Entrevistas

Jorge Pardo: «Para aprender flamenco hay que salir ahí fuera y embarrarse, un tutorial de YouTube no es suficiente»

El músico Jorge Pardo ha actuado en el Festival Jazz Madrid. / Foto: Manuel Naranjo

En una conversación con Jorge Pardo (Madrid, 1956) la palabra que más se repite es amor. No el amor en términos románticos ni cursis; amor como entrega y compromiso con lo que el músico hace, su pasión por llegar hasta el final. Es el único motor de arranque. Ahora vive en San Roque, Cádiz, pero como siempre visitando escenarios cada poco. Uno de los últimos, el Festival Jazz Madrid, donde algunos de los músicos que junto a él acompañaron a Chick Corea en tantas ocasiones (Carlos Benavent, Niño Josele y Rubem Dantas), su Spanish Heart, le han rendido un homenaje.

Empecemos por el principio. Háblenos del ambiente musical de su infancia. ¿Cuál es su primer recuerdo de impacto?

Mis padres eran muy aficionados a la música. En casa teníamos discos de pizarra, de 78 revoluciones, cuando yo tenía cuatro o cinco años contábamos un repertorio relativamente amplio para lo que era la cultura de la época. Poner el disco en el plato, colocar la aguja y ese «chhhh»… Podía ser una sinfonía de Mozart, o una zarzuela, no importaba. Recuerdo que cada vez que sonaba la música era algo mágico para mí, puesto que las palabras nunca me interesaron demasiado: se malinterpretan, interviene el tono, se basan mucho en la verdad. La música tiene otros presupuestos, evoca otros paisajes dentro de ti. Ese fue mi trance, mi pasión.

En su página web preside su biografía un homenaje a sus padres… «Hijo de Rafael y Vitorina», reza. 

Es un acto de justicia. En el ámbito en el que me muevo, incluido el circuito flamenco y gitano, se dan mucho las dinastías de músicos. Yo no tengo esos antecedentes. Mi padre pertenecía al ejército republicano, le pegaron un tiro y lo mandaron para casa. A lo largo de mi vida me he ido dando cuenta de que mis padres no era gente muy normal para su época. En el sentido de que eran personas de pensamiento muy liberal, con ideas muy justas acerca de la sociedad, y también muy avanzadas. Mi padre, por ejemplo, era un enamorado de Tesla. Sin embargo, la guerra y la posguerra no les permitieron culminar sus aspiraciones. Mi hermano y yo somos, de alguna manera, su sueño cumplido.

Dice Pedro Ruy Blas que cuando le conoció, en los 70, no era nada fácil encontrar en España un músico de jazz tan joven, que tocara tan bien y que tuviera tanto sentido de la improvisación y de la armonía. En ese contexto, ¿cómo fue de casual su encuentro y la deriva más experimental en sus primeros años?

No soy muy consciente de que acabara en el circuito experimental, al menos en lo que se refiere a lo experimental como estilo musical, otra cosa era que me metiera en todos los fregados. Desde muy temprano yo ya estaba en contacto con el flamenco. Mario Maya o Enrique Morente se pasaban por las salas en las que hacíamos jam sessions. Y teníamos contacto con otros pioneros como Gerardo Núñez y José Antonio Galicia. Es decir, aunque no hubiera aún un testimonio musical como tal, existía ya un caldo de cultivo donde empezaban a pasar muchas cosas.

¿Y sus otras preferencias?

Bueno, al igual que con el jazz, nunca abandoné mi querencia por el rock y artistas como Led Zeppelin o Jimi Hendrix. En el caso de la influencia de la música electrónica, me viene de mi hermano, que siempre estuvo metido en los sintetizadores. Si a eso se le quiere llamar circuito experimental, entonces sí, estaba totalmente involucrado, porque yo me alimentaba de toda esa amalgama. Sin embargo, el concepto experimental a veces está pasado por un tamiz elitista. Puede significar que algo no está manchado de nada comercial y yo, en cambio, nunca he hecho esa distinción. De hecho, tanto el jazz como el flamenco nacen así, del pueblo, y siempre me ha atraído la idea de que siendo músicas populares también son exquisitas, en el sentido de que son de muy difícil ejecución. Parece una contradicción, pero esa exquisitez no las hace dejar de ser populares. Frente a la idea general, siempre me he esforzado porque lo experimental no sea algo que no se trague el público, sino más bien al contrario, pienso que todo el mundo lo tiene que poder disfrutar.

