Tempus fugit

Frivolidades de verano

Tempus fugit: XXIX septimana

22 de julio de 1898 — Alexander Calder

Alexander Calder en el Museo Stedelijk, durante el montaje para la exposición de una de sus piezas. Foto: Erik Koch / Nationaal Archief.

Cuando pensamos en una escultura, lo que nos viene de inmediato a la cabeza es una estatua, es decir, una representación humana más o menos idealizada y con sus proporciones bien calculadas.

Los artistas que transformaron el arte académico en otro modelo de arte a partir del siglo XIX dirigieron sus miradas tanto a la pintura como a esos objetos en tres dimensiones. Al principio, se limitaron a saltarse las normas de proporción e idealización para acercar la estatua a la realidad; después abandonaron la mímesis de lo real para introducir nuevas formas, a veces deformes, y otras texturas que no fueran el tradicional pulido —Rodin—. Algunos se atrevieron a abandonar la figura humana y a considerar que también otros objetos podían ser considerados como escultura; por ejemplo, la famosa Fuente de Duchamp que es clasificada como escultura porque tiene tres dimensiones en el espacio.

Una imagen de Salzillo es escultura al igual que lo son los objetos que nos pueden distraer en una rotonda, muchos de los cuales son patéticos, como los que han recogido dos arquitectos jóvenes en un libro o el que le dedicaron a Melania Trump en su pueblo de Eslovenia, que me parece muy divertido.

Escultura es cualquier objeto artístico de tres dimensiones: así es como debemos definirlo para distinguirlo de la pintura, que tiene dos dimensiones, o de la arquitectura, que es una construcción. La definición admite matices porque hay bajorrelieves que parecen pinturas, edificios que parecen esculturas y esculturas que parecen juguetes.

Esculturas que parecen juguetes o que los han inspirado —lo que ponemos en las cunas de los bebés para que se entretengan— es lo que inventó Alexander Calder, nacido el 22 de julio de 1898 en Pensilvania (Estados Unidos), en el seno de una familia de escultores que le enseñó el oficio.

Trabajó en su casa hasta que se trasladó a París en los años 20 porque en esa ciudad se cocía todo lo novedoso. Entró en contacto con los artistas que pretendían hacer algo nuevo y con ellos recorrió un camino que ahora llamamos Vanguardias y que acabarían por romper el concepto de lo clásico para dar a luz nuevas formas de expresión artística, muchas de las cuales han acabado siendo ciertamente ininteligibles.

A Calder, gran aficionado al circo y amigo de Joan Miró, se le ocurrió crear un tipo de escultura móvil, conocida como Chupin, con formas orgánicas (círculos, elipses) totalmente abstractas y suspendidas en el aire, que cambian de forma produciendo sombras y, a veces, sonidos, y que están pintadas en blanco, negro y/o colores primarios.

Abrió una puerta al llamado Arte Cinético —que incorpora el movimiento a la obra—, uno de cuyos máximos exponentes fue Eusebio Sempere. Algunas de las esculturas de este artista alicantino se pueden ver repartidas por la ciudad, pero la mayoría se encuentran en el MACA, que tiene el aire acondicionado a 23º, un lujo en estos días de julio. No hay mucha gente visitándolo, los sofás de la entrada son muy cómodos y desde ellos se tiene buena perspectiva de unos objetos colgantes que giran en el espacio y que pueden resultar hipnotizantes. Los vigilantes no molestan si nos ven sentados y/o eclipsados.

Sirven para ensoñar, quitan la ansiedad y no hacen ruido. Habría que llevar a los niños que sufrieron los móviles de los carricoches para que, ya crecidos, se sientan familiarizados con figuras que se mueven y que dan paz. Es una sugerencia para las tardes de verano.

23 de julio de 1802 — Duquesa de Alba

La duquesa de Alba de blanco (1795), de Francisco de Goya. Fundación Casa de Alba.

El 23 de julio de 1802 murió Mª del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, XIII duquesa de Alba de Tormes, como consecuencia de una meningoencefalitis. Tenía 40 años, era viuda de su primo José Álvarez de Toledo y Gonzaga desde 1796 y no tenía hijos.

En su tiempo era muy conocida por estar muy próxima al matrimonio real: para Carlos IV y Mª Luisa de Parma, los reyes que cedieron el trono a Napoleón, formaba parte del círculo íntimo de amigos, aunque, según cuentan las crónicas, la reina no podía verla ni en pintura y durante muchos años se le atribuyó su muerte por envenenamiento. Parece que Godoy, el valido de los reyes y auténtico mandamás del reino, con reputación de mujeriego, le había tirado los tejos y la reina, corroída por los celos, no podía soportarlo. Cayetana ya se había reído de ella encargando a su sastra 20 o 25 trajes idénticos a uno de los que lucía Mª Luisa de Parma y con los que vistió a todas sus sirvientas en una fiesta a la que asistía la reina.

Quedó huérfana de padre muy jovencita y su madre, de vida divertida y licenciosa, le hizo poco caso. Estuvo muy unida a su abuelo, que la casó a los 14 años con su primo Pepe, con tal de unir a las dos personas con más títulos nobiliarios de España. No tuvieron hijos, pero Cayetana adoptó a una niña negra, llamada Mª Luz, a la que haría beneficiaria de gran parte de su herencia.

Tuvo la suerte pictórica de ser contemporánea de Goya y por ese motivo la conocemos mucho más. Sus retratos se reparten entre la Casa de Alba y el Museo del Prado y hay otros por ahí, en el extranjero y en España, en manos privadas. La pintó vestida de maja, de aristócrata, de blanco, de negro y en diferentes posturas, y lo hizo con tanto cariño que se ha especulado mucho sobre una relación amorosa entre ellos aun cuando el pintor era 18 años mayor; parecen habladurías sin fundamento si atendemos a las cartas que Goya escribió a su buen amigo Martín Zapater, en las que la trata como a una niña carente de afectos. La duquesa dejó también parte de su fortuna a Javier Goya, hijo del aragonés.

