Crónicas en órbita

De la inutilidad de la quema de libros

Fotograma de «Fahrenheit 451» (1966), de François Truffaut. / © Universal Pictures

De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Jorge Luis Borges

¿Qué es esa cosa llamada libro? Un prisma de papel y cartón, una serie de códigos en una pantalla, antes un códice, unas láminas de bambú, un rollo de papiro, una piel de cordero, unas tablas de madera, de marfil o de arcilla, incluso también puede considerarse como un libro la acumulación de relatos orales, esa capacidad infinita y ancestral de querer atrapar el mundo con palabras. Un libro no es nunca un objeto sino un espíritu: la imaginación y la memoria de la humanidad. Sin embargo, a lo largo de la historia ha habido personas (tiranos, burócratas, moralistas, censores, conquistadores) que intentaron acabar con ese valor intangible mediante la eliminación de los objetos materiales. De todos los intentos de acabar con los libros el fuego ha sido, si no el único, sí el más espectacular de sus medios. Las llamas devorando la biblioteca de Alejandría, la hoguera de las vanidades de Florencia, los autos de fe de la Inquisición o las piras de Goebbels son muestras suficientes de la tarea encomendada al fuego: acabar con lo inacabable, es decir, con el genio humano. Pero no el genio de los autores, sino ese que nace del encuentro de las palabras con los lectores.

Ray Bradbury urdió una sociedad en el futuro, en un tiempo de cultura estandarizada donde vigilan unos bomberos destinados a quemar libros y resiste un grupo de disidentes que los ha memorizado todos para que sean repuestos al papel cuando, alguna vez, todo termine. En ese tiempo los lectores son, literalmente, los libros. Las ficciones y los pensamientos se han encarnado en las personas con el objetivo de persistir.

Solo somos sobrecubiertas para libros, sin valor intrínseco. Algunos de nosotros viven en pequeñas ciudades. El Capítulo 1 del Walden, de Thoreau, habita en Green River, el Capítulo II, en Millow Farm, Maine […] Transmitiremos los libros a nuestros hijos, oralmente.

El emperador chino Shih Huang Ti había mandado quemar todos los libros existentes para que la historia comience con él. Ya no había libros que le recordaran la existencia de un pasado, pero el pasado aún estaba ahí. Unos años después, bajo una nueva dinastía, cuando ya no estaba prohibido recordar, algunos de esos libros se pudieron reescribir gracias a quienes los habían memorizado.

De estas dos historias podemos inferir una idea del libro: que está hecho de algo que, aunque destruido su soporte material, vive en los lectores porque, ya lo sabemos, cualquier libro está mudo hasta que la lectura lo despierta y lo hace hablar.

Son los lectores los que preservan los libros prohibidos y perseguidos. Anna Ajmátova era una poeta rusa que vio caer el mundo a su alrededor a manos del estalinismo: fusilaron a su primer marido, el segundo murió agotado en un campo de concentración, su hijo fue deportado a Siberia, liberado y vuelto a encarcelar, sus textos fueron prohibidos. Cuando la acusaron de alta traición por lo que decían sus poemas, se dedicó a quemar todos sus papeles, porque a veces la quema de libros la debe hacer uno mismo. En el prólogo a su célebre obra Réquiem, poema sin héroe, cuenta que una vez, mientras hacía cola para visitar a su hijo a las puertas de la cárcel, una mujer la reconoció y le preguntó si ella podía dar cuenta de todo eso que estaba viviendo el país, su Rusia. Anna le contesta con una sola palabra, dice «Puedo» y entonces empieza a escribir el Réquiem.

En ese verbo conjugado en primera persona hay determinación, pero también la declaración de lo que es y puede ser la literatura. Durante dos años estuvo componiendo su poema con una metodología particular: escribía en una hoja, la fechaba, memorizaba los versos y después la destruía. También, perseguida por el miedo a la muerte, empezó a recitárselos a sus amigos. Así, Anna Ajmátova, como aquellos rapsodas de la tradición oral, a fuerza de memoria y repetición salvó sus poemas de los confiscadores.

Hay que imaginar a esa mujer escribiendo, recitando y rompiendo cada papel. Hay que imaginar a esos amigos escuchando para salvarla. Hay que imaginar un libro concebido en la puerta de una cárcel, escrito en la soledad de una habitación y transmitido en la clandestinidad de unas reuniones secretas. Ese libro no está hecho de papel ni puede arder en ningún fuego.

Llegaron al amanecer y te llevaron consigo.
Ustedes fueron mi muerte: yo caminaba detrás.

La memoria y la imaginación de la humanidad son entonces mucho más que unos objetos físicos susceptibles de ser quemados; con las llamas no desaparecen autor, teoría, personajes. Siguen acá. Sin embargo, todos aquellos que lo intentan una y otra vez por uno u otro método, creen que es fácil deshacerse de las ideas. Y esa es otra concepción del libro. La quema es la imagen hiperbólica de esa convicción que a lo largo de la historia ha tenido diferentes manifestaciones: destierros, prohibiciones, censuras, enmiendas, correcciones y las muy actualísimas cancelaciones. Podemos pensar que todos aquellos que queman libros —vamos a usar la hoguera como figura que engloba a todas esas otras acciones— lo hacen con el convencimiento de que, de esas cenizas, va a surgir la semilla de una nueva sociedad cuyos valores coinciden punto por punto con los propios. Para estas personas la tradición literaria es demasiado porosa, está repleta de imperfecciones y por eso debe ser allanada.

