Crónicas en órbita

Tiene guasa la Navidad

El Paseo Editorial publica una«Historia de la Navidad» que reivindica el humor y la alegría de las tradiciones y las manifestaciones propias de estas fechas. El antropólogo Alberto del Campo Tejedor nos descubre la vis cómica y más alocada del cristianismo, que ha servido a lo largo de los siglos como ocio, burla, sátira y hasta transgresión.

El desprestigio cultural de la Navidad no es muy distinto al que pesa sobre los mensajes alegres y optimistas en general. Por fortuna, algunos autores se empeñan en demostrarnos que la risa también puede ser elevada, desde un plano tanto intelectual como espiritual. Uno de ellos es Alberto del Campo Tejedor (Sevilla, 1971), quien en su libro Historia de la Navidad. El nacimiento del goce festivo en el cristianismo defiende toda una insospechada tradición de comicidad religiosa, desde la antigüedad hasta nuestros días, y un júbilo pascual que tiene su máxima expresión en el llamado risus natalis. Su tesis principal: que, pese a lo que pueda parecernos, lo sacro y lo cómico han estado vinculados durante siglos, y que aún lo están, aunque no sea tan evidente. También, que la Navidad no es solo aquella realidad pagana y superficial que nos viene a la mente hoy —ni el gordo de la Lotería, ni los pachachos de Campofrío—, sino que históricamente ha representado el tiempo de honrar a Dios a través del baile, la chanza y hasta cierto punto, la provocación.

A través de un exhaustivo recorrido por las diversiones brotadas en esta época del año ya entre los primeros cultos cristianos, y desarrolladas durante todo el medievo y los siglos posteriores, este gozoso ensayo desvela la existencia de misas paródicas, clérigos goliardos, mojigangas y teatros irreverentes, poesía báquica y artes juglarescas, sátira aplicada a la clerecía corrupta o al mismísimo Papa, con estas felices fiestas de fondo. Antropólogo social y experto en lo jocoserio, además de docente universitario, el autor de este volumen formidablemente editado por El Paseo muestra aquí el resultado de una investigación que emprendió en el año 2006 y que le ha llevado a seguir el rastro de los festejos populares que aún perviven a día de hoy en ciertas localidades, que en estas fechas suelen desfogarse con sus desfiles, mascaradas y villancicos burlescos. Una herencia que en Occidente ha tenido múltiples sentidos, tan lúdica (y lúcida) como didáctica, tan antisistema como aborregadora. Como fuere, la Navidad sigue representando el valor sagrado del buen humor.

Pregunta.- Hoy en día resulta casi difícil de imaginar que lo sagrado y lo cómico hayan estado ligados, tal vez no solo por la actitud de la Iglesia, sino por el relato histórico al que hemos tenido acceso. Pero usted defiende que hay toda una teología de la alegría.
Alberto del Campo Tejedor.- Así es, y de hecho esa es la base de este trabajo. Lo primero que uno se encuentra sobre este tema es un estereotipo, que metafóricamente cabe ver como la lucha entre el Carnaval y la Cuaresma: el Carnaval es el pueblo divirtiéndose a lo loco y la Cuaresma es lúgubre, contenida y censuradora del festejo. En gran medida, esto se ha dado, porque una parte principal de la Iglesia defendía que había que celebrar con alegría, pero alegría espiritual. Sin embargo, lo que más me ha sorprendido en estos quince años de investigación es el descubrimiento de que ha existido una pugna mucho más importante de lo que pensábamos, probablemente porque acabamos dando valor siempre al que gana; la historia la escriben los ganadores, y en este caso también. Pero ha habido una parte de la Iglesia que ha defendido que celebrar con júbilo, risa, incluso burla, sátira o irreverencia, no es ya que fuera contraria a ella, sino que en efecto tenía su fundamentación teológica. Hay numerosos documentos y argumentos que permiten comprender que, si muchas de esas manifestaciones han pervivido hasta la actualidad y si aún hoy, según he podido comprobar haciendo trabajo de campo en conventos y monasterios (sobre todo en el norte de España), los monjes y monjas siguen celebrando estas fiestas de una forma que para mucha gente sería sorprendente, no es porque sean irreligiosos, sino por lo contrario.

«Stultorum chorea» (1550-1600), grabado de Frans Hogenberg (© British Museum).

