Horas críticas

Bébeme las lágrimas y lloremos de risa

Si comienzo la reseña de Gente que ríe (Caballo de Troya, 2022) señalando que estamos ante un debut, no es como dato anecdótico sino por lo revelador que resulta, en un doble sentido: se trata de una obra en la que su autora ha volcado la osadía de su juventud, pues el primero de estos relatos lo empezó a escribir con poco más de 20 años; y además, esta ópera prima supone una revelación del potencial de su innegable talento literario. A los ocho relatos que componían el volumen le añadió Laura Chivite (Pamplona, 1995) uno ulterior, con el que suma el mismo número del extraordinario compendio de J.D. Salinger con el que algunos —incluida la autora, según ha confesado— pudimos madurar, casi de golpe, como lectores.

Los diversos relatos, todos muy breves, de este conjunto en particular pueden leerse como una novela, una sola historia que abarca varias décadas. Pueden leerse también, en cierto modo, como una biografía de Berta, su personaje protagonista, cuya figura lo articula todo. Y si lo preferimos o nos dejamos guiar por lo que Chivite ha dejado caer en alguna entrevista, pueden leerse como una autoficción, al menos parcial. O, mejor aún, como una retroautoficción, puesto que la vida de Berta se nos cuenta a través de una serie de escenas —cada relato— cuya cronología se subleva para avanzar de adelante hacia atrás, de la madurez del personaje a su nacimiento: desde un siniestro (y, por tanto, familiar) año 2060, hasta 1995, fecha en que vino al mundo la autora.

Por mucho o poco que haya de auto, la particularidad del argumento común a esta antología es que Berta no ejerce de narradora, sino que la observamos siempre a través de otros personajes. Mediante las miradas ajenas tratamos de captar su esencia, y al hacernos partícipes de ese proceso, Gente que ríe evidencia la dificultad de la proeza, del misterio, que supone conocer a alguien. Como en un espejo deformante o una lente ojo de pez vemos el rostro de Berta, que se nos aparece como un ser solitario, excéntrico, incoherente; humano, vaya. Del mismo modo se reflejan nuestras caras ansiosas o inseguras, raras o temerosas, en lo que otras personas cuentan de nosotros. Chivite se plantea los dilemas de la identidad y cómo las relaciones moldean quiénes somos, hasta el punto de hacer de nuestras vidas un paradigma de la inestabilidad.

En el primer relato —o capítulo—, titulado R.A.L.A., se evoca un futuro de centros de rehabilitación para curar las secuelas de la tecnología basándose en el Regreso A Lo Analógico, e incluyendo una Extracción de Recuerdos Informática que nos trae a la mente la genial película de Michel Gondry y Charlie Kaufman. Una reflexión sobre el progreso como condena, cuya inspiración en el mundo pospandemia de reforzada alienación parece evidente en algunos pasajes: «Fue testigo de cómo la gente de su generación renunciaba al peso de la autoconsciencia y se rendía a ese cambio, aceptando las diferentes nuevas normalidades con una naturalidad de espanto». Aparece además aquí por vez primera en el libro un mal social muy vigente, otra epidemia si se quiere, o quizá aquella que descubrió el covid: la soledad, en este caso entendida como aislamiento social involuntario.

Al hacernos partícipes de ese proceso, Gente que ríe evidencia la dificultad de la proeza, del misterio, que supone conocer a alguien

En Cómo olvidar a Berta, la autora emplea la segunda persona à la Lorrie Moore, aunque no es la única de las narradoras norteamericanas a las que cita —de forma explícita o no— en este libro, donde también aprecia uno el filo y el ingenio, pero también la empatía con sus personajes, de otra magistral cuentista como fue Grace Paley. «Piensa que te has adaptado exitosamente al dolor», leemos en este relato que suena como la voz monocorde y desoladora del Fitter, Happier de Radiohead, mezclada con el descorazonador diagnóstico existencial de la generación quemada. El futuro distópico se cuela aquí como en nuestro feed, con escaso drama: «Haz el amor con automatismo y ternura». En el porvenir que dibuja Chivite, estamos fundamentalmente solos y melancólicos, lo que acaba siendo una catástrofe a escala planetaria, un clima emocional insostenible. Es como si promoviera la antinostalgia, como si nos invitara a plantearnos que vivir en el pasado puede ser tan nocivo como hacerlo proyectando siempre el futuro, ya sea brillante o tétrico.

