Crónicas desorbitadas

Miguel de Unamuno, un liberal secuestrado

El documental «Palabras para un fin del mundo» llega a su tercera semana en salas de cine convertido en la película más taquillera en varias ciudades españolas. La discutible hipótesis del asesinato del escritor bilbaíno por parte del régimen de los militares sublevados no parece tan trascendente como la apropiación de su figura por el bando nacional

Fotograma del documental «Palabras para un fin del mundo» (© Pantalla Partida Producciones).

Será conocedor el lector de la polvareda que ha vuelto levantar la figura de Unamuno a raíz del estreno del documental de Manuel Menchón, Palabras para un fin del mundo (2020). Ya sucedió algo similar el pasado año con Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenábar, según narramos en Mercurio desde el artículo El mito Unamuno. Lamentábamos entonces que este film no hubiese acometido al pensador vasco en su rica complejidad y en su dimensión conflictiva, tan esencial en su vida y en su filosofía misma. No es ese el punto flaco del trabajo de Menchón, que sí se sumerge en profundidad en los apasionantes momentos que vivió don Miguel entre 1930 y 1936. Sin embargo, el documental acusa una notoria falta de rigor en la investigación, además de plantear como aportaciones propias hallazgos ya realizados por investigadores. Se suma a ello que en la recepción de la cinta por parte de los medios de comunicación el foco ha virado hacia la hipótesis del asesinato de Unamuno por parte del régimen de los militares sublevados, defendida por Menchón y que cambiaría radicalmente la versión oficial de su muerte. Más allá de lo plausible de dicha hipótesis, sobre la cual planean no pocas dudas, ese tramo final del documental parece haber eclipsado al resto, cuando no están ahí sus principales aportaciones. 

En Palabras para un fin del mundo, destaca en primer lugar la impresionante recuperación de imágenes y secuencias audiovisuales con la presencia de Unamuno, en su mayoría desconocidas. La posibilidad de ver su característica gestualidad, caminando por Salamanca o hablando ante una audiencia, tiene sin duda un precio impagable desde cierto fetichismo para quienes dedicamos buen parte de nuestra vida a indagar en los recovecos de su palabra viva y en las entrañas de su pensamiento. Asimismo, constituyen una aportación documental inédita sobre esta etapa de la historia de España las fotografías y fragmentos de video recuperados de momentos como la proclamación de la II República desde la Plaza Mayor de Salamanca, la manifestación del 1 de mayo de 1931 en Madrid, la violenta represión del bando nacional en la cuenca minera de Río Tinto, el funeral de Mola, la proclamación de Franco como Jefe de Estado o el desconocido bibliocausto ejecutado en diversas ciudades españolas por parte de los sublevados.

«La posibilidad de ver su característica gestualidad, caminando por Salamanca o hablando ante una audiencia, tiene sin duda un precio impagable»

En cuanto a la investigación como tal, el trabajo de Menchón se atribuye haber recuperado documentos inéditos relativos a cómo el Ministerio de Asuntos Exteriores del III Reich maniobró para que el Premio Nobel de Literatura de 1935, que tenía como más firme candidato a Unamuno, se declarase finalmente desierto. Sin embargo, los estudios unamunianos ya eran conocedores de este hecho y habían aportado fuentes documentales al respecto, en concreto, el informe emitido por el Servicio Alemán de Intercambio Académico (Deutscher Akademischer Austauschdienst) con sede en Madrid el 2 de mayo de 1935. Menchón, por su parte, presenta este hallazgo como propio y totalmente desconocido hasta la fecha.

En esta línea, otra aportación discutible del documental estaría en la reconstrucción que realiza sobre las intrigas que rodearon al decisivo acto del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, donde don Miguel se enfrentó al régimen y que tendría fatales consecuencias para él. Sobre este punto, el testimonio aparentemente nuevo que aporta y sobre el que se apoya, el manuscrito donde el Catedrático de Derecho Civil Ignacio Serrano detalla lo sucedido como testigo presencial, ya había sido publicado por Colette y Jean-Claude Rabaté en su estudio En el torbellino: Unamuno en la guerra civil (Marcial Pons: 2018).

Fotograma del documental «Palabras para un fin del mundo» (© Pantalla Partida Producciones).

