Entrevistas

Juan José Gómez Cadenas: «La imagen de Sapiens como virus es atractiva, aunque tendemos a darnos mucha importancia»

Considerado uno de los científicos más importantes de nuestro país, acaba de recibir 9,3 millones de euros de fondos europeos a través del programa Synergy para descubrir si el neutrino es su propia antipartícula y responder así a preguntas fundamentales sobre el origen del universo

Juan José Gómez Cadenas nació en Cartagena en 1960, estudió Ciencias Físicas en la Universidad de Valencia y más tardé completó su formación académica realizando estudios de posgrado en el acelerador linear de la universidad de Stanford, en California, merced a una beca Fulbright. Ha trabajado durante ochos años en el CERN y en las universidades de Harvard y Massachussets. Actualmente es profesor Ikerbasque en el Donostia International Physics Center (DIPC) y dirige el experimento NEXT en el Laboratorio Subterráneo de Canfranc (LSC).

Reportaje gráfico: Ángel L. Fernández

Como escritor ha publicado un libro de relatos: La agonía de las libélulas, cuyas historias conectan con vivencias y sentimientos relacionados con el coraje y la esperanza. También ha publicado cuatro novelas: Materia extraña, Spartana, Los saltimbanquis y Ciudad sin sueño. En el ámbito de la divulgación publica artículos y entrevistas en Jot Down y ha escrito dos libros de ensayo: El ecologista nuclear y Virus: la guerra de los mil millones de años.

Cadenas es uno de los científicos más importantes de nuestro país y mientras promociona su nuevo libro, acaba de recibir 9,3 millones de euros de fondos europeos a través del programa Synergy para descubrir si el neutrino es su propia antipartícula y responder así a preguntas fundamentales sobre el origen del universo.

Pregunta.- Acaba de publicar con Espasa, Virus: la guerra de los mil millones de años y justo hoy se anuncia que al proyecto científico que coordinas le conceden fondos por valor de casi 10 millones de euros. En este momento de tu vida que te consideras ¿investigador o escritor?
Respuesta.- En el año 2011, presenté un proyecto de investigación al «Plan nacional de física de altas energías» para ayudar a financiar el experimento NEXT, que ha sido mi gran aventura científica de los últimos 12 años. Por la época pocos creían que NEXT tuviera posibilidades de éxito y, entre los escépticos, había más de uno que desconfiaba de un tipo como yo que pretendía alternar la investigación con la literatura. Pues bien, la financiación fue denegada, entre otras cosas debido a los informes de los revisores, uno de los cuales escribió: «el investigador debería dedicarse a administrar los proyectos de los que es responsable en lugar de escribir novelas y otros libros».

«Más de uno desconfiaba de un tipo que pretendía alternar la investigación con la literatura. Alegué lo que alego todavía; que se puede ser investigador y escritor»

No tiene desperdicio. En primer lugar el revisor no me reprochaba que escribiera en lugar de investigar, sino que escribiera «novelas y otros libros» en lugar de «administrar». En mi respuesta a la agencia, alegué lo que alego todavía; que se puede ser investigador y escritor -e incluso administrador- a la vez. Son ámbitos diferentes y para moverte entre ellos solo hace falta que estés dispuesto a dedicarle el tiempo y la energía suficiente. Tres años después, en 2014, el Consejo europeo de investigación –ERC- me concedió un «Advanced Grant» -una beca de alto nivel, dotada con tres millones de Euros- casi a la vez que publicaba mi segunda novela, Spartana. Afortunadamente, los revisores europeos no consideraron que escribir “novelas y otros libros” fuera un pecado.

P.- ¿Por qué los humanos somos presa fácil de las pandemias?
R.- Porque somos muy gregarios para empezar. Somos todavía tribus de monos locos con cerebros desproporcionados que necesitan despiojarse mutuamente para sentirse felices. Hemos sustituido el despioje literal por la tertulia, las comidas y cenas, las manicuras y los partidos de fútbol, pero sigue encantándonos amontonarnos los unos encima de los otros, en privado y en público. En esas condiciones, los virus se propagan con una facilidad pasmosa. Hay otro segundo aspecto. Nos cuesta temer lo que no vemos. Estamos programados para poner pies en polvorosa si nos ataca un león -o un perro rabioso- pero nos cuesta mucho asustarnos frente a un virus invisible si no nos lo están recordando continuamente. De ahí que bajemos la guardia constantemente propiciando situaciones de contagio.