Otro de los mitos que corren sobre su figura es que posó para los cuadros de las Majas —vestida y desnuda—, pero se ha demostrado que el cuerpo pintado perteneció a Pepita Tudó, amante de Manuel de Godoy, que era más bajita y rechoncha que la duquesa; de hecho, en 1945 se exhumó su cadáver y se observó que le faltaba un pie y tenía las piernas serradas, de lo que se dedujo que era muy alta y no cabía en el ataúd, o sea, que no puede ser que su cuerpo fuera el de las majas.

Si el carácter se trasmite con los genes como el color de los ojos o la forma del cuerpo, parece que su descendiente, la XVIII duquesa, fallecida en noviembre de 2014, era un fiel reflejo de su antepasada: le gustaba salir, codearse con todo tipo de personas, los gitanos y los toreros, bailar y gastar bromas. Yo me inclino a pensar que cuando uno tiene mucho dinero desde la cuna y ninguna preocupación económica, puede ser libre, bailaora, torera o lo que se le ponga en la peineta.

Otra cosa es que fuera feliz.

23 de julio de 1986 — Boda de los Duques de York

Desfile tras la boda de Andrew Mountbatten-Windsor y Sarah Ferguson en Westminster, Londres. © Elke Wetzig / CC-BY-SA.

Los visitantes de Florencia que quieren ver el David en la Academia y no han comprado la entrada por Internet (16€), tienen que hacer largas colas para entrar por el nada módico precio de 8€.

El aturdimiento que produce el plantón, unido a la cantidad de gente que suele haber, dirige los pasos casi en exclusiva hacia el cubículo que, a modo de altar, sostiene la impresionante escultura del joven que mató al gigante Goliat. Es una pena que los viajeros no se detengan mucho en el resto de obras que componen la colección de un lugar que resulta sorprendentemente pequeño comparado con la grandeza de la fama de su ilustre habitante. No me detendré hoy más que en una de las maravillosas pinturas que también cuelgan de las paredes de la Academia, la que recoge a una María Magdalena cuyos cabellos, con raya en medio, le llegan a los pies y cubren un cuerpo que se adivina desnudo debajo de semejante pelazo. Pelazo pelirrojo, por cierto.

María Magdalena es un personaje curioso porque las descripciones que los evangelistas hicieron de ella eran todas irreales. Los estudiosos de los textos sagrados han llegado a la conclusión de que es una suma de identidades femeninas: prostituta o adúltera, enamorada que enjuga con perfumes los pies de Jesús para secarlos después con sus cabellos, y fiel discípula; se la cree nacida en Magdala, pero se la confunde a veces con María de Betania, hermana de Lázaro, que también echó perfume en los pies de Jesús para secarlos después con sus cabellos ¡Qué manía!

Los pintores se inclinan en la mayoría de los casos por la antigua prostituta, porque hasta en las tablas más primitivas se la representa con el pelo rojizo. La iconografía de esta santa mujer la presenta casi siempre cobriza porque proviene de las creencias del mundo antiguo en el que los pelirrojos eran tenidos por hijos del diablo, mala gente y conflictivos.

Es posible que el origen de tal creencia viniera del temor a los asirios, que vivían en las tierras del norte de Mesopotamia y eran muy agresivos, y que la Biblia y los Evangelios recogieran posteriormente esa tradición. Hay que tener en cuenta que en esos territorios confluían los llamados pueblos indoeuropeos —que debían traer buen mezcluje de razas rubias y pelirrojas— y los más morenos semitas y camitas del sur.

Sea como fuere y de donde vinieren, tienen algo especial y es que se parecen físicamente. Además del color —o por ello— suelen ser muy pecosos, de cabello muy espeso, de mandíbula rotunda, y sonríen con el labio de abajo; les adorna un carácter entre fuerte y muy fuerte, y son muy decididos y constantes cuando quieren algo. Sí, es generalizar, pero si nos fijamos en las pelirrojas naturales, todas tienen gran parecido entre sí.

Hoy hace 36 años del enlace real del príncipe Andrés de Inglaterra con Sarah Ferguson, una pelirroja que, aun perteneciendo a la nobleza británica, se ha comportado, según las revistas del cuore, como una burguesa normal y corriente. Fue siempre una mujer muy espontánea, se reía y se movía más de lo que permitía el protocolo, se besó con su amor en el balcón de Buckingham Palace mientras el resto de los ocupantes estiraban el cuello, engordaba y adelgazaba según las ganas que tuviera de ponerse a dieta y un día decidió que ya no quería seguir casada, aunque siguió conviviendo con su ex.

Se paseó sin sujetador por playas de arena cálida y cuando se tiraba en la tumbona un tipo le chupaba los dedos de los pies; se metió en negocios oscuros de comisiones de los que deben participar todos los royals a la vista de lo que estamos conociendo, y anduvo patrocinando unos batidos adelgazantes y unas ONGs.

Como hicieran Hillary Clinton y Ágata Ruiz de la Prada con sus respectivos, parece tragarse la dignidad para seguir al lado del padre de sus hijas, ahora que se le acusa de pedofilia. Creo que podría ser una Magdalena actual si acaban crucificando a su amado por culpa de esos delitos horribles en los que se le implica.

Aunque ahora se tiñe, sigue teniendo melenaza para secar pies, habrá que estar atentos a ver qué hace en el Calvario del duque de York.

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