Horas críticas Analógica

Soberbias criaturas

Esta reseña ha sido publicada en papel en el número 216, «Transiciones», de la Revista Mercurio.

«Esta es tu gente, pensó, sin referirse al color de su piel: habitantes de las megalópolis, una nueva raza». En Los perdonados (editada en 2020 por Gatopardo), Lawrence Osborne se refería ya a ese turista occidental —y en cierto modo accidental, como el de Anne Tyler— instalado en un sólido sistema de clases norte-sur, por mucho que Ryanair haya querido democratizar las rutas. El cosmopolita escritor inglés, cuya bibliografía incluye numerosas crónicas de viajes, reivindica un cierto talento para esta práctica y suele cebarse con los «bufones» opulentos, que manchan el mundo con sus modos vulgares y cínicos. En su última novela publicada en España, esta Perversas criaturas, reincide en esa representación, situando esta vez a esos nuevos ricos en la pequeña isla griega de Hidra y durante «la pantomima colectiva de las vacaciones». Su presencia contrasta con la vieja Europa y con un país, cuna de nuestra civilización y de figuras como Solón o Pericles, en proceso de descomposición por la crisis: «Aquel mundo ya no importaba: era casi una ruina».

Como en la obra de Scott Fitzgerald, los personajes de la alta sociedad que refleja Osborne languidecen mientras se arrastran, desganados, hacia un hedonismo social de fiestas vacuas. Así es Naomi, una de las dos protagonistas de esta historia, joven británica que mezcla su hastío con cierta indiferencia cruel y recreativa: «Habría sido fácil confundirlo con aburrimiento, pero era más electrizante. Como una niña que busca un ciempiés para matarlo». Aquel verano conoce a Samantha/Sam, norteamericana e incluso más pipiola, que no obstante le agrada como compañera de observación de la especie humana y sus infortunios. Son hijas de papá que se sienten superiores a todo lo demás sin tener nada claro a qué aspiran ellas mismas. En medio de ese hechizo entre ambas aparece Faoud, un joven náufrago sirio (aunque procedente de Turquía) con «ojos de tierra», y se convierte en el propósito que Naomi pretende darle a su fútil existencia: «Sus infortunios le daban carisma y, por tanto, atractivo».

Con el secreto descubrimiento de este maltrecho migrante, las chicas toman conciencia de que el innegable encanto que poseen está en el fondo condicionado a una vida acomodada y superficial, por eso envidian la situación del recién arrojado por las olas. La novela —publicada originalmente en 2017— circunda la crisis de refugiados en el Mediterráneo que empezó a agravarse hace más de un lustro y, aunque Osborne no es un autor político en un sentido explícito sino muy sutil, el tema emerge en conversaciones familiares: «Parece que les gusta lo que tenemos. Pero ¿qué es lo que tenemos que les gusta tanto?», dice el padre de Naomi mientras cenan. En casa de Sam, de mentalidad más progresista aunque desde el paternalismo más desfachatado, se compara a quienes se echan al mar con Odiseo, más que nada por la referencia culta. Curiosamente, Faoud tiene orígenes burgueses, por lo que no hay un obvio choque de clases, pero como en otras obras del escritor londinense, el dinero acaba igualando a todos los personajes y deviene un elemento crucial en la trama.

«Esta novela es un thriller que va ganando un ritmo apabullante y desencadena un retrato moral del turismo opulento, en contraste con la crisis de refugiados en el Mediterráneo»

Tras el primer tercio, el relato se dispara hacia un thriller de plan perfecto que va ganando un ritmo apabullante, más aún cuando aparece la figura de Rockhold, exmilitar setentón al que puede verse como un anti-Poirot. Novelista como de otra época, a menudo se compara a Osborne con Paul Bowles, Georges Simenon y sobre todo Graham Greene, por su mezcla de expatriados, intrigas y fatalidades. En Perversas criaturas hay mucho de Patricia Highsmith (sobre todo la saga de Tom Ripley) y de Daphne Du Maurier, a la que el inglés ha señalado como su primordial motivación para escribir, y que tan a menudo sirvió de base a Alfred Hitchcock. No sorprende que las cinco primeras novelas de Osborne —incluida esta— vayan a ser adaptadas al cine, pues su estilo narrativo es directo y vívido, con una creación de atmósferas decisiva en el ánimo de los personajes y el tono de la historia. Hablando de Hitch y de Du Maurier, el tramo final trae a la mente Vértigo, en especial con ese emocionante juego del gato y el ratón por Italia, casi ausente de diálogos. Como en aquella gloriosa película, resuelto el misterio, parece empezar otro libro.

Es en esas 30 últimas páginas donde se desencadena el verdadero retrato moral, casi existencialista, de sus personajes. Naomi, presa de la mala conciencia, trata de redimir su indolencia aferrándose a esta causa caritativa: «Quería que él supiera cuánto le avergonzaba ser rica». Faoud se ve impelido a aplicar su hasta ahora inexistente fe religiosa, para dar algún sentido a lo que el destino (o dios) le presenta, tan absurdo como trágico. La escritura elegante de Osborne se muestra igual de precisa a la hora de reflejar estos dilemas psicológicos que al describir la costa Sarónica o los prohibitivos caldos de una cena, como experto bonvivant viajado y borrachuzo que es. La frase que da título a la novela en el original inglés —Beautiful Animals— resume bien la tesis de que los humanos somos seres débiles y codiciosos que nos creemos más merecedores de logros y atención que el resto: «Somos unos animales soberbios; soberbios como panteras», piensa Sam, momentos antes de descubrir aquel rastro de sangre seca.

 


Perversas criaturas
Lawrence Osborne
Traducción de Magdalena Palmer
GATOPARDO EDICIONES
(Barcelona, 2021)
264 páginas
20,95 €

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