También conoció a una edad temprana a una de las grandes figuras del jazz en España, Tete Montoliú, incluso antes de entrar en Dolores. ¿Cómo recuerda ese encuentro?

Sí, conocí a Tete en un club en el que tocábamos en Madrid y que se llamaba Balboa Jazz. Era el único club de jazz como tal que había en aquella época. Tocaban Vlady Bas, Peer Wyboris, David Thomas… Gente que me ha ayudado mucho en mi carrera, sobre todo Peer y David, ellos eran mis confidentes ya que estaban más cercanos generacionalmente. Sin embargo, con Tete nunca tuve esa química ni compadreo, aunque yo, con 19 o 18 años tampoco tenía edad para compadrear con él; la diferencia generacional y concepción musical marcaban otro tipo de relación. Él venía de la parte más dura del aprendizaje del jazz y me puteaba. Me cambiaba los tonos de los temas sin decir nada y los tenía que buscar de oído. Me hacía ese tipo de pruebas. También es cierto que paralelamente empecé a tocar con Paco de Lucía y para él eso del flamenco y el mundo gitano era el porompompero, no lo entendía… pero creo que tampoco quería entenderlo.

¿Un prejuicio elitista?

En aquel momento el aficionado al jazz era un poco elitista, buscaba una distinción, el jazz es como la nueva música clásica. Y al flamenco se le miraba de reojo, y así ha sido hace dos días, casi hasta que la UNESCO lo nombró Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, en 2010.

En su caso no existió ninguna barrera en su acercamiento.

Yo he crecido en un mundo muy libre y he valorado el flamenco desde el principio. Es una música que está oculta tras un quejío, que a algunos puede parecer un poco tosco, pero que a nada que seas músico o entiendas de música te das cuenta de que está facturado de una manera compleja y muy rica. Así que enseguida descubrí que había un lenguaje precioso, con jondura de blues, por eso llamaba tanto la atención en el mundo del jazz. Pero al mismo tiempo gozaba de un virtuosismo, una métrica y un ritmo apasionantes. Resultaba una ventana abierta para hacer miles de cosas que no estaban hechas hasta el momento. Y todavía lo pienso.

¿Algún ejemplo de fusión que le suscitara interés antes de que llegara el flamenco-jazz?

Siempre me ha llamado mucho la atención Falla, cómo consiguió meter esos sonidos negros y llevarlos a una orquesta sinfónica.

A Carlos Benavent, cuando al principio tocaba con Paco de Lucía, le llamaban «el de la guitarra china», porque no entendían la relación del bajo eléctrico con el flamenco. Usted también ha comentado la sensación de estar en un mundo ajeno. ¿Cómo se enfrentó a ese extrañamiento? ¿Era una desventaja o, al contrario, un estímulo?

Foto: Cristina Álvarez Cañas

Han existido diferentes etapas. En una primera época más joven y rebelde, donde la música era mi obsesión, no me importaba esa vinculación familiar, al contrario: al estar centrado en mi pasión y no tener nada que ver con mi tradición familiar, no podían meterse en ello y me dejaban tranquilo. Luego, cuando fui conociendo a músicos profesionales, que proceden de familias o sagas, entonces de repente sí sentí un poco de orfandad. Porque muchos contaban que su abuelo había compuesto tal fandango o había estado de gira en Japón… y yo no tenía historia. Yo tocaba la guitarra en el parque. Con el paso del tiempo, habiendo pasado por todas esas sensaciones, también me di cuenta de que pertenecía a un mundo libre, que no tenía a una familia detrás que me estuviera aprobando o desaprobando, no tenía esa comodidad pero tampoco esa presión. Realmente estoy muy contento de cómo ha ocurrido todo.

Entre todos esos grandes músicos con los que ha compartido música se encuentra Chick Corea, fallecido a principios de este año y a quien, además, habéis ofrecido un concierto homenaje en el Festival Jazz Madrid con parte de la banda que le acompaña (Carlos Benavent, Niño Josele, Rubem Dantas). ¿Qué momentos le vinieron a la cabeza tras enterarse de su fallecimiento?

Me quedé helado. No sabía que estaba enfermo… Es de esas pérdidas que no te crees, no estás preparado para asumirlas. Pero al mismo tiempo, en una reflexión posterior, al igual que me pasó con Paco [de Lucía] y con mis seres más queridos, creo que es bueno relativizar la muerte y asumirla dentro de un proceso natural, no como parte de una tragedia. Cada día que salgo a un escenario, es un homenaje a Chick y a esos artistas y compañeros que ya no están y con los que compartí muchos momentos. Están presentes siempre conmigo. Su música siempre está en mi cabeza. También sus miradas, sus gestos y el tiempo compartido. Con todos estos personajes tan grandes es imposible disociar lo musical de lo personal, es un todo de admiración plena.