Donde Palabras para un fin del mundo sí realiza una importante contribución es en lo relativo a cómo el bando nacional pretendió apropiarse de la figura de Unamuno desde que advirtieron sus primeras desavenencias con el gobierno de la República y, sobre todo, desde su inicial adhesión al levantamiento militar. En todo ello desempeñó un destacado papel la vertiente intelectual de Falange, que sentía especial veneración por la generación del 98 y se nutrió de los textos de Unamuno sobre la tradición espiritual española y de su diagnóstico sobre los males que asolaban al país por su ramplonería intelectual. El mismo don Miguel pudo contribuir a alimentar esa filiación, con detalles como su asistencia al primer acto de Falange en Salamanca, del que nunca se escondió. No obstante, el pensamiento político de Unamuno, dada su profundo sesgo liberal, estaba muy lejos del ideario falangista y más aún del nacional-catolicismo que abrazó el Movimiento Nacional al instalarse en el poder.

De hecho, en diversos textos de los años 30 encontramos fragmentos donde ataca a Falange por su “culto a la violencia por la violencia” y su “odio a la inteligencia”, y llega a tacharla de “algo inmundo, de verdugos dementados”. Luciano González Egido cuenta a este respecto en su biografía de Unamuno cómo “los falangistas trataban de atraérselo a su partido y le acompañaban y halagaban, […] considerándolo uno de los suyos; pero él seguía despreciándolos”. A modo de ejemplo, narra además cómo «Wenceslao González Oliveros, le llegó a proponer un día: “Usted tiene reservada la misión de contribuir a la formación del ideario de Falange”. La respuesta de Unamuno fue inmediata: “Yo soy un liberal; y no puedo cambiar mi liberalismo por esas zarandajas. […] Aunque el mundo entero se orientase a favor de los regímenes antiliberales, por eso mismo yo sería liberal, cada vez más liberal. ¿Cómo iba yo a colaborar con la doctrina fascista?”».

Pese a ello, el éxito de esta apropiación de la figura de Unamuno por parte de Falange y del Movimiento Nacional fue un logro manifiesto. De hecho, no es extraño encontrarlo en textos recientes tildado de “conservador” e incluso de “tradicionalista”, lo cual no es señal sino de desconocimiento de su obra y de una percepción de su trayectoria condicionada por su inicial adhesión a la sublevación militar de 1936, como si esa decisión sintetizase o coronase su recorrido político. Nada más lejos de la realidad. Unamuno fue fiel a la tradición liberal, que había heredado de su padre y estaba asida a su memoria desde su vivencia de la heroica defensa de los liberales en el Sitio de Bilbao en 1874. Tan solo se vio mermado este liberalismo en una breve etapa de su adolescencia en que se aproximó al fuerismo vasco y en su militancia entre 1894 y 1897 en el Partido Socialista Obrero Español. En adelante, sus textos políticos y su misma actitud retratan a un pensador liberal, según han demostrado los estudios de Elías Díaz, Víctor Ouimette, Juan Marichal o Manuel M. Urrutia; “un liberal sin disciplina de partido”, como lo define Valentín del Arco.

«Dadas su radical independencia de juicio y su inclinación a situarse frente al poder establecido, pronto comenzaron sus desavenencias»

A ojos de Unamuno, el porvenir y el progreso de España pasaban por recuperar su tradición liberal, el espíritu de las Cortes de Cádiz de 1812. Abogaba así por un liberalismo como “religión de la libertad”, con base en el libre examen y en la libertad de conciencia. “El liberalismo es fundamentalmente para Unamuno —señala Elías Díaz— una auténtica concepción del mundo, una visión total de la vida de carácter tolerante, crítico y antidogmático”. Se trata, además, de un liberalismo con cierta orientación espiritual y una fuerte carga ética, en la línea del protestantismo liberal alemán, que fue precisamente una de sus principales fuentes en materia teológica. “Será necesariamente libre —escribe don Miguel— todo pueblo que consista en individuos conscientes de su propia libertad espiritual”. Su propósito, lejos del ideario falangista y del nacional-catolicismo, no era otro que despertar la aletargada individualidad de los españoles y caminar hacia un pueblo con mayor libertad de conciencia, capaz de adueñarse de su destino.

A este componente liberal que atraviesa el pensamiento político de Unamuno, hemos de sumar el importante papel que desempeñó en la caída del régimen monárquico en 1931 y en el advenimiento de la II República. Su destierro a Fuerteventura en 1924, decretado por Alfonso XIII, y la consiguiente prolongación del mismo entre París y Hendaya, simbolizó el tránsito de España hacia un régimen político moderno. Unamuno participó además en sus Cortes Constituyentes e incluso llegó a ser propuesto como presidente de la República, de lo que da cuenta el documental.