«Le pasará por la cabeza que todas las historias se repiten, las historias se repiten una y otra vez, sin parar, constantemente», conjuga en futuro —imperfecto— en La cuarta mujer aquello que puede entenderse como un recuerdo, una premonición o un destino en el que, como a la protagonista, poco importan las consecuencias. Este relato, epítome de la inteligencia del conjunto, destaca por su humor que tiene algo de inocente y algo también de esquinado, acaso la única manera de afrontar los miedos que en estas páginas se exponen, entre otros, el del «poco control que tenemos sobre lo que nos gusta» o el de «ver cómo tu yo se fragmenta y descubres que elijas lo que elijas estarás renunciando a todo lo demás». Asistimos a la influencia de una amistad madura, la admiración por una mujer que no necesita aparentar lo que no es y que está dispuesta a compartir sus recuerdos sin traicionarlos.

En Reproches al microondas, la protagonista se hace conductora de un camión de basura y testigo de una trama rocambolesca y matrioshka: un compañero que espía a su ex —Berta— descubre que otra mujer la espía. «En realidad, cualquier relación humana podría llegar a considerarse una técnica de espionaje», sugiere la narradora, que se basa en una diégesis inverosímil, pero real, de los hechos a cargo de una especie de psicópata voyeur con alma de Amélie Poulain, y que tiene algo de la mirada negra de Ottessa Moshfegh (a la que cita) cuando hace referencia al mundo «aterrador y estúpido» en que vivimos. Un retrato nada complaciente de la obsesión amorosa y de lo azaroso del objeto de afecto: «Todos hacemos cosas parecidas. Nos obsesionamos, nos aburrimos. No podemos parar de obsesionarnos y aburrirnos». Touché.

La experiencia de tener un tucán en la cabeza, una de mis debilidades, se mueve —como pez en el agua— entre lo absurdo y lo irónico. Obesidad mórbida y turismo de pulsera y crossfit componen el panorama grotesco de este relato donde se cita a un personaje de David Foster Wallace (el que puso nombre a la citada generación quemada) en La broma infinita, aunque pueda recordar más bien a la descacharrante crónica de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, con algunas frases de honestidad demoledora como: «Es entre terrorífico y liberador descubrir que la ternura y esperanza que el resto pone en ti en tu infancia y adolescencia va diluyéndose poco a poco hasta que desaparece».

La escritora Laura Chivite. Foto: Isabel Ezkieta

Por qué seguir con la búsqueda agotadora, brillante titular para casi cualquier vida contemporánea y título de un programa televisivo tipo First Dates en este relato, se plantea una hipotética versión alternativa del reality show a modo de «complemento truculento», que exhibe furtivamente en las pantallas una serie de casos especialmente disfuncionales y, por tanto, iluminadores. Para todos aquellos que hemos disfrutado alguna vez con la visión bufa, reveladora y bastante tolerante de la condición humana que ofrece un espacio catódico como aquel, resulta significativo este relato sobre nuestra tendencia a enamorarnos de nosotros mismos, de la imagen que proyectamos: «La razón por la que todos preferimos mirarnos en el reflejo de los escaparates es que a nadie le gusta la claridad con la que los espejos revelan nuestra mediocridad».

