Crónicas en órbita Entrevistas

Argullol en Babel

Rafael Argullol, autor de «Danza humana». / Foto: Acantilado

Barcelona. 10 de mayo de 2023. En la Ciudad Condal de nuevo, cinco años después. He llegado a la estación de Sants a las diez de la mañana después de un viaje de tres horas. He venido a hacer una entrevista. Tomo café en un bar de la calle Mallorca y me acerco al hotel Alma, donde me ha citado el responsable de prensa de la editorial Acantilado. A las doce y cuarto del mediodía, después de la sesión de fotos, aparece el escritor. Saluda escuetamente: «Hola, bon dia».

Las líneas anteriores bien podrían corresponder a las anotaciones de diario que el escritor inserta en sus libros; bien sean narraciones transversales, textos filosóficos o volúmenes de aforismos. Pero no lo son. Aunque se empeñe en desmentirlo, el escritor es un hombre ambicioso. O, al menos, literariamente ambicioso. Desde su juventud, ha dedicado su vida a la enseñanza, ha cultivado la novela, la poesía y el ensayo y, en los últimos lustros, ha publicado tres tomos voluminosos que, sin llegar a conformar una trilogía, suponen todo un reto intelectual: el de amalgamar el máximo de géneros posibles para ofrecer una panorámica general de su vida y, al mismo tiempo, alumbrar una ópera magna que, por sus dimensiones y su alcance histórico, constituye su cima literaria y una de las obras definitivas de las letras contemporáneas.

Rafael Argullol (Barcelona, 1949), autor de una treintena larga de libros, publicó en 2010 la primera parte de esa travesía en tres actos bajo el título Visión desde el fondo del mar. Una narración descomunal que, a través de 1.200 páginas, conciliaba la memoria del pasado y el presente utilizando como instrumento disruptivo la fusión de voces, géneros, estilos. De esta forma, el diario íntimo, la poesía o el discurso científico convivían con el relato convencional y la filosofía, formando un corpus literario y existencial que aspiraba a una escritura total, a una cosmovisión que tenía su origen en Ribes Roges, el paraíso de infancia del autor donde transcurrían algunos de los pasajes más emotivos del libro. Visión desde el fondo del mar era un fresco alucinante en el que convergían viajes y sueños, vivencias y recuerdos. Todo pautado por filias pictóricas y musicales y entronizado en una voz personal que armonizaba a la perfección un sinfín de motivos argumentales. Argullol —ya lo hemos dicho— es un escritor ambicioso. Y le gustan los retos, los proyectos colosales, la disciplina de la escritura diaria. Lo demostró hace más de una década y lo demuestra ahora con Danza humana, que vuelve a ser otro ejercicio brillante de introspección y autoconocimiento. En medio de estos dos monumentos babélicos, compuso Poema (2017): un volumen de mil piezas escritas día a día a lo largo de tres años. Un libro tan desmesurado como atípico que resiste el paso del tiempo y la prueba de la relectura.

Cinco años ha tardado el escritor en dar forma al ensayo autobiográfico que es Danza humana. Cinco en ordenar esa obra paralela con aspiración a novela total que fue Visión desde el fondo del mar. Años y años de trabajo monástico y encierro, años de dedicación escrupulosa y disciplina severa: una agotadora tarea que requiere —según sus palabras— una ordenación ingente de cuadernos, apuntes diversos y notas expurgadas al hilo de los días. Un proyecto mastodóntico que obsequia ahora al lector su última gema: el retrato fragmentario de un infinito trayecto vital, estético y moral.