Fotograma del documental «Palabras para un fin del mundo» (© Pantalla Partida Producciones).

Sin embargo, dadas su radical independencia de juicio y su inclinación a situarse frente al poder establecido, pronto comenzaron sus desavenencias. Primero, en las mismas Cortes Constituyentes, desde su confrontación con el nacionalismo catalán por sus reclamaciones en torno a la lengua catalana (nada nuevo bajo el sol), y luego, por su oposición a los ataques a la iglesia, que denunció en numerosas ocasiones. De hecho, el documental recupera un fragmento de su famosa conferencia de 1932 en el Ateneo de Madrid, donde proclamó entre abucheos: “Me duele España y me duele además su República. […] Repruebo la quema de conventos y la confiscación de los bienes, critico las leyes de excepción y la censura de periódicos por parte del actual gobierno. Es necesaria una nueva España…”. Tanto fue así que en 1933 abandonó su cargo de diputado, si bien no dejó de insistir en que había que “salvar la República, porque es la única manera de salvar a España”. En adelante, no cesarían sus críticas, ni ante la CEDA ni ante el Frente Popular, pues veía a la República cada vez más lejos de aquella que había soñado en su destierro. 

Luego llegaría su consabida adhesión a la sublevación militar, en la que confió con vistas a restaurar el orden republicano y como un gobierno transitorio hasta que se celebrasen elecciones. En este punto, Palabras para un fin del mundo acierta al presentarnos a un Unamuno que desde la nueva corporación del ayuntamiento de Salamanca intenta garantizar el “civismo” y que, en plena guerra civil, pide “calma y paz”, asumiendo como símbolo el gesto de la estatua de Fray Luis de León que preside el Patio de Escuelas de la Universidad, como refleja magistralmente el documental. Entretanto, el nuevo régimen militar buscaba cómo sacar partido a la figura de don Miguel, que por su parte se mostró muy agradecido en diferentes ocasiones por haberle restituido como Rector. Sin embargo, ello le obligará a firmar un texto de apoyo del claustro universitario al nuevo gobierno. Aquí encontramos uno de los ejemplos más palmarios de este uso propagandístico de su figura por parte del Movimiento Nacional, pues Mola envió el citado texto a ABC, que lo publicó bajo la autoría de Unamuno. De nada sirvieron sus peticiones para que lo desmintieran públicamente. 

«No dejó de insistir en que había que salvar la República, porque era la única manera de salvar a España»

Todos estos manejos fueron orquestados primero por el general Mola y luego por Millán Astray, nombrado jefe de Prensa y Propaganda el 29-IX-1936. También desarrolló un papel destacado a este respecto el militar Gonzalo de Aguilera, que según el documental se ocupó del control de la prensa extranjera y estuvo presente en todas las entrevistas de Unamuno, que intervenía, censuraba y retocaba antes de su publicación. Sin embargo, siguiendo la recopilación y el estudio de las entrevistas de estos años que realizó Severiano Delgado en Arqueología de un mito (Sílex, 2019), sabemos que la mayor parte de esas entrevistas las concedió a solas en su casa, precisamente para evitar las censuras y tergiversaciones de sus palabras, aunque de ello se ocupase luego el Servicio de Prensa y Propaganda. 

Pero donde esta apropiación de la figura de Unamuno por parte de Falange y del Movimiento Nacional alcanzaría su colofón sería en su funeral, del cual prácticamente se adueñaron, arrebatando con su puesta en escena todo el protagonismo tanto a la familia como a sus compañeros del Claustro de la Universidad de Salamanca. Cuenta Jon Juaristi a este respecto cómo: “Tras una tensa discusión entre los catedráticos y los falangistas, éstos se hicieron con el ataúd. Seguidos por una multitud silenciosa, lo llevaron a hombros […] uniformados con camisa azul, correaje e insignias”. Los catedráticos, no obstante, participaron en el traslado del féretro hasta el cementerio portando las cintas, encontrándose entre ellos Manuel García Blanco, Isidro Beato, Francisco Maldonado y Nicolás Rodríguez Aniceto. Los cuatro, por cierto, el 14 de octubre habían firmado su destitución como rector.

Fotograma del documental «Palabras para un fin del mundo» (© Pantalla Partida Producciones).