¿Qué anécdotas recuerda de él?

Muchas. Lo increíble de echar un ratito hablando con Chick es que te contaba vivencias en primera persona con Thelonious Monk o Miles Davis… Recuerdo una de las últimas. Durante la grabación de su último disco, con la Spanish Heart Band, me había mandado bastantes papeles, había escrito un montón de música. Después de dos días de grabación, debió de verme la cara un poco rara y se acercó a preguntarme qué me pasaba. Le dije que le agradecía que me lo preguntara porque estaba agobiadísimo con tantos papeles y le recomendé algunos amigos que podrían hacer ese trabajo. Se quedó decepcionado. Finalmente tiró las partituras y me dijo que hiciera lo que quisiera, porque era a mí y a mi sonido a quienes quería en su música. Ahí te das cuenta de lo que quiere de ti un buen líder y lo que está dispuesto a dar por la música. En otra ocasión, también recuerdo que estábamos de gira con él, y Carlos Benavent y yo nos retamos a salir sin partituras al escenario. No estábamos acostumbrados a llevarlas porque en el flamenco no las llevamos, pero decidimos salir a pelo y salió bien. Chick nos miraba escandalizado [risas].

Chick Corea aseguraba que no conocía a nadie que hiciera sonar la flauta como usted. Tenía la impresión de que sonaba muy vocal y que introducía las frases como si fueran poesía, con su tiempo de desarrollo, conexión y respiración, frente a otros músicos que poseen la urgencia de incluir muchas notas.

Bueno, es que para tocar jazz yo he aprendido mucho del flamenco. Cómo el cante flamenco se queja, gime, respira, grita… tiene todos esos matices de expresión que muchas veces en el jazz no ocurren. Y me he fijado mucho en eso como soporte de mi discurso improvisativo. Me he dedicado a elaborar un relato que no es típico dentro del género, con lo cual, si no lo sabes, puedes hasta preguntarte si este tío sabe tocar o no, pero ha sido parte del riesgo. Lo que me enorgullece es que Chick, habiendo tocado con grandes flautistas como Hubert Laws o Joe Farrell, me tuviera en su regazo, siendo yo muy diferente. Me encanta por su valentía.

¿Y la llamada «disciplina del músico»?

Creo que la disciplina es un concepto que habría que revisar. Parece que todo trabajo artístico es indisciplinado porque surge como a borbotones. Mi experiencia es que, a lo largo de mi vida —y todavía lo sigo haciendo—, he alternado periodos de fiebre creativa y de tocar escrupulosamente con periodos de alejarme de todo. Supongo que precisamente en estos periodos de calma es cuando el alma organiza las melodías que tu mente ha recopilado en los viajes. De repente, en ese sosiego, te abordan de nuevo y te enamoras de ellas, quedándote atrapado en el proceso creativo hasta casi sin dormir.

Raimundo Amador afirma que la fusión hay que «mamarla». ¿Ha llegado a pensar que también existe una predisposición innata?

Supongo que lo primero que existe es el amor por lo que quieres hacer. Hay estudiantes de jazz que vienen a hablar conmigo y solo han escuchado 10 o 12 discos de flamenco y no han transcrito ningún solo. Yo les digo que vuelvan cuando tengan ese trabajo hecho. Para aprender flamenco, hay que salir ahí fuera y embarrarse, un tutorial de YouTube no es suficiente. Hay que llegar hasta el final y emborracharte de él. Y cuando aprendes la esencia del flamenco, tanto rítmicamente como de expresión y fraseo, estás muy cerca de todo. Lo único que cambia son cuestiones estéticas. Es como en la cocina, podemos gozar de diferentes olores y sabores, pero en realidad los ingredientes son los mismos en origen. Si conoces la esencia de esos elementos, te es relativamente fácil irte de un sitio a otro sin derrapar.

Las alianzas creativas del jazz suelen ser muy duraderas y contemplar capas muy profundas. ¿Qué factores cree que son determinantes?

