Horas críticas

Libros de la semana #17

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

Bouquet garni, de Olaf Ladousse (Barrett)

El Bouquet garni es una técnica culinaria que se basa en un ramillete de hierbas empleado para aromatizar los caldos, y algo parecido se ha tratado de ofrecer en este libro, «antología definitiva» en torno a la obra del polifacético artista Olaf Ladousse. Dibujante e historietista, diseñador e ingeniero, músico y lutier, entre otras muchas vertientes creativas, del autor de origen belga y afincado en Madrid desde 1992 se reúne aquí una recopilación de entradas de su blog (de 2009 al mismísimo 2020), siempre a contrapelo del «algoritmo inquisidor» de Google, que sirven como puerta de acceso a algunas de sus obras más destacadas. «Si no les apetece tragar las 291 entradas del BlogOlaf, el Bouquet Garni les facilita la digestión con una selección de 320 páginas», señala con su habitual ironía Olaf, pero sin lograr menoscabar el magnífico trabajo de edición que ha completado el sello sevillano Barrett en un precioso volumen que plasma toda la belleza incontenible e iconoclasta de su creatividad visual. Una soberbia colección de dibujos, grabados, música y «otros inventos eléctricos», acompañados por los comentarios sobre el making of a cargo de esta suerte de Diógenes del arte con filosofía punk, que hechiza con su genio bizarro. Bien lo sabe el crítico cultural y actual jefe de exposiciones del CCCB, Jordi Costa, quien conoció a Ladousse en la órbita del legendario fanzine Mondo Brutto, y que aquí firma un elogioso prólogo: «El belga malasañero es una entidad única, pero que marida muy bien con otras sensibilidades clandestinas, conjuradas en la productiva práctica de delimitar territorios inviolables para la alegría y la inmadurez efervescente, al margen de las coreografías cotidianas de nuestro mundo de pantallas táctiles y devaluación, por la vía del tutorial de YouTube, de las estéticas del hazlo-tú-mismo-y-enseña-a-los-demás-los-rudimentos-de-sacarse-las-propias-castañas-del-fuego».

 

Emir Kusturica, de Daniel Seguer (Cátedra)

«Hijo mío, te lo aseguro, la vida es solo un espejismo». Esta cita de El tiempo de los gitanos (1988) podría servir para definir el espíritu de gran parte de la obra creativa y la filmografía del director Emir Kusturica (Sarajevo, 1954). Cátedra dedica un título de su prestigiosa colección Signo e Imagen / Cineastas a la figura y el universo del cineasta que empezó a cautivarnos con películas como Underground (1995) y Gato negro, gato blanco (1998), introduciéndonos a esa mirada de tintes irreales bajo la que laten las pulsiones humanas más palpables y el vitalismo más desaforado, elementos de una poética de resonancia universal. Dos veces coronado en Cannes —algo que pueden decir muy pocos directores de cine—, se trata de uno de los cineastas de Europa del Este mejor considerados en la zona occidental del continente, hecho que resulta revelador si tenemos en cuenta que, como señala el autor de este ensayo, «tras la mediática caída del Muro de Berlín, en 1989, poco se ha avanzado en materia de intercambio cultural entre ambos lados de la inefable línea divisoria europea». El estudio de Daniel Seguer brinda un certero análisis de su trayectoria y de la estética y la ética construidas por una obra que, siempre a caballo entre lo kitsch y lo posmoderno, ha permeado a proyectos en otras disciplinas más allá del cine, como la literatura, la arquitectura o la música. Así, este ensayo ayuda a situar en contexto la creatividad desbordante del cineasta serbobosnio (aunque «por vocación y obligación» ha acabado siendo ciudadano del mundo) que ha dado un nuevo sentido, muy influyente en las generaciones posteriores, a su herencia cultural, con una serie de relatos de innegable calado histórico sobre su país: «Ya sea radiografiando el esqueleto sociopolítico de la Yugoslavia comunista y su posterior funeral capitalista, o desnudando la musicalidad romaní balcánica, el cineasta nos ofrece el paraguas coyuntural sobre el que bascula su obra: el sentido de la existencia, el lugar de sus protagonistas en el mundo y las relaciones personales que acontecen entre ellos e incluso a pesar de ellos». De ahí emerge el fascinante universo Kusturica, reconocible y etéreo, hechizante y polémico, pero siempre apasionante.