P.- Con la aparición de la COVID escribió una serie de artículos en Jot Down en los que anticipaba la gravedad de lo que ocurría. ¿Fue la crónica de una pandemia anunciada? ¿Qué nos espera aún?
R.- Si, fue exactamente eso. Recordé muchas veces la gran novela de García Márquez, en la que sabes desde el principio que al protagonista lo matan pero mantienes insensatamente la esperanza de que no sea así. Carlos Pena, con quien escribí todos esos artículos, y yo mismo sabíamos que estábamos acertando y también que no nos haría nadie ningún caso, pero aún así insistíamos, con la esperanza –insensata- de cambiar lo inevitable.

«Somos presa fácil de las pandemias porque somos gregarios, todavía tribus de monos locos con cerebros desproporcionados que necesitan despiojarse mutuamente para sentirse felices»

¿Qué nos espera? Pues entre seis meses y un año más de pandemia, con una gestión fragmentada y por tanto ineficiente. Las consecuencias son obvias. 5.000 muertos al mes -con suerte-, que sumarán otros 60.000 dentro de un año. Una economía, muy dependiente de servicios, que va a sufrir muchísimo. Aumento de la desigualdad. Más autoritarismo. Más polarización en una sociedad cada vez más desesperada y desengañada. No hace falta ser un gran profeta para saber que se avecinan malos tiempos.

P.- ¿Es el Homo sapiens el patógeno que causa fiebre al planeta en forma de calentamiento global? ¿Vamos a otra muerte anunciada?
R.- La imagen de «Sapiens» como virus es atractiva, desde luego, aunque creo que tendemos a darnos mucha importancia. En la escala del planeta, no creo que pintemos gran cosa. Cierto, hemos provocado grandes extinciones, pero ya hubo extinciones masivas, casi inconcebibles en el pasado y no una sola vez, sino varias. Hay un personaje de Borges que escribe: «murieron otros, pero eso aconteció en el pasado, que es –nadie lo ignora—la estación más propicia para la muerte». También estamos contribuyendo activamente al cambio climático, pero en la tierra se han dado muchos ciclos de cambio climático. Nuestro planeta ha visto glaciaciones e inviernos nucleares que han durado millones de años, ha visto aparecer y desaparece especies formidables como los dinosaurios… los monos locos llevamos un par de cientos de miles de años deambulando por aquí, y nos hemos convertido en virales sólo en los últimos miles -si me apuras los últimos cientos de años-. No estoy nada seguro de que, si Gaia fuera una persona, los síntomas que provocamos pasaran de un resfriado.

La imagen de «Sapiens» como virus es atractiva, aunque creo que tendemos a darnos mucha importancia. En la escala del planeta, no creo que pintemos gran cosa.

En cuanto a la muerte anunciada de la especie, también creo que nos tomamos a nosotros mismos demasiado en serio. Tenemos la capacidad de destruir nuestra civilización -no es la primera vez que lo hacemos-, pero no tanto la de exterminarnos a nosotros mismos. De eso ya se ocupará algún uber-virus, un meteorito o simplemente el paso de los eones.

