Entrevistas

Javier G. Recuenco y Guillermo de Haro: «Rafa Nadal es un ejemplo de estoico moderno»

La última década ha sido la del boom del estoicismo, y no por casualidad el fenómeno nos devuelve a 2011, cuando los efectos de la crisis financiera comenzaron a hacerse sentir en todos los sectores sociales. Desde entonces no deja de crecer el número de grandes líderes mundiales y gente común que busca una respuesta en esta corriente filosófica. Pero también el de escritores no filósofos que tratan de hacer accesibles y prácticos los principios estoicos, aplicándolos a nuestra vida diaria. Precisamente esa es la base que inspiró a Javier G. Recuenco, ingeniero informático y empresario, y Guillermo de Haro, ingeniero y doctor en economía, El pequeño libro de la filosofía estoica (Alienta Editorial, 2022).

Hacéis un repaso a la historia de la filosofía estoica con menciones a vídeos de YouTube. Esta no es una corriente filosófica que se limite a los griegos.

Hoy en día, es prácticamente una corriente pop. Alguien como Ryan Holiday viene de ser director de marketing en una gran compañía multinacional como American Apparel, y de promocionar películas de cine independiente de sus amigos con técnicas de guerrilla. Es impresionante la cantidad de productos intelectuales que ha generado el estoicismo solo en la última década.

De hecho, tuvimos nuestras dudas: ¿hace falta un libro más de estoicismo? Decidimos, al final del día, escribir el libro que nos hubiera gustado leer si hubiéramos sido expuestos al estoicismo por primera vez. Y como venimos de entornos profesionales, de gestionar complejidad, no nos costó nada una vez encontrado el ángulo que considerábamos más apropiado y diferencial, allí dónde podíamos crear más valor, para luego escribir sobre ello del tirón.

Los griegos son los padres de prácticamente toda la sabiduría moderna, desde el Renacimiento y el final de la época oscura. Es complicado hablar sobre cualquier proceso intelectual que no hunda sus raíces en la antigua Grecia. Pero en el Renacimiento hay un resurgir de esta filosofía, adaptándola al zeitgeist del momento. Así que sí, va más allá.

El vuestro es un libro práctico, un manual para aplicar la filosofía estoica a la vida diaria. ¿Por qué deberíamos convertirnos en estoicos?

Es una buena pregunta. A menudo en el proceso nos han preguntado «entonces, ¿eres estoico?». Los ismos, los movimientos, inundan nuestro tiempo. Lo bueno del estoicismo es que hay multitud de aprendizajes incorporables a nuestro día a día, que van a ayudarnos a vivir una vida más plena, más consciente y más feliz, y que son fáciles de aprender. Así que exactamente por eso, por practicidad, merece la pena. Quizá no ser un estoico con todas las letras en mayúsculas, pero sí aprender los principios básicos para tener más herramientas que poder usar en los tiempos de incertidumbre que vienen. No somos particularmente proselitistas, pero nos parece que ofrece una serie de enseñanzas sumamente útiles para navegar en los tiempos actuales.

Y nos parece fascinante tener discusiones teleológicas sobre cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler, como hacían los monjes de Bizancio mientras tenían a los turcos a las puertas, de donde viene lo de las discusiones bizantinas, pero nuestro lado ingeniero siempre nos lleva a la utilidad, a la aplicación, a la praxis. Échale la culpa a nuestra educación y a Popper. El filósofo, Karl Popper, no vayas a pensar mal.

Así que una buena opción es convertirse en estoicos pero, en esta línea de ser prácticos, otra igual de buena o mejor es no convertirse en estoicos, pero tomar de esta filosofía lo que nos es útil, aquello que nos ayuda. De hecho, eso es lo que se ha estado haciendo a lo largo de la Historia, siendo uno de los motivos por el que esta corriente vuelve cada cierto tiempo a nuestras vidas. Pasó en el Renacimiento y ha pasado desde su inicio, adaptándolo a tiempos e intereses, pero manteniendo sus bases.

Imaginemos por un momento que nuestra sociedad abrazara mayormente el estoicismo. ¿Qué cambiaría?