Con formato de obra teatral, y con un tono disparatado que recuerda a Miguel Mihura o Enrique Jardiel Poncela, se presenta Vacaciones, la crónica de un veraneo familiar en la Costa Brava, así como del asimplamiento voluntario que supone la supervivencia en pareja para quien la sostiene, o más bien el hastío que encierra esa claudicación autodiagnosticada cuando ya es demasiado tarde: «Soy una madre de cuarenta años que está hasta el coño». Esta minipieza dramatúrgica cobra sentido por las continuas rupturas de la cuarta pared, a modo de conciencia —incluso futura— de lo estrambótico, banal y delirante de la farsa matrimonial y la existencia en el seno de una «familia disfuncional». El teatrito de la monogamia y la consanguinidad, ya saben.

Te regalo mi nombre contiene alguna de las imágenes más atinadas del conjunto, como «Escucha conversaciones que le suenan a burbujas» o «Admira la capacidad de describir la etimología de sus actos». En este relato, la protagonista se sumerge en el recuerdo de un viaje a Manchester a finales de los años 70, y aunque es en esencia la crónica de una amistad que durará 72 horas «o toda una vida, depende cómo se mire», lo más fascinante se halla en la parte de la trama ambientada en los Estados Unidos de la década previa: historia de terror y fanatismo religioso, recuerda al tono de la reciente El diablo a todas horas, y, en concreto, a la figura del oscuro predicador que encarna Robert Pattinson.

No es difícil entender por qué Jonás Trueba se ha interesado por esta mezcla de levedad y existencialismo, pasados por el prisma de la insolencia y la inventiva narrativa

Y ya que hablamos de cine, no es difícil entender por qué Jonás Trueba, editor invitado por Caballo de Troya desde el pasado año, se ha interesado por esta mezcla de levedad y existencialismo, pasados por el prisma de la insolencia y la inventiva narrativa, que representa Gente que ríe. Si Trueba, como gran lector y heredero de la nouvelle vague, desarrolla en sus películas un continuo diálogo expreso con la literatura, Laura Chivite, gran cinéfila, también entiende el arte de la escritura como el de la creación de imágenes reverberantes. El cine de Céline Sciamma, John Cassavetes o Blake Edwards está presente de alguna forma, pero el séptimo arte también se filtra de modo más invisible en sus descripciones y semblanzas.

Gente que ríe, el relato que da título al libro, es, como decía al principio, una suerte de añadido o epílogo de nueve páginas, que resume una complicidad secreta, única e innacesible, entre una narradora que podría ser la propia autora y su prima Berta, a la cual ve cuando visita la casa de sus padres, y con la que instaura un lenguaje privado: «Escucharías nuestra risa y no entenderías nada […] Hemos tenido carcajadas en funerales, en agencias inmobiliarias, en aviones, en peleas familiares que nada tenían que ver con nosotras, en hospitales, en armarios, en salas de parto». Risas contra el dolor y el drama —absurdo— de la vida y de la muerte. Gente que ríe por no llorar, o que llora de la risa que le da este loco mundo.

Contiene este último capítulo el sublime párrafo que la editorial ha elegido (con buen juicio) para la contracubierta, y que culmina así: «También pensé que, si me las bebía, si le chupaba disimuladamente los pómulos para meterme sus lágrimas en la boca, me llenaría de proteínas». Entre citas a referentes como las enormes Joan Didion y Lucia Berlin («No era difícil parecer rematadamente frívola, pero aun así exageré»), así como de Franny y Zooey (¿dos relatos o una novela?) de Salinger, dos frases de la propia Chivite suenan a epitafio y resumen aquello por lo convendrá volver a este libro en el futuro, que será también pasado: «A veces tememos perder la alegría». Y sobre todo: «Es importante recordarse a una misma con ternura». Ténganlo en cuenta cuando miren atrás o cuando se vean en una foto antigua. Si no han vaciado su memoria para entonces, claro.

 


Gente que ríe
Laura Chivite
Edición de Jonás Trueba
Caballo de Troya
(Barcelona, 2022)
176 páginas
15,90 €

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