P.- ¿La crisis del COVID puede ser una oportunidad a nivel científico e industrial para cambiar el modelo económico?
R.- En teoría, sí. En el caso de la ciencia, es obvio para todo el mundo -si descuentas los que negacionistas y conspiroparanoides que cada día son más- que es la única solución viable al bicho, imagínate lo que ocurriría si no llegara la vacuna -te lo digo yo: cincuenta millones de muertos-. Uno podría pensar: «Caray, a partir de ahora van a invertir en ciencia mucho más». Pero lo dudo. Creo que un escenario más factible es el siguiente: durante unos años se invertirá más en bio-ciencias y ciencias de la salud, a cuenta del susto de la pandemia, pero recortando en otros aspectos de la ciencia básica -como la física de partículas por ejemplo-, que se percibirán como inútiles. Fíjate que en los años setenta ocurría lo contrario, se invertía en física de partículas y física nuclear, con la promesa de la energía infinita y se recortaba en epidemiología porque en los países ricos ya teníamos antibióticos y vacunas para las principales enfermedades víricas. Entonces y ahora, se sigue un criterio utilitarista para financiar a la ciencia, se financia lo que se percibe que «sirve para algo» y no la «ciencia inútil». Curiosamente, la definición de lo que sirve y lo inútil cambia con el tiempo, pero es que la idea es incorrecta. Hay que financiar a la ciencia para entender mejor la naturaleza y con ella a nosotros mismos. La tecnología evoluciona como consecuencia de ese entendimiento. Primero aprendemos lo que es la electricidad, después inventamos la bombilla.

 

En el caso de la pandemia, se le exige a la ciencia soluciones a toda prisa. Eso es justo lo que la ciencia hace mal. No me cabe duda que tendremos vacuna -de hecho varias de ellas- y pronto. Pero dudo que una vez que pase el susto se siga investigando con gran inversión para anticiparnos al siguiente problema. La mejor ciencia es la que descubre preguntas que no sabíamos tener, la que encuentra conceptos nuevos -la mecánica cuántica, la relatividad, la teoría de la evolución- que cambian nuestra forma de pensar y ver el mundo, la que da con respuestas a preguntas que no sabíamos que teníamos. Y no creo que esa ciencia de lo «sublimemente inútil» se beneficie de la pandemia, más bien al contrario.

«Tendremos vacuna y pronto. Pero dudo que una vez que pase el susto se siga investigando con gran inversión para anticiparnos al siguiente problema»

En cuanto al resto, me remito al gran Leonard Cohen y su canción Everybody knows que inspiró el cuento La agonía de las libélulas, con el que gané mi primer y único premio literario. «Todo el mundo sabe que los dados están trucados. Los ricos se harán más ricos, los pobres más pobres. Así es como va la cosa y todo el mundo lo sabe». Creo que describe a la perfección lo que va a pasar.

P.- En 2009 publicaba El ecologista nuclear dónde ya anticipaba que el problema más importante al que se enfrenta la humanidad este siglo es el del cambio climático. Casi 12 años después ¿crees que la solución sigue estando en una combinación de energías verdes y energía nuclear?
R.- Soy mucho más pesimista que entonces y desgraciadamente es porque creo que entiendo mejor el problema. Lo cierto es que es dificilísimo lograr una transformación energética real. Vivimos en un planeta de 7.000 millones de personas. Los países ricos -Europa, Japón, Estados Unidos etc.- son adictos a la energía barata que proporcionan los fósiles y por mucho que clamemos lo contrario nadie quiere renunciar a esa adicción que permite nuestro estilo de vida: coche, calefacción, viajes, electrodomésticos, ordenadores, hospitales, industrias… Incluso si los países ricos cortan un poco todo el despilfarro actual, tenemos a China y la India, junto con el resto de potencias emergentes en Asia, sumando muchos miles de millones más de personas que quieren acceso a ese nivel de vida, y aún hay que añadir todo el Tercer Mundo, en particular el continente africano. Mi impresión es que en las próximas décadas vamos a consumir más y no menos fósiles, a pesar de que sin duda habrá ciertas transformaciones. Pero no veo cómo se puede conseguir una transformación energética eficaz a gran escala a corto plazo. A no ser que se combine un extraordinario avance tecnológico, con una extraordinaria conciencia social a escala planetaria y se lance un esfuerzo colectivo sin precedente en la historia. Lo cual, a día de hoy, me parece pura ficción. La dicotomía «Nuclear o verde» es totalmente engañosa. No es que la respuesta esté en una u otra, a día de hoy, ninguna de las dos -ni su combinación- es la respuesta, porque carecemos de la tecnología a gran escala y la estructura social para aplicar la transformación energética global que se necesita.