P.- Le iba a preguntar luego por eso, pero ya que lo ha llevado también al terreno actual, ¿por qué cree que se produce tal desconocimiento de esa otra faceta insospechada de la vida conventual?
ACT.- Lo que pasa es que sobre la Iglesia también tenemos muchos estereotipos, ¿eh? Responden a una imagen unívoca y simplista, como la que todos aplicamos a otras cuestiones: el que vota a Podemos, el que vota a Vox… cuando quienes votan a estos partidos son de muy distinta calaña. Pues la Iglesia también es muy, muy diversa, y poco tienen que ver los eclesiásticos tradicionalistas con otros que diría que han sido revolucionarios. San Francisco fue uno de ellos, y lo tildaban de loco. E igual pasa con los monasterios, tendemos a una imagen de ellos del todo simplificada porque estamos completamente desconectados de ellos; nadie sabe cómo viven los monjes y las monjas, parece casi una cosa medieval. Pero hay muchos, y a menudo olvidamos que son seres humanos con las mismas necesidades y pulsiones que nosotros. ¿Y qué necesidades tenemos? Por de pronto, la de luchar contra la monotonía y el tedio. Imagínese el ora et labora durante los 365 días del año, es imposible.

«En la Iglesia ha habido mucha crítica e incluso mucha guasa, y eso a veces lo olvidamos»

P.- Un horror. Supongo que por eso se empezó a considerar que la risa ha de ser sagrada.
ACT.- Eso es. Sobre todo a partir de figuras como Santo Tomás y San Agustín, la Iglesia elaboró una teología de la eutropelia, que consideraba que, para que la gente cultivara virtudes como la dedicación, el rigor y la abnegación, había que dejar momentos del año en que se deslenguaran y se dislocaran. Esos momentos coincidían con algunos de los misterios principales, y la Navidad era uno de ellos: debíamos estar alegres porque Jesús había venido a dar una serie de mensajes, entre otros que hay que estar con los pobres, los simples, los niños, los locos. Y, por tanto, que no se ha de vivir con boato ni soberbia, sino estar jubilosos con un Dios que no solo viene a ajusticiar, sino también a perdonar. Todas esas ideas calaron en la Iglesia, para la que en estas fiestas cabía la alegría, pero también la sátira de los altos dignatarios. Se dijeron: «Oye, estos obispos están viviendo con riqueza, de puta madre, mientras nosotros estamos aquí abnegados, pasando frío en los huertos… Creo que Cristo ha venido a decirnos que nosotros somos los que valemos, los protagonistas». Una parte de la Iglesia que había vivido con más pobreza, en Navidad podía tener la voz cantante en esas sátiras, en villancicos jocosos o en teatrillos donde se hacía mofa sobre las contradicciones del estamento eclesiástico. En la Iglesia ha habido mucha crítica e incluso mucha guasa, y eso a veces lo olvidamos.

Fiesta de los locos de Fuente Carreteros, Córdoba (foto: Aniceto Delgado).

P.- Ha mencionado antes a San Francisco, cuya personalidad se asocia a las fiestas de locos, que usted comenta en varias etapas de esta Historia. ¿Cuál es el valor de esa figura del loco en esta tradición?
ACT.- Por un lado, fíjese que la Navidad, al superponerse a las fiestas paganas, ya nace en un momento en el que se les da protagonismo. Los locos son, por un lado, los últimos, denostados por la sociedad, estigmatizados incluso más que los pobres, puesto que se les encierra. Así que durante siglos en el Día de los Inocentes, en época navideña, se dejaba a los locos vagar por las calles. En la Casa de Locos de Sevilla, sin ir más lejos, se les agasajaba ese día con comidas pantagruélicas, un poco para sintonizar con ese mensaje de «los últimos serán los primeros». Pero hay otras muchas ideas. El loco es también Herodes, el malvado, el impío, y a la Iglesia le gustaba representar la locura como símbolo de los pecados del mundo. Eso se ve en las fiestas populares, donde hay muchos locos que se disfrazan de manera monstruosa, como bestias, que fustigan a la concurrencia y van por ahí metiendo miedo. Y luego está también la concepción del loco visionario. El misterio de un niño que viene a salvarnos naciendo en un pesebre, o eso que hace Jesús de entrar en un burro en Jerusalén, en vez de a lomos de un corcel, son locuras. Con esos mensajes se estaba dando pie a que los clérigos se disfrazaran e hicieran el chalado. Igual que decimos en el Romanticismo que alguien podía estar loco de amor, los clérigos consideraban que debían hacer locuras por amor a Jesús. A San Francisco le llamaban el loco en la Edad Media, porque propugnaba ideas subversivas. Por ejemplo, iba desnudo, porque consideraba que las prendas de vestir eran superfluas. Fue muy lúcido y logró que no lo excomulgaran, pero era un loco como muchos que ha habido en la Iglesia. La Navidad siempre ha sido un momento para acordarnos de ellos y de que hay que hacer locuras, no solo para romper la monotonía, sino porque la vida es mucho más que la norma y las convenciones.

