Entrevistas Analógica

Joana Masó: «Tosquelles entendía la psiquiatría como crítica de las patologías de la normalidad burguesa»

Joana Masó, comisaria de la muestra «Como una máquina de coser en un campo de trigo». Imagen: CCCB.

Joana Masó es filóloga, editora, traductora, docente y exploradora de las intersecciones del arte y el pensamiento contemporáneos. En 2021 fue reconocida con el Premi Ciutat de Barcelona por un ensayo en torno a Francesc Tosquelles, cuyo legado investiga desde 2017, culminando en la exposición que comisaría junto a Carles Guerra para el CCCB —visitable hasta finales de agosto— en torno a la figura del psiquiatra catalán, bajo el título Como una máquina de coser en un campo de trigo. Con su heterodoxa y humanista visión de la salud mental, Tosquelles (1912-1994) destrozó moldes al introducir la creatividad y la conciencia política en el cuidado de la psique, que abordaría en el campo de concentración de republicanos españoles exiliados en Septfonds y, sobre todo, en el hospital de Saint-Alban. Allí puso en práctica sus vanguardistas terapias, basadas en la asunción de que para curar a los enfermos antes había que curar las instituciones: «Sin la dimensión humana de la locura, es el hombre mismo el que desaparece».

Estando tu trayectoria fundamentalmente ligada a las letras, ¿a partir de qué impulso comenzaste aquella investigación sobre Tosquelles y su legado?

Tosquelles se formó en el campo de la psiquiatría y el psicoanálisis de manera entrelazada con otras disciplinas como la literatura, la antropología, la filosofía, la educación social y las ciencias sociales en general. Trató y pensó la enfermedad, el sufrimiento y el malestar a partir de los escritos de poetas como Gérard de Nerval y Gabriel Ferrater, fue lector de Mauss, Lévi-Strauss y Jakobson, también de Roland Barthes y Julia Kristeva o Michel Foucault. Su mundo ya no es el nuestro, puesto que la psiquiatría y el psicoanálisis como prácticas vinculadas a la palabra han dejado paso a las neurociencias. Repensar hoy el legado olvidado de Tosquelles desde el campo de la literatura permite pensar esta transformación.

Provenía de la militancia en partidos de espíritu obrero y marxista, ¿qué ideas originaron su interés por el psicoanálisis y cómo lo hizo dialogar con aquella vertiente política-activista?

A través del hermano de su madre, muy cercano al psiquiatra Emili Mira, los aprendizajes de Tosquelles en el mundo de la psiquiatría y el psicoanálisis fueron contemporáneos de su militancia política. El suyo fue un anarco-comunismo muy crítico con el estalinismo y el comunismo español, que lo llevó a entender la psiquiatría como una práctica social, crítica de la cultura burguesa y sus patologías de la normalidad.

Francesc Tosquelles en Saint-Alban (c. 1944-1945). Foto: archivos de la familia Tosquelles, reproducción fotográfica de Roberto Ruiz.

Mientras cursaba sus estudios de psiquiatría en la universidad, se familiarizó con las dificultades de las madres trabajadoras, una conciencia que serviría de base a su modelo de psicoterapia infantil. ¿Cuál era su visión al respecto?

Siempre quiso relacionarse con la infancia porque pensaba que en toda revolución había que recuperarla. A mediados de la década de 1930 en Reus y Barcelona, colaboró con los primeros institutos de puericultura y, en los edificios de la burguesía colectivizados por la Generalitat anarquista entre 1936 y 1937, llevó a cabo experiencias de vanguardia psicomotora con niños autistas. Es un momento en el que lee a Lacan pero también a Melanie Klein. Durante el largo exilio francés, después de la Guerra Civil, fundará una institución dedicada al acompañamiento del autismo.

La llegada de la Segunda República y la consideración de Barcelona como una «pequeña Viena» serían decisivas para la consolidación de sus ideas y su dedicación a esta área médica, ¿de qué forma le influyó el contexto de aquellos años?

