Horas críticas

La generosidad cuentacuentos de Irene Solà

La escritora Irene Solà Sàez (Malla, 1990), autora de «Los diques». / Foto: Oscar Holloway

Casi ha pasado desapercibida entre el incesante oleaje de novedades literarias la reciente edición en castellano de Los diques (Anagrama, 2021), publicada originalmente en 2018 por L’Altra Editorial como ganadora del Premio Documenta del año anterior. Aunque haya quienes lean el debut novelístico de Irene Solà, que precedió a la asombrosa Canto yo y la montaña baila, como casi un borrador de esta —y ciertamente hay elementos que podían anticipar algunas de sus cualidades—, se ha de celebrar la recuperación de una obra que es en sí misma un acontecimiento. No parece del todo lícito decir, entonces, que quien lea esta primera novela ahora no experimentará una sensación de descubrimiento parecida en estas páginas, puesto que si algo demostraba ya en ella su autora era su capacidad de sorprendernos en cada una de ellas, en cada una de las breves historias que, como órganos vitales, les confería movimiento.

Y eso que las diversas piezas que componen Los diques encajan a partir de una serie de fotos fijas, aunque no estáticas, que describen el estatus del relato principal, el cauce en que van desembocando los varios afluentes narrativos. Su protagonista, la joven Ada, acaba de volver a su pueblo natal de una larga estancia en Inglaterra y, mientras decide qué hacer de su vida, emprende el proyecto de escribir una novela —esta novela— sobre sus habitantes, a los que de alguna manera también regresa. Esa alternancia de escenas miradas como estampas de un álbum y de los cuentos que Ada escribe, más allá del juego metaliterario y de las confluencias o divergencias entre ficción y realidad que sugiere, parte de una voluntad que el personaje principal verbaliza cuando comunica sus intenciones a su padre: «Quiero escribir sobre cosas que conozco», dice Ada (y escribe Irene). Lo cual es cierto y, en parte, no lo es.

En esta novela que contiene otras posibles novelas, la protagonista escribe a partir de lo que recuerda, de lo que otros le cuentan y —last but not least— de lo que ella idea o fantasea. Como probablemente ocurriría en el mundo real, al explicar su proyecto es acusada de falta de inventiva y vampirismo, pero su propósito y sus méritos suponen justo lo contrario: un acto de pura creatividad, evocando e insuflando vida a esas historias con la certeza de que son necesarias como el comer, o como que te quieran. «Con amor e imaginación», reza la dedicatoria de uno de los relatos, y bien podrían ser esos dos los ingredientes principales de este libro. Un modo de ver el mundo que conecta con la infancia e inadvertidamente congela el tiempo para que podamos ser testigos cercanos de cada mínimo e imperioso detalle.

En Solà pervive una sabiduría como de otro tiempo que, al menos si nos fiamos del modus operandi de Ada, proviene de la observación y la escucha atentas («tan de cerca, no podía hacer nada para no verlos por dentro, a esos hombres y esas mujeres»), de experimentar con las formas a medida que va tomando registro de lo que acontece. Los diques hace aflorar ese cruce entre memoria y leyenda, entre lo documental y lo mítico, que por su visualidad le transporta a uno a terrenos lindantes con el arte de cineastas mágicos —o milagrosos— como Agnès Varda y Werner Herzog, tan veneradores de la palabra como de la imagen. Como ellos, la autora catalana asume con igual encanto el oficio de poeta-trovadora y narradora, y como ella, su protagonista «agradece la generosidad» de que le cuenten una historia y por eso anda siempre presta a compartirlas. Incluso, cuando en uno de los relatos se ve a sí misma embarazada, piensa que echará de menos «contarle cosas» a la vida que se está gestando en su vientre.

Irene Solà asume con igual encanto el oficio de poeta-trovadora y narradora, y como ella, su protagonista «agradece la generosidad» de que le cuenten una historia y por eso anda siempre presta a compartirlas

Como en Canto yo y la montaña baila, el sentido y el placer y el riesgo de narrar son asuntos primordiales en una novela a varias voces, tejida de historias rurales más o menos conectadas, vidas curioseadas al calor de las tradiciones y la mitología de las zonas próximas al pirineo catalán. En esta reunión en torno al fuego o este conjuro, el tono es a menudo cordial pero nada pueril, entrañable pero en ningún caso cursi. Estos cuentos representan, evocando la excelencia de maestros como Italo Calvino o Dino Buzzati, la sencillez hecha virtud, la narración cuya complejidad no se exhibe y cuyas zonas sombrías no se ocultan, pues «la felicidad es como la luna, con una cara blanca y brillante y una cara oscura». Por eso hay también en ellos lugar para la cruda violencia y la muerte, para los ahogados y los drogadictos, «historias que son tristes e injustas y no tienen moraleja».

Entre los personajes que pueblan Los diques encuentra uno a hombres celosos, babosos y maltratadores («a los hombres se les permiten cosas que a las mujeres no se les perdonan»); a mujeres curanderas, aborteras y matronas, aunque sean vistas como brujas solo porque conocen el campo y creen en sí mismas tanto como en un dios todopoderoso; a bestias que son espectadoras de la presencia humana en el mundo y que se empeñan en buscar el alma en los «animales pelados» que somos. Todos esos espíritus, de los más lóbregos a los más inocentes, son invocados por el animismo literario de Solà. Lo hace a través de una oralidad sin afectación, como líneas verdaderamente concebidas para ser leídas en alto. Las palabras se suceden y somos presa de su ritmo y su calado, de un pulso cien por cien fiable y de una lírica plena de naturalidad que se extiende a nuestros sentidos.

Irene Solà. / Foto: Ignasi Roviró

Lo sensorial está muy presente en forma de sabores, colores, olores, tactos y sonidos que reverberan en la escritura plástica, húmeda y áspera de Solà, vinculada a todos esos roces y esas luces que la despiertan, y así sus personajes «siguen dándose besos como las uvas de un racimo» o bien sus pelos se escapan de la goma de la coleta «como si fueran de agua». Una conciencia de los pigmentos de lo cotidiano que resulta al mismo tiempo muy física y muy evocadora, como en un lienzo impresionista, y que acaso también se encuentra en los ojos de Ada. A sus 27 años, se descubre a sí misma en una encrucijada entre la juventud y la madurez, donde ya la vida se vislumbra con todos sus brillos y donde todo duele más, puesto que ya se emplea cada vez más el pasado.

En medio de ese panorama existencial, Los diques del título se refieren a aquellos que tratan de contener las emociones que la experiencia desborda y rebosa, del dolor desatado como una crecida, como un desastre natural en todo su esplendor destructivo y transformador: «El agua corriendo venas adentro. El corazón anegado de agua». La autora nacida en Malla (Barcelona) en 1990 no sucumbe a la tentación de achacar los movimientos narrativos en el interior de su novela al destino o algo por el estilo, sino que más bien nos hace partícipes del curso de la vida abriéndose paso a través de estos cuentos que hacen posible la acción y la contemplación; que uno no quiere que acaben y que, en realidad, no acaban del todo. No tienen fin estas historias porque unas y otros las seguirán —las seguiremos— contando de viva voz.

 


Los diques
Irene Solà
Anagrama
(Barcelona, 2021)
232 páginas
19,90 euros

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