Personalmente creo que mejoraríamos de manera sustantiva en un montón de cosas y empeoraríamos muchísimo en otras tantas. Posiblemente la economía se disparase, la estupidez en general descendería, la cultura se elevaría, el debate se centraría en aspectos que nos ayudarían a entender mejor las situaciones, la polarización se reduciría… pero posiblemente también la gente más emocional percibiría que de repente todo el mundo se ha vuelto espartano y que el entorno resulta extrañamente inhumano. En general nos producen bastante sospecha las adopciones masivas de cualquier cosa, pero es de reconocer que el ejercicio intelectual de imaginarlo resulta como mínimo estimulante.

En vuestro texto aludís a muchas disciplinas muy relevantes en la actualidad: machine learning, mindfulness, psicología, etc. ¿Cómo es posible que el estoicismo esté tan relacionado con absolutamente todo?

Porque todas las disciplinas que mencionas tienen un elemento común: la gestión de la complejidad, de la dificultad, del sistema complejo primigenio que es el hombre. Vivimos en tiempos complejos, y necesitamos armas filosóficas que nos permitan gestionarlos.

El hombre actual se encuentra en un punto en que no sabe responder a las preguntas eternas y se encuentra en un estado de máxima confusión sobre las clásicas cuestiones de quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos. Como decíamos antes es parte del zeitgeist, del espíritu de los tiempos. Hubo épocas más hedonistas, más epicúreas, como fueron los felices veinte. Pero ahora pintan bastos. Y para jugar estas cartas una disciplina como la resolución de problemas complejos, el CPS o Complex Problem Solving, es vital. Esta disciplina, a la que hemos dedicado dos décadas con diferente intensidad y enfoque, tiene el Factor Humano, o Factor X, como elemento principal de generación de complejidad. Y al espíritu crítico como catalejo de apoyo y guía. El estoicismo entronca con ella completamente, hasta el punto que podemos decir que los primeros CPSers serían nuestros adorados filósofos estoicos.

¿Qué hace al estoicismo tan atractivo para que sea objeto de interés de grandes líderes y magnates de nuestro tiempo, como contáis en vuestro libro?

El estoicismo es particularmente necesario para una gestión adulta del mal de nuestros tiempos: la incertidumbre salvaje que se cierne sobre nosotros. O la certidumbre salvaje sobre el cambio que se nos viene encima. Nuestro trabajo nos ha permitido conocer a muchos CEOs, presidentes, emprendedores, dueños de compañías… gente que toma la última decisión, y que necesitan la cabeza fría y una metodología sistemática a la hora de gestionar esta realidad incómoda. Entre ellos y en público son muy dados a golpearse el pecho y gorilear, pero cuando accedes a su sanctasanctórum te das cuenta de que son personas que se enfrentan a tremendos desafíos y que tienen a todos los ojos observándoles. Están muy solos y a la hora de la verdad no tienen sitio donde esconderse. Como Atlas, cargan con el peso del mundo sobre sus hombros. El estoicismo proporciona una sistemática base para lidiar con ese tipo de situaciones, fácil de aprender e incorporar, y con un resultado demostrado, así como fundamentos sólidos que se han mantenido durante milenios, volviendo cada poco a nuestras vidas.

Crisis financiera, pandemia, y ahora una guerra. ¿El estoicismo puede ayudarnos a tolerar este escenario de incertidumbre y cambio permanente que es el siglo XXI?

Efectivamente, esa es nuestra tesis principal. Sirve a cualquiera, pero particularmente más si por las razones que sea tienes unas responsabilidades desmesuradas. No sé si tolerar es el verbo correcto. Nos gusta más aceptar, o gestionar. Procesar, si me apuras, también nos sirve. La incertidumbre y la complejidad han venido para quedarse. Nos parece una opción más razonable aprender cómo gestionarla que hacer uso del pensamiento mágico e ignorar la realidad.

Popularmente ser estoico se entiende como aguantar lo que venga, o lo que nos echen. Vosotros argumentáis que la idea detrás del estoicismo es más compleja.

Javier G. Recuenco, experto en resolución de problemas complejos.

Sí, entendemos que una cierta simplificación es inevitable, pero no nos vemos comparando a Marco Aurelio con el santo Job. Marco Aurelio era césar, la cima de las cimas, y el estoicismo le ayudaba con aquello de no sufrir el mal de altura que intentaba controlar el memento mori, el esclavo que iba detrás del general victorioso en las paradas militares en Roma, susurrándole al oído que es solo un mortal y que no se flipe. El santo Job, que no Steve Jobs, era un elemento pasivo, que se limitaba a aceptar lo que venía con pasividad ovejuna. Eso es muy distinto a aceptar lo que no puedes controlar e intentar modificar con todas tus fuerzas lo que sí está en tu mano.