Su manera de trabajar fue la de un espigador. Vivió recolectando aquello que era posible hacer en distintos contextos de manera situada. A partir de 1931, recogió las enseñanzas de psiquiatras y psicoanalistas exiliados en Barcelona, judíos alemanes, húngaros y checos acogidos por la República. También se familiarizó desde Cataluña y España con una manera de entender el surrealismo en vinculación con el campo (con Dalí o Buñuel), lejos del surrealismo francés, cosmopolita y estalinista.

Tosquelles parecía no estar tan interesado en la profesionalización de la atención psiquiátrica como en la comunidad que serviría de red de seguridad para los pacientes.

Una de sus primeras intuiciones fue que era la institución psiquiátrica la que estaba enferma. Era la propia psiquiatría a la que había que curar, junto con toda la comunidad médica. Tosquelles prefirió trabajar con equipos no profesionales, gente de la sociedad civil a quienes podía formar rápidamente: de trabajadoras sexuales a músicos o escritores. Y ello porque no estaban atravesados por el miedo de la enfermedad, de la locura y de la otredad que, para Tosquelles, caracterizaba la figura clásica del psiquiatra.

Uno de los hechos más sorprendentes en su investigación en torno a la figura de Tosquelles es el descubrimiento del llamado «exterminio dulce». ¿Qué se esconde tras ese oxímoron?

Fue el psiquiatra Max Lafont quien, en la década de 1980, habló de «exterminio dulce» para nombrar a las 40.000 personas a las que se había dejado morir de hambre, frío y falta de cura en los hospitales psiquiátricos franceses durante la ocupación nazi de la Segunda Guerra Mundial. Mujeres como Nadja, objeto del amour fou de André Breton, murieron abandonadas en aquellas instituciones de los años 40. En el hospital de Tosquelles en Saint-Alban no hubo muertes, porque se tejieron vínculos de colaboración con los campesinos del entorno para crear una economía informal de supervivencia.

Mireia Sallarès (izquierda), Marie-Rose Ou-rabah (hija de Francesc Tosquelles, en el centro) y Joana Masó (derecha), en la casa de Marie-Rose de Foulayronnes, verano de 2020. Foto: Roberto Ruiz.

La gran transformación que vivió el hospital de Saint-Alban entre 1940 y 1962 se ha convertido en un modelo para explicar las bases de la psicoterapia institucional. ¿Qué modelo de instituciones psiquiátricas se encontró Tosquelles y por dónde empezó su transformación?

La psicoterapia institucional se organiza en torno al deseo de transformar los viejos manicomios, sus celdas de aislamiento, las camisas de fuerzas, la ausencia de electricidad o de agua caliente, junto con la privación de la libertad de movimento. Cuando Tosquelles llegó a Saint-Alban heredó el compromiso de la psiquiatra Agnès Masson, primera mujer directora de psiquiátrico en Francia, directora de Saint-Alban en la década de 1930 e inventora de la geopsiquiatría: una práctica abierta, entre el adentro y el afuera de los muros del hospital, que permitía ir al encuentro de los enfermos con sus familias en el territorio. Ella ya había introducido el cine dentro del hospital, la sala común donde los internos podían encontrarse y, seguramente, la danza y el canto.

En la exposición destaca la presencia de obras vinculadas a autores de la vanguardia surrealista que acabarían cobijándose en Saint-Alban, como Paul Éluard o Tristan Tzara. ¿Cuál fue la relación de Tosquelles con estos ilustres pacientes?

Escritores y artistas vinculados a la vanguardia llegaron a Saint-Alban a través del psiquiatra comunista Lucien Bonnafé, director del hospital entre 1943 y 1944. Tosquelles mantiene una relación ambivalente con el surrealismo. Por un lado, lo entiende como una práctica de lo inesperado, como cuando en la Cataluña de los años 30 fue posible que los internos salieran del hospital y trabajaran con máquinas de coser en campos de trigo. Por el otro, está muy lejos de la mística surrealista que relaciona la locura con las mujeres, la histeria o la fascinación del acto creativo. Critica el surrealismo como un movimento que acabó vendiendo mercancías.

Los internos del hospital de Saint-Alban crearon piezas que han pasado a integrar colecciones de art brut. ¿Qué supone para aquellos refugiados políticos, desposeídos y marginados, esta consideración entre los «irregulares del arte»?

