Entrevistas

Daniel Ruiz: «Yo no escribo sobre algo, escribo siempre contra algo»

El escritor Daniel Ruiz, autor de «Amigos para siempre». / Foto: Iván Giménez.

Al trato, el escritor Daniel Ruiz (Sevilla, 1976), que presenta en estos días su última novela Amigos para siempre, es un hombre campechano y amable, con el que enseguida se anima una apacible conversación. Al leerle sale lo incisivo, lo ampuloso y lo duro. La escritura lo transforma de ser afable en bestia crítica, sabiéndose incapaz de una literatura complaciente. La experiencia de leer a Daniel Ruiz podría compararse con darte a probar una apetitosa porción de tarta cuyo sabor, finalmente salado, no esperabas: una patada al paladar. Lo más difícil de conseguir lo consigue: que quieras más.

El negro de las cubiertas de su editorial con la que lleva publicando desde 2015 y que le otorga, un año después, el Premio Tusquets de Novela le va que ni pintado a sus tramas cínicas y agridulces. Con cada nuevo tema que acomete, nos sacude con su particular mirada y ácida bofetada de realidad de la que preferiríamos huir; pero, sin embargo, maneja la trama con tal maestría que acabamos rendidos a ella, incapaces de despegarnos de las páginas del libro. Unos personajes reconocibles, pero de actitudes execrables, ante los que no sabes si arrojar el libro contra la pared o seguir leyendo. Y es que Daniel Ruiz, auténtico y sin pantomimas, conoce y maneja los entresijos narrativos para hacer que sus ficciones sean altamente adictivas.

Avalada por Sara Mesa o Toteking desde la faja del libro como una sátira gamberra y magistral, Amigos para siempre tiene de celebración lo mismo que de escarnio, el retrato de una generación acomodaticia, alojada en el cinismo y que ostenta hoy el poder; un repaso a la construcción contemporánea de los afectos, a la imagen de uno mismo, a la idea del éxito y de la belleza.

Esperando que ejerza una suerte de revulsivo necesario, Amigos para siempre es el resultado de uno más de los exorcismos que Daniel Ruiz lleva a cabo a través de su escritura; para los lectores resulta un entretenimiento peligroso: contiene demonios.

En el siglo de la hipercomunicación, de las fotos retocadas, de los amigos que se cuentan por miles en las redes sociales, ¿qué son los amigos para siempre?

Entiendo que los amigos hacia los que sientes un mayor arraigo. Los amigos, como se suele decir, «de toda la vida», a los que conoces desde muy joven y a los que has aprendido a perdonar y entender. También sus miserias. Porque nadie está libre de ellas. Las redes sociales, en efecto, han generado la falsa sensación de que uno tiene más amigos de los que tiene. Cuando, en realidad, son muy pocos a los que uno realmente puede acudir cuando las cosas vienen mal dadas.

¿Influyó el confinamiento duro en la elección del tema de esta novela?

No, el confinamiento ya me pilló con la historia entretejiéndose. Más bien el confinamiento favoreció que el ritmo de escritura fuera más rápido y concentrado. No recuerdo haber escrito de forma tan voraz como durante los meses de la pandemia. De hecho, me agarré a la escritura, a la necesidad de contar, como un clavo ardiendo. Y ocurrió que, casi sin darme cuenta, los personajes ya hablaban solos. En lugar de escribir, se parecía bastante a un acto mediúmnico: yo me sentaba delante del papel y transcribía lo que ellos contaban.

En cada novela eliges un tema sobre el que descargas una crítica feroz. ¿De dónde crees que viene tu perspectiva crítica de la realidad?

Foto: Iván Giménez.

Tiene que ver, creo, con mi posicionamiento ante la escritura. Yo no escribo sobre algo, escribo siempre contra algo. Es una reacción terapéutica frente a las cosas que me producen repugnancia, extrañeza o sorpresa. Por eso mi literatura tiene siempre ese aire de ferocidad, de desfogue.

¿Canalizas con la escritura la frustración para evitar «un día de furia» a lo Michael Douglas?

[Ríe] Es posible. O más bien para ahorrar en psicólogos. Por ejemplo, en la pandemia, esta novela me salvó de caer en una depresión.

La polarización política está provocando una crispación que se cuela en las relaciones, en los vínculos familiares, en los de amistad, y eso se ve reflejado en el grupo de amigos de tu novela. ¿Sería diferente haberla escrito después los resultados del 4M, después de las estampas de la campaña y el clima político aún más radicalizado?

No lo sé. Es cierto que la espiral de polarización parece no tener fin, siempre va a más. Es, de hecho, la espita que propició esta novela en el origen: la manera tan fea en que la política y los planteamientos radicales han irrumpido en nuestras relaciones, hasta el punto de desbaratarlas, de ponerlas en riesgo. Creo que eso nos embrutece, nos convierte en animales. La humanidad debería estar por encima de eso.

Tienes un coro de personajes amplio, que van deformándose como si fueran desfilando por una sala de espejos, ¿a qué personaje, o personajes, salvas, si es que salvas a alguno?

Los salvo a todos. Porque todos son miserables pero también producen pena. Algo no muy distinto de lo que nos ocurre a nosotros, los personajes de carne y hueso.

Este grupo de amigos cumplen 50 o están próximos. Como generación X, los hijos de los baby boomers, se les achaca como rasgo característico la obsesión por el éxito. ¿Es esto lo que los termina deformando?

No solo el éxito. Porque diría que aquí, verdaderamente, ninguno tiene éxito de verdad, en el sentido de que todas sus expectativas, lo que anhelaban ser cuando tenían veinte años, se han truncado.