«La Navidad puede suponer una libertad efímera para que la gente acabe volviendo al redil, pero cuando el pueblo tiene la libertad, las cosas se desmadran»

P.- Dentro de los usos múltiples del humor religioso, entre otros los creativos o expresivos, lo teatral ha estado muy presente en las celebraciones cristianas, aunque sometido a un continuo debate. Sin embargo, a veces la teatralidad de la liturgia puede ayudar a transmitir el mensaje, como usted ejemplifica en el origen grecorromano de lo dramático, cuando se difundían las mitologías.
ACT.- Claro, es que siempre ha habido esa tensión. Por un lado, si se quiere que la gente acoja ciertos dogmas, la palabra no es suficiente, de ahí que la religiosidad haya sido plástica y se haya representado iconográficamente con pinturas o canecillos románicos, por ejemplo. El teatro ha sido otro recurso para potenciar la adhesión a esos mensajes, que la gente se emocionara y se identificara con los personajes. Pero, por otro lado, está la idea de la diversión y el espectáculo, de incorporar algún elemento innovador o sorpresivo para que acudir a la Iglesia no resulte repetitivo. Por eso desde el siglo XIII se fueron introduciendo nuevos personajes, algunos incluso apócrifos: una partera, un borrachín, unos pastores chabacanos… Así, el teatro se hace más diverso y surge el debate: hay quienes condenan esa mezcla de lo profano con lo sagrado, y quienes creen que, con tal de que la gente vaya a misa y esté dentro del rebaño, hay que concederles sus diversiones. De ahí surgen un montón de obras, sobre todo a partir del Renacimiento, escritas por clérigos, que son muy divertidas, donde un pastor con su sabiduría popular y un poco cínica puede cantarle las cuarenta al teólogo de turno, del que el público se ríe porque es un pedante que en el fondo no sabe nada. Todavía hoy se representan autos navideños, por ejemplo en Castilla y León, donde el párroco puede llegar a enfundarse el traje de uno de los personajes. Cuando estuve en los conventos me decían que a veces, en esos teatrillos, hay peleas por quién hace de bobo, de ángel o de mulo. Recuerdo un monje que me decía: «Mi especialidad es hacer de mulo». Hay una necesidad también de salir de los dogmas y tomarse las cosas con algo más de sabiduría humorística, digamos.

Noche de Reyes en Madrid, ilustración del «Album de momo» (1847).

P.- Incluso sorprende que en ciertos géneros se llegasen a parodiar los Evangelios o el Ave María. ¿Cree que en el mundo de hoy, donde el debate sobre los límites del humor parece estar siempre igual de vivo, serían posibles este tipo de atrevimientos?
ACT.- Es una pregunta muy interesante, porque nos llevaría a concluir que vivimos en un mundo mucho más mojigato y censurador de lo que pensamos. En esta sociedad del siglo XXI, creo que ciertos temas resultan mucho más tabú que entonces. Históricamente, al menos había momentos ritualizados en que sí se permitían esas bromas; quizá también porque había una opresión mayor durante el año, y hacían falta esas licencias como válvulas de escape en tiempos extraordinarios, como eran los festivos. La libertad tiene también esa otra cara de la moneda: es más necesaria cuanto más sometimiento exista. Pero pienso que, en efecto, hay mucha más dificultad ahora en hacer parodia de ciertas cosas. Lo interesante es que no se trata de una lección que aprendiera el pueblo como reacción al dominio de las clases dominantes, sino que eran los propios clérigos quienes conservaban los escritos más carnavalescos. La Cena Cypriani se ha conservado porque los monjes la transcribían, y muchos de los dramas litúrgicos más graciosos nos han llegado porque las monjas los representaban en los conventos.