Yo diría que, en general, la música más masiva, como el pop o el rock, está muy inducida por el mundo del espectáculo, que es bonito, pero cuanto más maquillaje pones encima, más se esconde la profundidad de lo que estás haciendo. Aunque existen grandes artistas en todos los géneros. En el flamenco y en el jazz no hay maquillaje, te tiras a la piscina literalmente. La conexión que se da entre nosotros sucede porque todo lo que estás haciendo ocurre en ese momento y sin prejuicios, sin pensar en que tiene que funcionar para 10.000 personas, solo por el mero placer de ser. Esa fuerza es única.

¿Entiende el trabajo del músico, como suele decirse, de «mercenario»?

Tampoco me gusta ese término. Me imagino que si eres músico y te llamas así, eres un apasionado de la música; aunque toques la raspa, le tendrás que sacar gusto. A mí me ha pasado a veces y al final tocas de corazón y a tu manera. Las bandas de pop o rock más masivo también salen a dar lo mejor y se creen su película.

¿Cree que existe diferencia entre buena música y mala música?

Yo no creo en dogmas ni en parámetros únicos. En todo caso son contradictorios. Porque puede que alguien piense que la música más compleja es la música buena, pero luego llega John Lennon con los acordes de Let It Be y rompe esa regla. Lo que existe es música que te gusta y música que no.

En todas estas cuestiones también interviene el ego. ¿Cómo se convive con las subjetividades de cada uno a la hora de hacer música?

El balance siempre es difícil. Hay un trabajo de depuración del ego. Y es bueno salir de la burbuja de uno mismo. Yo siempre busco un equilibrio, a veces teniendo que jugar el papel de líder y otras simplemente dejándome llevar. Si hubiera sido siempre líder de mi banda, me hubiera perdido la experiencia de ser uno más. Me encanta combinar ambas facetas porque ves las dos perspectivas. Trabajar para alguien que está luchando por su música y aportar lo que puedas. Es muy satisfactorio.

Jorge Pardo y parte de su banda durante la reciente actuación en el Festival Jazz Madrid

Ha comentado en alguna ocasión que no sabe si es un pionero del flamenco-jazz, pero sí el primero que se tomó en serio su relación. ¿En qué momento está esa relación?

En pañales aún. Ahora mismo se puede decir que ya somos unos cuantos y de unas cuantas generaciones, pero hay tanto por decir… Supongo que en cualquier estilo de música, pero en este caso, solo por su juventud, aún más.

Ahí también interviene la divulgación y la enseñanza. No solo en los músicos, también en el aficionado y en los más jóvenes, que a lo mejor desconocen el calado real del flamenco en artistas como Rosalía, por poner un ejemplo. ¿Le llama la docencia?

Siempre he sido pudoroso con la docencia porque yo he aprendido de una manera y me gustaría que se siguiera haciendo así. Como decía antes, para tocar flamenco no es suficiente hacerlo desde tu casa, hay que buscar el lugar de encuentro y el contexto, el compadreo… Yo siempre abro las puertas a quien se me acerca para aprender, pero de ahí a meterme a dirigir un programa de flamenco… Aunque, quién sabe, somos seres contradictorios.

¿Y si se jubilara?

Eso no creo que ocurra. Yo soy carne de esto.

Usted ofrece más de 250 conciertos al año. ¿El cambio de paradigma de la industria, del disco al directo, benefició a los que como usted siempre han estado en la carretera?

Yo siempre he estado al margen de la industria. Lo digo sin segundas intenciones. Se ha dado simplemente así. Y siempre digo que no me dedico a vender discos, ni siquiera a vender entradas. Me ocupo de hacer música y eso se puede trasladar a muchos formatos. Nunca he pensado en términos de industria, la verdad, pero sí me hubiera gustado que la industria hubiera pensado más en nosotros.

Por último, ¿va a tener continuidad el homenaje a Chick Corea? ¿Qué proyectos le esperan?

Podríamos hacer una gira completa pero eso no va a suceder. Este ha sido un encuentro especial. Lo que está a punto de estrenarse es el documental Trance, donde el director Emilio Belmonte me ha acompañado de gira a mí y a mi banda durante dos años. Ya ha pasado por festivales como el de Málaga y el In Edit, y ahora hemos conseguido distribuidora y en primavera estará en las salas de cine. Estoy contento porque no se trata de un documental al uso. Es un recorrido íntimo y poético, en el que a veces existe cierto pudor, pero no puedo separarlo, todo es parte de mi música.

Un comentario

  1. Vaya pedazo de entrevista. Es impresionante.
    Cómo se nota la calidad del entrevistado y del entrevistador.
    Me ha encantado.

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