P.- Un año antes publicaba Materia extraña, un apasionante thriller científico que se desarrollaba en el CERN. En la novela, la directora de este gran consorcio científico era una mujer, Helena Le Guin, un personaje inspirado en la entonces compañera suya Fabiola Gianotti que ahora es… la directora del CERN ¿También esto lo tenía claro?
R.- Estaba dentro de lo posible, aunque en 2008 todavía parecía bastante ficción. La verdad es que me siento orgulloso de aquella «predicción». Helena se parece bastante a Fabiola, a quien admiro intensamente.

P.- En Materia extraña especula con un «Radar de neutrinos» para espiar la actividad en las centrales nucleares. ¿Cuándo y cómo empieza tu interés por esas pequeñas partículas?
R.- Los neutrinos tienden a atraer al club de físicos de la triple R: raros, respondones y rebeldes. Históricamente es un campo de la ciencia plagado de figuras románticas y a menudo trágicas como Ettore Majorana que predijo que el neutrino podría ser su propia antipartícula, y de experimentos heroicos que se realizan bajo montañas, o en el fondo de una mina, o bajo el mar mediterráneo o en la Antártida. Yo empecé haciendo física de partículas «convencional» -esto es, usando grandes aceleradores- y la primera parte de mi carrera la pasé en el CERN y SLAC, que eran laboratorios de grandes aceleradores. A mediados de los noventa, me contagié del virus de los neutrinos. La primera infección no fue muy grave, decidí participar en el experimento NOMAD del CERN, que eran un híbrido, en el sentido de que estudiaba neutrinos, pero producía estas partículas con grandes aceleradores. De ahí pasé a K2K y T2K, experimentos que todavía usaban aceleradores -aunque estos estaba en Japón-.

La enfermedad empeoró cuando caí bajo el hechizo de Majorana y decidí que quería ser parte del grupo de iluminados que demostrarían que, en efecto, el neutrino es su propia antipartícula. Este tipo de experimentos ya no requieren aceleradores, sino construir detectores increíblemente precisos y meterse con ellos debajo de una montaña para intentar descubrir un proceso tan raro como encontrar un grano de arena azul en la playa de la Concha en San Sebastián. Hacia 2008, empecé a soñar con montar mi propio experimento para confirmar que Majorana tenía razón. En 2011 construimos los primeros prototipos, con la ayuda de mi amigo James White, a quién nunca olvidaré. Mientras el revisor español me pelaba por escribir novelas, James nos enseñó a Francesc Monrabal -que por la época era mi estudiante de doctorado- y a mí la tecnología que seguimos explotando hoy en día y también nos enseñó lo que era un físico genial y una persona decente. En 2014, después de muchas vicisitudes pusimos en marcha la primera versión del experimento NEXT, que se llama NEXT-White en honor de James -quién murió de un cáncer cerebral la semana antes de que me concedieran el Adavanced Grant-. Y este año arranca NEXT-100, con cien kilos de xenón enriquecido, que tuve que conseguir en Rusia.

P.- ¿En Rusia?
R.- El xenón que usa NEXT es una variante de este elemento que tiene que generarse en centrifugadoras atómicas, del mismo tipo que se usan para enriquecer el uranio, tanto para centrales nucleares como para bombas atómicas. En Europa es muy difícil, por no decir imposible, encontrar compañías que acepten este encargo, pero en Rusia hay muchas plantas de centrifugado que se usaban en la época de la guerra fría para fabricar bombas y ahora están «en paro». Existe también la experiencia técnica para manejarlas, pero tratar directamente con los rusos es complicado y en general se recurre a intermediarios. Yo me di cuenta que los intermediarios me cobrarían el doble o el triple del valor real del xenón, así que decidí tratar con los rusos directamente. Eso era posible gracias a que tenía varios colegas en DUBNA, uno de los grandes laboratorios de física de partículas ruso, que querían ayudar. Gracias a ellos entré en contacto con una compañía, cuyo CEO era un excoronel del ejército rojo que parecía un armario ambulante con una bola de cañón empotrada a modo de cabeza. La operación se las traía, porque el coronel quería el pago por adelantado -de hecho necesitaba el dinero para contratar a los operarios- y por otra parte había que manejar una tonelada de xenón para extraer 100 kilos de xenón enriquecido, lo que obligaba a trabajar con un proveedor ucraniano, que participaba en la operación a cambio de una comisión. La operación para adquirir el Xenón requirió muchos viajes, muchas reuniones -que siempre acababan con mucho brindis con vodka- y muchas conversaciones de locos, porque a menudo parecía que estábamos «lost in translation».