Rafael Argullol, que está sentado frente a varios periodistas en un salón suntuoso del hotel Alma Barcelona, luce la misma imagen espigada de siempre, aunque los años pesan ya en su rostro. Conserva —eso sí— el abundante pelo castaño y la gravedad de la voz. Viste americana y camisa blanca, vaqueros azules y zapatillas deportivas. Su semblante es paciente, la mirada ensimismada, el gesto serio. El escritor sonríe —por única vez— cuando su editora, Sandra Ollo, le cede la palabra. Argullol, que alterna castellano y catalán en su charla, dice que de alguna manera, Danza humana culmina la travesía que emprendió hace trece años con Visión desde el fondo del mar. Y que un libro como este no se puede escribir en la juventud, sino a cierta edad. «Hubo un momento en que decidí preguntarme qué había sido mi vida…». Y empezó a interrogarse: «¿He sido libre? ¿He sido justo? ¿He sido amado?». Cada interrogante —y su posterior desarrollo— corresponde a cada uno de los diez libros que componen el volumen. Un juego donde presente, pasado y cierta premonición de futuro dibuja un itinerario que comenzó cuatro años atrás a miles de kilómetros. Un viaje que parece responder a esa consigna que anota en el primer libro: «Detente. Empieza de nuevo. Piensa contra tu pensamiento».

El origen de Danza humana se remonta a un viaje a Tokio que realizó en 2019. He ahí la génesis del libro y, más concretamente, en un paso de cebra que cada día atraviesan —en 47 segundos— millones de japoneses. «Allí vi a una mujer de mediana edad que anunciaba algo en un cartel luminoso dividido en diez puntos. Esos diez puntos corresponden a los diez libros del tomo», explica el autor. E insiste: «Al volver de Tokio comencé a estructurar el libro en diez preguntas». Y lo hizo construyendo un collage arabesco, un cuadro a lo Jackson Pollock. Y es que, a lo largo del relato, se mezclan episodios de la historia de Europa y de su intimidad, y pasajes bíblicos y mitológicos con fragmentos de su diario. Un diario anclado al presente (escrito en periodo pandémico: de 2019 a 2022) que, a su vez, rescata hechos pretéritos: viajes a Mallorca y a Roma, donde vivió en su juventud. Todo un juego al servicio de una narración expansiva —multiplicada en diversos frentes— que va dibujando un mural memorístico donde los pasajes del ayer se mezclan con los asuntos más variados: los problemas de salud, los amores pasados, la religión, la conciencia de la edad. Así, a través de cientos de páginas, hasta llegar a las mil, encontramos «confesiones, planos dialógicos, juicios morales». Es decir, toda una «tempestad de escritura» miscelánea y transversal; y un todo que ha ido tomando forma a lo largo de cinco años mediante una redacción frenética, torrencial. «Como escribo siempre a mano, apenas hay correcciones en los manuscritos. Era una escritura que exigía no mirar atrás ni corregir», dice el autor accionando las manos de manera ligeramente temblorosa.

Danza humana es un relato polifónico y multiforme. Lo mismo encontramos en él reflexiones acerca de los grandes enigmas de la vida, que diálogos desplegados con otros entes o personas. El libro noveno, por ejemplo, está dedicado al arte, y Argullol dialoga con Sara, que no es una persona real, sino el recuerdo de una pintura que había en su escuela. Lo mismo sucede en el libro anterior con un amigo de juventud, donde hace una abierta exaltación de la amistad. El uso del diálogo es habitual a lo largo de la obra. Pero ¿cómo ordenar tal cantidad de material?

— Yo escribo a mano y tengo muchos cuadernos de anotación. Si tuviera que describir gráficamente mi hábitat de escritura sería un folio en blanco, que es lo que estoy escribiendo y, al mismo tiempo, a mi alcance, varios cuadernos donde he ido anotando cosas. Entonces, a medida que voy avanzando, voy corrigiendo. Esa es la relación que tengo con el papel en blanco… Por el contrario, el ordenador —es cierto— da la posibilidad de cortar cosas. Pero si yo escribo a mano, creo que es por la responsabilidad que siento con lo que escribo. Y dudo que la cantidad de notas que voy almacenando pudieran guardarse en un ordenador. Me gusta la idea de la escritura como acto artesano.

— Utiliza el recurso del diálogo a lo largo de todo el libro para hacerse preguntas. ¿Qué respuestas ha encontrado en su trayecto?

