Crónicas en órbita

Sobre el nacionalismo irredento

A raíz de la publicación por primera vez en España de los ensayos de Rudolf Rocker e Isaiah Berlin, se revisa aquí la cuestión nacionalista en un país como el nuestro, que no puede esquivar el juicio moral sobre ella

Isaiah Berlin y Rudolf Rocker forman parte, dentro de la ingente literatura clásica sobre el nacionalismo, de aquel grupo de voces indispensables para aproximarse críticamente a los orígenes de este concepto. El estudio sobre Las raíces del romanticismo (1965) del primero y el monumental trabajo Nacionalismo y cultura (1937) del segundo siguen siendo a día de hoy referencias obligadas, si bien es cierto que en el caso de Rocker, el olvido editorial que ha padecido en España ha hecho que su relevancia no haya trascendido del ámbito académico. En cualquier caso, hay que celebrar la publicación de sendos trabajos recopilatorios de estos autores sobre la cuestión nacionalista en un país, como España, que no puede esquivar el juicio moral a la misma.

Comentaba hace no mucho Enric Juliana que había llegado a la conclusión de que el nacionalismo es como el colesterol, saludable dentro de ciertos márgenes y letal cuando peca de exceso. El ingenioso símil del periodista catalán posee un valor, desde luego, y es el de poner de manifiesto que toda comunidad política descansa necesariamente sobre un cierto grado de ensimismamiento en su identidad. A este respecto, lo cierto es que reducir el concepto de nacionalismo a sus expresiones bélicas o patológicas, como a menudo se hace en el debate informal, nos impide atender a la propia complejidad de la relación entre el Estado como forma de comunidad política y el concepto de nación. No es extraño, igualmente, que en un país como España el nacionalismo se adscriba únicamente a aquel de carácter político presente en aquellos territorios que reclaman mayor autogobierno o la independencia, obviándose una realidad tan irrefutable como es la de que todo Estado cultiva una identidad nacional sobre ciertos factores que dan unidad a su comunidad política. En definitiva, no hay Estado sin un nacionalismo de Estado, si bien aquí, como en todo, entre los nacionalismos los hay buenos, malos y peores.

«Como advierte Berlin, el reto es comprender el nacionalismo como algo siempre presente en la cultura política del Estado constitucional, y nunca subestimarlo»

Es cierto, no obstante, que desde una perspectiva teórica resulta posible formular, y así se ha hecho, una idea de patriotismo cívico o postnacional, que integre a una comunidad asumiendo la pluralidad de identidades étnicas, lingüísticas o religiosas en ella presentes. Ahora bien, estas aproximaciones no pueden esconder una realidad y es que, a día de hoy, no existe Estado que haya renunciado del todo a las fuentes irracionales de consenso en torno a un nosotros. Los himnos, la historia, las banderas, los mitos… siguen siendo andamios indispensables para la construcción de una idea nacional. Del mismo modo, como podemos ver en Cataluña, a veces resultan casi autoparódicos los esfuerzos por apelar a un concepto de independentismo cívico diferenciado del nacionalista, cuando al mismo tiempo se ondea el mapa de los Països Catalans como título de legitimidad histórica para la construcción de un nuevo Estado.

«Sobre el nacionalismo. Textos escogidos», editado por Página Indómita en noviembre de 2019.

En este sentido, parece más sincero asumir que el nacionalismo, hoy por hoy, es algo siempre presente en la cultura política del Estado constitucional y que, como nos advierte Isaiah Berlin, el reto es comprenderlo y, al mismo tiempo, nunca subestimarlo. Y es que sólo de esta forma, tal vez podamos huir de sus demonios y “buscarle sus canales de expresión productiva”, que no han sido pocos; entre ellos, no está mal subrayarlo, los propios sistemas nacionales de salud y de seguridad social. A este respecto, el filósofo inglés desarrolla una tesis de fondo sobre el nacionalismo que es bien conocida, y que debe su origen a su estudio canónico sobre el romanticismo.

Para el profesor de Oxford, el nacionalismo tal y como hoy lo conocemos es tributario de la reacción romántica frente a los ideales de la Revolución Francesa, y más concretamente con respecto a sus presupuestos racionalistas. Un racionalismo que, por lo que tiene de universalista y uniformador, abriría heridas en el orgullo local, especialmente –pero no sólo– en la Prusia oriental, origen último de ese movimiento trascendental para toda Europa que fue el romanticismo alemán. Así, a esa idea de nación de cuño racionalista que encontramos primeramente en Emmanuel-Joseph Sieyès, como tout social, y que integra los intereses de aquella colectividad que comercia y que quiere ver garantizada su libertad y seguridad, el romanticismo alemán va a superponer una idea de pertenencia comunitaria que apela a las esencias diferenciales de cada cultura. Es decir, a aquellos elementos étnicos, lingüísticos o religiosos conformadores de un determinado volksgeist y que son verdaderamente constitutivos de la nación y, por supuesto, previos a la propia estructura estatal.

