Horas críticas

Libros de la semana #8

Salvatierra, de Pedro Mairal (Libros del Asteroide)

Cuenta Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) que la idea de esta novela le arribó mientras veía un documental sobre Jackson Pollock. Es la historia de un pintor solitario y mudo —tras un accidente de caballo—, que ya muerto parece hablar a través de su obra y en concreto a través de un lienzo enorme: «Miles de veces me había preguntado cómo sería el extremo de la tela, esa tela que me parecía un caudal infinito por más que supiera que algún día terminaría, como también terminaría mi padre, que era mortal aunque yo no lo quisiera creer. Ahí estaba la respuesta. Con toda naturalidad, ahí estaba el fin». El que así piensa es su hijo Miguel, protagonista en primera persona del relato, que se verá empujado a indagar en el árbol genealógico para encontrar respuestas al enigma levantado por esa kilométrica pieza. En el proceso, es testigo del abismo paternofilial que ha dejado tantos silencios por el camino, tantos cortes en la línea de su comunicación. Esta novela que fluye como un río es una de las mejor consideradas de su prolífico autor desde su aparición en 2008, la que cantó las maravillas de su pericia narrativa a los cuatro vientos y hasta once países. No será de extrañar, pues, que con esta publicación de Asteroide su culto siga creciendo en España, puesto que Mairal aplica aquí las medidas justas de contención y emoción, la mixtura de lo privado con la viva descripción de ambientes, la universalidad del arte que, como en su caso, es capaz de evocar la especificidad de los recuerdos y de retumbar en quienes, desde la distancia, oyen el eco de lo que estas páginas tienen que decir. Que es muchísimo.

 

Aprendívoros. El cultivo de la curiosidad, de Santiago Beruete (Turner)

De todas las cuestiones que definen como especie al ser humano, podríamos señalar muchas, y sin duda una de ellas sería la capacidad de equivocarnos y volver a errar (la maldita piedra, ya saben). Pero siendo justos y realistas, también es propio de nuestra naturaleza el afán por aprender, esa otra tozudez que como sostiene el autor de este ensayo no solo representa un rasgo distintivo, sino que da sentido a nuestra entera existencia. «La vejez empieza cuando perdemos la curiosidad», se cita aquí a José Saramago, y no se puede evitar pensar en que, de hecho, muchos jóvenes parecen ancianos prematuros en su mortal desidia. Claro que despreciar su potencial es también propio de viejos. Docente de filosofía además de antropólogo, investigador y autor literario en variados géneros y formatos, Santiago Beruete (Pamplona, 1961) plasma en este volumen y con tono cercano sus propias vivencias, pero con un ojo siempre puesto en las nociones más universales que se hallan ahí fuera. Existe, sostiene el pensador, una relación muy poco transitada entre el cultivo de la tierra y el del intelecto. En la actualidad se habla y se debate mucho en torno al cambio climático, por un lado, y a la enseñanza, por otro, pero muy poco sobre todo aquello que una actitud curiosa y crítica ante el medioambiente puede revelarnos acerca de cómo vivir. «Los sapiens estamos diseñados para sobrevivir, pero no para conocernos a nosotros mismos», escribe el autor, que dedica este libro tanto a los profesores que entran al aula cada mañana «con sed de aventuras» como al alumnado que aún se ve atraído por «el gozo de aprender». Aspira Beruete a sentar las bases de una educación «bioinspirada». Y lo primero que hemos de apreciar del aprendizaje es la humildad necesaria para que alguien se plantee que aún le quedan cosas por saber y que querría acceder a ellas. Ser todo oídos, dado que “la conservación de la especie depende irónicamente del instinto de conversación.