P.- Ahora, esas pequeñas partículas que hasta hace poco no importaban mucho pueden generar «Un destello azul para desvelar la clave del origen del Universo».
R.- En realidad, lo que genera el destello azul es la captura de un átomo de Bario por un nuevo tipo de moléculas fluorescentes, diseñadas por mi «improbable pareja», el profesor Fernando Cossío, de la Universidad del País Vasco. En cuanto al origen del universo, si se la tuviera que contar al revisor aquel que me acusó de escribir novelas, le daría un toque literario. Podríamos empezar así: «Hubo una guerra. Una guerra absoluta, entre ejércitos de igual fuerza, una guerra cósmica entre ángeles y demonios cuyo único resultado debería haber sido la aniquilación de ambas armadas. Pero en esa contienda había un pequeño grupo de agentes dobles que vestían, según su conveniencia, los uniformes de uno u otro bando. Nadie ignora que todo agente doble tiene una agenda y los quintacolumnistas no fueron excepción. Favorecían, aunque muy ligeramente a uno de los ejércitos, quizás el de ángeles, quizás el de demonios. Nunca podremos saberlo, porque de aquella guerra sólo quedó un puñado de supervivientes que se denominaron a sí mismos los elegidos».

El escenario de la batalla es el Universo primitivo, justo después del Big-Bang. Uno de los ejércitos estaba compuesto por partículas de materia, el otro por antimateria. Ambas se produjeron en las mismas cantidades en la gran explosión. Materia y antimateria se aniquilan al encontrarse y por tanto, el universo estaba condenado a aniquilarse recién creado. Pero en esa sopa primaria creemos que también había neutrinos, capaces de desintegrarse tanto a materia como a antimateria, pero «programados por la naturaleza» para desintegrase un poco más en materia que en antimateria. El resultado es la aniquilación total de casi todas las partículas -y antipartículas- del cosmos, con la excepción del pequeño exceso que introducen estos neutrinos. Este exceso eran partículas de materia y son las que forman nuestro universo.

P.- La colaboración que da como resultado la publicación de este paper se produce gracias a la apuesta del DIPC, el centro en el que investigas, por la multidisciplinaridad. ¿Cómo acaba convergiendo su investigación con el trabajo de Fernando Cossío?
R.- Pues justo en ese contexto, en el año 2018, Ikerbasque organizó su reunión anual de investigadores, una especie de ejercicios espirituales para científicos en un sitio agradable, suelen durar un día y son muy útiles para intercambiar ideas con otros colegas. El caso es que yo había simpatizado mucho con Fernando ese año, ya que él, como director del programa Ikerbasque, me convenció, junto a Ricardo Muiño y Pedro Echenique para fichar por el DIPC como profesor Ikerbasque. Empezamos hablando de generalidades pero enseguida le conté el problema que me obsesionaba, como detectar el dichoso átomo de Bario. Y resultó que Fernando es un especialista en química supramolecular. Su primera reacción fue, «Bah, eso es fácil». Pero cuando se dio cuenta de que estábamos hablando de detectar «un solo átomo», comprendió que el problema se las traía. Y entonces soltó la frase que se ha convertido en el lema de nuestro equipo: «la situación es desesperada, pero no grave». Nos reímos mucho ese día. Pero al día siguiente Fernando ya estaba trabajando en ello. Diseño una molécula que atrapa el bario con una eficiencia del cien por cien y además emite luz verde si no tiene bario y azul si tiene. Planeamos un experimento junto con Pablo Artal y Juanma Bueno de la Universidad de Murcia, expertos en láser y demostramos que en efecto somos capaces de capturar el bario y ver el destello azul de la molécula. Pero si hay un destello azul, es que hay bario. Si hay bario es que hay un doble beta. Si hay un doble beta es que el neutrino es su propia antipartícula. Si el neutrino es su propia antipartícula, tenemos una explicación para el origen del Universo. Fácil, ¿no? Les contamos esa historia a la revista Nature, les gustó y nos publicaron un artículo que quizás sea el más importante de mi carrera hasta el momento. A ver si va a resultar que saber escribir novelas no está tan mal después de todo.

