Horas críticas

La dulce vida venida a menos

«Cantos de sirena», de Charmian Clift

Retrato de Charmian Clift (1941), por Frederick Stanley Grimes. State Library of New South Wales.

«Sois un par de críos románticos, y sin duda viviréis para lamentar esto. Por otro lado, creo que, aunque las sirenas son mudas, cualquiera, una vez en su vida, debería ir hasta el mar y esperar a ver si las oye». Esto es lo que un amigo de la pareja formada por los escritores australianos Charmian Clift y George Johnston les auguró cuando decidieron dejar por un tiempo su vida acelerada y rutinaria en Londres para marcharse a una de las doce islas griegas que salpican el mar Egeo —aún no sabían cuál—. En 1954 arribaron en un precario bote al muelle de Kálimnos, hoy famoso destino turístico que por entonces no era más que una ignota y aislada población costera de la península helena. Dos años más tarde se publicaría Cantos de sirena con notable recepción, pero desde entonces estas memorias y el tesoro literario que contienen quedaron prácticamente enterradas.

El enorme talento de su autora, una Charmian Clift (Nueva Gales del Sur, 1923-1969) que tenía en aquel momento treinta y un años, quedó a la sombra de su marido —sobre todo desde el éxito de su novela My brother Jack—, pero en los últimos años se ha iniciado una operación de rescate. Retratos ficcionados de la autora han aparecido en sendas novelas de las inglesas Tamar Hodes y Polly Samson, y ahora tenemos la suerte de ver editada por primera vez en español, gracias a Gatopardo, esta obra imprescindible que de momento nos alcanza para acercarnos a la escritora y la mujer que fue, siempre varias cabezas por delante de su tiempo. Mermaid singing es un magnífico ejemplar del género de viajes y del autobiográfico, pero se lee como una gran novela, en parte por la galería de personajes que compone, empezando por el propio matrimonio que formaban Charmian y George.

Para cuando llegaron a Grecia, publicaban novelas conjuntas sin grandes ventas pero con la esperanza de hacer de su vocación un oficio estable. Acompañados por sus dos hijos pequeños, se habían mudado buscando inspiración en el fondo de aquellas aguas, y tal vez respuestas sobre quiénes eran o lo que querían, algo que se hacía difícil en el día a día de Londres, «todos aquellos años de ritmo sin descanso, de esfuerzo sin compensaciones, de taxis y teléfonos y las inexorables agujas en las esferas de mil relojes marcando el paso de nuestras vidas». Parece mentira que la inmediatez les pareciera demasiada ya entonces y que el estrés fuese una realidad hace 70 años, pero uno se reconoce en su descripción de un estilo de vida frenético y poco grato, especialmente para las profesiones relacionadas con la cultura: «Aminorar la marcha es más difícil de lo que parece», admite Clift, anticipándose a la complejidad de la slow life y el decrecimiento.

Por contraste, en Kálimnos son testigos de la escasez material de gentes que se vuelcan en aportarles lo que pueden; aunque la adaptación tendrá su miga, y sobrevivir a la hosquedad de las condiciones de vida supone un modesto milagro. Un ambiente en el que «las buenas vistas son el patrimonio de los pobres» y donde la privación y la belleza son caras de una misma moneda, un solo paisaje, como la sangre roja del matadero que baña las aguas azul turquesa en cierto punto. La muerte y la vida, la vejez y la infancia, se espejan en un constante pero pausado ir y venir de olas. El carácter primitivo de aquella sociedad no les impediría, pasado un tiempo, que decidieran prolongar su estancia y postergar así su visita a territorios más accesibles. Llegado un momento, aquella esencialidad les parecía mucho más arrebatadora que cualquier paradisiaca isla de lotos.

Sabemos, entre otras fuentes por el libro de memorias que escribió Charmian Clift tras este y que titularía justamente Peel Me a Lotus (1959), que más tarde la pareja residiría en Hidra, junto a toda una colonia de artistas reunida en torno a la mansión del artista ateniense Niko Ghika: personalidades del peso de Lawrence Durrell, Norman Mailer, Henry Miller, Allen Ginsberg… y también un jovencito Leonard Cohen —aún no era músico y solo había publicado un poemario—, que pronto fue acogido en casa de los Johnston para intentar, como ellos, vivir de las palabras. El autor canadiense siempre dijo que fueron ellos quienes les dieron las claves para madurar su arte: «Bebían y escribían más que nadie, enfermaban y se curaban más que nadie, maldecían y bendecían más que nadie, y eran de lejos los más solidarios». Charmian y George pasaron, finalmente, una década entera en Grecia, y en ese tiempo produjeron nada menos que catorce libros, si sumamos los de ambos. Pero aquel dúo eficiente en lo profesional estaba lejos del idilio en lo tocante a convivir.

