Crónicas Crónicas en órbita

El mito Unamuno

Devuelto a la actualidad periodística y con un biopic que acumula 17 nominaciones a los Goya, el nombre del literato se ha convertido en una suerte de trending topic. Analizamos su figura en el presente

“Soy un mito que me estoy haciendo día a día, según voy llevado al mañana, al abismo, de espalda al porvenir. Y mi obra es hacer mito, es hacerme a mí mismo en cuanto mito.” Este fragmento, perteneciente al artículo de Unamuno Yo, individuo, poeta, profeta, mito, es un texto clave para entender en profundidad su figura y los recovecos de su trayectoria intelectual. Nos habla de su obsesión por convertirse desde la palabra y la acción en un faro de su tiempo. Y nos habla del proceso de autofabulación, de construcción de su propia leyenda, al que se sometió don Miguel a raíz de su crisis espiritual de 1897, tras la cual, al constatar la imposibilidad de recuperar la fe de su infancia, se afanó en la gestación de su propio personaje, de una identidad capaz de llenar aquel vacío. Desde ese gesto nietzscheano combatió el nihilismo finisecular, convirtiéndose a sí mismo en mito, construyéndose como mito, y empleando para ello, ante todo, la escritura. De este modo, su filosofía trágica iría cobrando forma a partir de una mitopoiesis fundada en la palabra.

Unamuno leyendo en su casa de la calle Bordadores de Salamanca, 1925. (Colección Cándido Ansede. Tatane Ruiz Ansede. Filmoteca de Castilla y León).

Que el nombre de Unamuno se haya convertido en una suerte de trending topic en los medios de comunicación españoles en pleno 2019, es algo que tiene que ver con esa condición mítica que fue construyendo de sí mismo, pero no deja de resultar extraño. Menos aún, teniendo en cuenta su progresiva desaparición como lectura obligatoria en los programas docentes y que los hábitos lectores de nuestro presente están cada vez más lejos de él y sus coetáneos, salvo raras excepciones. Ya vivimos una situación similar a finales de 2015, a raíz del estreno del film de Manuel Menchón, La isla del viento, centrado en otro de sus episodios míticos, el destierro del escritor vasco en Fuerteventura. Pero aquello queda en pecata minuta en comparación con la tormenta periodística desatada por la recientemente estrenada Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenábar. No ha habido medio que no se haya hecho eco de la cinta ni que aprovechando el tirón haya publicado artículos sobre el pensador vasco más allá de la misma, centrándose sobre todo en la polémica escena del Paraninfo de la Universidad de Salamanca del 12 de octubre de 1936. En un mundo dominado por la cultura de la imagen y con la palabra arrinconada, lo visual manda y ha posicionado a don Miguel de nuevo en el candelero. ¡Con lo que gustaba él de las paradojas!

Quienes venimos dedicando buena parte de nuestra vida y nuestro esfuerzo intelectual a indagar sobre la figura de Unamuno, hemos asistido a este fenómeno con perplejidad e inquietud. Irresistible resulta detenernos a pensar un momento con qué ojos interpretaría el escritor bilbaíno este torbellino generado en torno a él, lo cual nos lleva a una doble lectura. Por un lado, Unamuno habría aceptado de buena gana el que su nombre circulase con tanta prodigalidad entre las gentes de nuestro tiempo, pues una de sus primordiales preocupaciones desde temprano fue que su palabra alcanzase el más amplio eco posible. Eso explica la amplitud de registros literarios que abarcó: novela, poesía, ensayo, teatro, artículos de prensa… En la escritura encontró además una vía para canalizar su ansia de inmortalidad. Su apuesta fue por vivir “obrando sobre nuestros prójimos” desde la palabra, “acuñando en los demás nuestra marca y cifra”, para así “eternizarnos en lo posible” y sobrevivir como presencia viva en las almas de sus lectores. Aceptada la condición trágica de la existencia, don Miguel fio todo al poder de la palabra. Por otro lado, el que su nombre alcanzase gran repercusión no tenía para él otro propósito que el poder agitar desde su palabra viva las conciencias de las gentes. A Unamuno le gustaba inquietar, aguijonear el pensamiento de sus interlocutores, como hacía Sócrates, y se servía para ello de la provocación, la ironía y hasta del insulto, cuando su lengua se desmandaba. Lo hacía desde cualquier tribuna, fuese un Ateneo, fuesen unos Juegos Florales o fuese la tarima diaria de la Universidad de Salamanca. Pero ante todo lo hacía desde la escritura, como el sujeto devorado por el lenguaje que era. Su misión como autor no era otra que activar la guerra interior en sus lectores, la contienda entre su razón y su sentimiento, entre los múltiples yos que nos habitan. Y su obsesión era que lo leyeran, ahora y siempre. Existir en la palabra, sobrevivir en ella. La pregunta sería si el exitoso alcance de la película de Amenábar ha generado que lo lean. Y la respuesta es que probablemente no ha surtido ese efecto, pese a la inflación periodística generada por tantos artículos sobre Unamuno y pese a que diversas editoriales de primera línea se han lanzado a reeditar sus obras con confianza ciega.