«A mis amigos, cómo no, del Club Gourmet», pone en la dedicatoria. ¿Es una advertencia a tus amigos?

No, para nada. Es mi grupo de amigos más cercano. Más bien familia, en realidad.

¿No te da miedo que estos amigos te convoquen a una cena y planeen una venganza?

Tendré que andarme con cuidado, sí.

¿Cómo han podido mantener este grupo de amigos el equilibrio precario de su amistad? «Este grupo de golfos que perfectamente podría ser el tuyo», dice la reseña de Toteking en la faja. ¿Crees que es una cuestión cultural de la ciudad, del sur en general? ¿O es generacional? 

No, creo que es algo universal. La manera que mucha gente tiene de relacionarse, muchas veces muy poco sincera, y también interesada, es algo que detecto constantemente en mi entorno, allá donde voy.

Parece que reprodujeran roles y relaciones, al menos, de una generación anterior; a veces tenía que recordarme a mí misma, mientras leía, que eran más jóvenes. ¿Por qué parecen más viejos?

No estoy de acuerdo. Mi generación ha sido incapaz de superar determinados conflictos que las generaciones posteriores han asumido con completa naturalidad. Por ejemplo, el machismo, o la homofobia, son aspectos que todavía están muy presentes en mucha gente de mi edad. Y que en muchos casos sobrellevan en silencio, como quien porta un pecado inconfesable. Esto se percibe muy claramente en las reuniones de hombres, cuando no hay mujeres y nos quitamos la máscara. No creo que la novela exagere nada, en ese sentido.

Estos tipos resultan muchas veces muy difíciles de apreciar: da la sensación de que no hubieran calado en ellos los avances sociales de los últimos diez años, ni siquiera la última ola de feminismo en España. ¿Piensas que es el reflejo de la realidad masculina actual de esta generación?

Foto: Iván Giménez.

Como te decía, pienso que sí. Que en el lado del debe de los hombres de mi generación hay que situar su dificultad para asumir el empoderamiento femenino. Estoy cansado de percibir en mi entorno la condescendencia o incluso las sospechas hacia las mujeres que acceden a puestos de responsabilidad.

La relación de este grupo con Sebas, el amigo homosexual, parece la típica actitud que se justifica en plan: «¡No, si yo tengo muchos amigos gays!», modo pose social que en realidad oculta un rechazo profundo.

Me parece muy preciso lo que dices. El gay como adorno del grupo, como una exuberancia, algo que aporta colorido pero que esconde un claro rechazo.

¿Y la rivalidad entre los personajes femeninos? ¿Por qué hay entre ellas más cinismo que sororidad?

Tengo que decirte que eso también lo percibo entre muchas mujeres de mi generación. La asunción invisible de un machismo incongruente que las lleva a rivalizar entre ellas, en lugar de solidarizarse y construir juntas. Conozco a muchas mujeres que se llevan mucho mejor con los hombres que con personas de su sexo. No estoy diciendo que eso sea malo, pero percibo mucha rivalidad entre mujeres, una suerte de machismo involuntario.

«El empujoncito que necesitas para llamar al abogado y divorciarte», dice Jaszecka, la scout literaria.

Me parece un blurb genial.

Y el Satisfyer…

Sí, el Satisfyer sin conocimiento de la pareja. O la cuenta de Tinder de su marido. El sexo ensimismado, llevado en silencio, bajo la ocultación y la mentira. También lo veo en mi entorno.

Y después de acabar de una manera inimaginable… ¿la vida sigue así, sin más?

La novela lleva a los personajes a un naufragio sin vuelta atrás. La opción abierta que plantea el final es o reconstrucción o muerte. Es un exorcismo, que debe llevarlos hacia algún sitio. Lo que está claro es que ellos mismos y su relación ya no será la de antes.

¿Cómo quieres que funcionen las referencias musicales en tus novelas?

Aborrezco la pedantería en la literatura. Cada vez más. No soporto, por su obviedad, a los escritores que se ponen fantásticos recomendando temas musicales muy sutiles, e incluso rebuscados, para que parezca que son más sofisticados de lo que son. Es un ejemplo claro de que el escritor antepone su vanagloria a la eficacia narrativa. La música siempre está muy presente en mi obra, pero en todos los casos al servicio de la trama, de la eficacia de la historia y de la construcción de los personajes. En La gran ola, el coach tenía que escuchar a Paul Anka, porque la música y la propia presencia de Paul Anka aportaban al personaje matices que convenían a su personalidad. En El calentamiento global, el músico del dúo que toca cada noche en el hotel tenía que ser fan de Mike Oldfield, porque quería construir un personaje muy místico, muy rollo AOR, desfasado… Aquí, en la fiesta, lo que suena todo el tiempo son hits discotequeros y música de los 80. Porque es una fiesta nostálgica, un revival de un grupo que sigue instalado en los años de su juventud.

En Amigos para siempre hay bastante de los ochenta, algo de los noventa y ¿Hombres G?

Hombres G ha influido en toda una generación, que es a la que pertenezco. Y Voy a pasármelo bien es una estupenda canción de farra.

¿A qué tema planeas darle el próximo palo crítico?

A la próxima cosa que me produzca una repugnancia tan insoportable que me obligue a encerrarme a escribir.

¿Te imaginas hacer una cena de Amigos para siempre con doce invitados generacionales? ¿A quiénes invitarías?

¿Escritores? ¿Doce escritores juntos? Sería insoportable. Ni de coña.

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*