«Cuando se habla de que tenemos una Navidad anglosajona o hollywoodiense, a veces se olvida que es también calvinista, luterana»

P.- Me interesa esa idea de la burla y hasta la degradación como cura de humildad, así como la inversión de roles sociales y la sátira del poder que se producía en esta época del año. En este sentido, también hay un debate sobre si las fiestas navideñas traían caos y subversión o bien una legitimación del orden vigente, ¿no es así?
ACT.- Sí, y de alguna forma se dan ambas cosas. Por una parte, el poder te concede unos días extraordinarios para en el fondo volver al tiempo ordinario en el que uno está sometido. Los romanos ya tenían las Saturnales y las Calendas de enero, donde los esclavos eran libres unos días para luego volver a la esclavitud. Se puede pensar que esa situación no cambia la estructura social, pues se trata de una libertad efímera para que la gente acabe volviendo al redil. Bien, eso es cierto. Pero no lo es menos que, cuando el pueblo tiene la libertad, las cosas se desmadran. Algunas de las revoluciones de la Edad Media se produjeron en esos momentos festivos, cuando el pueblo no quería volver a su condición habitual. También ocurría que los escalafones inferiores eclesiásticos, una vez que experimentaban en esos días cómo viven los obispos y tenían carta blanca para humillarlos, no estaban por la labor de volver al orden vigente y se sublevaban. Recordemos que humillarse es también hacer actos de humildad ante quienes menos tienen, como en las fiestas del obispillo, donde el obispo auténtico se humilla ante el niño del coro que es elegido obispillo. Pero para el poder siempre es un riesgo permitir esas licencias, porque la gente se acostumbra a ellas y puede revolverse contra ese estado de las cosas. Hay un debate dialéctico apasionante, sobre todo en documentos medievales en latín, en torno a este asunto. Esa tensión es la que ha animado las fiestas, que se sabe cuándo empiezan pero no cuándo acaban, y en el fondo es la misma de cualquier poder. Pensemos en el franquismo, que tenía que hacer la vista gorda permitiendo algunas fiestas, pero quería controlarlas porque no quería que fuesen un germen de subversión.

Zambomba flamenca en Jerez de la Frontera, Peña Tío José de Paula (foto: Miguel Ángel Rosales).

P.- En cualquier caso, su libro argumenta que la Navidad no es la excusa para unas fiestas paganas, como tanto se ha dicho, sino que contribuyó a definir la idea de lo festivo en la cultura occidental.
ACT.- Yo creo que ha sido capital. Donde más se ha gestado y se ha discutido el papel de la risa, de la relación entre el pueblo y el poder (en este caso eclesiástico), de los límites entre lo lúdico y el trabajo, ha sido la Navidad. En los últimos tiempos, uno se cuestiona si no hay un cierto interés oculto por banalizar estas fiestas, trivializarlas como una cosa de niños, Papá Noel, unos regalitos… y no reconocer que la Navidad ha sido mucho más que consumismo, polvorones y una felicidad un tanto naíf, y que en ella se planteaba una alegría con mensajes transformadores, a veces bastante transgresores. Yo, que soy antropólogo, he estado viviendo las fiestas navideñas durante todos estos años en pueblos de Zamora, Almería, Málaga y hasta Portugal, y veía un leitmotiv común, que era el de experimentar como adultos esa época extraordinaria. Ese momento del año que tiene la fuerza subversiva de reivindicar a uno de los personajes principales de nuestra cultura, como es Jesús; que no se debe olvidar a los pobres; que los que mandamos somos nosotros y no el alcalde o el médico; y que la sátira no solo es el Carnaval, sino también esos testamentos que en algunos pueblos pasan revista a lo que han hecho los políticos o los ricos durante el año. Todas ellas son tradiciones navideñas que perviven en España, y nada tienen que ver con Santa Claus, ni con las películas que vemos en Netflix ni con comprar un montón en Amazon. Tenemos un patrimonio de locos, de bobos y de catetos, si se quiere, con un sentido mucho más profundo del que se le pretende dar.

«El pan es también la fiesta, estar juntos, porque no sé si es mejor morir de tristeza que de hambre, o de un virus»