 

El diccionario del mentiroso, de Eley Williams (Sexto Piso)

Como en la reciente Bajo la superficie, de Daisy Johnson, la protagonista de esta historia es lexicógrafa, aunque en este caso se trata de una becaria veinteañera a la que se encomienda digitalizar un diccionario, que resulta estar plagado de palabras inventadas. Así arranca esta irónica y excéntrica novela sobre aquello que no puede ser nombrado, reducido a un vocablo, y sobre la imaginación que nos hace sobrevivir más allá de lo que dictan las leyes lingüísticas; las palabras se acaban abriendo paso, a pesar de todo. Singular debut en este género de la autora británica Eley Williams, es un libro original desde su mismo prefacio, un compendio metaliterario y sin miedo al riesgo que predispone a la lectura que nos espera: «El diccionario perfecto no existe. / No todas las palabras son bellas o extraordinarias, como tampoco lo son todos sus usuarios o creadores. / Encontrar la palabra adecuada puede ser un placer íntimo. / Un prefacio puede ser una manera de decir “créeme” en clave». La trama argumental conecta el Londres de finales del siglo XIX con el actual, en un relato paralelo y organizado a través de una serie de capítulos alfabéticos que transitan por la historia de amor, el humor en clave victoriana y la intriga detectivesca. Una novela donde todo, en el fondo, es forma, y en la que Williams se deleita en el arte de la palabra y sus juegos, embriagándonos con ellas a través de la precisión lingüística: «Las palabras son como el bolo alimenticio. Cada definición es un encomio, cada relato es una premonición informada». El diccionario del mentiroso lleva a cabo una sencilla receta de cuidada elaboración para alumbrar un relato refrescante, inteligente y de incontestable ingenio narrativo sobre nuestra capacidad para descifrar las palabras que a su vez nos desentrañan a nosotros, escritores y lectores en busca de una definición razonablemente certera de lo que somos.

 

Un pacto con el placer, de Nazario (Laertes)

En los últimos tiempos, Nazario Luque Vera (Castilleja del Campo, Sevilla, 1944) se ha unido ha ese coro que denuncia una ola de puritanismo actual en las formas de lo políticamente correcto y, estemos de acuerdo o no, lo cierto es que el insigne historietista y artista sabe de lo que habla. Lo descubrió muy pronto, según narra en este libro de memorias, y muy pronto aparece en sus páginas, justo al inicio: «Una tarde que jugaba con mi hermano en el patio de casa, junto a la puerta de la cocina en donde faenaba mi madre, se me ocurrió preguntarle inesperadamente: “¿Quieres que te haga una paja?” […] Era cuatro años mayor que mi hermano y me quedé perplejo ante la reacción de mi madre. Aquella inesperada y dura reprobación añadió un halo de misterio y transgresión a la pregunta incongruente que me había llenado de temor y curiosidad cuando la había oído por primera vez aquella mañana». Esta expulsión del paraíso, como la describe el propio autor, acude por tanto a las fuentes del pecado original —por seguir con la metáfora— de Nazario, que son justamente esas tempranas inquietudes sexuales abruptamente segadas en un entorno de santurronería asfixiante, al que ayudaban los reducidos confines de su pueblo. La historia de este tótem de la cultura subterránea en nuestro país, gran emblema del cómic gay, es la de un creador que dibujó incansablemente durante cuatro décadas contra la represión y la censura; no ya solo la franquista, que también, sino la de una sociedad que mientras ensalzaba los poderes de la culpa cristiana, la abstinencia y la virginidad, escondía bajo la alfombra abusos como los que él sufrió siendo joven. Por eso Nazario se declara militante del placer y cuenta aquí sus primeros «mariconeos», así como «las masturbaciones, los arrepentimientos, las confesiones, los propósitos de enmienda, la obcecada negativa a aceptar mi homosexualidad y las continuas recaídas», con la honestidad, naturalidad y humildad de los más grandes. Una vida que parece de ficción y que fue tan real como para alimentar una obra llena, como aquellos comienzos, de exploraciones, transgresiones y provocaciones en torno a los valores morales intocables de la sociedad tradicional.

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