— En todos mis libros hay un interlocutor, que, a veces, es un desdoblamiento de mí mismo. Por ejemplo, en el segundo libro el interlocutor es una mujer futura, otras veces es dios, un amigo o Marcello Mastroianni…Y cada pregunta suscita otras preguntas. Yo me doy respuestas provisionales, e invito al lector a que converse consigo mismo. No solo respondo a esas preguntas a través de mi intimidad sino a través de lo que ha sucedido en la Historia. Hay mucho arte, música y literatura a lo largo del libro. Incorporo a otros a esa conversación y cuento desde historias bíblicas hasta contemporáneas.

Por ejemplo, el escritor refiere en las primeras páginas de Danza humana un suceso crucial en su vida: el bombardeo de Barcelona en la Guerra Civil. Y es que el azar hace posible que una persona muera en un momento determinado y trunque así la existencia de otra. Es lo que le ocurrió a la madre del autor, que evitó morir en el bombardeo del Coliseum, el 17 de marzo de 1938, por pura casualidad. «Allí probablemente se salvó su vida y se posibilitó la mía», escribe el catalán.

De esta manera va hilvanando un «material caótico» que, inicialmente, puede parecer desconcertante, pero que va tomando forma y sentido a medida que avanzamos en la lectura. Así, Argullol, mediado el volumen, reconstruirá su genealogía familiar y el territorio de su infancia, y, después, algunas de sus grandes pasiones: el mar, el erotismo, el arte. Ese maremágnum de evocaciones le lleva a anotar frases lapidarias y pensamientos que sacuden al lector: «El amor es un estado de gracia que nunca hubiera tenido que convertirse en una institución». O: «El conocimiento de uno mismo es, probablemente, el mayor deber para con la vida, pero pronto adivinas que es un camino hacia ninguna parte».

Al contrario que en Visión desde el fondo del mar, donde cada historia se prolongaba a lo largo de varias páginas, Argullol opta en Danza humana por el capítulo breve. Ese modo de operar da agilidad a la narración y permite al lector saltar de un episodio a otro con premura. Es decir, el escritor cambia aquí extensión por concisión. ¿Por qué razón? «Me interesaba que el lector no se diera cuenta del paso de un tema a otro, del diario subjetivo a los pasajes filosóficos o la anotación de sueños. Incluyo también premoniciones, planos de futuro».

Pero Danza humana no es una obra que se circunscriba solo al mundo de quien escribe, sino que, a través de sus designios, toma una doble dimensión ética y social. El autor es el que interpela al lector cuando hace afirmaciones como esta: «La mitad de los problemas vienen porque los ciudadanos delegan en unos pocos la exclusividad del pensamiento. No pensar es tan arriesgado como dejarse llevar por el pensamiento de otro». De ahí la negación que hace de las etiquetas que nos pone la sociedad. El escritor niega ser maestro, a pesar de haber dedicado su vida a la enseñanza. El escritor niega ser filósofo, a pesar de haber sido catedrático de Estética en la Universidad de Barcelona. El escritor niega —incluso— ser escritor, y se pregunta si hay algo más ridículo que el hecho de que alguien se autodenomine escritor o poeta. Y escribe: «Algunos se han empeñado en que soy un humanista. No lo soy. Puedo enumerar muchas razones. La principal es que no creo en el ser humano». Y corrobora esa cita autorreferencial frente a sus interlocutores.

— Hay varios capítulos del libro en los que pongo en cuestión lo que podríamos llamar la carrera de la vida. Esa obsesión moderna por el currículum, por darnos una identidad profesional. Todo está montado en base a la competitividad: para forjar mi currículum, tengo que combatir el tuyo.

— Escribe que se ha pasado la mitad de su vida demoliendo las verdades que construyó en la juventud. ¿Qué verdades inapelables quedan después de un proceso de conocimiento como ese?

— Queda la libertad, como gran verdad, y queda la compasión, un concepto que yo no había entendido en mi época revolucionaria. La compasión en la paz suprema… Estoy contento de haber recibido en mi educación la gran verdad del cristianismo y del comunismo. Eso me permitió luego desarticularlas. Son grandes mitologías que el hombre se ha dado y que han tenido gran éxito, y han movilizado a millones de personas. Yo desactivo esas verdades dogmáticas que no me sirven. Y hago equivalente la libertad al ir más allá de esas verdades.

2 Comentarios

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