P.- Y ahora, la Unión Europea les concede a ambos junto a Roxanne Guenette, profesora adjunta de Física de la Universidad de Harvard, fondos Synergy con fondos por valor de casi 10 millones de euros. ¿Qué es NEXT-BOLD?
R.- Ya hemos visto que el detector NEXT sabe ver los dos electrones. Con esos 10 millones vamos a hacer el I+D+i primero y construir después el sensor de bario que instalaremos dentro de NEXT. Así que NEXT-BOLD -Next, el atrevido- es un detector capaz de ver dos electrones y el átomo de bario. Y por tanto capaz de detectar el doble beta, si está ahí, sin ruido de fondo. Como en la serie Star Trek, creemos que podemos «boldly go where no man has gone before».

P.- ¿A qué le atribuye el avance de la ciencia en Euskadi?
R.- A muchos factores. La sociedad vasca ve bien la ciencia, porque es una sociedad de base tecnológica e industrial y la inversión en ciencia y tecnología le resulta mucho más natural que en otras partes. La prueba de que esto es así es el descubrimiento del Wolframio -o tungsteno- por parte de los hermanos Elhuyar en Bergara, en 1783. No creo exagerado afirmar que, de haber existido el premio Nobel por la época se lo habrían llevado sin duda alguna. Es decir, en Euskadi se apoyaba a la ciencia básica, en una época en que en el resto de España la ciencia era casi inexistente. Pero también hay un hecho diferencial. A partir de los años 80 del siglo pasado, la inversión en Ciencia en Euskadi aumenta y mantiene esa pendiente, al principio de manera muy moderada pero en las últimas décadas de forma muy pronunciada. ¿El origen de esa inversión y también de esa constancia? Tampoco creo exagerar cuando te digo que, aunque el logro se debe a mucha gente -incluyendo la visión de los dirigentes políticos-, el mérito principal se debe a una persona: Pedro Echenique.

P.- El físico Pedro Echenique habla a menudo de la sublime utilidad de la ciencia inútil. ¿Por qué la sociedad debe apoyar una ciencia aparentemente inútil, como la física de partículas?
R.- Esa misma pregunta le hicieron a Faraday, pero en este caso la ciencia inútil era la electricidad.

P.- En Spartana, otra de sus novelas, se presenta una distopía donde se mantiene a los ciudadanos en un estado de opresiva pobreza sin que se rebelen. ¿Es un futuro posible? ¿Va a acabar Rusia dominando Europa?
R.- No es imposible. En Spartana, por ejemplo, se daba el escenario de que el Reino Unido se había divorciado de Europa y girado hacia USA que a su vez se había sumido en el aislacionismo. Eso ya ha ocurrido. Dependemos mucho de los rusos para el gas natural y otras materias primas. En países como España, la pandemia puede arruinar a las bases de la sociedad llevándonos a una sociedad que se parece mucho a la que concebí en Spartana.

P.- Este Xenon que compraste en Rusia se encuentra ahora bajo una montaña pirenaica en el Laboratorio Subterráneo de Canfranc. El LSC también podría ser un escenario magnífico para una de sus novelas…
R.- Sí, el LSC es un magnífico escenario y su director, Carlos Peña Garay, da para protagonista de una novela, o de una saga completa. Carlos ha transformado el LSC en un laboratorio internacional con gran reputación como núcleo científico y tecnológico. Además, el personaje humano es, como se dice en inglés, «larger tan life». La ciencia, como muchas otras actividades humanas, se mueve gracias al esfuerzo colectivo de muchos, pero da grandes saltos gracias a unos pocos científicos excepcionales. Pedro Echenique es uno de ellos y Carlos otro.

