Crónicas desorbitadas

El proyecto Get Back (o cómo los Beatles se fueron irremediablemente al carajo)

Imagen del documental «Get Back», con The Beatles. / © Disney+

Los antecedentes

Al dictador Ferdinand Marcos no le gustaba que le llevasen la contraria. A su mujer, Imelda, tampoco. Por eso cuando la temible «mariposa de hierro» levantó el teléfono el 4 de julio de 1966 para que los Beatles fuesen a desayunar con ella, dio por sentado que los de Liverpool asistirían. Actuaban esa misma noche en el Rizal Memorial Sports Complex de Manila, por lo que a Imelda le pareció oportuno disponer una recepción oficial en el palacio presidencial de Filipinas al día siguiente. El evento se anunció en la televisión pública del país, en la radio y en la prensa. John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr tendrían el privilegio de tomar té y tostadas con la primera dama. Era la ocasión perfecta para que el mundo entero descubriese el esplendor de la «musa de Manila». El encuentro representaría el abrazo intelectual entre Oriente y Occidente. Una cita para la historia. Fue una pena que los Beatles, para disgusto de Imelda, prefiriesen quedarse durmiendo en su habitación.

El vestíbulo del hotel era un hervidero de curiosos, periodistas y autoridades. Todo el mundo esperaba a los autores de Yesterday y Help!. Resulta fácil imaginar las caras de enfado y decepción de aquellas personas cuando comprobaron que, en lugar de los famosos músicos británicos, quien comparecía ante ellos era su mánager, Brian Epstein, que frente a las cámaras de la televisión nacional filipina declinaba la oferta de Marcos para desayunar en su palacio. Que gracias por la invitación, señora, pero que no aceptaban. Que cogían un vuelo de regreso a Inglaterra aquella misma mañana. Que se marchaban de Filipinas. Fue algo así como salir en la televisión que prácticamente dirigía la propia Imelda para decirle: «Nos sentimos muy halagados, le agradecemos mucho la invitación, pero nos largamos». En ese momento, los focos que apuntaban hacia Epstein se apagaron, las cámaras que lo enfocaban bajaron y en los hogares de las familias filipinas la imagen en directo de la televisión se fue a negro.

Más o menos una hora después, los Beatles y todo su equipo corrían agobiados por el aeropuerto internacional de Manila para subirse a su avión, siendo perseguidos por la policía y una muchedumbre enfurecida que no consentía semejante desprecio a su lideresa. Muchos intentaron pegarles, otros escupieron a Ringo. La policía retuvo al asistente de la banda, Mal Evans, y a otros miembros de su personal de confianza, llegando a amenazarlos a punta de pistola. Las autoridades filipinas les comunicaron a los Beatles que no les permitirían despegar hasta que abonasen unos extraños impuestos que, al parecer, se acababan de aprobar y que consistían en pagar exactamente la misma cantidad de dinero que habían ingresado en el concierto de la noche anterior. Defraudar a Imelda Marcos era una cosa y defraudar al fisco filipino era otra muy distinta. Una vez en el aire, y con los bolsillos ya vacíos, los Beatles decidieron que aquella situación se tenía que terminar. Estaban hartos de disparates.

En cuanto llegaron a Inglaterra, George Harrison declaró: «Vamos a tomarnos un par de semanas de descanso antes de ir a Estados Unidos a ser golpeados por los americanos». Porque la cosa allí no estaba mucho mejor. El comentario de Lennon afirmando que eran «más grandes que Jesucristo» había sacudido el fervor cristiano de los Estados Unidos de los años 60, dando lugar a protestas y a quemas de discos y provocando las ansias vengativas del Ku Klux Klan, cuyos líderes les habían advertido a los Beatles que tomarían represalias si se les ocurría aparecer por allí. Lo que podría parecía una exageración de George Harrison no lo era tanto: iban a descansar un par de semanas antes de exponerse a recibir otra batería de tortazos.

Pero a ese clima de tensión había que sumarle la sensación de estar viajando a diferentes lugares del mundo únicamente para perder el tiempo. Los gritos de los fans durante los conciertos eran tan altos y tan histéricos que eclipsaban el sonido de los amplificadores. Ringo comentó en cierta ocasión que el ambiente en los directos era tan ensordecedor que le resultaba imposible escuchar a sus compañeros, por lo que, para poder seguirlos, tenía que guiarse por el movimiento de sus caderas. Una vez, después de una actuación, el resto del grupo le recriminó no haber estado demasiado atinado con la batería en un determinado tema, a lo que él contestó: «Ah, ¿pero hemos tocado hoy esa canción?». Durante el concierto del 15 de agosto de 1965 en el Shea Stadium de Queens, en Nueva York, era tal el ruido proveniente de las gradas que muchos de los cincuenta y cinco mil asistentes reconocieron no haber escuchado a los Beatles tocar ni cantar. Dos días después, el grupo viajó a Toronto para hacer una sesión doble en el estadio Maple Leaf Gardens ante setenta mil personas. Se había filtrado el nombre del hotel en el que se alojaban y muchos seguidores asaltaron el edificio. Tiempo después, George Harrison volaba de Nueva York a Los Ángeles y el piloto se acercó a hablar con él: «Tú no te acuerdas de mí, pero yo pilotaba el avión Electra de American Flyers con el que hacíais las giras. No te creerás lo de aquel avión… Estaba lleno de agujeros de bala, la cola, las alas, todo lleno de agujeros de bala».