En cualquier caso, conviene no perder de vista que estas dos formas diferentes de entender la comunidad política, hijas ambas por acción y reacción de la Revolución, son versiones diversas del Estado nación. Es decir, son dos visiones nacionalistas del orden político. Una ensalza valores republicanos y apela a mitos fundacionales de cuño revolucionario como definidores de la ciudadanía; mientras que la otra pone el acento en aquellos intangibles que nutren el sentimiento de pertenencia a un pueblo. Ahora bien, ninguna de las dos es ajena al nacionalismo. El Estado es punto de llegada pero también motor de un proyecto político de nacionalización, algo que siempre implica una diferenciación entre un ellos y un nosotros.

«El libro de Rocker aporta las claves con las que parte de la tradición socialista interpretaba el federalismo como un ideal internacionalista y, con ello, antiestatal»

El nacionalismo, por lo tanto, ha sido un elemento consustancial a la manera moderna de entender el poder, es decir, a la idea de Estado. A este respecto, lleva razón Berlin cuando insiste en que “ningún movimiento que no se haya alineado con el nacionalismo ha tenido éxito en los tiempos modernos”. Y es que renunciar al nacionalismo, como rápido se entendió en la Rusia soviética, es una forma de privarse de un factor determinante de poder y también de transformación. En este sentido, si hay un ideal socavado por el nacionalismo, pero al mismo tiempo en tensión perpetua con él, es el del internacionalismo. Hoy en día, cuando es la izquierda la que en muchas ocasiones y en muy distintos contextos asume el nacionalismo en su versión más claustrofóbica y populista como patrón político, resulta difícil comprender cómo en su origen fue desde esta tradición que se erigió la principal refutación internacionalista al nacionalismo.

“El nacionalismo como fuente de beneficios”, de Rudolf Rocker, editado por Pepitas de Calabaza en este 2020.

A este respecto la obra de Rudolf Rocker, El nacionalismo como fuente de beneficios (1931-1936), es un testimonio excepcional del proceso de descomposición de ese ideal internacionalista en el movimiento obrero, especialmente tras la Primera Guerra Mundial. Pero más allá de constatar cómo sucumbe históricamente el presupuesto marxista de que son los antagonismos de clase y no otras identidades los que determinan la condición obrera, el libro de Rocker constituye también un extraordinario marco teórico para conocer las claves con las que parte de la tradición socialista, y sobre todo la anarquista, interpretaban el federalismo como un ideal internacionalista y, con ello, no sólo antinacionalista sino también antiestatal.

A pesar de que uno pueda ver en ocasiones, con esa ventaja que siempre nos da el tiempo sobre los clásicos, cierta ingenuidad en la comprensión ideal que tiene Rocker del cuerpo político como unión espontánea de individuos y pueblos, lo cierto es que sus páginas están llenas de lucidez analítica y alertan sobre fenómenos reiteradamente contrastados. Cabe destacar aquí su recelo hacia el romanticismo político de la nación sin Estado, cuyo destino, nos advierte, es el de emular los desafueros morales de aquel Estado que huye cuando triunfa su causa.

Como recientemente ha sostenido Francis Wolf, dentro de las utopías contemporáneas la cosmopolita es aquella que tiene tras de sí, en un mundo de emergencias globales, la fuerza de la razón. Está en lo cierto, el gran filósofo francés. No obstante, esa misma razonabilidad nos obliga a no subestimar, para cualquier causa moral y cosmopolita que uno se proponga, la absoluta vigencia que el nacionalismo, y la propia idea de Estado y de soberanía a la que este sirve, sigue teniendo en el mundo en que vivimos. Y es que el nacionalismo es aún un concepto irredento.

 


El nacionalismo como fuente de beneficios, de Rudolf Rocker, ha sido publicado por Pepitas de Calabaza, que próximamente también editará Nacionalismo y cultura, de este mismo autor.
Sobre el nacionalismo. Textos escogidos, de Isaiah Berlin, está publicado por la editorial Página Indómita.

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