Cultura ambulante

Marte, la musa de fuego

«¡Oh! ¡Quién tuviera una musa de fuego para escalar el cielo más resplandeciente de la invención!»

(Enrique V, William Shakespeare)

Misión LATAM III en la Mars Desert Research Station, Utah, 2019 (foto: Mariona Badenes Agustí).

Dicen que las relaciones a distancia nunca funcionan del todo. Marte se halla ahora mismo a unos doscientos millones de kilómetros de nosotros, aunque en ocasiones se llega a quedar a unos cincuenta millones. Y no obstante, nunca lo habíamos sentido tan cercano como ahora, con las tres recientes misiones espaciales que se le han dedicado y, sobre todo, en el instante en que el robot explorador Perseverance se posó en su superficie. Desde entonces, hemos podido ver la primera fotografía de 360 grados y oír algunos de sus sonidos, y ya hay quien asegura que el futuro de la humanidad puede depender de este planeta. En Mercurio, otro cuerpo celeste en órbita, no podíamos dejar de reseñar una exposición sobre nuestra vecina roja.

El Centre de Cultura Contemporània de Barcelona acaba de estrenar una muestra comisariada por Juan Insua —director del departamento de investigación e innovación en cultura CCCBLab— bajo el título Marte. El espejo rojo, que desgrana los muchos relatos nacidos de esa relación (mayormente a distancia) a lo largo de la historia. Pese a lo que pueda parecer, lo marciano ya era tendencia en las civilizaciones más primitivas y desde entonces ha inspirado en igual grado a la ciencia y a la creación artística. Por no hablar de la escotilla que abre a la reflexión sobre nuestro calamitoso presente: tal vez por eso, la exposición se complementa con una extensa y cuidadísima programación paralela que incluye debates, proyecciones audiovisuales, actividades educativas y un canal en la plataforma Filmin.

Portada del nº 11 de «Lars of Mars», ilustración de Allen Anderson, 1951 (© David Saunders Collection).

El plato fuerte, no obstante, lo podemos degustar en la sala 2 del CCCB, y en él apreciaremos la coherente fusión de formatos que nuestra tradición científica y artística —particularmente literaria, pero también audiovisual o digital— han generado en torno a Marte como metáfora de nuestro destino, pero también del pasado terrestre más remoto y por supuesto de las incertidumbres del ahora. Más de cuatrocientas piezas entre las que se aprecian incunables, dibujos, vídeos, esculturas y hasta un meteorito marciano, y con las que se pretende narrar la cronología en tres capítulos de una historia de amor cuyo fuego (como la musa de Shakespeare) nunca se ha llegado a apagar del todo y ha dejado en nuestra conciencia imágenes imborrables, junto con otras menos conocidas en su origen pero también perdurables.

En la primera de esas partes de la exposición, Marte en el cosmos antiguo, asistimos al nacimiento de «un mito que es sinónimo de violencia y muerte, pero que también protege la cosecha e inaugura la primavera y con ella la vida». Así se refiere la directora del CCCB, Judit Carrera, a las diversas formas y nombres (Ares, Nergal, Mangala…) de Marte y a las primeras representaciones mitológicas que encontramos aquí, como la del Mars Balearicus (400 a.C.) en estatuilla de bronce. Igualmente acoge esta sección un recorrido por las primeras cosmogonías donde se hace mención a esta figura, desde el tratado protoastronómico Almagesto escrito en el siglo II por Ptolomeo hasta el giro copernicano como precursor de una concepción heliocéntrica del universo. El Poema de Gilgamesh o la Divina Comedia encarnan las obras literarias que anticiparán una fascinación creciente.

El cielo empezaba a ser cartografiado y, muertos los dioses, la especie humana estrenaba nueva fe, la del progreso; momento ideal para la ciencia ficción

En 1898, H. G. Wells inauguraba con su novela La guerra de los mundos (antes de que Orson Welles la convirtiera a las ondas hercianas) esa obsesión por Marte y su traducción definitiva a icono del imaginario pop. El cielo empezaba a ser cartografiado y, muertos los dioses, la especie humana estrenaba nueva fe, la del progreso; momento ideal para la explosión de la Ciencia y ficción del Planeta Rojo —título de la segunda sección de la muestra—. Un camino de ida y vuelta entre ambas disciplinas que aquí contempla, por supuesto, las elegiacas Crónicas Marcianas que Ray Bradbury compone en el mundo de posguerra mundial; también las películas pioneras del género, como el corto Un viaje a Marte (1910), obra del quinetoscopio de Thomas Edison, o la miniserie de significativo título Marte ataca a la Tierra (1938).

Fotograma de la película rusa «Aelita» (1924), dirigida por Yakov Protazanov.

Pero se incluyen muchos otros materiales de indudable interés y cuya influencia se ha seguido extendiendo en el siguiente siglo no solo sobre la literatura o el cine sino también en torno a otras disciplinas como la música, el cómic o los videojuegos. Así conocemos a los múltiples padres de la ciencia ficción de nuestros días, desde el célebre Archivo Saunders, las novelas de Edgar R. Burroughs o las Amazing Stories de Hugo Gernsback, todas ellas publicaciones recogidas en revistas populares; hasta la trilogía de Kim Stanley Robinson (quien, por cierto, conversó con José Luis de Vicente en uno de los eventos paralelos a la muestra) o el Blues para un planeta rojo del gran divulgador de los astros Carl Sagan. Pero también hay espacio para literatos rusos como Aleksándr Bogdánov y Alekséi Tolstoi que, sin estar tan presentes en el canon occidental, fueron precursores del pensamiento del Antropoceno, la era humana nombrada así por los nocivos efectos que nuestra presencia está teniendo sobre el planeta.

Justamente en ese punto, del que se toma conciencia en los albores del siglo XXI, arranca la última parte de la exposición del CCCB, Marte en el Antropoceno, que no puede resultar más oportuna en un presente que amplifica cada día los peores augurios sobre la posibilidad de una extinción humana. Marte representa la posibilidad de acudir al origen de la vida para hallar respuestas, por eso aquí se presenta una crónica de las misiones espaciales, de los proyectos especulativos que nos han hecho conocer —aunque sea de lejos— sus paisajes, sus condiciones de habitabilidad, sus especies autóctonas y nuestro propio papel como descubridores y explotadores. Mirar hacia nuestro vecino rojo es, en el fondo, constatar cómo puede ser el mundo sin nuestra presencia.

No hay planeta B, es una de las consignas que se sostienen en las manifestaciones contra la emergencia climática que algunos siguen sin admitir, mientras otros como el magnate Elon Musk venden la colonización como única salvación (en una maniobra de la ciencia capitalista y ecofascista que recuerda a aquel tercer capítulo de la serie francesa El colapso). A fin de cuentas, decíamos que Marte representa en la historia de la humanidad una metáfora, un espejo. La imagen que nos devuelva dependerá de aquello que hayamos sabido aprender durante todos estos siglos de imaginar un mundo lo suficientemente alejado del nuestro. Aunque las distancias, todos lo sabemos, son relativas.

«Almagesto» de Claudio Ptolomeo, edición en pergamino del siglo XIII (© Biblioteca Nacional de España).

 


Marte. El espejo rojo
Comisariada por Juan Insua
Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB)
Hasta el 11 de julio de 2021

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