El estoico no es un resignado. No se engaña sobre lo que puede influir en realidad sobre las cosas, pero no es un mueble o un árbol que recibe los hachazos de la vida, ni alguien que pone la otra mejilla. Un ejemplo de estoico moderno podría ser perfectamente Rafa Nadal. Sus palabras tras ganar el último Roland Garros las imagino perfectamente en boca de Marco Aurelio o Séneca.

¿Qué tiene la estoica frente al resto de escuelas filosóficas para haber despertado tanto interés en la última década?

En primer lugar, que es mucho más adecuada a los tiempos que vivimos, algo que se puede comprobar estudiando la evolución del estoicismo y cómo ha resurgido con fuerza a lo largo de la Historia en momentos similares. Esto lo explicamos en el primer capítulo. En segundo, y esto es atemporal, tiene un marcado carácter utilitario, práctico y fácil de aprender, adaptar e implementar. Ser cínico puede quedar cool, pero no es particularmente útil a no ser que te dé igual vivir en un barril y darte al vicio de Onán en la plaza pública como Diógenes. Los presocráticos son un montón de gente fascinante, pero con un entendimiento de la realidad muy limitado debido a que la ciencia era la que era cuando Anaximandro andaba sobre la tierra. Sócrates es excepcional, pero te lleva a pensar que el mundo es lógico y no lo es. Séneca, por el contrario, habla de enfrentarse a la realidad virilmente en sus Cartas a Lucilio, porque la vida es lucha. Ya me contarás qué tiene más recorrido hoy en día…

¿Por qué tomáis la decisión de nadar a contracorriente y hacer un libro filosófico, en un momento en que la filosofía ya no figura como importante en el currículo ni en los planes de estudio?

Precisamente por eso. Nosotros estamos donde estamos gracias a la filosofía. Uno ingeniero informático, el otro ingeniero en telecomunicación, ambos gracias a los estoicos. El desarrollo de la Teoría de la Información en 1948 por parte de Claude Shannon se sustenta en un hecho a menudo ignorado. Shannon aprende el álgebra de George Boole en un curso de filosofía, que era donde se enseñaba la lógica formal. Lógica formal que es desarrollada en sus orígenes por filósofos estoicos, y que Boole transforma en un bestseller en su tiempo, The Mathematical Analysis of Logic (1847), que después amplía en An Investigation of the Laws of Thought (1854). ¿Basándose en quién? Aristóteles, para empezar. Su intento de entender las reglas detrás del razonamiento humano sentó las bases para la lógica deductiva, y estas sustentaron las reglas que permiten la programación moderna.

Toda la teoría de la información, la tecnología digital y la computación, nace a partir de los principios desarrollados por filósofos griegos hace más de dos mil años. Para más gracia con el tema, Shannon publicaba en 1950 su artículo Programming a Computer for Playing Chess en la Philosophical Magazine. Si hay algo que debería estar en el currículo, y no como Historia de la Filosofía, es la epopeya por entender al ser humano y su entorno, que llamaron en su momento filosofía y que ahora está cada vez más denostada.

Y aquí es obligado agradecer a nuestro editor, Roger Domingo, su visión y motivación para arriesgarse con una obra así, máxime con dos autores sin relación aparente con la temática.

Muchos lectores se preguntarán si la filosofía no tienen que hacerla los filósofos.

Podríamos decir que es como plantear que el sexo lo tienen que hacer los sexólogos, pero creo que es una pregunta razonable que merece una respuesta razonable. Filosofía significa amor a la sabiduría, y Platón consideraba que solamente una élite podía tener acceso a ella, pero nosotros pensamos que no debe pertenecer al parnaso de la intelectualidad. Hay mucha literatura sobre la materia, pero es imprescindible citar una vez más a Nenad Sesardic y su When Reason goes on Holiday (Cuando la razón se va de vacaciones) o a Keith E. Stanovich con su libro sobre lo que los tests de inteligencia pasan por alto. Por no hablar del documental La industria de los expertos y su visión del filósofo como «pundit» en Francia. Así que no. Con todo nuestro respeto para los filósofos que nos encantan, como Savater o Quintana. Vivimos una era donde se ha demostrado que en algunas disciplinas los amateurs, los «amantes de algo», en múltiples casos generan mejor contenido y comunidades que los profesionales titulados.

