Analógica

Las doce tribus y los descendientes del hermano de José

Para Thomas Mann, «hondo es el pozo del pasado» donde tiene origen la historia de una de las genealogías más ancestrales: la que narra la Biblia. Un relato del que nacen episodios familiares dramáticos, conflictivos y traumáticos, que darán lugar al reconocimiento de las célebres tribus.

Este texto ha sido publicado en papel en el número 215, «La Gran Familia», de la Revista Mercurio.

Ilustración: Sofía Fernández Carrera.

«Para mí fue creado el mundo» (Sanedrín)

Toledot / Generaciones

La historia bíblica es la de una de las genealogías más antiguas de la tierra.

«Esta historia […] parece demasiado breve». Este comentario de Goethe sobre el episodio de José, según Joan Parra, acompañó a Thomas Mann durante la escritura de la tetralogía José y sus hermanos. Es cierto, el relato bíblico no se extiende en detalles, aborda la narración con la palabra justa, buscando lo esencial. Sin embargo, al texto bíblico se añaden lecturas, interpretaciones que encuentran en las palabras, en su valor numérico, nuevos significados, suscitando innumerables comentarios.

Dios, la ley y la idea de generaciones son parte de su esencia. Se narra un origen familiar que es el vínculo de los judíos hasta hoy. El principio: un hombre y una mujer como base ética de la humanidad. Quizá la aportación más sabia del texto.

Para Thomas Mann, «hondo es el pozo del pasado» donde comienza la historia de José. Un pozo, una mujer amada sobre las otras, un nacimiento deseado, un soñador. Para conocer a José hay que recordar a su bisabuelo Abraham, el Hibrit, el del otro lado, referencia simbólica de sus descendientes. Abraham dialoga con un Dios único, ignora a los demás dioses de su tiempo y rompe las estatuas. No es que considere al suyo superior —y esto es nuevo—, sino que descubre que los demás no existen. Imaginen un mundo de dioses a quienes se les pide esto y lo otro; piensen en la conmoción en ese mundo idólatra al aparecer la idea de un Dios único que niega a los demás, no porque los derrote sino porque son anulados teológicamente. Y la promesa que recibe Abraham de Él no es la de ser poderoso, sino la de ser padre de generaciones en la tierra de Canaán, que no es su lugar de nacimiento. Por tanto, en las generaciones hay una idea de eternidad esencial.

Isaac

Cuando a Sara, la esposa de Abraham, le anuncian que se va a quedar embarazada ya anciana, se ríe, de ahí el nombre de Yishaq’el: «Dios reirá». Sabemos que Isaac vive un episodio dramático. Cuando Dios ordena a Abraham que sacrifique a Isaac, es el hijo quien permite que lo aten en la hoguera hasta que cambia la orden. Nada sabemos de esos instantes, pero en Isaac hay una fe inquebrantable. Abraham ha recibido la promesa de ser padre de generaciones y sabe que se cumplirá con Isaac; se dispone al sacrificio, pero también tiene fe. Es una enseñanza, el Dios de Abraham no quiere sacrificios humanos. Pero Isaac está afligido al retornar. Ha perdido a su madre, quizá por haberse enterado del sacrificio, aunque se consuela en su matrimonio con Rebeca. Más tarde, casi ciego, admira la fuerza de su hijo Esaú frente a Jacob, a quien su madre privilegia. Pero Jacob engaña al padre, y este engaño es un trauma histórico.

Era a Jacob a quien le debía corresponder el liderazgo, no por su fuerza sino por su alto nivel espiritual. Pero Jacob, quien engaña a su padre al llevarle la última comida que este le había pedido cazar a Esaú, es a su vez engañado. Creyendo que se casa con su amada Raquel, que será madre de José, es con Lea (hermana mayor de Raquel) con quien celebra la ceremonia. Además, la relación entre hermanos mantiene en la Biblia una tensión simbólica. Hay una herida previa, hermanos que reciben la culpa de su ancestro Caín, quien mata a su hermano Abel sin asumir su responsabilidad moral: «No soy el guardián de mi hermano». Por eso los mellizos Esaú y Jacob se separan. Mantienen la distancia por una cuestión de supervivencia. El pacto de Abraham pasa de Isaac a Jacob.

