Analógica Horas críticas

El perro del dolor

Esta reseña ha sido publicada en papel en el número 215, «La Gran Familia», de la Revista Mercurio.

La célebre cita de Nietzsche siempre nos ha aparecido extraña pero sugerente: «He dado a mi dolor un nombre, y lo llamo perro». El perro fiel, guardián de la angustia, acompaña al doliente. Pero, más que una mascota, viene a ser el hombre mismo, aquel que gime en el vacío habitáculo de la vida o aquel otro que aúlla en su propio abismo interior. «Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti», escribió Nietzsche también.

De ahí, por tanto, el título que ha escogido Mauricio Montiel Figueiras (Guadalajara, México, 1968) para escribir el presente libro. El texto final obedece a una especie de diario noticioso y ensayo cultural acerca de la depresión. El autor nos hace de cicerone por entre sus abismos. Pero, a la par, nos acompaña por la narrativa cultural de la depresión a través de algunas representaciones por medio de la pintura, el cine, la filosofía y la literatura. Cautivo por la enfermedad, durante más de trece años su día a día estuvo marcado por la toma de ansiolíticos. Montiel Figueiras es solo un desvalido átomo en mitad del vasto y oscuro sanatorio del planeta. En 2015 la OMS informó que unos 300 millones de personas sufrían depresión en el mundo (cada dos minutos se producía un suicidio).

La depresión es una alteración química del cerebro. A menudo los profanos la confunden con la tristeza o con algún estadio acuoso de la melancolía. Pero tristeza y melancolía son alteraciones del ánimo, no un desajuste de la química cerebral. El polo opuesto a la depresión no es la felicidad, sino la vitalidad. El sujeto depresivo pierde toda vitalidad, se convierte en un fardo, todo ahuecado, todo nulo. Los hombres encorvados de las ciudades de los que hablaba Baudelaire arrastraban consigo la pesada carga del mito: la piedra de Sísifo. Para Montiel Figueiras el cuadro de Tiziano que muestra a Sísifo portando la enorme piedra redonda refleja el peso de la nada, el porte del vacío absoluto que soporta la persona depresiva.

Una y otra vez recalca nuestro autor que el insomnio es la tortura más infernal que conlleva la depresión. El insomne adquiere doble cualidad de espectro y al alba la luz heridora le señala que la oscuridad no entiende de gradación ni de matices. Los contornos del día no se diferencian de las oscuras circunvoluciones de la noche. Sylvia Plath notaba la depresión cuando su mente se sumergía en «agua tibia y contaminada». Alejandra Pizarnik se sentía como inquilina en la casa del vacío. «Tú que cantas todas mis muertes. / Tú que cantas lo que no confías / al sueño del tiempo, / descríbeme la casa del vacío, / háblame de esas palabras vestidas de féretros / que habitan mi inocencia. / Con todas mis muertes / yo me entrego a mi muerte». El trío de suicidas ejemplares lo completa la poeta norteamericana Anne Sexton. Para ella su mente había quedado cautiva “en la casa equivocada” y optó por buscar aire en el monóxido de carbono.

Entre el diario noticioso y la aproximación cultural a este trastorno químico del cerebro, Montiel Figueiras nos adentra en la “casa del vacío” de quienes, como él, padecen depresión

Por su parte, Emily Dickinson no fue ni suicida ni una mujer estrictamente afectada por la depresión o por algún desajuste mental. Pero Claire Malroux la describe como «la voz de una emparedada en vida». Su casa y su habitación fueron su única existencia. La única fotografía que nos ha llegado de ella nos la muestra con atuendo negro, como si fuera la hija de un severo pastor reformado. Pero ella, en realidad, siempre vistió con ropajes blancos y gustaba decorar las estancias interiores con lirios blancos. Este color transmitía el tono de la ausencia y de la nada. No fue —repetimos— una mujer con trastorno depresivo. Pero la extrañeza de su comportamiento nos hace pensar en la reclusión estética de las personas afectadas de depresión.

Las perturbaciones mentales de tono depresivo podrían asemejarse a las tempestades que plasmara el ciclotímico Turner en sus lienzos. En el cine, Montiel Figueiras señala algunas películas que tratan directa o indirectamente la enfermedad. El espacio mental del depresivo, preso del insomnio, se refleja en las habitaciones de luces tamizadas que aparecen en ciertas películas de David Lynch. En Sexo, mentiras y cintas de vídeo o en la más reciente Perturbada, Steven Soderbergh tocó también como tema el vaciamiento interior. Pero si a juicio del autor hay que escoger una cinta representativa, Gritos y susurros de Ingmar Bergman es la que mejor refleja la enfermedad, el duelo y la depresión, a la que representa en tonos rojos (el color de la consanguineidad). Bergman, depresivo también, dijo que «se nace sin objeto, se vive sin sentido… Y al morir no queda nada». Algo parecido sugería Hamlet al expirar: «Lo demás es silencio».

Como se decía al inicio, el autor aporta muchas otras representaciones gráficas sobre el estado depresivo y nos habla de autores y artistas que optaron por desaparecer en el «agua tibia y depresiva» de la que habló la Pizarnik o bien sufrieron el aullido interior del perro de Nietzsche (Goya, Van Gogh, Woolf, Storni, Kafka, Ruelas, Kawabata, Dylan Thomas, Mishima). El pintor noruego Peder Balke reflejó el contraluz de los climas mentales en sus paisajes de soledades árticas, donde se aprecia la pequeñez del hombre en mitad de la naturaleza. Pero uno prefiere asociar el espacio mental de la depresión a las inquietantes habitaciones de las películas del citado Lynch. En sus haces de luz se aprecian las motas de química enferma de los cerebros anulados.

 


Un perro rabioso. Noticias desde la depresión
Mauricio Montiel Figueiras
TURNER
(Madrid, 2021)
160 páginas
17,90 €

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