Nuestras carreras profesionales nos han llevado a conocer a muchísima gente inteligente y a tener claro que la inteligencia y el espíritu crítico son cosas diferentes. Luego está el hecho de que la gente que se queja de que dos ingenieros opinen sobre filosofía no suelen ser catedráticos, que son los primeros interesados en que se hable de su disciplina, sino personas que el lunes son vulcanólogos expertos y el martes geopolíticos especialistas en Europa del Este. Nos parece una opinión respetable, pero siempre hemos sido unos inconscientes y no hacemos más que escuchar y hacer caso a nuestro inconsciente interior.

«El estoicismo es necesario para gestionar el mal de nuestros tiempos: la incertidumbre salvaje; o la certidumbre sobre el cambio que se nos viene encima»

Algo que no hace ahora casi nadie es hablar de la muerte, que ocupa un lugar central en el libro. ¿No es angustioso recordar constantemente nuestra fecha de caducidad?

Otro signo de los tiempos que vivimos son los superhéroes. Diferentes momentos históricos tienen asociados unos determinados monstruos y héroes, básicamente como reflejo de la situación social y del sentir general. La II Guerra Mundial nos dejó el muerto viviente, el zombi, no solo por las imágenes terribles de los campos de concentración, sino por la aparición inesperada de familiares y amigos a los que se creía muertos, o sobre los que se dudaba que realmente fueran quienes decían ser. La llegada a nuestro satélite trajo aparejada literatura sobre extraterrestres y lo que podíamos encontrar allí. Y por supuesto cuando las cosas van mal y no sentimos que merezcamos que sea así, buscamos en héroes la reparación de la injusticia, un equilibrio necesario.

Un superpoder que a menudo sale en nuestras conversaciones es la inmortalidad. Básicamente para poder leer todo lo escrito, escuchar todo lo creado y visionar todo lo grabado. Pero la inmortalidad es un problema serio. Si algunos de los monstruos humanos que aparecen cada cierto tiempo no fueran mortales, ¿qué sería de nosotros? Igual que una foto demuestra que existe el tiempo, la vida no tiene sentido sin la muerte. Y si la filosofía busca explicar el sentido de la vida, debe ayudarnos a aceptar y entender el sentido de la muerte. Ojo, no se trata de estar todo el día a todas horas. Es como cuando nos preguntan por la lectura rápida. Mira, Usain Bolt no creo que vaya a comprar el pan a 9,58 segundos los 100 metros. Tiene una virtud desarrollada durante años, que usa cuando procede. Esto es lo mismo: debemos ser conscientes para controlar miedos y poder tomar mejores decisiones, pero no se trata de amargarse todo el día con lo inevitable.

Pero incluso si fuera el caso. Por ejemplo, Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido explica su paso por un campo de concentración y cómo sobrevivió, qué le mantuvo vivo. Incluso en esas situaciones extremas hubo gente capaz de mantener la dignidad y un objetivo claro. Ojalá nadie tenga nunca que volver a vivir nada parecido, pero el memento mori, recuerda que eres efímero, es vital.

Entre vuestras muchas actividades profesionales ocupa un puesto destacado la enseñanza a empresarios y futuros empresarios a todos los niveles. ¿Son ellos los únicos que pueden sacar lecciones de este libro?

No, por supuesto que no, pero creemos que ellos son los grandes beneficiados y a la vez los grandes olvidados de la ingente producción de material estoico. La mayor parte de literatura está orientada hacia un ángulo divulgativo, de recuperación de los escritos originales adaptados al consumidor actual y de… no quiero decir de autoayuda, pero si de automejora o de autocrecimiento. Nosotros buscábamos un ángulo más de introducción básica y filosofía aplicada. No somos catedráticos ni lo pretendemos, pero también nos irrita el absurdo uso en este país de la palabra «filosofar» para despreciar.

Habláis de la ética como forma de vida estoica, y muchos os opondrán que en la empresa los principios morales a menudo tienen que ir por detrás de los beneficios empresariales.

Guillermo de Haro, escritor, profesor, emprendedor y polímata.

Es de nuevo otra concepción errónea. Igual que se asocia equívocamente el estoicismo con poner la otra mejilla, las empresas son personas que se asocian para alcanzar objetivos y resolver problemas, normalmente dejando una sociedad mejor. Cuando una empresa comienza a perder los valores, comienza un declive que tarde o temprano la hace desaparecer o ser irrelevante. El beneficio no es solo dinero, y en nuestro tiempo cada vez los valores pesan más, pero siempre ha sido así históricamente. Además, no solo en el sector privado encontramos prácticas reprobables y perseguibles. La corrupción en el sector público alcanza cifras muchísimo mayores, y a menudo con mayor impunidad e hipocresía.