La situación en la segunda mitad de la década de los 60 era insostenible. Los Beatles vivían en un clima permanente de turbación que los sometía a una presión asfixiante. La solución pasaba por reconducir y normalizar el rumbo de sus vidas, pero eso implicaba tener que renunciar a las actuaciones del grupo en directo —más de mil cuatrocientas en lo que llevaban de carrera—. El concierto del 29 de agosto de 1966 en el estadio Candlestick Park de San Francisco, con el que se cerraba la gira, sería el último que darían los Beatles para siempre —aunque en realidad todavía darían uno más, uno de los más famosos de la historia de la música—. Pero el nerviosismo, la fatiga y el agobio ya habían hecho mella en el grupo a nivel personal. Las tensiones durante la grabación del álbum Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, a finales de 1966, distanciaron mucho a los miembros de la banda. Brian Epstein fallecería poco después a causa de una intoxicación de barbitúricos y alcohol, lo que agravó todavía más la situación. Durante los años 1967 y 1968, la ausencia de conciertos permitió que el grupo tuviese tiempo suficiente para embarcarse en otros proyectos profesionales —como las películas Magical Mistery Tour y Yellow Submarine— y también personales —como el curso de meditación trascendental que hicieron en Rishikesh, en la India, con Maharishi Mahesh Yogi—. Sin embargo, tanto tiempo libre también sirvió para que los enfrentamientos entre los cuatro músicos aumentasen y el malestar siguiese creciendo. Lennon y McCartney se encontraban inmersos en su particular batalla de egos. Ringo abandonó temporalmente el grupo durante la grabación del álbum blanco y sentía que aquella era una etapa desordenada: «No fui solo yo, todo estaba cayendo. Definitivamente me había ido, no podía soportarlo más. No había magia y las relaciones eran terribles». También George Harrison anunciaría meses más tarde su intención de dejar el grupo, a lo que Lennon, con intención de menospreciarlo, le contestó que lo sustituirían por Eric Clapton o Jimi Hendrix. El agotamiento del productor George Martin al frente de aquel jardín de infancia era más que evidente.

Imagen del documental «Get Back», con The Beatles. / © Disney+

El plan

Para intentar recomponer la pasión de los primeros años y los afectos mutuos entre los miembros del grupo, tan heridos, tan lesionados, a Paul McCartney se le ocurrió que lo mejor sería unir fuerzas e intereses fijando un objetivo común. Y eso pasaba por desarrollar entre los cuatro un proyecto diferente que cristalizase en la publicación de un nuevo disco. Tenía que ser algo ilusionante, algo que los animase y los inspirase. Y por eso decidieron que ese disco iría acompañado de la grabación de un documental y la celebración de un concierto que se emitiría en directo junto con ese documental. Sería el primer concierto después de dos años sin tocar. Si todo iba bien, el primero de una nueva etapa. Un nuevo punto de partida. Una segunda vida en la carrera del grupo. Se trataba de comenzar de nuevo, de partir otra vez de cero. Paul había escrito una canción cuyo título resumía muy bien esa idea y que serviría para dar nombre al proyecto. Una canción llamada Get Back; es decir, «Volver». Porque aquella era la palabra que lo sintetizaba todo. Los Beatles tenían que dejar atrás sus conflictos, sus frustraciones, y volver a ser lo que eran. Tenían que volver a empezar. Volver a tocar. Volver al comienzo. Get Back sería la canción y el lema alrededor del cual giraría el proceso. Sería el título del disco y el título del documental, siempre y cuando las cosas saliesen como Paul las había planeado (spoiler: no lo hicieron).