P.- Algo que me parece muy interesante también en su libro es la interpretación de cómo la escisión entre católicos y protestantes hizo cambiar la idea misma del tiempo, asociada al trabajo, y cómo eso provocó la ruptura del diálogo entre lo culto y lo popular, ¿por qué motivo?
ACT.- En efecto, hay un momento en la historia de Occidente en que norte y sur se separan, lo que ocurre sin duda con la llegada del protestantismo. Cuando se habla de que tenemos una Navidad anglosajona o hollywoodiense, a veces se olvida que es también una Navidad calvinista, luterana. Aquí no se trata de hacer proselitismo de una religión u otra, sino de reconocer que en el catolicismo esta fiesta siguió teniendo unas connotaciones que para los protestantes eran nefastas. Una de ellas, por ejemplo, era la idea de compartir, de redistribuir la riqueza. El protestantismo consideraba que lo de dar limosnas y establecer un momento en el que los ricos debían repartir sus bienes entre los pobres, no era querido por Dios y lo que había que hacer era generar la riqueza del resto invirtiendo. Una idea que describe magníficamente Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, hace ya más de un siglo. Eso desgajó Europa en dos. Aquí se siguió viendo un mensaje evangélico en ciertos comportamientos como el derroche puntual, la idea de que la fiesta y la veneración de episodios de misterio es más importante que el trabajo, que no puede haber alegría si uno lo acapara todo para sí mismo (y de ahí los aguilandos), y actitudes subversivas como liberar a un preso en Nochebuena. En cambio allí lo primero que se hizo fue prohibir las fiestas navideñas en época victoriana. Se dijeron «vamos a dejarnos de despilfarros, estas cosas son todas paganas, aquí hay demasiados santos y días de fiesta; lo que tenemos que tener es una alegría moderada, contenida, para volver al trabajo lo antes posible». Aquí esas ideas no triunfaron porque teníamos una concepción muy diferente de la fiesta, como puede uno comprobar rápidamente si va al Rocío, la Feria, la Semana Santa o a las Zambombas de Jerez. Y la Navidad todavía se vive de una manera muy diferente a la del norte.

El antropólogo y escritor Alberto del Campo Tejedor (foto: Isabel Munuera).

P.- Me ha llamado la atención mientras leía su libro que en algunos países del norte de Europa, de mayoría protestante, se están adoptando confinamientos duros de cara a las fiestas navideñas, mientras que en España oímos hablar sobre la importancia de mantener ciertos ritos durante la pandemia. ¿Cuál es su opinión al respecto?
ACT.- Es un tema muy interesante. Aprovecho para contarle que el 18 de enero se publica un libro que he coordinado como editor para Los Libros de la Catarata, titulado La vida cotidiana en tiempos de la Covid, donde una serie de autores, sobre todo antropólogos, historiadores y sociólogos, nos planteamos cómo nos ha afectado todo esto. Una de las cuestiones sobre las que reflexionamos es que estamos teniendo una visión sanitaria y economicista de la pandemia, y que en esos ámbitos es una tragedia sin duda, pero que hay un elemento psicológico y antropológico de cómo afecta a la gente, que no se está teniendo muy en cuenta. Yo estoy observando que algunos pueblos donde la Navidad, pero también otras fiestas, eran fundamentales, están sumidos en una especie de manto de tristeza, y eso ha de considerarse. La salud no es solo física, sino también emocional y mental. La gente emprende y genera riqueza, que es lo que les interesa a los economistas, cuando tiene una cierta alegría y optimismo. Creo que ese es uno de los problemas actuales. La gente necesita reunirse, para romper el año, para dejar atrás este infausto 2020 y empezar de nuevo. Si no llevamos a cabo ningún comportamiento extraordinario, si no tenemos algún exceso que entre otras cosas compense la carestía, el miedo y la penuria de este año, si no hay momentos en que uno se pueda olvidar de todo y tirar por tierra las convenciones para luego empezar un año nuevo de esperanza y luminosidad en que consideremos que va a haber algo nuevo, difícilmente lo vamos a aceptar.

P.- Pero también están las normas. De nuevo nos hallamos ante una tensión.
ACT.- Claro. Tenemos, naturalmente, que cumplir las normas y no facilitar la propagación del virus, pero a la gente tampoco se le puede negar el pan. Y cuando digo el pan, parece que me refiero solo a lo material, a la pela, pero en el ser humano, el pan es también la fiesta, estar juntos, porque no sé si es mejor morir de tristeza que de hambre, o de un virus. No digo con esto que el poder deba hacer la vista gorda, como en las libertades de diciembre que hemos tenido desde época de Horacio, pero tampoco sé si es lo mejor ser tan estrictos en que la gente no pueda relacionarse lo más mínimo. Porque entonces no va a ser cuesta de enero, sino un batacazo total. Ahora hay cierta expectación, la Navidad nos sume en una especie de mundo utópico e ideal: la gente está más contenta, parece que vamos a matar el año y a renacer purificados, existe la esperanza de la vacuna y hay cierta exaltación en el ambiente. Pero cuando llegue enero y estemos igual o peor, si no ha habido un momento de ruptura, se nos puede hacer muy, muy duro. No quiero decir que este deba ser el criterio hegemónico ni el más importante, pero creo que habría de tenerse en cuenta. Veremos si el estilo mediterráneo de hacer algunas excepciones es la mejor opción, o es ir demasiado lejos y deberíamos comportarnos de forma más castrense o al modo germánico. Nadie lo sabe, claro, y no hay un modelo único, pero yo tengo mis dudas sobre cómo nos puede afectar en los próximos meses.

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