Vivimos en una época donde un grupo ideológico ha buscado llegar al poder mediante una propaganda poderosa en contra de un par de ismos, el capitalismo y el liberalismo, y una batalla cultural para conquistar derechos ya existentes, creando problemas surrealistas. Hoy día se llama neoliberalismo a la acción de gobiernos controladores que se endeudan sin parar y que se quiere combatir con más sector público. Se busca acabar con un «capitalismo salvaje» o «de amiguetes», en referencia a entramados liderados y bendecidos por políticos, que por supuesto usan empresas privadas también en su beneficio. Esto ya lo vivieron los filósofos estoicos, y la corrupción de las estructuras sociales, la complacencia de ciudadanos o gobernantes y las presiones de su época les llevaron a demostrar que había alternativas, que existían opciones. En Jot Down, Guilermo tiene una buena pieza sobre sociedades acéfalas: no creemos que se pueda vivir bien en sociedad sin políticos ni sin un gobierno sólido y sano que proporcione unas ciertas infraestructuras; igual que se ha demostrado que no se puede vivir bien en sociedad sin un sector privado dinámico y creciente.

En cualquier caso, una crisis económica como la que enfrentamos tensa las costuras sociales y pone en duda los principios sobre que se sustentaban las creencias que la hicieron posible. Veremos cambios en el concepto de democracia y su aplicación, sufriremos económica y emocionalmente. Y ahí una herramienta como esta será de gran ayuda para sobrellevarlo con éxito.

El dinero no da la felicidad. ¿El estoicismo sí?

Negamos la mayor. Puede que el dinero no dé la felicidad, pero ¡muuuuuuuuuucho dinero! No, en serio. El dinero es una representación de la capacidad productiva. O debería serlo. Es una herramienta para resolver el problema de cómo satisfacemos necesidades y percibimos el valor de las cosas. En un artículo en Jot Down, «Dando la nota», postulábamos esto comparando con los sistemas de evaluación. ¿Si te damos una matrícula de honor, o mucho dinero, serás feliz? Espera, ¿y si se lo damos a todos los que conoces? Para ser más equitativos. Espera un poco más, ¿y si hacemos lo mismo con absolutamente todo el mundo? De repente el dinero o la matrícula de honor han perdido valor y no han generado felicidad. Por lo tanto, no es únicamente el bien o su representación lo que importa, la clave es el contexto. Y ahí entra la filosofía en particular y el estoicismo en general. Son las principales herramientas que ha diseñado el ser humano para proporcionar contexto, junto con la ciencia. ¿El contexto da la felicidad? Ayuda a reducir la incertidumbre, aceptar lo inevitable y por ende no sufrir por aquello que no podemos controlar.

Esta discusión me recuerda la de ver una película sin saber nada de cine o conociendo la industria y el proceso creativo y de realización. Hay gente que prefiere la ignorancia, que da la felicidad, incluso la ciencia puede ir en ese sentido. Pero eso deja todo al albedrío de los sentimientos. Como reza la viñeta cómica, derribamos «El pensador» para sustituirlo por «El sentidor». Nosotros consideramos que el conocimiento es imprescindible para llevar una vida plena, y los estoicos son una magnífica referencia en este sentido.

Hay dos obras magníficas al respecto, que siempre recomendamos. El estudio de Harvard durante 80 años sobre felicidad, y un libro sobre las palabras finales de personas en su lecho de muerte, recopiladas por una enfermera. La felicidad está en la familia, en la gente cercana, en las pequeñas cosas. Cosas que el estoicismo te puede ayudar a identificar, valorar y alcanzar.

Hemos hablado de la parte histórica y la puesta en práctica de los principios de vuestro libro, pero hay un tercer gran bloque, que es grandes estoicos de la Historia, incluidas sus citas más importantes. ¿Por qué este añadido final?