Jacob / Israel

Jacob cambia de nombre y adquiere el de Israel, como se conoce al pueblo hasta hoy, pero lo peculiar es que mantuvo ambos nombres. Lo cambia cuando lucha aparentemente con un ángel y vence; esto significa que hay una transformación del personaje. Si Jacob hasta ese momento vivía atormentado por querer ser otro, su hermano Esaú, es entonces cuando encuentra su lugar. «La historia de Jacob ocupa gran parte del libro del Génesis con una gran claridad», escribe Yeshayahu Leibowitz. Ahí comienza la historia de las doce tribus. A partir de Jacob, el depositario de la herencia ya no es únicamente el primogénito. Con Jacob pasa de ser un asunto familiar al inicio del proyecto nacional.

Yehudá y sus hermanos

El liderazgo de José es el de quien se atreve a soñar. Pero no olvidemos que fue su sueño, interpretado por sus hermanos como vanidad, lo que lo lleva al pozo.

Gracias a ese hecho, acontecimiento del que únicamente al final sabremos su sentido, la familia sobrevive al hambre. Quién sabe si no fue por ese motivo que fue llevado a Egipto. Adquiere poder, pero también es el origen de la esclavitud de su pueblo. Paradójicamente, como les sucedió a los egipcios que se vendieron a José para el faraón a cambio de alimentos, sus descendientes son esclavizados: «Por un Faraón que no conoció a José». El caso de José es el de un líder eficaz, pero es en la tribu de Yehudá donde continuará el pueblo. ¿Por qué?

Volvamos a la escena del pozo.

Rubén, el primogénito de Jacob, pide que dejen a José en el pozo y no lo maten. Su idea es volver después para salvarlo. ¿Pero no debía rebelarse? Es conflictivo, sufre por el desprecio a su madre Lea, que le da el nombre de Rubén y declara: «Ahora mi esposo me amará». Deseo insatisfecho, que le impide el liderazgo.

Pero la escena significativa sucede después. Están los hermanos delante de José, pero no saben quién es, ya que no se descubre enseguida para asegurarse de que han cambiado. Es en ese episodio cuando aparece el protagonismo de Yehudá (Judá), el cuarto hermano; de su nombre viene yehudi, judío, de «agradecer a Dios». Hay tensión en ese encuentro: «El diálogo entre José y Yehudá constituye uno de los momentos mas dramáticos de la extraordinaria historia de los hijos de Israel», según Leibowitz. José pide que se quede Benjamín. Entonces Yehudá se enfrenta, ofreciéndose en su lugar: «Y Yehudá se acercó a él». En ese momento José llora, confesando quién es.

Este acontecimiento marca un principio ético: si José perdona, Yehudá ha cambiado, superando sus propias acciones para reparar el mal causado, tanto su historia como quizá también la de Caín. Este hecho hace que sea premiado incluso por encima de José, que enseña el perdón. El acercamiento es un lugar más que físico, se eleva. Es el guardián de su hermano, repara una historia antigua.

Su liderazgo queda de manifiesto con Jacob, quien al morir bendice a sus hijos. Asume como propios a los de José: Efraín y Manasés, que serán también parte de las tribus de Israel. Entonces, recuerda el fallo cometido por Rubén; a Simeón y Leví les dice: «Maldita es su ira por intensa». Sin embargo, a Judá le dice: «Se prosternarán ante ti los hijos de tu padre» y «No se apartará el cetro de Yehudá»; es decir, será quien reine.

Siglos después, tras Salomón, el reino se dividió en dos: Israel y el reino de Judá. En Israel, tras la invasión de los asirios, se pierden diez de las tribus. Quedan, hasta hoy, la de Judá y la de Benjamín. Y con ellos los Leví, que es la saga de sacerdotes. Como profetizó Jacob, de Judá nacerá el mesiah, y es la tribu del Rey David. Resulta interesante analizar su pervivencia, quizá como símbolo del valor del arrepentimiento. Entendemos que se premia a Judá como lección ética para las generaciones futuras, valorándose el agradecimiento, pero sobre todo el hecho de reconocer y responder por su hermano.

 


Esther Bendahan es directora de cultura en el Centro Sefarad-Israel y autora del ensayo Si te olvidara, Sefarad (La Huerta Grande).

Un comentario

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