Pero el momento más espeluznante llegó cuando, tras depositar en su nicho el féretro, cubierto por la bandera negra y roja de Falange, los falangistas desplegaron su particular rito a los caídos en el que, tras proclamar el nombre de “¡Miguel de Unamuno y Jugo!”, gritaron al unísono: “¡Presente!”. A lo que añadieron un “¡Arriba España!”. Y eso que él, tan sólo unas semanas antes, había reprendido por carta a su amigo Quintín de Torre: “¡Pobre España! Y no vuelva a decir ¡arriba España!, que esto se ha hecho santo y seña ya de arribistas”. El bueno de don Miguel se habría revuelto de furia en su tumba con esa apropiación de su figura por aquellos a quienes tanto detestaba. Él, que había subrayado en multitud de ocasiones que era un “solitario”, que se había declarado “especie única” a fin de que no le encasillaran, secuestrado en su momento final por los falangistas. 

Por otra parte, si Palabras para un fin del mundo acierta al abordar esta apropiación del bando nacional de la figura de Unamuno para su uso propagandístico, en cambio, la hipótesis insinuada de su asesinato por parte del falangista Bartolomé Aragón plantea no pocas dudas, dado que las aportaciones documentales no son del todo sólidas ni suficientes. La investigación realizada por Menchón sobre Bartolomé Aragón sí contribuye a la investigación por cuanto demuestra que no fue discípulo suyo, como había quedado recogido en la mayoría de las biografías, sino un profesor de Economía Política que se había incorporado en marzo de 1936 a la Universidad de Salamanca y que llegó a ser un destacado miembro de Falange, participando activamente en tareas propaganda y ocupándose de la depuración de profesores universitarios desde noviembre de 1936.

Fotograma del documental «Palabras para un fin del mundo» (© Pantalla Partida Producciones).

El documental desmonta así la trama urdida en torno a Bartolomé Aragón, único testigo presencial de la muerte de Unamuno, a fin de protegerlo de posibles suspicacias ante la acusación de haberlo asesinado, que de hecho planeó por Salamanca y por los entornos republicanos. En dicha trama fue fundamental José María Ramos Noscertales, que firmó una versión sobre la muerte de Unamuno como prólogo a la obra de Bartolomé Aragón, Síntesis de Economía Corporativa, publicada en 1937. Es en dicho texto, que se convirtió en la versión oficial de la muerte de Unamuno, donde Bartolomé Aragón aparece como un discípulo e incluso amigo suyo, cuando en la tarde de su muerte era la segunda vez que se veían. No obstante, todas artimañas ya eran conocidas por los investigadores, pues están recogidas en la biografía Unamuno de Jon Juaristi: “Por Salamanca corrió el rumor de que lo habían asesinado, envenenándolo, y el pobre Bartolomé Aragón Gómez pasó las horas más amargas de su vida. Pero Víctor de la Serna convocó a los intelectuales falangistas y les ordenó hacer del entierro de Unamuno un acto de duelo y homenaje que disipase todas las sospechas”.

Un último aspecto que aborda el documental de Menchón sobre las sospechosas circunstancias que rodearon a la muerte de Unamuno estaría en el proceso administrativo que siguió al fallecimiento, donde aprecia diversas irregularidades. Primero, en el informe médico de Adolfo Núñez, donde figura como causa de la muerte una “hemorragia bulbar”. En este punto, precisa el documental, con objeto de sembrar dudas, que a tal diagnóstico cuando producía una muerte súbita debía haberle seguido una autopsia judicial por ser una muerte sospechosa de criminalidad. Sin embargo, el informe completo del Registro Civil recoge algo más: “hemorragia bulbar; causa fundamental arterioesclerosis e hipertensión arterial”. Y esto último se oculta.

«Si Palabras para un fin del mundo aporta nuevos datos sobre la muerte de Unamuno, que lo hace, estos apenas revelan nada con certeza»

También detecta Menchón irregularidades en el acta de defunción, que no firma ningún testigo y fija la hora de la muerte a las 16:00, es decir, antes de la visita de Aragón. En esta línea, quizás el error más craso de Menchón está a la hora de sugerir las prisas con que se desarrolló todo el proceso el día 1 de enero, indicando que el entierro fue a las 11 de la mañana, sin que trascurriesen las 24 horas protocolarias tras un fallecimiento. Sin embargo, tal y como figura en todas las biografías de Unamuno, lo que tuvo lugar a las 11 de la mañana fue el funeral, celebrado en la Iglesia de la Purísima del Convento de las Agustinas, y a las 4 de la tarde comenzó el traslado desde su casa de la Calle Bordadores al cementerio.