Por muchos motivos. El primero quizá sea la vergüenza. Nos hemos defendido como gato panza arriba al respecto de nuestra idoneidad para escribir sobre este tema, pero no podemos ocultar que admiramos a ciertos autores y académicos. Hemos hablado de Ryan Holiday por su procedencia, pero Massimo Pigliucci tiene algunas obras prácticas muy recomendables. Donaldson, Salzberger, Sellars. Nuestro libro da un repaso rápido a la Historia, con cierto enfoque en esos aspectos que comentamos como el desarrollo de la lógica o el contexto en el que aparece, florece y vuelve el estoicismo. Después aportamos desde nuestra experiencia. Finalmente proporcionamos referencias, gente a la que hemos leído y que nos ha gustado. Nos parece tan importante el tema que dedicamos toda la parte final a recomendar lecturas y autores para que quien así lo desee pueda profundizar más. Nosotros no vamos a hacer semanas estoicas ni a escribir un libro con un plan anual y acciones semanales para avanzar en nuestra interiorización del estoicismo. Hay grandes autores y expertos que lo están haciendo. Si alguien llega al estoicismo a través de nuestro libro, podrá seguir avanzando. Nos hemos centrado en lo que consideramos diferencial y estamos encantados de apoyar y recomendar a otros.

La idea para la colección era hacer un libro pequeño, de unas 30.000 palabras. Al final nos fuimos a las 45.000 precisamente porque no queríamos dejar de recomendar a los autores que seguimos, leemos y disfrutamos. Por supuesto están también los principales clásicos, cada vez más fáciles de encontrar.

No importa en qué época histórica se hayan creado los principios estoicos, porque muchos de ellos siguen siendo válidos actualmente. ¿Esto es así?

Es correcto. En estos tres mil últimos años el cerebro humano no ha cambiado tanto, y el trabajo que hicieron los estoicos originales en entender cómo el ser humano podía llevar una vida plena, en comunión con la naturaleza y siendo feliz, sigue vigente en gran medida. Ellos no tenían computadoras, resonancias magnéticas ni inteligencia artificial, pero sí una gran motivación por aprender, capacidad de reflexión y pasión por enseñar y aprender en grupo. Este proceso de gestión, creación, atracción y desarrollo de talento es muy parecido al que siguen usando hoy múltiples organizaciones.

Un libro como este, escrito a cuatro manos, suena a trabajo complicado. ¿Os habéis repartido los capítulos o cada uno ha añadido cosas a los conocimientos y enfoques del otro?

Ha sido más bien un partido de tenis. Hicimos una puesta en común para estructurar, nos repartimos capítulos, luego cruzamos textos y cada uno revisó lo del otro. Finalmente, uno de los dos hizo un último repaso para unificar el tono. Y por supuesto, el trabajo de corrección del equipo de la editorial, con Carola Kunkel al frente y a quien nunca podremos agradecer lo suficiente, capaces además sin despeinarse de poner a alguien experto en la Grecia clásica a darnos caña con el material enviado.

Tú, Javier, tienes más perfil de empresario y tú, Guillermo, de docente, aunque los dos sois ingenieros y emprendedores. ¿Qué ha aportado más al libro, vuestras coincidencias o vuestras diferencias?

Nos vas a sacar todas las vergüenzas, por lo que vemos. Guillermo es más académico, más acostumbrado a la estructura, las referencias, el contexto completo, y su preparación para un público determinado. Javier tiene más trinchera, sobre todo en la parte práctica de la Resolución de Problemas Complejos, desde su difusión, adaptación a la realidad del mundo de habla hispana y aplicación práctica. Esta complementariedad ha sido buena y creemos que se refleja positivamente en el resultado final.

El mundo que viene, ¿será cada vez más estoico?

El mundo que viene será lo que nosotros hagamos de él. Y para poder sobrevivir el momento de incertidumbre que se avecina, el estoicismo y sus herramientas serán cada vez más utilizados. Te doy una cifra, ahora mismo la deuda del planeta es la mayor que ha existido nunca. Jamás en la Historia la humanidad ha estado tan endeudada. Nadie sabe cómo va a resolverse esta situación, porque la deuda es a todas luces impagable actualmente. Esto va a generar problemas y cambios dramáticos. En otros momentos históricos parecidos el estoicismo ha crecido ante estas adversidades.

¿Y ese estoicismo le hará mejor?

Sí, un mundo más estoico creemos que será un mundo mejor para todos. Lo fue hace miles de años para los creadores de gran parte de la cultura que disfrutamos ahora; después, en varios momentos históricos; y lo será ahora de nuevo. El mundo ha ido mejorando poco a poco, en gran parte gracias a muchos estoicos.

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