Bajo la fascinación y la sorna del tono con que escribe Clift en Cantos de sirena, el lector puede detectar su descontento con el papel que se le reserva como servicial esposa y madre, incluso en el encendido parlamento de su criada Sevasti: «¿Qué sabe ningún hombre sobre el matrimonio? Vosotros solo disfrutáis de la diversión de ponernos los bebés en el vientre. No tenéis que parirlos, ni alimentarlos, ¡ni llorar por ellos o cruzarles las manitas cuando mueren por no haber tenido doscientos dracmas para un médico! ¿Qué sabes tú sobre lo que desea una mujer?». Entre los inconvenientes de la cultura griega, la escritora australiana atestigua la incidencia de un patriarcado que no le es tan ajeno, pues compara a los hombres de Kálimnos con «los antiguos alumnos de Eton». Aunque el machismo atávico está sancionado en estos lares por «el sombrío y duro Dios de Bizancio», que preserva la supremacía masculina.

Es solo en apariencia, advierte la autora, pues el control de lo doméstico y el linaje vinculado a la propiedad es femenino. Además, tras su dedicación —eso sí— absoluta a la crianza y su prematuro envejecimiento, es en su época anciana cuando la mujer griega obtiene todo su poderío ancestral y mitológico, emparentado con el de las gorgonas: «Con su gran falda negra y su cofia prieta, es ahora un ser misterioso y terrible, en especial cuando su cuerpo se encorva por el peso repetitivo de tantos años de concebir, gestar y dar de mamar, y camina con un bastón curvo, como una bruja de Hoffmann». En realidad, cuenta Clift apoyándose en el erudito Robert Graves, fueron los patriarcas helenos quienes asaltaron los santuarios de la diosa Medusa y despojaron a sus sacerdotisas de las máscaras de gorgonas en el segundo milenio antes de Cristo. Es decir: hubo en tiempo en que ellas dominaban el culto.

El carácter independiente y feminista de Charmian Clift, traslucido en estas páginas, le pasaría de algún modo factura en una era habituada a otro reparto de roles. Los celos de su marido, que empezó a airear sus sospechas en sus novelas de autoficción (aunque él mismo había tenido una aventura extramarital años antes), junto con el consumo masivo de alcohol de ambos, fue deteriorando la relación de forma paulatina, y se hizo más evidente una vez que volvieron a Australia en 1964. En aquellos años tras su regreso, Clift se convirtió en una columnista muy leída, apreciada y popular, por la lucidez y mordacidad de sus colaboraciones en prensa, hasta que un 8 de julio se suicidó con una sobredosis de barbitúricos. Tenía 45 años. Un año después murió su marido, de tuberculosis. Y veinte años más tarde, a sus 42, su hijo Martin, uno de los protagonistas de Cantos de sirena junto con su hermana Shane, no resistió los estragos del alcoholismo en su cuerpo. También había heredado la profesión de escritor.

Charmian Clift junto a su hijo Martin y el pintor Sidney Nolan, en casa de Niko Ghika, 1956. George Johnston & Charmian Clift Archive, cortesía de Harry Fatouros.

Ese sentido de la tragedia —griega— lo pudieron adquirir los Johnston durante su estancia en Kálimnos, cuando conocieron la vida en el alambre de unos 1.500 jóvenes pescadores de esponjas que lo arriesgaban todo por lograr el sustento de los 14.000 habitantes de la isla, a los que Clift define como «parásitos de esos pocos desdichados», llevada por la sensación de injusticia e impotencia. No solo se exponían a que el agua se los llevara para siempre, en muchos casos quedaban lisiados para los restos, debido al llamado mal de presión. Para sobrellevar el miedo y los traumas derivados de tal práctica, cuenta la autora, aquellos buzos que se pasaban más de la mitad del año en alta mar y dejaban a sus familias a expensas de sus plegarias, cuando estaban en tierra (poco firme) se entregaban a beber «como si la embriaguez fuera la única cordura».

Como se imagina el lector por lo que llevamos comentado, el alcohol es un elemento indispensable en este libro, y en especial la retsina, «el vino más antiguo de la tierra, y probablemente el más barato». Ahí emerge el agudo retrato de la taberna como «rincón de las chanzas y los apetitos homéricos, de risotadas estentóreas y dolorosas y de eructos que parecen volcanes en erupción», y de los personajes autóctonos que la pueblan, que Clift compara a los de Homero en una parodia que curiosamente también los mitifica. En ese punto la crónica adquiere el tono bohemio y borrachuzo de un Lawrence Osborne (extraordinario autor también editado por Gatopardo en nuestro país), herencia lejana pero cierta de los locos años 20 de otra pareja legendaria, Fitzgerald y Zelda: «En mis recuerdos todo es elemental, furibundo», escribe Clift, «todo está más allá del límite de la normalidad y el control». Aunque Cantos de sirena no es testimonio de la vida padre, sino por lo general un relato de autoconocimiento y meditación: «Desciendo despacio hacia el mar refulgente, perseguida por una difusa y hueca sensación de pérdida y soledad». Hay algo de nostalgia presente en estas memorias, como si al momento de escribirse ya se echaran de menos esos tiempos; quizá lo que aflora es la conciencia de que ya nada será comparable.

