Analógica

Soy fea, ¿soy fea?

Si para las mujeres la fealdad llega a ser un mecanismo de opresión, entonces la belleza nunca podrá ser suficiente. Repasemos si no la evocadora galería de las Dolores Haze (Lolita), Usagi Tsukino (Sailor Moon), Gretchen (La Banda del Patio), Betty (Betty la Fea), Mayim Bialik (Blossom)… Y así hasta la calva y destronada y fea Britney Spears de 2007
Ilustración: Sofía Fernández Carrera

La fealdad es un mecanismo de opresión.

En una de las columnas que Tracey Emin publicó en The Independent entre 2006 y 2008, y que luego pasaron a formar parte del libro Proximidad del amor (2013, Mansalva), la artista británica cuenta cómo ella, una celebridad segura de sí misma y con una gran obra a sus espaldas, tuvo que esperar la carta de un colega para sentirse reconfortada: “Tracey, no eres gorda, no estás fea… solamente estás sola”. ¿Qué tuvo que pasar para que una creadora tan rebelde y segura de sí misma como siempre ha sido Emin llegara a convertir su soledad en un espejo cóncavo de desagrado? ¿Por qué los adjetivos de fea o gorda representan un peligro mental tan focalizado y tremendo para la mayoría de las mujeres?

La fealdad es un mecanismo de opresión, y eso es algo que las mujeres aprendemos especialmente pronto.

Muy pronto: yo cumplí catorce años para dejar de ser fea. A la niña de gafas y trenzas que fui, repelente en lecturas y en paciencia, le salieron los pechos y eso la convirtió como por arte de magia en algo deseable. En algo bonito. A juzgar por las reacciones a mi metamorfosis, lo infantil de mi torso, lo diminuto de mis facciones eran las únicas cosas que me hacían horrenda. Aparentar feminidad, sin embargo, me procuraría una indiscutible belleza a ojos de los otros, a menudo sujetos del género contrario, que ya podían llamarme “señorita”, mirarme de los dedos de los pies a lo rojo de mi boca sin pudor, preguntarme por “los novios”, salivar como si en vez de la niña fea que hasta entonces había sido, mi vida se hubiese convertido en un plato de jugosa carne expuesta en el escaparate del mercado.

Cumplí catorce años para dejar de ser fea, pero la exigencia de poseer ese don no me dejó tranquila a la hora de mirarme al espejo. Si ahora se suponía que yo era bella, que yo era mujer, la responsabilidad de portar dos pechos también significaba rendir cuentas con otros códigos cada vez más inalcanzables: qué demonios pintaba ahí ese vello oscuro, cómo podía tener las rodillas tan redondas, ¡me hacían gorda!, el pelo, lávatelo, que esté brillante, los labios dulcificados con vaselina de moras, y el perfume, y no vestir como una cría pero tampoco como una puta. Cumplí catorce años para creerme guapa, pero al soplar las velas de cumpleaños me sentí más fea que nunca.

«Cabeza de chorlito» llamaba su amado a Usagi Tsukino en la famosa serie de anime ‘Sailor Moon’

La fealdad es un mecanismo de opresión, y eso es algo que las mujeres aprendemos especialmente pronto, no sólo a través de nuestros cuerpos sino, sobre todo, a través de los que la cultura nos muestra.

La heroína de Sailor Moon, por ejemplo, también tenía catorce y era “horrible”. A Usagi Tsukino le hacía fea su “cabeza de chorlito”. Que la chica del anime más célebre de los noventa prefiriera los videojuegos y la comida calórica en abundancia a los modales femeninos era un problema. Incluso la mirada amable de su amado, el Señor del Antifaz, le hacía cuestionarse su propia vida: ¿cómo iba a enamorarse alguien tan apuesto como él de una niña tan ruda, tan quejica, con tantos secretos y tan poca madera para casarse, más aún en el Japón misógino de la época?

Usagi no era la única chica incomprensiblemente fea de la televisión con la que crecimos. Allí estaba la protagonista de Blossom, horrorizada por su nariz: cuántas veces se miró al espejo lamentándose, deseando ser otra, dinamitando su adolescencia por un huesecito puntiagudo que le impedía ser feliz. Resulta fascinante que la actriz que la representó durante cinco temporadas, Mayim Bialik, acabara años después encarnando a Amy Farrah Fowler en The Big Bang Theory, la culminación del personaje feo, la sufridora de las burlas y de los chistes de los demás de comienzo a fin. Como si se tratara de un patito cualquiera, de una Betty de telenovela, no es hasta la última temporada cuando decide cambiar su aspecto. Precisamente en el momento en que la Academia Sueca le concede el Nobel junto a Sheldon Cooper, precisamente en el momento en que su inteligencia es celebrada con el mayor galardón posible: ella modifica su atuendo, sus gafas, su peinado, su maquillaje… Nuevamente, ni el orgullo de convertirse en la mujer más lista del mundo mitiga el profundo desencanto que le producía ser fea.