Las sesiones de composición y grabación del disco Get Back constituirían el contenido del documental homónimo. En las imágenes aparecerían los Beatles escribiendo letras y melodías, construyendo bases rítmicas y armonías, cantando las canciones, inmersos en la grabación de su nuevo álbum. Sería como registrar esa fase de reinicio del grupo. Para ello, el 2 de enero de 1969 los cuatro músicos y su equipo técnico se desplazaron a los estudios cinematográficos de Twickenham, al suroeste de Londres, acompañados por varios operadores de cámara, sonidistas e iluminadores, y se pusieron a las órdenes del director Michael Lindsay-Hogg para filmar todo el proceso. Pero la idea nunca llegó a funcionar. Los Beatles se encontraron en Twickenham con nuevas rutinas que obstaculizaban el desarrollo creativo de su futuro disco. Acostumbrados a grabar sin compañía en los estudios EMI hasta altas horas de la madrugada y con libertad absoluta para trabajar, ahora se encontraban con la obligación de adaptarse a los tiempos y costumbres de la industria cinematográfica. No podían desarrollar las canciones a su ritmo, con sus métodos, sin que alguien ordenase repetir una toma o comenzar otra vez desde el principio pero con otra intensidad de luz. Había que esperar a que las cámaras estuviesen grabando para improvisar una posible línea de bajo o intentar algún arreglo en el piano, y además debía parecer en todo momento un acto natural y espontáneo. Y aquello los desesperaba. Ellos no eran actores, eran músicos. Tampoco podían llegar al estudio por la tarde y quedarse grabando hasta el amanecer. Ahora había que madrugar. Había que cumplir con unos horarios, se encontrasen ellos inspirados para componer o no. El plan de Paul era ilusionante sobre el papel, pero en la práctica estaba provocando el caos. Y todavía restaba por decidir dónde se iba a celebrar ese concierto que serviría de pistoletazo de salida para esta nueva etapa de los Beatles, que incluía la publicación del disco y la emisión del documental.

En apenas unos días, las tensiones entre los músicos aumentaron todavía más y su relación fue a peor. Fue en este momento cuando George Harrison anunció que tenía la intención de abandonar el grupo. Estaba cansado de que la mayoría de sus composiciones no fuesen valoradas por Lennon y McCartney y de que en el estudio pesase más la opinión de Yoko Ono que la suya. Sin embargo, estaba dispuesto a no dejar los Beatles si se cumplían dos condiciones. La primera era incorporar a la banda al teclista Billy Preston, que inmediatamente se unió al grupo. De hecho, y aunque nunca llegó a ser un miembro oficial de The Beatles, su nombre consta en los créditos del disco con el que finalmente culminaría el proyecto Get Back. Y la segunda condición de Harrison era interrumpir aquel invento de la documentación audiovisual del proceso de grabación del disco, alejarse de las cámaras y de la parafernalia circense de Twickenham, y trasladar las sesiones a un estudio musical de verdad: el que el propio grupo tenía en el edificio donde se encontraba su empresa, Apple Corps, en la calle Savile Row de Londres. Se aprovecharía el metraje que se hubiese filmado para el documental y las canciones que ya se hubiesen escrito, pero a partir de ese instante las cosas se harían a la antigua usanza. En un estudio de grabación. Con un productor. Y a todo el mundo le pareció una excelente idea.

El proyecto Get Back, por lo tanto, seguía adelante, pero con algunos cambios en cada una de sus tres patas. En cuanto al documental, que tenía que ser emitido como un especial de televisión junto con el concierto en directo, ninguno de los Beatles quería saber nada ya de su desarrollo. No obstante, Apple Corps había invertido mucho dinero, existía un contrato de distribución con United Artists y, en definitiva, no podían permitirse cancelarlo. Por otra parte, el traslado de la grabación del disco a los estudios de Savile Row se había encontrado con un obstáculo: George Martin estaba cansado de los Beatles, de su inconstancia, del distanciamiento de Ringo Starr y George Harrison con sus compañeros, de la actitud dominante de Paul McCartney, del comportamiento impredecible de John Lennon bajo los efectos de la heroína y de la omnipresencia de Yoko Ono. El músico y productor había renunciado a dirigir al grupo y ahora la producción corría a cargo de Glyn Johns, que con el tiempo sería sustituido a su vez por Phil Spector, amigo de Lennon. Lo cual también acabaría siendo un problema. Y en lo que se refiere al concierto —esa actuación que sería la primera de los Beatles en dos años y medio, que iba a servir para relanzar al grupo y que aspiraba a ser el primer concierto de muchos más—, se decidió que no se emitiría en directo junto con el documental y que el lugar elegido para celebrarlo no iba a ser ninguno de los propuestos hasta la fecha.

