Horas críticas

Dara McAnulty: naturalismo entusiasta para un mundo descreído

Conocí la existencia de Volcano Libros y del libro que aquí nos ocupa por una de esas radiantes casualidades en las que, tirando del hilo de una obra, asoma otra muy distinta pero igualmente apasionante. En realidad, esta editorial viene celebrando el vínculo entre literatura y naturaleza desde 2017. Hasta hoy, su artífice Javier García, que previamente y durante un cuarto de siglo se había dedicado al periodismo, ha editado 22 volúmenes bajo la máxima de que «lo natural es leer». Un proyecto oportuno que, incluso antes de toda esta distópica coyuntura, ya apostaba por el medioambiente en su sentido más amplio y por autores tan imprescindibles como inexplorados a la hora de entender el ecologismo como una vertiente más de los saberes y las obligaciones del ser humano.

Llegué al Diario de un joven naturalista, decía, por una coincidencia. Preparando la reseña de la última novela de Jan Carson, leí que la autora destacaba este libro entre sus lecturas favoritas recientes de otros escritores norirlandeses. Para mi sorpresa, Volcano acababa de editarlo en España, y según empecé a leerlo, no me extrañó la repercusión que ha alcanzado en Reino Unido. En su condición autobiográfica, esta obra no puede entenderse sin conocer las circunstancias que llevaron a su autor a darle forma. Dara McAnulty tiene actualmente 16 años, y a los 5 le diagnosticaron el trastorno del espectro autista conocido como síndrome de Asperger. Con apenas 14 empezó a escribir este cuaderno de apuntes en el que sigue el transcurso de las estaciones a lo largo de doce meses y relata su visceral conexión con el mundo natural, aquel que le proporciona mayor felicidad y le ayuda a entender todo lo incomprensible de su entorno.

Antes de aquello, en junio de 2016, empezó un blog que representa la raíz de este libro. Por él, muchos empezaron a seguirlo y a conocer su historia personal, su experiencia como naturalista novicio y docto a un tiempo, y su estilo comunicativo. «A unas cuantas personas les gustó», cuenta en el prólogo, «y me dijeron más de una vez que debería escribir un libro, lo que en realidad es bastante asombroso, ya que un maestro les dijo una vez a mis padres: “Su hijo no podrá hacer nunca un ejercicio de comprensión lectora, mucho menos hilar un párrafo entero”. Sin embargo aquí estoy. Mi voz borbotea como un volcán, y todas mis frustraciones y pasiones podrían explotar y alcanzar el mundo mientras escribo». Me parece importante incidir en esto: pese a lo que pueda parecer, no es esta una obra remotamente cercana a un manual de autoayuda ni se trata de una historia de superación más.

El joven naturalista Dara McAnulty, en una imagen de 2018 (foto: blog Naturalist Dara).

Si algo caracteriza a Diario de un joven naturalista es su voluntad de estilo, que explota en esa escritura sensorial a través de la que McAnulty revive sus sensaciones de tal o cual jornada. Hay múltiples ejemplos sobre la potencia literaria de estas entradas más allá de lo narrativo, que adquieren matices líricos impresionistas y dibujan detalles descriptivos propios de una capacidad perceptiva única. Ofreceré al menos uno de esos refulgentes extractos, el que dedica a los dientes de león: «Esa fuente de vida fundamental para todos los nuevos polinizadores es un estallido de amarillo que levanta el espíritu e ilumina hasta el más gris de los días. Se yergue alto y orgulloso, a diferencia de todos los demás que se abren y se mecen con la brisa. Es el raro que no encaja».

No obstante, también tiene pasajes duros (que no dramáticos) en los que «el ejército de la ansiedad avanza», pero el autor parece sacudirse a cada momento las presiones de un mundo descreído, en el que no se entiende la emoción o la pasión desbordada ante tantos indicios de una vida más incontrolable, y por tanto más pura, que la humana. McAnulty no oculta los episodios de acoso que sufre y las sensaciones de bloqueo y derrumbe que experimenta, lo que me trae a la mente a otra brillante y joven ecologista, citada en el libro, a la que algunos han querido reducir al enésimo meme. Ambos han sabido superar la aversión actual hacia el idealismo —incluso en la juventud— y exponerse tal y como son porque, entre otras cosas, no pueden evitarlo. Por eso sus vivencias son tan auténticas. «El autismo me hace sentirlo todo con más intensidad», explica el autor. «No les gusto, pero no quiero moderar mi entusiasmo, ¿por qué debería hacerlo?».

«La escritura de McAnulty adquiere matices líricos impresionistas y dibuja detalles descriptivos propios de una capacidad perceptiva única»

A su corta edad, McAnulty es un reputado conservacionista y resultó ganador con esta primera obra suya del Premio Wainwright 2020, que se otorga al mejor libro de naturaleza en Reino Unido. Dice tener corazón de naturalista y cerebro de aspirante a científico, así como «los huesos de alguien ya agotado de la apatía y la destrucción que se ejercen contra el mundo natural». Para él, la fauna y la flora son un refugio, y observar con atención la vida del resto de las especies es una forma de procesar todo aquello que parece neblinoso del pasado, el presente y el futuro en su propia existencia. A diferencia de la gente, la naturaleza no le decepciona, escribe en estas páginas. Y a buen seguro, también tiene confianza plena en la literatura, pese a la carga que estamos dejando a la espalda de las generaciones venideras. «¿Es para sorprenderse que casi una cuarta parte de los jóvenes experimenten problemas de salud mental?», se pregunta en una de sus últimas reflexiones en voz alta. Ninguna sorpresa, visto el panorama.

Dara McAnulty, en el centro, junto a sus hermanos en una imagen de 2017 (foto: blog Naturalist Dara).

 


Diario de un joven naturalista
Dara McAnulty
Traducción de Inmaculada Pérez Parra
Volcano Libros
(Madrid, 2020)
292 páginas
22,00 €

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