La historia del emperador chino y la que imaginó Bradbury nos hablan de dos empresas vanas: el intento de anular la historia y la obsesión por evitar el conflicto. Una es ficticia y la otra no, pero esa diferencia ahora no importa, porque a las dos las conocemos por los libros: la del emperador chino tiene muchas versiones, una de las más visitadas es la de Borges en La muralla y los libros, que se detiene en la desmesura del emperador (no solo quiso operar sobre el tiempo borrando el pasado, también quiso cerrar el espacio construyendo la Gran Muralla China) y sus imprevisibles motivaciones; Fahrenheit 451 es célebre, aunque quizás es más conocida su alegoría que su trama.

Un momento de «Fahrenheit 451» (1966), de François Truffaut. / © Universal Pictures

El argumento de la novela puede resumirse así: el señor Montag trabaja como bombero en una sociedad en la que los libros han sido prohibidos y los bomberos no combaten el fuego sino que lo producen. Reciben denuncias, recorren las casas y queman todo aquel ejemplar que alguien pueda haber conservado de una era anterior. Los llaman Guardianes de la Felicidad y son funcionarios obedientes a un poder más microfísico que vertical, su tarea es proteger a las personas de todas «esas teorías y pensamientos contradictorios» que hay en los libros y, solo en última instancia, sancionarlos o quemarlos. La aclaración es importante, porque más que la prohibición, lo que opera en este mundo distópico es la falta de interés: los libros perdieron valor hace tiempo y fueron abandonados por los lectores, que se hartaron de las ambigüedades y la melancolía que provocan las palabras.

Los años han querido que Fahrenheit 451 haya quedado cristalizada como la distopía de un régimen autoritario en el que se prohíben los libros. Es cierto, la imagen de los bomberos y el fuego devorando las páginas y hasta a algunos lectores es poderosa, pero en la novela no impera una dictadura sino que la sociedad avanzó sobre sí misma y ya no tolera sus propias contradicciones. Acaso las palabras del capitán y mentor de Montag iluminan también algunos debates actuales sobre la literatura y el arte en general.

Ahora, consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la población, más minorías hay. No hay que meterse con los aficionados a los perros, a los gatos, con los médicos, abogados, comerciantes, cocineros, mormones, bautistas, unitarios, chinos de segunda generación, suecos, italianos, alemanes, tejanos, irlandeses, gente de Oregón o de México […] A la gente de color no le gusta El pequeño Sambo. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del tío Tom. A quemarlo. […] Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante y limpio.

Estas palabras parecen de este siglo, pero no, fueron escritas a mediados del siglo pasado cuando la amenaza a la literatura estaba en la cultura de masas; después de todo, Bradbury es hijo de su tiempo y la televisión era el enemigo a la vista. El futuro era un tiempo en el que los lectores ya no querían leer porque se habían acostumbrado a la rapidez y superficialidad de las imágenes mientras los libros eran complejos, contradictorios, fantasiosos e incomprensibles.

La mejor imagen de esta distopía es, sin duda, el bombero incendiario, así como la de este tiempo podría ser la de los autores y lectores que le tienen miedo a las palabras. Ese es el fuego que se cierne como amenaza para la literatura actual, no la quema de libros en forma de corrección política y cancelaciones. Si Lolita es sacado del catálogo de una biblioteca o El guardián entre el centeno no está más en los programas de las escuelas estadounidenses porque tienen personajes «moralmente ambiguos» y los vigilantes no quieren confundir a los adolescentes contemporáneos, de todas maneras la literatura de Nabokov y la de Salinger seguirá ahí, como los versos de Anna Ajmátova o la tradición china milenaria.

La época que nos toca vivir está plagada de intentos de doblegar el tiempo y la historia, también las palabras. Tal vez ninguno de ellos sea tan desmesurado como las empresas del emperador que quemó todos los libros y construyó una muralla que alcanza a verse desde el espacio, sin embargo, vemos cada día ensayos por amoldar todos los tiempos al nuestro y obligar a las palabras a que digan lo que queremos escuchar. Por eso me gusta volver sobre La muralla y los libros y todas las conjeturas que hace Borges sobre las motivaciones del emperador, ese hombre que intentó abolir el pasado y se ufanó de nombrar sin ambigüedades todas las cosas del mundo.

Quizá el Emperador quiso recrear el principio del tiempo y se llamó Primero, para ser realmente primero, y se llamó Huang Ti, para ser de algún modo Huang Ti, el legendario emperador que inventó la escritura y la brújula.

Este, según el Libro de los ritos, dio su nombre verdadero a las cosas; parejamente Shih Huang Ti se jactó, en inscripciones que perduran, de que todas las cosas, bajo su imperio, tuvieran el nombre que les conviene.

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