Se había pensado en el Coliseo de Thysdrus, el inmenso anfiteatro romano que está en El Djem, en Túnez. También en la llanura frente a la Gran Pirámide de Guiza. Se había planteado la opción de actuar a bordo del trasatlántico RMS Queen Elizabeth. Se había sugerido el desierto del Sáhara como posible localización del concierto. Y la Roundhouse de Londres. Y el Palladium. Pero todos esos lugares fueron descartados. Años después, Billy Preston comentaría en una entrevista que había sido John Lennon quien finalmente propuso la ubicación idónea. Estaban buscando un lugar inédito y no se daban cuenta de que lo tenían sobre sus cabezas: la azotea del edificio de Apple Corps, en la calle Savile Row de Londres, donde se encontraban grabando el disco Get Back. Hasta la fecha, a nadie se le había ocurrido dar un concierto sobre un tejado. Era una idea magnífica y allí fue donde se celebró. El 30 de enero de 1969. El primer concierto desde el 29 de agosto de 1966. La actuación con la que regresaban los Beatles y que debía anunciar la futura publicación del disco Get Back. Un concierto que pasaría a la historia y que, desafortunadamente, no sirvió para nada.

Cuando la policía subió a la azotea del edificio para poner fin a la actuación, respondiendo así a las quejas de los vecinos por el elevado volumen de los amplificadores y el formidable atasco que se había organizado en la calle, John Lennon se aproximó a su micrófono y dijo: «Me gustaría dar las gracias en nombre del grupo y de nosotros mismos. Espero que hayamos superado el casting». La idea de presentarse como una banda nueva, que comenzaba de cero, seguía viva. Pero ellos, que al día siguiente todavía grabarían una última sesión para el disco Get Back, ya eran conscientes de que el proyecto estaba destinado a naufragar. Si el objetivo era regresar a algún punto del pasado y recuperar las sensaciones y la cordialidad de los primeros años, la cosa no estaba funcionando.

Imagen del documental «Get Back», con The Beatles. / © Disney+

El resultado

Glyn Johns probó tres mezclas diferentes para el álbum, siguiendo las instrucciones de los Beatles, pero ninguna llegó a cuajar. De ahí que el montaje definitivo del disco se pusiese en manos de Phil Spector y su «muro de sonido», que McCartney criticaría algún tiempo después. Mucho antes, a comienzos de 1969, Paul ya le había suplicado a George Martin que volviese a grabar con ellos. Todos juntos de nuevo, como siempre. Le había pedido, un poco a la desesperada, que les ayudase a hacer un álbum «como antes». Porque, aunque el disco Get Back tuviese que publicarse antes o después y la película debiese ser emitida, aquel proyecto mediante el que habían intentado regresar a los orígenes era un fracaso: resultaba evidente que, de aquellos cuatro amigos que años atrás hacían canciones casi con el único objetivo de pasárselo bien, ya no quedaba nada. Martin preguntó si Lennon estaba de acuerdo y McCartney le confirmó que así era.

Sorprendentemente, mientras el disco Get Back seguía adquiriendo forma en manos ajenas, los Beatles y George Martin consiguieron finalizar los bocetos de las canciones que aún les quedaban y convertirlas en un disco en apenas unos meses. Sabían que aquel iba a ser el último trabajo que harían juntos, y a pesar del clima de tensión que se respiraba en las sesiones de grabación, fueron capaces de sacarlo adelante. «De alguna manera, tuvimos que ponernos los guantes de boxeo —declararía Paul McCartney años más tarde—. Tratamos de reunirnos para hacer un álbum muy especial. Pensamos que ese sería nuestro último trabajo, pero todavía podíamos mostrarnos a nosotros mismos lo que éramos capaces de hacer». Ese disco, considerado uno de los mejores de todos los tiempos, sería el emblemático Abbey Road. El último álbum que grabarían los Beatles. Pero no el último en ser publicado: todavía quedaba pendiente el disco Get Back.

Siete meses más tarde, después de que Phil Spector terminase su labor como productor, vería al fin la luz el disco en el que se había concretado el proyecto Get Back. El que contenía aquellas canciones ideadas, desarrolladas y grabadas entre Twickenham y los estudios de Apple Corps. Canciones que se escucharon en el concierto de la azotea y que ya no supondrían el regreso del grupo a ningún pasado idílico. Todo lo contrario: al mismo tiempo que se publicaba ese disco, los Beatles anunciaban su separación definitiva.

A la vista de las circunstancias, ya no tenía mucho sentido publicar ese último trabajo bajo el título de Get Back. Porque no había ningún lugar al que volver. Los Beatles se habían encerrado en un estudio cinematográfico buscando nuevos estímulos, pero las relaciones entre ellos se desgastaron aún más. Quisieron arreglar las cosas trasladándose al edificio de su empresa, pero la situación volvió a empeorar. Por último, acudieron a George Martin, pero la ruptura ya era inevitable. Y aunque Get Back había sido en todo momento el nombre del proyecto, entendieron que su último álbum se merecía un título que fuese más honesto con la realidad. Un título más justo. Y por eso ese disco, finalmente, se llamó Let it Be. Es decir, «Déjalo estar». Porque eso fue precisamente lo que hicieron los Beatles en mayo de 1970. Dejarlo estar para siempre.

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