«Cumplí catorce años para creerme guapa, pero al soplar las velas de cumpleaños me sentí más fea que nunca»

Mayim Bialik encarnó a «Blossom», una adolescente horrorizada por su nariz

Pero la cosa no acaba ahí, hay más ejemplos. También por lista dejará de ser bella Gretchen, la niña empollona de La banda del patio que sólo se verá guapa al quitarse las gafas en un baile escolar; no lo tendrá mejor su mejor amiga, Spinelli, aunque ella por marimacho: ¿enamoraría a los chicos si no fuera por sus botas militares, por su mala leche? En algún momento llega a preguntárselo. Ser punki y ser libre como Spinelli le pasa factura igualmente a Punky Brewster. El miedo a la fealdad de la huérfana con zapatillas de colores se traducirá en el peligro de no ser querida. Cree que si no tiene familia es porque hay algo feo en ella, o en su alma: la conquista de la belleza ya no se traduce aquí en un plano físico, sino también de clase. No tener dinero, no tener familia, no tener apellido. La carencia es lo que vuelve asquerosa a Brewster en su infantil cerebro. A todas ellas, niñas de la tele con las que crecimos en los desayunos de nuestra niñez, habría pues que repetírselo como se lo repetía Tracey Emin: no sois feas, sólo estáis solas.

La fealdad es un mecanismo de opresión, y eso es algo que las mujeres aprendemos especialmente pronto, no sólo a través de nuestros cuerpos sino, sobre todo, a través de los que la cultura nos muestra. No se trata de algo físico, sino de un estado mental. La fealdad es aquello a lo que las mujeres no deberíamos aspirar. La frontera entre nuestra decencia y nuestra indecencia.

Todo el mundo lo sabe. 2007 fue el peor año para Britney Spears. Incluso una popular taza del Urban Outfitters lo certifica: “If Britney Spears Survived 2007, You Can Make It Through Today” (“Si Britney Spears superó 2007, tú puedes sobrevivir a cualquier cosa”). Más allá del chiste, la frasecita parece un lema político. De hecho, lo es. Intentemos traducirla más allá del idioma. Ejemplo uno: si Britney fue fea en 2007, no importa que tú te sientas fea ahora. Ejemplo dos: si Britney no sucumbió a la locura en 2007, tú tampoco deberías desmoronarte ahora. Ejemplo tres: si Britney dio asquito durante un tiempo, tú también podrás dar asquito… pero ojo, que de eso es difícil salir.

2007 fue el año en el que Britney Spears se rapó y se volvió antipática con la prensa (Foto: X17Online)

Para quien no lo recuerde, 2007 fue el año en el que Spears se rapó la cabeza al cero y se volvió antipática con la prensa. No salió de casa en meses. Vestía chándal gris como Chenoa al ser abandonada por David Bisbal. La fealdad de las dos cantantes, pues, fue autoimpuesta. Estar feas era una manera de llamar la atención. Una manera de mostrar que las miradas ajenas las habían machacado. Que tal vez si las veíamos feas el problema era nuestro. Britney Spears era muy joven, muy rubia y muy hermosa cuando se hizo conocida. Como todas las princesas del pop hasta la fecha, su imagen era lo más importante. Que la prensa rosa jugara con vidas de mujeres tan jóvenes produjo un cortocircuito en la vida de Britney. Ante el acoso mediático que sufría por sus rupturas o sus historias privadas, ella dijo: “Si me queréis loca, me tendréis loca de remate”. Traduzcamos de nuevo esas palabras: “Si me queréis fea, seré la más fea de todas, y habrá sido por vuestra culpa, cabrones”.

«Ser guapo es un ejercicio de generosidad para con el otro, pero cómo vamos a ser, mostrarnos y querernos guapas si a nuestra generosidad se le exige sin límites»

Porque la fealdad es un mecanismo de opresión, decía, y eso es algo que las mujeres aprendemos especialmente pronto, no sólo a través de nuestros cuerpos sino, sobre todo, a través de lo que la cultura nos muestra. No se trata de algo físico, sino de un estado mental. La fealdad es aquello a lo que las mujeres no deberíamos aspirar. La frontera entre nuestra decencia y nuestra indecencia. Ser guapo, mostrarse guapo, quererse a uno mismo guapo es un ejercicio de generosidad para con el otro. Pero cómo vamos a ser guapas, mostrarnos guapas, querernos guapas a nosotras mismas si a nuestra generosidad se le exige sin límites. Cualquier esfuerzo es en vano, entonces, ya que el ojo de quien analiza y decide siempre se mostrará injusto y pecará de paternalismo.

Basta con remitirse al Humbert Humbert de Vladimir Nabokov para comprobarlo. Al final de Lolita, el pedófilo que se obsesionaba con la belleza de la niña Dolores Haze no puede evitar que su corazón se rompa en mil pedazos cuando la ve de nuevo, más “vieja” sin haber sobrepasado los dieciocho, con su olor “a fritanga”, ahora casada con otro, preñada, “vulgar”. Aprendemos en esta escena hasta qué punto era la mirada de Humbert Humbert la que decidió embellecer y erotizar a la niña cuando ansiaba poseerla, y también hasta qué punto es la mirada de Humbert Humbert la que la condena y prácticamente la mata al representarla fea cuando Lolita ya no puede ser suya. Dolores Haze es al final de la novela de Nabokov como Britney Spears en 2007. Como Usagi Tsukino, cabeza de chorlito. Como la nariz torcida de Blossom o mis emergentes pechos frente al odioso espejo de los catorce. Pues aquí donde la fealdad es un mecanismo de opresión, la belleza nunca será suficiente.

 


Luna Miguel es escritora, autora de El coloquio de las perras (2019, Capitán Swing) y editora residente en Caballo de Troya.
Este artículo se ha publicado en el número 212 (julio-agosto 2020) de la edición en papel de Revista Mercurio.

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