Malas/Libres y el anterior Mala mujer: La revolución que te hará libre, de Noemí Casquet; Orgas(mitos), de Laura Morán; Love me Tinder, de Estela Ortiz y Núria Gómez Gabriel; Sex-oh, de Lyona…

Coincidencia o tendencia, resulta llamativa y nos lleva a cuestionarnos qué hay detrás de ella. «Me sugiere que tenemos un interés profundo en explorar aquello que decía Kate Miller de lo personal es político», responde Ana Requena Aguilar. «El feminismo señala a muchos lugares, y somos muchas las que desde distintos lugares queremos seguir poniendo ese foco en aquello que se considera íntimo, aunque en realidad sea de alguna manera profundamente social: la forma en que nos relacionamos, en la que creamos vínculos, la manera en que tenemos sexo, en que nos tratamos, nos deseamos, nos queremos, nos destratamos. Me dice también que quizá, y ya era hora, se esté escuchando más a voces literarias y periodísticas que tienen mucho que decir y que suelen ser menospreciadas solo por el hecho de ser mujeres jóvenes feministas, y eso tiene mucho que ver con el espacio que el feminismo ha logrado tener en los últimos años y los cambios que está logrando».

La activista y comunicadora Amarna Miller (foto: Ediciones Martínez Roca).

En esa misma línea se pronuncia Amarna Miller al respecto: «Creo que esta avalancha de lanzamientos literarios relacionados con sexualidad y género viene de la mano de la ola de feminismo que estamos viviendo. Las mujeres tenemos ganas de analizar nuestra identidad y aquellos aspectos de nuestra vida en los que nos hemos visto condicionadas por nuestro contexto. Y el deseo, la sexualidad, es desde luego uno de ellos». No obstante, no cree en el componente milagroso de estas páginas, por valientes y necesarias que sean: «Muy a mi pesar, no creo que el aislamiento que sufrimos las mujeres por miedo a la violencia sexual pueda solucionarse a través de los libros. Aunque la información y la divulgación nunca están de más».

Tampoco Luna Miguel acaba de ver ninguna realidad consistente o significativa en esta confluencia de títulos en las librerías, aunque coincide con sus compañeras en que el contexto feminista es el que lo ha posibilitado. «Pienso que es un espejismo, y ni tan siquiera una novedad. Las escritoras llevan escribiendo sobre sexualidad y género toda la vida. Otra cosa es que sea ahora cuando nos están empezando a hacer caso. Eso es lo que he pretendido explicar con Caliente. Más Safo, más Cristina Morales, y menos cerrar los ojos ante toda esta tradición deseante».

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