Agitada salida del pensador del paraninfo de la Universidad de Salamanca tras su célebre alocución sobre el “Venceréis pero no convenceréis”.

Mientras dure la guerra está repleta de virtudes fílmicas: en su pausado ritmo narrativo, en su imponente producción, en la atención al detalle con esos magistrales movimientos de cámara capaces de llenar de intensidad cada plano, en las interpretaciones de Karra Elejalde, Eduard Fernández y Santi Prego… Cargado de buenas intenciones, Amenábar ha procurado poner en escena al personaje Unamuno en su rica complejidad, para desde ahí incidir en la complejidad misma de la guerra civil y de la prolongación de la misma latente hoy día en España. Así lo afirma en diferentes entrevistas recientes. ¿Ha alcanzado ese objetivo en relación a Unamuno? A mi juicio y al de no pocos investigadores, no lo ha hecho.

Don Miguel vivió en permanente conflicto durante toda su existencia, contra esto y aquello, contra amigos y enemigos, pero ante todo, en conflicto consigo mismo, hasta su último suspiro. En palabras de María Zambrano: “Lo que él vive y significa es un conflicto, todo en Unamuno lo es.” Su misma filosofía se sostiene desde irreconciliables relaciones de oposición: razón vs fe, lógica vs cardíaca, yo interno vs yo externo, filosofía vs religión, muerte vs inmortalidad, esperanza vs desesperación…. Heredero del polemos de Heráclito, hizo de la contradicción una herramienta intelectual y el conflicto llega a ser en él una actitud vital: “Hay que aceptar el conflicto como tal y vivir de él”, escribe en Del sentimiento trágico de la vida. Es la matriz de su imaginación creadora y de su moral de acción, pues “la vida es tragedia y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperanza de ella”. Sin embargo, no es eso lo que transmite el Unamuno de Mientras dure la guerra, donde el conflicto interior queda diluido en su adhesión al bando sublevado, salvo al final, con el consabido episodio del Paraninfo. Quizás la estrategia narrativa de Amenábar ha consistido en acentuar a lo largo de la trama el posicionamiento de Unamuno con los sublevados, para así dar más brillo al momento en que se enfrenta al régimen militar el 12 de octubre. El mismo director destaca de hecho en una entrevista, a propósito de ese suceso, que Unamuno eligió “el momento más inoportuno para poner coherencia en su vida”. Pero eso no justifica la versión de don Miguel en 1936 que recorre prácticamente toda la cinta. Buena parte de ese lapso de tiempo estuvo atravesado por sus dudas y por su conflicto íntimo, al que nunca renunció, y no es esa la percepción con la que sale el espectador de las salas de cine.

Es irrefutable su adhesión al levantamiento militar, en el que confió para que restableciese el orden de la República, siempre pensando en que se trataría de algo transitorio. Resulta innegable asimismo que pecó de inocente no viendo venir los planes de Franco, como él mismo reconocería en una carta del 13 de diciembre de 1936: “Qué cándido y ligero anduve al adherirme al movimiento de Franco.” Pero no es cuestión aquí de escrutar cuál fue realmente la posición de Unamuno ante el golpe militar entre julio y diciembre de 1936, pues estuvo llena de cambios y ambivalencias, como cabe a un sujeto entregado a la duda y la contradicción. Es cuestión de matizar que a Unamuno solo se le puede entender en conflicto permanente consigo mismo y con el mundo, más aún a nivel político, donde siempre acabó posicionándose con un contradiscurso frente al poder: frente al régimen de la Restauración, frente a la dictadura de Primo de Rivera, frente a la II República y, finalmente, frente al gobierno militar del 36. Lo contrario es minimizar su complejidad e hilvanar un relato más fácil, más accesible, pero lejano a su extraordinaria personalidad y sus múltiples aristas. Y eso no hace justicia a una figura que puso a la libertad y a la verdad por encima de todo, incluso de la paz. Ni siquiera el heroico final enfrentándose al régimen militar en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, último gran episodio de Unamuno en la construcción de su mito, compensa ni justifica a mi juicio la versión del escritor bilbaíno que ofrece Mientras dure la guerra.

En todo caso, sí hay que agradecer a la película que invite a una siempre necesaria relectura de la República y de la Guerra Civil, como hiciese en su día la reaparición de Chaves Nogales tras su umbrío silencio de décadas. Puede ayudarnos a complejizar nuestra visión de la historia y del ser humano mismo, que es algo que Unamuno sabe enseñar como pocos, y puede acompañarnos para escapar de una vez de este maldito cainismo español, que es nuestro mal endémico. Pero para ello habría que leerle de nuevo y eso, como señalaba unas líneas atrás, parece poco probable. Entretanto, don Miguel seguirá esperando impaciente a que el fuego de su palabra viva vuelva a incendiar las almas de quienes se le acerquen, tal y como dejase consignado en su Cancionero poético: “Cuando me creáis muerto/ retemblaré en vuestras manos./ Aquí os dejo mi alma-libro,/ hombre-mundo verdadero./ Cuando vibres todo entero,/ soy yo, lector, que en ti vibro.”

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