Con genuino asombro narra la autora australiana la primera navidad que pasan lejos del consumismo feroz. No extrañan nada de eso, como tampoco una vida urbana ajena a lo que creen mejor para sus hijos: «Ni toda la educación progresista del mundo, ni todos los juguetes de parvulario y kits de manualidades astutamente diseñados pueden compensar la pérdida del derecho elemental de un niño a hacer sus propios descubrimientos». Llamará la atención al lector de hoy la modernidad de los valores socialmente conscientes que defiende Clift; no como pose ideológica, sino como forma de reencontrarse con el sentido común, ya sea aplicado a la alimentación («Las frutas y las hortalizas son de temporada, como sin duda Dios pretendió que fueran») o a la vida comunitaria, en las calles: «Puede ser necesario sacrificar la privacidad para entender mejor el arte de vivir en comunidad, tal como los griegos lo han comprendido mejor, y en muchos sentidos, que cualquier otra civilización sobre la faz de la tierra».

La Historia de aquel país se hace presente en las descripciones del paisaje, así como la antropología o la etnografía aplicadas, cuyos saberes desliza Clift en su retrato costumbrista pero nada banal, y muy autoconsciente, pues en puridad las aves exóticas son ellos. Destaca su plasmación de las excéntricas tradiciones de la Iglesia ortodoxa griega, que van de los terribles periodos de ayuno pascual (sobre todo para las mujeres) a los cantos bizantinos, tan raros al oído occidental, y cuyos últimos cambios databan de tres siglos atrás, pasando por los bailes desenfrenados del Carnaval: «Todo es absolutamente sincero y profundamente conmovedor», resume, sin atisbo de superioridad o condescendencia; más bien parece envidiar esa autenticidad. Y es que Cantos de sirena, como la mejor literatura de viajes, es mucho más que una mirada deslumbrada. Este libro habla de su propia autora, de cómo el ambiente y sus habitantes y las costumbres la transforman, sacuden su perspectiva. Una vez llegada a Kálimnos, ya es otra, y su escritura respira distinto.

Charmian Clift en una visita a Atenas, 1957. George Johnston & Charmian Clift Archive, cortesía de Harry Fatouros.

De ella puede uno admirar la brillantez irónica de su estilo, con una arraigada oralidad y toda la fuerza de una prosa depurada. Sus evocadoras descripciones, de inspiradísimas imágenes («un águila solitaria pende con sus rígidas alas como un arañazo en el cielo») revelan una inteligencia y una sensibilidad excepcionales, capaces de conectar imágenes presentes y legendarias, ambas exclusivas del reino de lo popular, en frases de gran vividez y sensualidad. Su escritura impresionista se vale de una paleta rica en matices y hallazgos; vean, si no lo creen, este pasaje: «Las mujeres de negro parecen signos de exclamación contra el azul, y cada movimiento suyo resulta enfático, definitivo, intuitivamente correcto, algo completo y bello. Cualquier retazo de color es como un canto: el jersey rojo de un niño, un gato naranja, una bandeja de dulces de venenosos tonos púrpura, una flor caída en unos escalones torcidos». A continuación, Clift expresa en voz alta su deseo de saber pintar, sintiendo «la necesidad de ser Ben Nicholson y Picasso y Ben Shahn, todos en uno».

A diferencia del final de la pareja, que ya les he destripado, el de Cantos de sirena es un desenlace mucho más esperanzador, y así hallamos a los Johnston hondamente enamorados de sus vecinos griegos (algo es algo): «Lo que confiere a sus caras una nobleza poco común en nuestra época es la falta absoluta de resentimiento e irritación, o de esas huellas que revelan la frustración de pequeños egos». Esa frustración que es, acaso, la de la era moderna, y que Charmian Clift describe aquí como «una época de pesadilla, de tensión y control férreo»; su propio mal de presión. Quizá la melancolía que desprende su relato proviene de asistir a las ruinas de esa otra civilización y solo poder actuar como notaria, para que al menos reste la memoria de aquellos días. «Con todo, me cuesta un poco entender que ahora no se espere nada de mí», dice en los últimos compases de forma un poco amarga, dejando entrever otro asunto tan vigente como el de las supermadres que se ven obligadas a ejercer 24 horas, respondiendo a las expectativas y manteniendo la apariencia de que todo va bien. Todo no iba bien en Kálimnos, pero a veces las cosas podían ir sorprendentemente bien para Charm (en inglés, «encanto», el apócope por el que la conocían sus amigos). Como cuando se zambullía en aquellas increíbles aguas y se olvidaba del mundo.

 


Cantos de sirena
Charmian Clift
Traducción de Patricia Antón
Gatopardo Ediciones
(Barcelona, 2022)
296 páginas
21,95 €

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