 

Iris Murdoch. La hija de las palabras, de María Gila (Berenice)

Tras la muerte de la escritora y filósofa Jean Iris Murdoch (1919-1999), las diversas biografías surgidas ofrecieron una imagen de ella que conmovió y disgustó por igual a quienes podían esperar una mirada rigurosa a su trayectoria. Un hecho que no ha facilitado que nos hagamos una idea más o menos contrastada de su verdadera alma, de su esencia, que en sí misma no era nada fácil de retratar; siempre en movimiento. Desde su mismo origen, pues fue dublinesa de nacimiento pero londinense con apenas unos meses de vida. Tal vez por ello María Gila (Jaén, 1983), especialista en su figura y su obra, empieza por desmitificarla y recontextualizarla, como única vía posible de analizar su personalidad y producción literaria. Siempre a contrapelo y esquiva a las fórmulas de trazo grueso, Murdoch emprendió con los años una «peregrinación ideológica» que la llevaría a pasar de comunista a thatcherista, de los amoríos tortuosos a la estabilidad conyugal, del pensamiento analítico inglés al existencialismo francés, de la docencia a la literatura. Pero nada es sencillo en la figura de Murdoch, como tampoco en su obra llena de matices, con la que abordó —de forma pionera— asuntos como la homosexualidad o el aborto y presentó complejos conflictos morales (aunque nunca quiso que sus novelas fueran tomaran por «filosóficas» en sentido estricto). Culta y sin embargo alérgica a los cánones, mediática y con una extraordinaria consideración popular, la propia autora mantuvo una ambigua relación con su identidad, sintiendo que carecía de una. Quizá por eso, a su muerte el sensacionalismo se había impuesto al respeto, aunque afortunadamente la celebración del centenario de su nacimiento en 2019 recuperó la merecida admiración hacia su genio. Un respeto al que sin duda contribuye Gila con esta semblanza-homenaje en la que destella La salvación por las palabras a la que se encomendó Murdoch: «Si hemos de escribir, escribamos lo mejor posible […] para defender la lengua y expresar con sutileza y claridad esa materia que constituye la más honda textura del espíritu». Así sea.

 

La separación de poderes, de Montesquieu (Página Indómita)

No parece en absoluto inoportuna esta edición del libro undécimo de El espíritu de las leyes por parte de Página Indómita en su colección de libros para entender el pasado y el presente: el equilibrio entre el poder legislativo, ejecutivo y judicial siempre parece estar sujeto a debate, y la actualidad dice que en nuestro país las diferencias políticas impiden renovar el Consejo General del Poder Judicial. «Me creería el más feliz de los mortales si pudiera conseguir que todos los hombres se curasen de sus prejuicios, entendidos aquí estos no como lo que hace que se ignoren ciertas cosas, sino como lo que hace que uno no se conozca a sí mismo», escribe con lucidez Charles Louis de Secondat, barón de Montesquieu (1689-1755), en el prefacio a esta obra, publicada en 1748 y de forma anónima, al menos en primera instancia. No resulta raro, dado que en su día se incluyó entre los volúmenes prohibidos por la Santa Sede; si bien no muchos años más tarde resultaría decisivo para la Constitución de los Estados Unidos y la Revolución Francesa, nada menos. Así pues, no se exagera al decir que nos hallamos ante uno de los textos políticos y jurídicos más influyentes de la Historia y que en muchos sentidos abrió las puertas a la modernidad. El «espíritu» que invoca el filósofo y jurista francés se basa en aspectos como las costumbres o el clima, pero también la forma de gobierno. Huyendo de la clásica división aristotélica para optar por su propia clasificación (república-virtud, monarquía-honor, despotismo-miedo), difunde aquí la archifamosa separación de poderes en la que se basa la libertad política. Esta, según él, «se encuentra únicamente en los Estados moderados», de ahí que considere imprescindible que «el poder refrene al poder». La nueva traducción al castellano de Carlos Fernández Muñoz hace brillar aún más las palabras del pensador ilustrado, incluso a 273 años de que fueran impresas por vez primera, debido a su capacidad de engendrar ideas para la reflexión. Al fin y al cabo, como concluye en este ensayo: «No se trata de hacer leer, sino de hacer pensar».

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