«La ciencia, como muchas otras actividades humanas, se mueve gracias al esfuerzo colectivo de muchos, pero da grandes saltos gracias a unos pocos científicos excepcionales»

P.- Y siguiendo con sus novelas, en Ciudad sin sueño trata de un tema tan poco científico como la transmigración del alma ¿Cómo surge esta novela?
R.- Surge de la rabia, la impotencia y la sensación de desamparo que sentí, como tanta gente, viendo a los aviones estrellarse contra las torres gemelas. El núcleo de la novela es un relato muy cortito que escribí como terapia, tratando de dar una explicación al origen del mal. La explicación en sí misma es lo de menos -no te diré cuál es para no hacerme auto spoiler-. Lo importante era la experiencia del narrador y protagonista, que en cierto sentido era un trasunto del autor. Hicieron falta casi 20 años para poner la distancia necesaria que transformara aquel núcleo de relato en una novela corta.

P.- ¿Hay algún punto de contacto entre la ciencia y la religión?
R.- Ciencia y religión se mueven en ámbitos diferentes, pero esos ámbitos están más relacionados de lo que parece. En el fondo todos los científicos somos religiosos en el sentido de que tenemos fe en la ciencia. Esa fe es un salto de confianza, no un proceso racional. También compartimos, con la persona religiosa el asombro por la grandeza y la belleza del Universo y la necesidad de explicar de dónde surge todo esto. Y a su vez, muchas personas religiosas -entre ellas muchos científicos que aprecio y respeto- intentan encajar la imagen que ofrece la ciencia con su fe religiosa.
Es un tema muy interesante. Yo no soy religioso y sin embargo soy miembro de honor de Universitas, una asociación universitaria cristiana y muy amigo de muchos de sus miembros. La broma entre nosotros es que soy «el ateo de guardia». A ellos y a mí nos interesa el diálogo, entender si hay algún espacio habitable entre la visión puramente científica y puramente religiosa del mundo. Es otro bonito viaje a Itaca. No espero encontrar una explicación final a todo cuando llegue al puerto, pero me conformo con el viaje.

P.- Tras la concesión de la Synergy parece claro a qué va a dedicar su labor investigadora los próximos años, pero en el terreno de la creatividad literaria ¿Con qué nos vas a sorprender?
R.- Tengo varios proyectos, muchos de ellos compartidos con un genial amigo mío. Te voy a nombrar dos. Una saga de novelas gráficas que revisitan a nuestra especie hermana, los neandertales y su interacción con la nuestra. La saga se llama Guardianes de nuestros hermanos y te adelanto los títulos de las novelas: Extinción, Resurrección, Rebelión y Liberación. Y hasta aquí puedo contar. El segundo proyecto es de divulgación científica. Como habrás visto, la historia de NEXT da para una novela y quiero escribirla. Posiblemente también será una novela gráfica. He sido siempre un apasionado del cómic, empecé de muy niño, cuando aún los llamábamos tebeos, con el guerrero del antifaz y el inolvidable Capitán Trueno. Y de ahí, a comics como 1984, que marcaron mi juventud -cuando 1984 todavía era el futuro y no el pasado remoto como ahora-. La idea de aportar algo a ese mundo me ilusiona muchísimo.

3 Comments

  1. Maravillosa entrevista, grandes las respuestas. Ojalá los periódicos dedicasen muchas más entrevistas a estos hombres que nos abren la mente, el espíritu o el cerebro y nos cuentan, con palabras inteligibles, esos mundos que a veces parecen oscuros. Gracias a todos esos investigadores que usan su inteligencia para ensanchar los conocimientos de todos los ciudadanos que intentamos entender mejor el mundo y el universo. Parafraseando al autor, no espero entender todo pero me conformo con el viaje. Manuel.

  2. Pingback: PyboEnlaces (2020-11-09 a 2020-11-15) – Pybonacci

  3. Maravillosa, sí, porque hace pensar, y hasta marearse pensando. ¡Bravo!

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