En suma, si Palabras para un fin del mundo aporta nuevos datos sobre la muerte de Unamuno, que lo hace, estos apenas revelan nada con certeza. Acaso refuerzan una hipótesis que se barajó desde el mismo momento en que se supo la noticia. Ya lo cuenta González Egido en su biografía de Unamuno: “La noticia corrió por Salamanca y muchos creyeron que lo habían matado, y así lo proclamó la radio republicana.” Es decir, que esta hipótesis era de sobra conocida. Da la impresión que el documental de Menchón, a falta de pruebas, se apoya en las amenazas de muerte que planearon sobre Unamuno, que no fueron pocas. Arrancaron de hecho en el mismo acto del 12 de octubre en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, donde Millán Astray dijo aquello de: “los catalanistas morirán y ciertos profesores, los que pretenden enseñar teorías averiadas morirán también. ¡Muera la intelectualidad!”. La ejecución no se llevó a cabo allí mismo, pero estuvo cerca, pues según el relato de uno de los testigos, el catedrático de Medicina José Pérez-López Villamil, tras hablar Millán Astray, “empezamos a oír a los legionarios y falangistas que amartillan sus pistolas y dicen: ¡vamos a matarlo aquí mismo… en su casa!, refiriéndose a D. Miguel”.

Fotograma del documental «Palabras para un fin del mundo» (© Pantalla Partida Producciones).

A poco que uno se asome a los textos de Unamuno de finales de 1936 se palpa que se sentía amenazado de muerte, como han constatado asimismo todos sus biógrafos. Luciano González Egido señala al respecto que: “Se sintió en peligro de muerte, rodeado de gentes que le odiaban”. Y cuenta cómo uno de sus amigos dominicos del Convento San Esteban llegó a advertir a su hija Felisa que “un soldado estaba vigilando a su padre, con orden de disparar si intentaba huir en coche”. Este sentimiento de amenaza trasluce también en varios testimonios de Unamuno de finales de 1936, como la carta enviada a ABC de Sevilla el 11 de diciembre, donde confiesa: “Me retienen en rehén, no sé de qué ni para qué, pero si me han de asesinar como a otros, será aquí en mi casa”. O bien otra carta, fechada dos días después, a su amigo Quintín de Torre: “Han asesinado, sin formación de causa, a dos catedráticos de Universidad —uno de ellos discípulo mío [Salvador Vila]— y a otros. […] Y a mí no me han asesinado todavía estas bestias al servicio del monstruo”. El sentimiento de amenaza e incluso de asesinato inminente es claro. Pero deducir de ahí, con las escasas pruebas obtenidas por Menchón, que Unamuno fue asesinado por Bartolomé Aragón, sin más pruebas que las relatadas, delata una falta de rigor impropia de un documental histórico, injustificable por mucho vuelo mediático que haya alcanzado con ello.

En todo caso, Manuel Menchón ha realizado con Palabras para un fin del mundo aportaciones relevantes en torno a los años finales de Unamuno, especialmente sobre el uso propagandístico que hizo de su figura el bando nacional y sobre el republicanismo liberal que don Miguel nunca dejó de defender, además de regalarnos esas impagables secuencias suyas en movimiento. Eso ya justifica a mi juicio este trabajo, pese a las carencias en el rigor historiográfico, pues ha realizado un documental y no una obra de ficción, y pese a cierta falta de honestidad frente a hallazgos fruto de otros investigadores. Más allá de esto, no encuentro mejor manera de despedirnos que con las palabras que le dedicó Borges en la revista Sur en enero de 1937, en un artículo titulado Inmortalidad de Unamuno, donde escribía el argentino, devoto seguidor de don Miguel: “El primer escritor de nuestro idioma acaba de morir; no sé de un homenaje mejor que proseguir las ricas discusiones iniciadas por él y que desentrañar las leyes secretas de su alma”.

3 Comentarios

  1. Pero Unamuno, en la «Vida de Don Quijote y Sancho», había escrito aquello de “¿Qué se teme? ¿Que se trabe y se encienda la guerra civil de nuevo? ¡Mejor que mejor! Es lo que necesitamos”.
    Lo cual, se mire por donde se mire, no suena muy liberal, y lo mantuvo en las reediciones de la obra ya entrado el siglo (la cuarta edición es ya del año 30).
    No recuerdo si esta cita estaba en «La libertad traicionada», de José María Marco, pero sí que este libro contenía una exposición difícilmente rebatible de la forma en la que Unamuno —y no sólo él— le fallaron a una España liberal.

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