El concepto de art brut, que Jean Dubuffet definió como las producciones artísticas de personas ajenas a la cultura artística, hoy es objeto de una profunda revisión crítica. En el caso de Saint-Alban, la cultura siempre estuvo en el centro de la vida del hospital: con el teatro, el cine, la escritura de un diario interior o la lectura de la actualidad social y política. Cuando hoy se exponen los objetos realizados en el contexto de Saint-Alban al lado de otros objetos de art brut, se invisibiliza el proyecto de humanización y socialización de la vida, situando a las personas que realizaron estos objetos y estas prácticas fuera de la relación con la cultura.

En la práctica psiquiátrica y política de Tosquelles tuvieron una importancia primordial los medios de difusión y comunicación —revistas y periódicos— como «instrumento terapéutico y de desalienación mental de primer orden». ¿De qué modo los empleaba en el día a día del hospital?

Desde finales de los años 40, impulsó un periódico que dialogaba con el exterior del hospital y, a partir de los 50, otro periódico interno en el que el conjunto de la comunidad médica y los enfermos escribían sobre la cotidianidad y los problemas de la institución. La asamblea de redacción que se reunía los sábados por la mañana y la imprenta autogestionada por los propios internos fueron una herramienta muy importante para la cura y el trabajo sobre la propia institución. Como también lo fue el periódico mural, colgado en la sala común, a semejanza de los que circularon durante la Guerra Civil, formando un collage de escrituras, imágenes, postales o recortes de prensa de difícil circulación en tiempos de conflicto. Fueron dispositivos de escritura que acercaban al hospital el flujo de información y expresión sobre la experiencia de la guerra.

Retrato de Tosquelles procedente del álbum fotográfico de la familia Tosquelles. Reproducción fotográfica: Roberto Ruiz.

Tosquelles solía defender que el exilio se inscribe en los pies (como él mismo experimentó), una idea que aplicó también a sus terapias basadas en el paseo. Para él esta práctica llegaría a ser sinónimo de libertad, ¿no es así?

Sí, ¡llegó a hablar de militar a favor de la deambulación como derecho humano!

En cuanto al documental realizado junto a Mireia Sallarès, ¿de qué manera surgió y cómo cree que complementa al resto de la investigación?

A lo largo de mi investigación sobre Tosquelles, encontré experiencias y prácticas de las que él hablaba pero de las que no habían quedado rastros documentales. Lo único que sabíamos de ellas era que habían existido: como una carta que envió a Stalin en 1927 o su colaboración con trabajadoras sexuales durante la Guerra Civil española. Con Mireia Sallarès, partimos del concepto de «historia potencial» elaborado por la crítica de la fotografía Ariella Aïcha Azoulay para poder narrar estas experiencias dentro de un pasado que queríamos recordar. Pero, primero, debíamos hacerlas existir.

El regreso de Tosquelles a España coincidiría, al mismo tiempo, con la dictadura y la llegada de los psicofármacos a través de la industria farmacéutica, ¿se le puede atribuir a esos dos hechos traumáticos (cada uno a su manera) la invisibilización posterior de su figura y su labor?

Sí, Tosquelles pensaba que el mundo que había sido posible en torno a la psicoterapia institucional había muerto con los psicofármacos. Nunca rechazó la química, como en su trabajo con las curas de insulina o el electroshock, en colaboración con el psiquiatra y pensador de la descolonización Frantz Fanon en Saint-Alban. Sin embargo, esta dimensión médico-psiquiátrica no podía explorarse sin la dimensión social y socializadora: los talleres autogestionados por los internos, el club, la asamblea, el circo o el mercado. A su vuelta a Cataluña a finales de la década de 1960, el equipo del que formaba parte Tosquelles prohibió la entrada de las farmacéuticas en el hospital, el Institut Pere Mata de Reus. Durante el final de la dictadura y la transición, la psicoterapia de Tosquelles que deseaba transformar la institución desde dentro quedó eclipsada por otros planteamientos más vinculados a la antipsiquiatría y a las experiencias italianas de Franco Basaglia, las cuales buscaban deshacer los contornos de la institución.

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